Los niños juegan en la plaza con una pelota hasta que una mujer llega para recordarles que no deben jugar al sol con el calor que hace, que vayan a beber agua a la fuente y después se recojan a la sombra. Los niños ignoran la sugerencia de la mujer y continúan corriendo febrilmente tras la pelota como si en ella se encontrara la respuesta al enigma de la vida, pero cuando por agilidad o azar llegan a ella antes que los demás no pierden un segundo en volver a alejarla de un puntapié, como si mantener el misterio fuera la verdadera respuesta a esa pregunta absurdamente banal.
Las preguntas sin respuesta valen lo que vale cada palabra y coma de su enunciado, sin importar la urgencia ni la importancia de su contenido, como si a cada puntapié de los chavales la pelota decidiese estarse quieta en su punto de partida en lugar de salir disparada, incapaz de decidir si el patadón estaba bien orientado o era suficientemente potente. Preguntas como las que me bullían en la cabeza esta mañana: ¿cómo he llegado a este lugar?, ¿por qué me ignora la gente?, ¿a dónde ha ido mi madre? valían en realidad lo mismo: seis palabras, una tilde y dos signos de interrogación, en total un valor de nueve todas ellas, sin respuesta que las diferencie o matice.
Preguntas y presagios de fatalidad que asomaban su cabeza brumosa esta madrugada entre sueños demasiado reales para pasar desapercibidos, un tractor descontrolado, un accidente de carretera, el rostro desencajado de mi madre… yo, vistiéndome rápido, presa de la sospecha, y apareciendo en casa de mi madre sin que nadie abriese la puerta… la seguridad del desastre.
La respuesta no puede estar en ese periódico abandonado sobre una de las mesas del bar de la plaza, abierto en la página de sucesos. «Extraña concatenación de muertes: un vehículo agrícola deja caer una bala de forraje en la calzada por accidente y causa la muerte de un joven de la provincia tratando de esquivarla. El conductor del tractor pierde la vida auxiliando al desgraciado cuando un camión lo arrolla mortalmente. La madre de la víctima fallece de un ataque al corazón al conocer la noticia. Tres víctimas a centenares de kilómetros por una sola bala perdida.»
