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El título es malvado, lo sé. Pasó más de una década desde final de The X-Files y es buen momento para desencasillar a sus actores principales. ¡Eso no quita que sea difícil! Pero hay que decir que Gillian Anderson se ha esforzado mucho por darle a su carrera una identidad por fuera de X-Files, y con resultados bastante mejores (aunque menos masivos) que su compañero, de eso no hay dudas. En este caso, vuelve a portar pistola y perseguir perturbados mentales, pero con un personaje diferente al de Dana Scully.
«The Fall» tiene a Anderson como protagonista de una historia áspera, en la que nos ponemos ante dos líneas argumentales paralelas destinadas a cruzarse. En el disparador, un asesinato con características bien clásicas: hombre psicópata mata a mujer, en un homicidio con claras inclinaciones sexuales y sádicas.
De ahí se desatan dos historias. La de Stella Gibson, a cargo de la investigación de ese crimen y los que seguirán, y la trama de Paul Spector (interpretado por Jamie Dornan) un apuesto padre de familia y psicólogo que es, desde el comienzo, el autor del homicidio. Y los que le seguirán, sí.
Oficialmente se definió a «The Fall» como la historia de dos cazadores y esa es sin dudas la síntesis. La serie plantea una estructura de persecución permanente, pero con pocas escenas de acción. Es más un juego mental y ciego entre el asesino y la agente, que no se conocen entre sí hasta muy avanzada la historia.
«The Fall» tiene otros atributos, como la construcción de los personajes. En lo personal, encuentro en el personaje de Anderson matices más complejos y originales que en el de Dornan, quizás un asesino más lineal en el que su gran contraste es algo medianamente habitual en la ficción: un asesino padre de familia, físicamente atractivo y seductor. Stella Gibson en cambio tiene una construcción más compleja, en la que el feminismo aparece como un elemento bien delimitado, que motoriza algunos de los mejores diálogos de la serie, sobre todo entre la agente y sus compañeros. Eso no la libera de ser un personaje oscuro y torturado. Y en la capacidad actoral de Anderson eso se potencia.
En apenas cinco capítulos la serie plantea una historia bastante atrapante pero que, conforme avanza y el esperado encuentro entre los dos personajes se posterga demasiado, pierde bastante del peso de los primeros episodios. Se amaga una y otra vez con que finalmente los personajes van a estar cara a cara y… no digo más. El desenlace resultó menos potente de lo que esperaba, menos contundente de lo que la serie preparaba desde el minuto uno y eso la deja algo renga al momento de definir la temporada. Que no será la única, vale decir, pero como siempre pasa en la ficción británica, el rumbo que tome la serie de ahora en más es todo un misterio. Esperemos que, mínimamente, en un segundo round el año que viene se de el esperado encuentro con un combate que esté a la altura de tan retorcida (en el buen sentido) antesala.
]]>Título original: The Fall
País: Gran Bretaña
Años de emisión: 2013-actualidad
Cadena: BBC Two, RTE One
Creadores: Alan Cubitt, Jakob Verbruggen
Número de temporadas: 1 (hasta ahora)
Cantidad de episodios: 5
Les dejamos el mini episodio con subtítulos:
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Hace unos años, la TV británica le dio una interesante vuelta al subgénero de zombies, tan esquematizado mucho antes de la nueva oleada de lugares comunes reianugurada por The Walking Dead. Se trató de una mini serie de tres capítulos, de muy cuidado guión y estética. Su título fue Dead Set y se trató, seguramente, de una de las premisas más originales sobre el tema que se vieron en los últimos años en la TV y el cine.
Es que, a esta altura, los holocaustos zombies son algo que se cuenta solo, que ya todos podemos saber por qué carriles irá. En ese sentido, Dead Set propuso algo un tanto diferente. Se dice que ahora llegó una nueva historia en estos carriles, con el objetivo de volver a abordar la temática zombie sin caer siempre en la misma premisa.
Al menos en su primer capítulo, ha cumplido. Se tarta de In the Flesh, nueva apuesta de los muertos vivos por demostrar que no todos son iguales. La historia se ubica años después de la plaga, ocurrida en 2009. Las cosas se calmaron bastante y la humanidad volvió a tomar las riendas del devenir histórico, pero sin ensangrentarse machacando cráneos de muertos ambulantes, sino buscándoles una cura.
Así arrancamos en una situación hospitalaria, la de Kiernan, ex zombie bajo tratamiento para recuperar sus sistema nervioso, sentimientos, empatía y todo aquello que le arrebató el virus -del que, por el momento, poco sabremos-. A horas de volver a su pueblo apartado y campesino, Kiernan es acosado por los vívidos recuerdos de su último asesinato.
En un centro de salud a medio camino entre el manicomio y la prisión, pero con «buenos tratos», los zombies reciben un producto maquillador que disimula su piel pálida, y lentes de contacto para volver a tener pupilar humanas. Sin embargo, no todo es amor y contención para los zombies. En el pueblo natal de Kiernan, donde nació el primer foco de resistencia humana, están en contra de la re inserción de los «pútridos», como los llaman peyorativamente. Un sinfín de estreotipos pueblerinos británicos se alzan en contra de la llegada de los otrora zombies y tanto Kiernan como su familia deberán ocultar el ansiado regreso a casa.
Hasta ahí, lo meramente argumental. «In the Flesh» tiene muchos puntos a favor. Sus posibles y obvias lecturas con la inclusión de minorías a nuestro retrógrada seno civilizatorio son tan evidentes como aburridas a esta altura. Y en lo que meramente nos remite al género fantástico es donde, para mí, están los mayores hallazgos. Para ser un primer capítulo no es ni tan declamativo ni tan sobreexplicado como en tantos otros estrenos. Exceptuando la incorporación algo forzada de un personaje que no llega a aparecer en persona, los demás están bien delineados, correctamente introducidos y con conflictos claros.
Lo bueno de este arranque es que no se enreda para ser más de lo que es. Y, limitándose a contar los lineamientos básicos de la historia, no decepciona. Remite a otras historias, pero no necesariamente a «las de zombies». Ubicarse en el post apocalipsis pero con triunfo humano, es un arranque interesante. Poner a los humanos como victimarios y a los zombies como víctimas es una estrategia que, como siempre que se invierten los roles, da mucho juego.
Buen inicio para una serie de la BBC que al igual que de costumbre tiene de su lado la calidad técnica y la inteligencia de no caer en el vicio de la espectacularidad por la espectacularidad misma. Tendrá apenas tres capítulos de una hora que se emitirán durante lo que queda de marzo y habrá que ver si contempla una historia que le permita continuar en una segunda temporada. Su creador, Dominic Mitchell debuta en la TV con esta serie.
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El mundo de las series policiales, de misterio o crímenes en Gran Bretaña, es tan amplio que cualquiera diría que la mayor cantidad de asesinos seriales y pervertidos sexuales se encuentra ahí, en las tierras de la corona inglesa, y no en el cliché norteamericano. Lo cierto en que en una de sus más valiosas expresiones culturales, que irónicamente es la televisión, se encuentra todo un mundo interesantes historias.
Otro punto a favor es la duración de muchas de ellas, miniseries en su máxima (o mínima) expresión. Así encontramos algo como Public Enemies, emitida este año en la pantalla de la BBC y con apenas tres capítulos, que resulta una buena experiencia televisiva para el espectador ávido de misterios no resueltos y un poquito de tensión sexual, ya que estamos.
Public Enemies tiene un punto a favor ni bien empezar: el reparto. Encontramos a Ana Friel (Pushing Daisies) y Daniel Mays (Outcasts) en los roles de una agente del programa de reinserción de ex convictos y un homicida recientemente liberado, acusado de haber asesinado a su novia diez años atrás.
Con la liberación del personaje de Mays se abre una breve pero intensa historia en la que se mezclan los debates morales al interior del personaje de Friel, y la tortuosa psiquis del ex preso, que construye más que bien un personaje entre frágil, infantil y perverso. Sin dudas el trabajo de Mays es el más destacable de la serie, con unos buenos picos dramáticos que logran que el televidente pase de confiar en él a repelerlo, con la misma rapidez que lo hacen la propia agente y la familia de la víctima de una década atrás.
No obstante, no son todo color de rosas en la calidad de la serie, aunque claro, siempre entra la apreciación personal. Para el nivel de desarrollo que tiene la trama en su primera mitad, el final quizás sabe a poco. O, al menos, a un desenlace demasiado complaciente con el espectador, cuando las series británicas muchas veces se destacan por ir a resoluciones un tanto más escabrosas o profundas.
Sin adelantar datos del final, como tampoco de los primeros giros de la trama (justamente por el tema de la brevedad con que se desarrolla) cabe decir que la serie tiene puntos flojos, pero también una buena construcción de climas, que sin colocarla en un lugar sumamente destacado para un género de por sí muy brillante en ese país, sale airosa como un buen producto, construído con buena mano.
Por el lado del personaje de Friel, si bien psicológicamente no parece tan atractiva como el torturado Eddie de Mays, tiene buenos giros morales, interesantes. Básicamente partimos de la base de que la agente está bajo el atento ojo de las autoridades de su departamento ya que en su última intervención supervisó la probation de un ex convicto que se ganó su confianza y terminó asesinando. Con ese tono denso, en el que todo amenaza con irse al diablo en cualquier momento, es que entramos en el juego mental del que también ella es víctima, con un Eddie errático que, más allá de todo lo inocente que pueda parecer, es un completo manipulador.
Esa delgada línea entre el personaje débil y amable y el psicópata oculto es lo que mantiene la tensión de la historia. Una tensión resuelta a tropezones, pero tensión al fin.
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Hay unas cuantas cosas que la serie promedio debe respetar para tener asegurado el éxito, o al menos para no tentar demasiado a la mala suerte, la ira de los fans y la decepción traducida en ratings en picada. Una de esas premisas es: hacé sufrir al/los protagonistas, cuanto más sufran la gente más se engancha, pero nunca los mates. Menos de manera definitiva… menos a todos los protagonistas. Una serie acéfala, tal como está planteada la industria, parece una locura destinada al fracaso. Si me lo preguntaban antes de ver Being Human, lo ratificaba. Si me lo decían habiendo visto ya un par de temporadas de Being Human, también lo hubiera sostenido. Pero, al fin de cuentas, esta serie no es normal y dio vuelta la tortilla. Al menos en mi caso.
En entradas anteriores sobre la temporada 3 y el programa en general habíamos hablado de una serie que volvió a traerle esperanza a ese errático concepto de modernizar los clásicos. Sin caer en el cliché adolescente de otras series como Teen Wolf y toda la generación Twilight, sin basarse en personajes carilindos y chatos y, sobre todo mechando el humor más inocente y absurdo con las historias más tétricas y dramáticas, a veces hasta morbosas, así irrumpió Being Human y lo sostuvo a lo largo de tres excelentes temporadas que iban descubriendo un arco argumental general que a medida que avanzábamos tomaba las dimensiones de una hecatombe mundial.
Y entonces, en la cresta de la ola, se decidió terminar la tercera con algo impactante, inesperado y tan rotundo que nos dejaba ante un panorama peligroso. Y fue algo tan fuerte que, si no llegaste al capítulo, será mejor que no leas a partir de ahora…
Mitchell se fue, se convirtió en polvo, literalmente y ni el precedente de otros vampiros re-resucitados parecía dar un panorama muy alentador. Pero todo se fue aún más al diablo cuando su compañero de elenco, Russel Tovey, anunció vía Twitter que su licántropo George también abandonaría la serie este año. No dijo cuándo y todos imaginamos otro final de cuarta temporada con cliffhanger lleno de lágrimas y despedidas. Lo tendríamos, pero por motivos jamás imaginados.
Tampoco imaginaríamos que George se iría al final… del primer capítulo. Y de un modo cruel si los hay. Hasta se podría decir que de todas las escenas jodidas y malvadas que ha hecho esta serie, lo de George fue encarnizado. Mientras otras series optan por qeuilibrar el final terrible de una temporada con el inicio más bien naif de la siguiente, en Being Human pasó todo lo contrario y repentinamente la cuarta temporada apareció como algo irremontable.
Sin embargo, Being Human lo hizo de nuevo. Aún con un arranque que hurgaba en la destrucción psicológica de los personajes, que cerraba con más dramatismo del esperable todas las líneas principales… aún con todo eso, logró una cuarta temporada de gran calidad.
Diferente, eso sí. Casi tanto como si se tratara de otra serie, pero manteniendo esa identidad tan fuerte que supo establecer y que fue en estos ocho capítulos su mayor punto de apoyo. Con una Annie destrozada, obligada a criar un bebé ajeno y sola en una casona que le (nos) trae demasiados recuerdos dolorosos, como si de equilibrio en la Fuerza se tratara, debieron aparecer dos personajes masculinos para sostenerla.
El primero en comprarse el boleto de vuelta fue el interesante Tom, hijo adoptivo de McNair en la temporada anterior, un adolescente algo deteriorado con cara de cachorro perdido que había dejado más de un elemento por retomar desde su aparición anterior. Tom es un ser extraño, aún dentro de este universo paranormal. Combina su estilo inocente, hasta corto de inteligencia, con un código moral tan particular como estricto: matar a todos los vampiros que se le crucen.
Pero sin dudas una presentación de personaje que quedará para la posteridad es la del nuevo vampiro del trío, Hal. Comienza con una historia que no parece tener punto de conexión alguno con los chicos de Gales. Vive en una peluquería antigua con sus amigos Leo (un licántropo) y Pearl (fantasma). Ese equilibrio constante de uno de cada especie se mantendrá hasta el final, aunque con historias tan ricas que no se siente la reiteración, y funciona bien como cíclica metáfora.
Los caminos de Tom, Annie y Hal se mezclarán. Al principio por casualidad, hasta que todos los caminos conduzcan a Eve, la hija de George y Nina. La bebé pasará a tener un rol pasivo pero definitorio, en la siempre remañida historia del elegido, con una trama por momentos idéntica a Terminator en su estructuración. Pero, otra vez y ya parece una broma, Being Human sale indemne hasta de ese cliché y con un final de temporada que, sin adelantarlo, puede no haber inventado demasiado pero deja la sensación de que, aunque injusto, es lo que debía pasar.
El antagonista vuelve a ser una organización vampírica, pero más desarrollada y con un Mark Gatiss que se impone
como villano más que sus antecesores.
En resumen, Being Human otra vez se la juega y sale airoso. Es imposible no sentir algo de nostalgia, eso sí, y una pena tremenda por esa tragedia que la serie ha sabido crear sin dejar de lado el humor negro. En el medio, algunos capítulos de cierto relleno también introducen historias interesantes, llenas de criaturas entrañables y despreciables en partes iguales.
Una factoría de personajes que quedan para siempre.
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Una serie fracasada, perdida en los anales de la televisión británica que es rescatada del olvido para convertirse en un show fabuloso. Una serie dentro de otra serie… y dentro de un documental.
Hay dos series paralelas. Una, la que nos llega a nosotros, que se titula «Garth Marenghi’s Darkplace», escrita y protagonizada por Matt Holness y Richard Ayoade, interpretando al escritor de libros de terror Garth Marenghi y al actor Dean Lerner. Los dos personajes, en una suerte de falso documental, recuerdan un viejo show televisivo de horror que filmaron en los ’80 al tiempo que, en cada episodio, muestran un capítulo entero del antiguo programa.
La otra serie, esa que ellos quieren recordar, es «Darkplace» y cuenta las andanzas del médico Rick Dagless (interpretado por el escritor Marenghi, y a su vez por el actor de la vida real Holness) en un hospital repleto de casos paranormales de bajo presupuesto.
Son, dicho de este modo tan confuso, una serie que habla sobre otra serie, aunque la segunda no existió realmente en nuestro mundo. «Garth Marenghi’s Darkplace» es, ante todo, una parodia pero a la vez un sentido homenaje a todas esas series de los 80’s, incluso a las menos lucidas.
Darkplace, la serie dentro de la serie, tiene todos los clichés del cine de la época, a la vez que el personaje de Garth Marenghi tiene todos los lugares comunes del escritor de terror/showman al estilo R.L. Stine o Stephen King. Pero el mayor acierto es haber logrado que Darkplace realmente parezca una serie filmada hace casi tres décadas, con una intro fabulosa que rememora todas las producciones televisivas del momento, una estética acertada hasta en los mínimos detalles y hasta un sonido, empastado y levemente desfasado que, acompañado por las voces exactas dan todo el aspecto de ser real. Además, se le suman burlas a lo que solía ser la televisión hecha por kilo, como el episodio en que los actores explican que los capítulos duraban ocho minutos menos de lo debido entonces debían poner cámara lenta en todas las escenas que no tuvieran diálogos, o la vez que murieron dos técnicos de la producción, pero no fue tan grave porque pudieron reemplazarlos por otros («el martillo es el mismo, no es gran cambio»).
Y, para sumar porotos a una serie que es buena hasta en sus títulos, se suma un redundante y fabulosos videoclip protagonizado por el sidekick del doctor Dagless, el doctor Sánchez, interpretado por Matt Berry, que además de actor es músico en la vida real:
Sumado a esto, todos los guiños a las películas del momento: Carrie, The Fog y el cine de ciencia ficción clásico en general, con sus deformes monstruos del espacio que venían para esclavizarnos y a la vez mostrar su ternura. Al mismo tiempo.
También son interesantes las intervenciones del cast original en el documental, contando qué fue de cada uno de ellos, sumado a la genial anécdota sobre el enigmático desenlace de la actriz Madeleine Wool.
La serie es básicamente de humor absurdo, con elementos de parodia y humor negro. Apenas seis capítulos la componen, que en su momento tampoco tuvo el debido reconocimiento pero de a poco se fue convirtiendo en un objeto de culto, como pasa con las cosas de verdad buenas tarde o temprano.
Absoluta y totalmente recomendable para aquellos que estén incursionando en el humor negro británico de TV, para los que hayan disfrutado The IT Crowd y, sobre todo, para los que amen ese entretenimiento ochentoso que nos convirtió en esto.
]]>Título original: Garth Marenghi’s Darkplace
País: Gran Bretaña
Año de emisión: 2004
Cadena: Channel 4
Creador: Matthew Holness, Richard Ayoade
Temporadas: 1
Cantidad de episodios: 6
Warwick Davis tenía 13 años cuando se calzó por primera vez un disfraz que lo tapaba por completo. Con el tiempo, su persona (su cara en menor medida) iría haciéndose conocida en cuanta producción de ciencia ficción o fantasía necesitara un actor pequeño. Pero, como casi siempre pasa, Warwick siempre quedó ligado a papeles secundarios en producciones fantásticas. Fue «el enano», como él mismo dice, de Star Wars, Harry Potter, Laberinto, Leprechaun, Narnia y Merlín. Tuvo su época de gloria como protagonista de «Willow» la película creada por George Lucas donde Val Kilmer, en pleno 1988, fue relegado a ser su sidekick.
Podrían existir muchas formas de que Warwick Davis hablara de su vida pero, para fortuna de todos, no es a través de la autocompasión. Por el contrario, cuando Davis fue invitado a participar en Extras (aunque «en el capítulo de Daniel Radcliffe») le propuso a Ricky Gervais y a Stephen Merchant hacer una miniserie sobre su propia vida. Siempre pensada desde el humor ácido y la incorrección, Life’s too Short, desde su título, fue pensada como un retrato irónico de la vida desde el metro de estatura.
El estilo guarda muchas similitudes con Extras, aunque si se lo mira con atención.. guarda incluso más parecidos con la serie argentina «Todos contra Juan». Bueno, dudo que Ricky la haya visto pero hay que decirlo. La idea parte de un falso documental con Warwick como eje, haciendo de él mismo en un mundo aparentemente real. Es un actor engreído, anclado en la época de Willow y convencido de que es una celebridad, aunque el teléfono no le suena hace rato. Sus ganas de disimular la carrera que va en picada son tan fuertes como la escalada de sus problemas profesionales y personales.
En pleno juicio de divorcio y escarbando en su agenda de contactos, relata el día a día de su historia. Los creadores de la serie, Gervais y Merchant, son personajes recurrentes. Ambos hacen, obviamente, de sí mismos y son tanto o más soberbios que el propio Davis, aunque se los pinta como exitosos y desganados empresarios, que se pasan el día tras un mostrador haciendo lo imposible por evitar a los pesados que llegan a pedirles trabajo.
La serie cuenta con siete capítulos de calidad variable, aunque en términos generales logra que el protagonista empatice con los espectadores. Uno, a la larga y aunque Davies sea insoportable (dentro del planteo de la serie claro), quiere que finalmente le vaya bien. Lo cierto es que, al igual que en Extras, el personaje es puesto continuamente en situaciones patéticas y absurdas que lo dejan mal parado o simplemente lo entierran por su propia falta de habilidad y pedantería.
El humor negro rige la serie, aunque con frecuencia se recae en gags sobre el enanismo de Davis. Algunos son efectivos, pero como todo humor que apela a cuestiones físicas, la reiteración a veces aburre y hasta resulta un poco ofensiva… momento, ofensiva? La palabra mágica. Se ha acusado a Ricky de muchas cosas y esa es seguramente la más recurrente. Gervais, así como Davis, usan la ofensa como arma de doble filo, para que la tome o la deje el espectador. Y dejarla quiere decir dejar también la serie. Quizás los temas que aborde Life’s too Short no sean tan osados y jodidos (así como gloriosamente tratados) como ocurría en Extras, pero su gran dosis de «hacer chistes con lo que no se debe» obviamente pone reservas al momento de recomendar esta serie a cualquiera.
Si te gustó Extras, es sumamente recomendable que veas Life’s too short. Quizás no sea tan buena, es cierto, pero se la ve rapidísimo y tiene algunos momentos que rozan la genialidad. En términos generales quizás tiene varios momentos no-graciosos, más de los que debería, pero la evaluación general, de mi lado, es positiva. Sobre todo es destacable que la idea y la mayoría de los chistes hayan salido del propio Davis. Muchos de los chistes referidos a su vida cotidiana parecerían exageraciones si no fueran verdades dichas por él mismo, por ejemplo que tiene que usar un lampazo en los supermercados para alcanzarse los productos de los estantes más altos. Sin embargo, el chiste no está en reirse de esas dificultades, no. Sino del absurdo empleado que quiere obligarlo a comprar el lampazo porque «acaba de usarlo».
Life’s Too Short por momentos puede parecer una serie que se ríe de la gente pequeña, pero quedarse con eso sería tapar la totalidad, no escuchar al propio Davis. Lo que él toma a chiste es cómo la sociedad se planta frente a un enano que entra a un restaurant (suponiendo que la chica de las mismas características que espera adentro tiene que ser su pareja) o un shopping. Cómo uno mismo, independientemente del grupo al que pertenezca, puede ser discriminador con sus pares, sólo por esa búsqueda permanente de la normalidad. Cómo se puede hacer chistes, en fin, con todo sin importar lo que digan, porque que de igual lo que digan es el punto de partida de la serie.
Otro fuerte son las intervenciones de actores famosos, en especial de Liam Neeson y Johnny Deep. Neeson llega ante Ricky, Stephen y Warwick y les pide ayuda para hacer un número de stand up, ya que se considera gracioso. No solamente es super osado el nivel de maldad con que la serie se ríe de «los temas con los que no se puede bromear», sino la interpretación caracúlica de Neeson que de ser tan malo para el humor pasa a ser brillante. Y, por el lado de Johnny Deep, sirve como vehículo para burlarse de quienes se ofendieron con las palabras de Gervais en los Golden Globes del año pasado.
Mención aparte para los personajes secundarios, en especial para la formidable Rosamund Hanson en el papel de la secretaria de Warwick y Steve Brody como su empleado contable. Los dos concentran todo el prejuicio automático del mundo, exagerado desde el absurdo y lo inimputable.
Life’s too short quizás tuvo algunos elementos faltantes, como más seguidilla de chistes, hasta llegar a ese nivel de incomodidad extrema que alcanzaba con maestría Extras. No obstante, tiene muchos otros alicientes que la meten en un terreno poco frecuentado por la comedia: el humor negro sobre cosas serias hecho y pensado, justamente, por quien debería ofenderse. Eso la coloca en un lugar especial, destacable. No faltarán ofendidos, pero claro… eso es parte del juego que Gervais propone hace rato.
Lo cierto es que Life’s too short pone todas las cartas sobre la mesa, quizás se queda a medio camino y no tiene un final feliz (aunque sí una segunda temporada para… 2013), pero pone a todos en la situación de preguntarse… ¿qué personaje se está burlando de mí, aunque no quiero admitirlo? Quizás el que trata de reconfortarlo diciéndole que al menos tiene los brazos largos, que el mundo laboral lo está esperando en su inmensa amabilidad y tolerancia, que a las chicas no les importa. Life’s too short tiene una segunda lectura que la trasciende y es dejar en evidencia hasta qué punto la corrección política puede ser más ofensiva y nefasta que relajarse y entender que hay que reirse de ciertas cosas, porque sólo de ese modo dejan de ser un obstáculo.
]]>Título original: Life’s Too Short
País: Gran Bretaña
Año de emisión: 2010
Cadena: BBC Two
Creador: Ricky Gervais, Stephen Merchant y Warwick Davis
Temporadas: 1
Cantidad de episodios: 7
«Los psicópatas no pueden empatizar ni sentir remordimiento, por eso interactúan con las demás personas como si fuesen cualquier otro objeto, las utilizan para conseguir sus objetivos, la satisfacción de sus propios intereses. No necesariamente tienen que causar algún mal.» Wikipedia no tendrá un doctorado en psiquiatría, pero da una descripción de la psicopatía que bien sirve para introducirnos en el lisérgico mundo de esta breve serie británica donde la palabra freak queda corta.
El arranque de la serie utiliza un recurso parecido al que usara John Boynton Priestley en su gran cuento «An Inspector Calls», en el que una familia es interrumpida durante la cena por un detective que investiga el suicidio de una joven. Les va mostrando la foto a cada uno de los miembros del clan a medida que se va descubriendo una gran red de secretos y complicidades relacionados a ella, pero mantenidos en silencio. Esa foto mostrada poco a poco destapa la historia y moviliza a los personajes desde lo más profundo.
En Psychoville, seis personas reciben la misma carta amenazante sobre su pasado oculto. Son un payaso decadente que anima fiestas para niños a pesar de faltarle una mano y llegar con su destartalado auto cubierto de polvo, un anciano ciego que vive solo en una mansión junto a su enorme colección de muñecos de peluche, un actor de teatro enano con un pasado en el cine porno y supuestos poderes psíquicos, una partera traumatizada con la pérdida de su hijo y un muñeco al que cuida como si tuviera vida y una madre e hijo fanáticos de los asesinos seriales y con una relación incestuosa.
Los creadores de esta oscurísima y ácida historia son Reece Shearsmith y Steve Pemberton, quienes al mismo tiempo interpretan a varios personajes entre los que se destacan Maureen y David Sowerbutts, dos de los personajes principales que inician una masacre en su pueblo, a modo de venganza.
Steve Pemberton también actúo en la interesante serie de misterio Whitechapel, con un personaje muy diferente al Steve de Psychoville, pero algunos puntos de contacto: su enfermiza obsesión por los asesinatos. El elenco se completa con Daniel Kaluuya, Daisy Haggard, Dawn French, Eileen Atkins, Daniel Scarborough y una enorme lista de actores que, en la mayoría de los casos, interpretan a varios personajes.
Lo interesante de la serie es que recién tras varios capítulos se comienza a descubrir el vínculo entre los personajes y su contacto es de escaso a nulo en la primera temporada, así como su conocimiento sobre el autor de las cartas amenazantes, misterio que lentamente se va aclarando.
Otro aspecto llamativo es que Psychoville no transcurre, como su nombre podría suponer, en un pueblo donde todos están tan desquiciados como estos personajes, más bien hay un cierto nivel de locura generalizada, pero que se ve mucho más acentuada y llevada al absurdo en estos seis principales.
El humor siempre pendula entre un tono negro sin tapujos al mejor estilo Extras, una estética lúgubre y de vez en cuando desagradable y mucha, pero mucha mala leche. Los personajes, a pesar de tener un nivel de absurdo que va en ascenso conforme avanza la serie tienen historias muy bien armadas, personalidades que compañan ese background con mucha solidez y episodios que, independientemente del hilo general forman historias memorables.
Psychoville tiene, además, una infinidad de guiños y homenajes al cine de terror. En particular llega al extremo de la destreza narrativa con el episodio íntegramente dedicado a Maureen y David, en la primera temporada, que es una alabanza de 28 minutos al film «The Rope». El episodio también está filmado en un único plano secuencia (incluso más real que el de Hitchcock y sus cámaras limitadas) y sus actores la descosen con una actuación inmejorable y sin cortes en la que deben ocultar el cadáver de una de sus víctimas cuando aparece un detective.
]]>Título original: Psychoville
País: Gran Bretaña
Año de emisión: 2009-2011
Cadena: BBC One
Creador: Reece Shearsmith y Steve Pemberton
Temporadas: 2
Cantidad de episodios: 13
Hay ideas que no se aseguran ventas por ser originales, pero que si logran dar resultados sobresalientes tienen un mérito muy especial. En Inglaterra, como en Estados Unidos, hay una tendencia siempre vigente de tomar historias clásicas e intentar trasplantarlas a la otros períodos, situándolas además en el mundo «real» (sin elementos sobrenaturales).
El ejemplo de Sherlock guarda algunos puntos de contacto con Being Human, en tanto que busca tomar algo sobre lo que se han escrito bibliotecas y darle un lugar y tiempo como el que vivimos en nuestras habituales y poco mágicas vidas. Ahora bien, lo determinante en ambos casos es que se logran producciones valiosísimas desde todo punto de vista y han logrado tener una identidad propia, en el delicado equilibrio de respetar el espíritu del original y despegarse de los lugares comunes. Sherlock surgió un poco de ese modo.
Se tomó la historia clásica, y contada más veces de las que el propio Conan Doyle quisiera, del detective londinense más maravilloso de la humanidad. Su creador, Steven Moffat, es sin dudas una de las grandes promesas dentro del guión televisivo (y también cinematográfico, con Tintín), que tuvo su gran desembarco como cabeza de las nuevas temporadas de Doctor Who, la creación hace unos años de Jekyll y ahora este nuevo desafío del que está saliendo incluso más victorioso que de todo lo anterior.
Son pocas las críticas negativas que se le pueden hacer a Sherlock y la única que yo admito, es a la vez un halago: debería durar más. Hasta el momento, apenas cuenta con dos temporadas de tres capítulos cada una. Con una duración de una hora y media cada episodio, eso sí. Definitivamente cada uno es comparable a una película.
Su calidad a nivel técnico es acompañada con buenas historias, a veces algo enredadas, que parten de una de las escasas novelas o los incontables cuentos protagonizados por Sherlock, a los que se les agrega nuevos giros y una presencia más sostenida del hermano, Mycroft Holmes. No es para menos ya que el actor que lo interpreta, Mark Gatiss, es a la vez co creador de la serie y productor ejecutivo.
Al igual que como Moffat hizo con Jekyll, la historia parte del «¿Qué hubiera ocurrido si Sherlock no hubiera resuelto casos a fines del siglo XIX, sino en 2011 y sus sucesivos?». Desde ahí, todo se reacomoda. Sherlock es un joven de mente brillante, pero soberbio y esdeñoso, bastante en la línea de su antecesor.
Sólo cambia el opio por los cigarrillos de tabaco (podrían haberse animado a más), pero mantiene el violín y el amor por las ciencias exactas que hace que su sitio web no sea visitado por nadie con cariño por su tiempo libre. Watson, en cambio, también tiene un pasado como soldado y un blog, mucho más popular en el que hace reseñas de los casos que debe ir resolviendo con su amigo. Pero al principio no lo hace por hobby, sino por prescripción médica.
Los dos personajes que componen a estos personajes son, sin lugar a dudas, otro pilar fundamental de los méritos de esta serie. Benedict Cumberbatch, con su profunda voz le hace gambeta a esa cara algo aniñada (aunque tampoco es un pibe), y arma un Sherlock totalmente a la altura de las circunstancias. Un bicho raro que no por eso parece ni demasiado anacrónico ni irreal. Su compañero, mucho más habitual pero no por eso de interpretación menos destacable, es el Watson de Martin Freeman. Los dos, que volverán a encontrarse en el climax de The Hobbit (Freeman como protagonista y Cumberbatch como voz de Smaug), destacan desde el principio por forjar una relación que da mucho juego. Tanto en sus constantes peleas y contradicciones como en los recurrentes chistes sobre la relación gay que todos le sospechan, aunque nunca deja de ser más que un juego del guión para desacartonar sobre todo a Watson.
Ampliamente recomendable para todo aficionado al género policial que busque una narración diferente de los clásicos.
]]>Título original: Sherlock
País: Gran Bretaña
Año de emisión: 2011-actualidad
Cadena: BBC One
Creador: Steven Moffat, Mark Gattis
Temporadas: 2
Cantidad de episodios: 6
Es fijo que todos los años encuentro alguna serie, nueva o vieja, que me obligue a hacer una buena maratón de capítulos. Este año la historia se repitió con un par que sospechaba que me iban a enganchar, como Six Feet Under y Breaking Bad, pero también, y contra todo pronóstico, terminé “maratoneando” con The Good Wife. Y digo que me sorprende, que fue inesperado, porque realmente nunca pensé que fuera a atraerme una serie de abogados, más allá de que había leído buenos comentarios al respecto de esta producción relativamente reciente de la CBS (recién va por la mitad de su tercera temporada). De no haber sido porque Lisa Edelstein (aka: la doctora Cuddy, de House) confirmó hace meses que iba a estar en la nueva temporada, creo que jamás me hubiera decidido a echarle un vistazo a The Good Wife, y sin dudas me hubiera perdido de conocer una muy buena serie.
Creada por Robert y Michelle King, y con los hermanos Ridley y Tony Scott entre sus productores ejecutivos, The Good Wife entra en la categoría de series procedimentales, es decir, esas con capítulos autoconclusivos y un “caso del día” para resolver. Pero, por supuesto, también tiene su arco argumental principal, que en este caso es la historia de Alicia (Julianna Margulies), una abogada casada con Peter Florrick (Chris Noth), un influyente abogado de la ciudad de Chicago que en los primeros minutos de la serie es enviado a prisión tras verse envuelto en un escándalo sexual y casos de corrupción. Mientras Peter está guardado en la cárcel con unos cuantos abogados a su lado intentando liberarlo, Alicia, quien hace más de diez años que no ejerce su profesión, empieza a trabajar en la firma Stern, Lockhart & Gardner gracias a su amigo Will Gardner. Sin embargo, no todo es tan fácil como parece, porque además de tener que pagar derecho de piso y empezar “de abajo”, a esta buena esposa que todavía sigue visitando a su infiel marido en prisión la van a acosar la prensa, los rumores, las mentiras, y los prejuicios para hacerle la vida imposible a ella y a sus hijos.
Probablemente la sinopsis no los atraiga demasiado, especialmente si no son amantes de las series de abogados o de los procedimentales. A mí me pasó lo mismo. Y sin embargo The Good Wife, con todas las limitaciones que pueda tener el formato de este tipo de series, funciona muy bien y, superados los primeros capítulos, se torna muy interesante. Al contrario de lo que podría esperarse, no se torna aburrida gracias a su muy buen ritmo, a sus personajes, a las muy correctas actuaciones de todo el elenco en general, a los casos, y a sus muy buenos guiones. Decididamente la combinación de drama legal y drama familiar más algunos toques de humor le queda perfecto.
Más allá de que los casos en general son muy interesantes y atractivos por su variedad y actualidad, creo que una de las grandes razones para que The Good Wife funcione tan bien son sus personajes, tanto los principales como los secundarios. Por un lado, claro, está Alicia, que más allá de lo que el rostro de vampiresa de Julianna Margulies pueda sugerir, no es una abogada garca y es imposible de odiar. Ella, la good wife, que por sus hijos se banca que las represalias contra su marido le caigan a ella de rebote; ella, que se compenetra emocionalmente con cada caso; ella, con su aparente tranquilidad a cuestas; ella, que es tan… querible. Gran trabajo de Julianna Margulies.
Por otro lado, tenemos a Will Gardner (Josh Charles) y Diane Lockhart (Christine Baranski), abogados experimentados que, a diferencia de Alicia, están más dispuestos a seguir las reglas del juego y tirarse para el lado que más se ajuste a sus intereses. Lo mismo ocurre con Cary Argos (Matt Czuchry), un joven abogado que compite con Alicia para conseguir un puesto en la firma de abogados. Y si de personajes importantes hablamos, hay que destacar especialmente a Eli Gold (Alan Cummings), el consejero de Peter Florrick y uno de los mayores responsables de aportarle a la serie sus dosis de humor, y por supuesto también a Kalinda Sharma (Archie Panjabi), un personaje tan badass como enigmático que se encarga de conseguir pruebas para cada defensa de los clientes de la firma de todas las maneras posibles.
En definitiva, una serie que recomiendo mucho. Como dije al principio, no pensé que me fuera a atraer, y de hecho en los primeros capítulos no me enganché demasiado, pero poco después empezó a ponerse mejor, me encariñé con algunos personajes, me atrajeron los casos y… y bueno, acá estoy escribiendo este post para ver si a alguien le sirven todas estas palabras y se engancha con este procedimental muy prolijito, bien guionado, y bien actuado. Para que lo agenden.
]]>Título original: The Good Wife
País: Estados Unidos
Año de emisión: 2009 – en emisión
Cadena: CBS
Creador: Michelle King, Robert King
Temporadas: 3
Cantidad de episodios: 57 (hasta el momento)





