Título original: Belle du Seigneur
Año de publicación: 1968
Traducción: Javier Albiñana Serraín
Valoración: imprescindible
Celebremos el inicio del 2026 con un bombazo.
¿Cómo
afrontar los monumentos? ¿Cómo afrontar una lectura que crece y crece con cada
mes que transcurre? ¿Cómo dar cuenta de todo lo que contiene una novela que es
la expresión misma de cierta forma de ver el mundo, del romanticismo más exacerbado,
cínico, lleno de humor negro y a la vez conmovedor sobre dos personas que, en
papel, son irredimibles y sin nada que nos pueda llegar a empatizar?
Vuelvo a
la carga con Albert Cohen. Ya lo había avisado en la reseña de Solal:
primero leí este libro, el tercero de una supuesta tetralogía. Digo supuesta
porque, a pesar de que comparten personajes y temáticas, visto lo visto dudo
que haya una historia que continúe lineal. A falta de leer los otros dos, Comeclavos y Los
Esforzados, me da la sensación de funcionar como Minimosca,
tomando elementos e historias anteriores y reformulándolos a su antojo a pesar
de lo ya establecido.
La novela
es inmensa, colosal, inabarcable. Suma cum laude en el tratado
del amor más cursi y del hastío ante la vida, de lo que sucede cuando nada te define salvo el aburrimiento por la humanidad, también es una denuncia ante
la inoperancia de las instituciones políticas, sobre todo de aquellas que
luchan, con "denuedo", por la paz mundial. Y colosal es no solo por
los temas, que a fin de cuentas son universales, sino también por sus recursos
literarios. Podemos encontrar monólogos sin puntos ni comas y extensivos por
treinta o cuarenta páginas, un manejo del tiempo elástico, con diálogos
circulares que repiten la noción sin llegar a un punto definido, solo para
hacer patente la humillación de un personaje, una prosa entre cínica, entrometida y
onírica para representar las inseguridades y arrogancias de los personajes,
sobre todo de esa construcción suprema de la ironía que es Solal de los
Solales, personaje maravilloso donde los haya. Si en Solal se nos revela como un imberbe que ya
produce un efecto inverosímil en las mujeres. acá es un consumado galán que no
tiene problemas en jugar con ellas de forma retorcida, con discursos que son
mini pontificios de psicología inversa de la seducción. Apabullante ese capítulo
donde conquista a Ariane, que está prometida con uno de sus empleados, relatándole las experiencias con las mujeres, burlándose de todas ellas e imitándolas
en sus reacciones de acuerdo a lo que él dice, manifestándose harto por ese
comportamiento y asegurando, con falsa timidez, que sabe que ella no es igual (a pesar de
que Cohen, varias veces, ya nos ha mostrado que Ariane es de todo menos una
persona valiosa en su corazón).
Si uno
supera el inicio desconcertante, es decir, los primeros cuatro capítulos (que
incluye una escena donde nunca se termina de saber lo que ocurre y un monólogo
de Ariane sin ningún tipo de consideración hacia los puntos y coma que casi me hace abandonar el libro), y llega a
la escena donde se nos presenta la vida diaria de Adrien Deume, prometido de
Ariane y funcionario de la Sociedad de las Naciones, en su faceta de
patético, lamebotas y ambicioso sin una pizca de vida interior, la novela despega y se
presenta como un crisol de hipocresías del ambiente
burocrático/político y a la vez del burgués, más preocupado por el qué dirán y las influencias de los poderosos que por sus cualidades morales. Cohen despliega toda su genialidad para mostrarnos,
mediante frases filosas y escenas hilarantes, la frivolidad de un atrezzo cuyo
supuesto objetivo primordial es trabajar por la paz mundial y cultivarse en el camino hacia el progreso. Podemos ver a
Adrien (ridiculizado constantemente como Didi) insultando en secreto a Solal,
su jefe, y a la vez rogando por un poco de atención que le permita presumir
ante sus iguales del favoritismo que le otorga la alta jerarquía. Podemos
verlo en una vomitiva escena donde intenta convencer a su esposa de que se deje
ver más junto a él, y todos, salvo él, sabemos que Ariane no tiene ni el más
mínimo respeto por su esposo y mucho menos lo ve como alguien digno de amor.
Pero esto
es recién el inicio. Cuando empecé la lectura, en su momento pensaba que la
historia trataría de Adrien y Ariane y de sus problemas para encajar con la
burguesía y de cómo resolver su relación. Y eso es apenas el primer tercio del
libro. Luego de una escena larguísima en donde esperamos, junto a Adrien, la
llegada de Solal para cenar, sin que este se presente nunca, y viendo cómo
Adrien inventa justificaciones a cada hora y luego hasta perdonándolo por no
haber asistido, la novela toma otro cariz. Hay un evento, una fiesta que brinda
Solal en su mansión, y Adrien y Ariane asisten. En un momento, Ariane se queda a
solas con el galán irredento. Y es cuando se da ese discurso maravilloso que
cité hace un par de párrafos. Y es entonces que el lector está perdido,
entregado al juego de Cohen, reconociéndose en los problemas de Solal para
encontrar una mujer que lo quiera y a la vez asqueado por la manipulación
evidente y por que Ariane, que se jacta de no querer a nadie, termine cayendo
en esa treta. A partir de ahí el foco es para ellos dos, qué es lo que pasa cuando el mayor objetivo se cumple, cuando los sueños más delirantes de tu niñez se ven cumplidos, cuando la persona que aparece todos los días a tu lado es la representación de ese ideal, para lo bueno y para lo malo.
No
he mencionado otro grupo de personajes importantísimos: Los
Esforzados, con Saltiel, el tío de Solal, como líder de cabecilla. Presentados
en Solal, no haré desarrollo de ellos, ya que en esta novela aparecen más como un contrapunto cómico que como una parte esencial de la trama. Pero fungen como un ente
colectivo, donde cada uno lleva su rol con una dignidad exasperante y a la vez
de una conveniencia que te hace soltar un par de risas. Cómo olvidar la escena
donde se esconden y tratan de ver qué hace Solal con Ariane, si se atreve a
seducir a la esposa de uno de sus funcionarios y cómo afectará en ello a la
reputación del susodicho y a la reputación judía en general.
Porque
ese es otro elemento importante en la obra de Cohen. Si bien existe una crítica
feroz hacia ciertas personalidades del ámbito judío y de los estereotipos que a veces encarnan con placer, la novela transcurre en
tiempos de entreguerras, y a lo largo de la trama, la mención de Hitler y el
avance de todo lo que representa se hacen eco solapadamente a través de los
protagonistas y de distintas maneras. Para Adrien es un suceso que le permitirá
desempeñar un mejor trabajo y que, paradójicamente, es lo que permite el incipiente adulterio de su esposa, para Ariane una simple distracción que lo aleja de
su verdadero amor (para entonces simbolizado en la figura de
Solal), y para este último, una preocupación permanente que le hace atestiguar
la desidia de la humanidad frente a una fuerza imparable que amenaza con
llevarlo puesto. Y su reacción es la de esconderse, la de pensar que no le
tocará a él, que le tocará a cualquier otro y que eso bastará para que la furia
no lo toque. Eso desemboca, junto con la revelación de su aventura con la esposa de un funcionario, en una huida permanente de su trabajo como Subsecretario de la Sociedad
de las Naciones y de su propia persona, escondiéndose con Ariane en varios
hoteles y planificando su rutina todos los días con tal de no enfrentar lo que
debe enfrentar.
Cohen da
acá el golpe maestro. En las últimas dos partes, cuando el foco se centra en la
relación de Solal y Ariane, y uno cree, ingenuamente, que son perfectos el uno
para el otro (para Ariane por el deseo cumplido de una frivolidad eterna mediante un príncipe azul que le cumple todos los caprichos, para
Solal por la belleza sin parangón y la potencia sexual que es Ariane) y que, retorcida y con todos los
adjetivos que se puedan encontrar, encontrarán la redención, se muestra que el
proyecto de mantener de mantener un amor cursi, adolescente, de renovar la
sensación del primer enamoramiento todos los días y de enfrentar con terror
cualquier rato de aburrimiento, de desgana, de odio hacia el otro, incluso del
mínimo pensamiento de pasar un segundo a solas, es agotador, tanto para el
personaje como para el lector. A Solal le ha ocurrido lo mismo que con las demás mujeres, a Ariane, la capa de su príncipe azul se le empieza a desteñir en una mezcla de gris y negro. En cada página leemos expresiones supremas del
amor, de la ansiedad, de los celos, de la ira, del amor de nuevo. Vemos, de a
poco, ideas cada vez más ridículas por parte de los dos, todo con el fin de mantener una sensación que hace mucho ha muerto. Se compran una casa,
se proponen apodos todo el tiempo, hacen el amor cada vez que sus cuerpos se lo
permiten pero de una forma mecánica, se amenazan con dejarse, inundan la casa
con los llantos, todo esto mientras el mundo se incendia y la marea de la
perdición llega hacia ellos. Cada uno consume al otro. La verdadera tragedia, parece decirnos Cohen, es aquel amor que cumple todo lo que pensabas que deseabas pero que nunca termina por satisfacerte, pues cada deseo y acto muere en su concepción.
Es
imposible dar cuenta del efecto de una novela como esta. Revela zonas oscuras
que uno no quiere pensar que las tiene, o que en algún momento ha pensado que
las tiene, y a la vez, en pocos momentos, proporciona un momento de júbilo, un
segundo de alegría tan puro como el de un niño, ya sea por la brillantez de un discurso como por las expresiones poéticas sobre el amor, un amor que no es el adecuado, es cierto, pero quién no se ha visto envuelto en uno de esos y ha pensado que se desintegraba en ese influjo. He olvidado muchas cosas (todas
las escenas oníricas de Solal, los monólogos de la sirvienta de Adrien y otras
cosas), pero meses después el recuerdo de una obra gigantesca, capaz de cambiar
tus puntos de vista, de detectar aquello que quizás es intuitivo para todos y
que nadie puede poner en palabras, crece y echa raíces en mi mente. Y aunque una de
las etiquetas sea muy recomendable alto (porque ciertos monólogos, ciertos
trucos, como representar la corrupción de una pareja, horadan el entusiasmo lector y provocan las ganas de tirarlo a la calle), el libro es inolvidable, una tempestad de la naturaleza que te
deja temblando y anonadado ante la capacidad de la ficción para descubrirte y renovarte.
Más del inconmensurable Albert Cohen: Solal