En el Cerro Cóndor descubrí acerca de la importancia de las marcas.
Las caricias del viento y el calor sobre la cara; la imagen de la Luna, gigante y vigorosa sobre el firmamento, contándome a gritos una historia.
Me contaba de los indios persiguiendo a los galenos, galopando y apuntando con sus grandes arcos.
Y dos cayeron muertos. “Mató a su amigo” … ¿Será?
Y el más valiente siguió su camino, corriendo como si su sombra lo persiguiera. Justo cuando- de un salto- su caballo le salvó la vida.
Y en el río los indios no pudieron cruzar.
Para la historia se ve que quedó el valiente galeno; y por siempre el Salto del Mala Cara lo traerá a la vida.
Quedó en el río y en la historia aquella marca, como tantas quedaron en mí y que hoy vuelven en cada sueño.
Así como el viento dejó su marca sobre los cañadones, rozando al pasar; así como el agua deja un surco para abrirse camino en la montaña.
Hoy una nueva marca de fuego, caricias, registros y viento se plantó en mi alma. Y quizás los recuerdos se borren (o no), pero tengo certeza que en algún sueño lejano volverá la sensación. Como consuelo de la mente, como brisa fresca de verano…



Una multitud de ratones se congregó a ver el escenario que el gato planteaba. Temían hacerlo, pero sabían que debían hacerlo juntos pues sería más difícil para él hacerles frente si eran una gran cantidad.
No pasó mucho tiempo desde que nos reuníamos a hablar de fútbol y mujeres mientras chupábamos unas cervezas.