Aún era joven y mi imperfección era evidente, pero, asumiendo que mi familia me respaldaría, tras vivir doloroso y abundante abuso de parte de mi pareja -abuso sexual desde mis 15 años de edad, violación sexual y violencia física una vez casados, matrimonio por el que opté dado que me negué a abortar pese a planteamiento familiar- abandoné mi hogar con mi pequeño primer hijo y me mudé de vuelta donde mi madre y mis hermanas. Sin embargo, el violador ladrón y traicionero apareció días después -con la pareja que había obtenido hacía largo tiempo pese a figurar aún como mi marido- y, frente a mi negación a abrir la puerta y dejarlo entrar, se trepó por la reja y se lanzó hacia mí. Nadie salió al patio a apoyarme ni a protegerme, por lo que mi reacción fue gran terror… Así que corrí a mi auto y me fui directo a la comisaría. Pero la respuesta del carabinero fue dolorosamente simple: “¿Su marido? Ja ja ja”…
Al volver a esa casa estaba tan tensa que por error golpeé la puerta de mi coche y tras lograr salir del vehículo corrí hacia la habitación que había logrado ocupar. Mi dolor y mi llanto amargo eran excesivos, al parecer… Tanto, que mi hermana más cercana -por edad- se asomó a mi pieza. Al verla intenté comenzar a hablarle de lo vivido, pero me lanzó a gritos la prohibición de meter ruidos vía llanto, se salió y me dio un portazo. Mi corazón y mi mente quedaron aún más desconsolados…
Pero, peor aún, horas después acudí donde mi propia madre, quien, pese a que escuchó y supo lo vivido por mí con ese hombre, sólo me miró con cara de odio y cerró la puerta de su habitación pese a que yo aún lloraba.
La larga, extensa, evidente falta de cariño y su habitual maltrato verbal -antes, durante y después- siempre me lo impedía pese a figurar como «mi madre»:
- 1973: “A los dos meses de edad dejé de tener a esa bebé en mi pieza porque ella no quería estar conmigo», decía a sus cercanos como «chiste» en cada carrete y yo estaba siempre presente, aunque alejada, así que yo siempre lo oía. Y ella lo decía una y otra vez ante mí pese a que, al percibir los síntomas de parto y llegar al Hospital Barros Luco, al avanzar mi nacimiento (en 1969) se dieron cuenta de que yo tenía el cordón umbilical enrollado en mi cuello y que por milagro no morí.
- 1974: En pleno invierno la familia presentó complicaciones económicas, pero a pesar de ello mi madre compró nuevos zapatos de colegio para mi hermana, algo comprensible dado que a esas edades todo nuestro cuerpo va creciendo. Sin embargo, para mí no lo buscó. Así que me vi forzada a usar zapatos rotos, con un plástico al interior, lo que no evitó que mis pies quedaran llenos de agua.
- 1976: “¿La muñeca se le quemó a tu hermana? Pásale la tuya entonces”.
- 1986: «Sí, nos chocaron, así que métete a la ambulancia y ándate tú sola al hospital. Y cuando vuelvas, te quedas sola en tu pieza». Si no hubiera tenido la fortuna de que la abuela de mis primas que vivía cerca me cuidó por horas, los insectos que se me habían colado en la piel me habrían causado muchos más problemas tras la cirugía que me hicieron en el hospital incorrecto (porque debía haber llegado al hospital para menores de edad, ubicado atrás, pero como llegué sola me dejaron en el de adultos, donde vi a múltiples personas en riesgo, incluyendo a una que falleció en una cama casi junta a la mía).
- 1984: “Cada mañana deberás llevar a tu hermana a su elegante colegio particular y sólo ahí te podrás ir a tu liceo fiscal, aunque tengas que esperar afuera media hora hasta que abran”. Y que yo pagara el gasto de mi hermana, o yo sufriera robo en el bus, o, peor, que ya caminando hacia mi liceo sufriera abuso sexual más de una vez de parte de un adulto joven que sólo vestía un abrigo y se lo sacaba ante mí para mostrarme su total desnudez. Si carabineros no hubiera ido pasando justo una mañana y no se hubieran detenido ni escuchado a mí, eso habría seguido viviendo yo; algo que a ella jamás le importó pese a que lo supo por mí.
- 1985: “Me acabo de separar de tu padre, así que te prohíbo volver a verlo.” A lo que me negué, porque pese a los errores cometidos por mi padre como esposo, mi padre siempre fue y siempre será mi padre.
- 1986: Un par de años antes una iglesia evangélica se había instalado frente a nuestro hogar y yo me sumé, pese a que verdadera creyente aún no era. Pero me fui, finalmente, porque su desigualdad ante mujeres era inaceptable -prohibición de usar pantalones en lugar de falda, prohibición de nadar en una piscina junto con varones, etc.- Pero mi madre se sumó, y eso que el pastor general -extranjero- ignoraba a sus hijos y mantenía relaciones sexuales con otras mujeres pese a la presencia habitual de su esposa, algo que a través de mi propia madre supe.
- 1987: «¡Ladrona! Tienes totalmente prohibido sacar una de mis latas de atún para almorzar en la universidad». Y eso lo recibí de su parte porque inicialmente acusó a la nana, pero ella al defenderse le indicó que era yo quien la había sacado. Algo que para mí fue correcto que la nana dijera… aunque el acuso de «robo» que recibí de mi madre para mí fue incomprensible y limitante…. Y doloroso.
- 1988: “Mi nieto es mi hijo, yo soy su mamá”, decía a sus cercanos en cada carrete y yo seguía presente, pese a lo abusivo que percibía sus expresiones cada vez que la escuchaba.
- 1990: «Con ese abrigo que lograste comprar por primera vez como trabajadora, ¡pareces una pordiosera!». Y, cierto, no había podido avanzar con mi estudio universitario inicial una vez embarazada, pero había logrado convertirme en una asistente formal que por trabajo podía aportar a su primer, amado hijo.
- 1993: Tras romper mi primer matrimonio debido al extenso abuso que viví, me vi obligada a moverme a la casa de mi madre porque ese hombre se negaba a abandonar la casa que figuraba a mi nombre. Un par de días después con su «nueva pareja» -que ya tenía hacía largos meses o años- se asoma y al verlo me niego a abrirle la reja. En respuesta, él trepa y se lanza al patio interior y eso me deja alarmada… Tomo mi auto y voy a carabineros, pero obviamente ellos se niegan a realizar algún acto de protección; de hecho, con «risa» me aclaran: «tu esposo es tu esposo no más». Tras eso al volver a casa me siento deprimida, asustada, triste… Pero cuando estoy llorando en mi pieza mi hermana abre la puerta y a gritos me exige: «¡deja de «meter ruido!». Tras intentar hablar con ella -a lo que se niega, por lo que golpea y cierra la puerta-, más tarde intento me asomo a la pieza de mi madre para intentar explicarle por qué estoy como estoy… y también se niega a escucharme. Así que le digo la razón básica por la que ese matrimonio iba a término -violación, abuso, engaño-, pero aún así me ignora.
- 1994: «Con ese pelo luces ¡ridícula!», me dijo ante su pareja, quien, trabajando en una empresa me había recomendado y me había permitido obtener mi primer contrato formal como secretaria bilingüe. Pareja que, tras ver y escuchar su ofensa cuando compartíamos un almuerzo, por segunda vez y en forma ya definitiva la abandonó.
- 1995: “Ella no puede irse al sur, me está robando a mi nieto, que es mi hijo”. Así se expresaba una y otra vez ante mí cuando ya me había vuelto madre de un segundo hijo, a través de un nuevo esposo. Y venir al sur, espacio de origen de mi abuela -su madre- era para nosotros un deseo.
- 1995: A través de su hermana (mi tía, que llevaba un tiempo en su casa) una mañana me entero que acababa de intentar suicidarse a través del calefont en su baño. Sentí tanto susto y tanta pena que corrí a mi auto y me fui de inmediato a buscarla a su casa y la llevé a la clínica. Y tras su testeo lo confirmaron, pero la salvaron.
- 1995: A partir de ahí se hizo cargo su psiquiatra -de quien nadie sabía pero ya llevaba meses-, quien determinó que ella requería ser enviada a una clínica psiquiátrica. Y eso lo supe yo porque yo la rescaté. Y yo la respaldé. Hasta que, unos días después, al saber que ella ya podía recibir visitas, al intentar pasarla a ver el personal de la clínica psiquiátrica me indica que no puedo siquiera ingresar porque ella se niega a verme. A diferencia de mi hermana, a quien nunca se negó a ver.
- 1995: Habiendo yo pedido permiso en mi trabajo para ir a verla, tras lo dicho por ella me asomo donde su psiquiatra para saber qué pasaba. Él me recibe y escucha en silencio todas mis consultas y mis preocupaciones y me mira con atención. Y una vez que me detengo y espero su respuesta, me dice: «Usted no es para ¡nada! como ella siempre dijo que usted era… Usted es trabajadora, seria, cuidadosa, preocupada, respetuosa… Y definitivamente el niño es su hijo, no hijo de ella…». Así que tras recibir confirmación del odio que mi madre sentía por mí le planteé a mi padre alguna sugerencia, por lo que mi hermana fue la que se hizo cargo de mi madre. Algo que nuestra madre claramente aceptó.
- 1998: «Ridícula, deja de tejer esos suéteres, te quedan horribles». Y eso lo expresaba cuando ya mis hijos y yo ya nos habíamos venido a vivir aquí en el sur, un espacio frío para nosotros. Mis niños los necesitaban y yo, imperfecta aún, se los tejía… por amor.
- 2004: «Deja de apagar el calefont cuando te vas a trabajar, ridícula, aunque seas pobre». Y eso lo recibí cuando por fin había logrado obtener una modesta, linda casa en pleno sur de Chile (con un calefont antiguo y modesto que podía crear un incendio en mi ausencia), cuyos costos asumía yo sola, por mí misma, tras término de mi segundo matrimonio.
- 2005: «Sí, lo dejé salir pese a que tú le prohibiste salir de noche en pleno día hábil dado que al día siguiente debía ir al colegio», razón por la cual carabineros debió buscar a mi hijo en pleno centro y, afortunadamente, lo encontró. Y eso se repitió a raíz de su actuar en una segunda ocasión dado que mi hijo seguía siendo su hijo para ella. A diferencia de mí.
- Etc… etc… etc… Una larga, asquerosa historia que viví la mayor parte de mi vida a través de ella…
Y no es sólo parte de lo que toda mi vida escuché de ella, sino -aún peor- lo que finalmente hizo contra mí: me robó a mi hijo, estando él en su ciudad por unos meses tras solicitud de mi parte a su padre debido a mi depresión, palabra que uso porque ella nunca me informó pese a que conversábamos por llamada telefónica fija de mi parte una vez por semana. Sólo lo supe por otra vía meses después, pese a haber pedido a su padre que lo acogiera por un tiempo porque pese a mis malas experiencias con ese hombre nunca negué su existencia como padre. Pero mi madre y ese abusivo ex-marido cuyo historial contra mí ella ya conocía- se volvieron amigos. Y eso, además, pese a que él siempre se había negado a aportar a nuestro hijo en común. E incluso durante años posteriores siguieron en contacto de amistad y hasta participaron en situaciones laborales comunes, tanto así que él continuó recibiendo, o sea robando -repaldado por su segunda esposa, a cuya cuenta bancaria me habían solicitado que hiciera los envíos- mi aporte económico mensual para mi hijo mientras yo suponía que mi hijo estaba con él, algo que él mismo nunca había otorgado. Algo adicional que mi madre también sabía, pues yo viviendo en el sur de Chile había intentado obtener pensión de alimentos pero el trámite a distancia era complicado, por lo que yo le había solicitado ayuda de confirmación del domicilio de esa porquería. Algo que ella se negó a hacer. Por lo que mi hijo nunca recibió nada de parte de su padre, incluyendo esa vez que tuvo un accidente de tránsito y lo contactó, pero él se abstuvo, por lo que sólo yo me sumé. Así como la ocasión en que por pérdida de trabajo pedí a ese padre que por favor incluyera a nuestro hijo en su Isapre, pues yo me veía forzada a anular la mía. Algo que él indicó haría, pero nunca, jamás hizo. Y lo supe meses después, cuando mi hijo tuvo problema de salud y necesitaba llevarlo a un doctor.
Pese a lo que descrito, yo nunca bloqueé la cercanía de mis hijos con sus padres y siempre mantuve escondidas las historias vividas con cada uno de ellos. Así como nunca me alejé de mi propio padre cuando mi madre insistió en que yo lo hiciera tras su separación y posterior anulación de su matrimonio.
Tras largos años mi hermana menos menor se asomó a verme aquí en el sur, a diferencia de en sus evidentes viajes vistos en RRSS. Y fue grato verla y tener la libertad de ponerla al día de todo lo vivido en estos largos años. Pero en su última visita todo cambió… Conversando durante almuerzo frente a mí, su hija y mis hijos, de pronto plantea algo «gracioso» y menciona al abusador, violador y agresivo que nuestra propia madre siempre respaldó. O sea…
A mi hermana más menor le habría planteado todo lo vivido por mí ante esta madre común, pero ella era tan joven que hacerlo no correspondía. Aunque ojalá lo hubiera hecho alguna vez. Así, ella -como psicóloga- nunca habría dejado de contactarme y nunca habría dejado de sumarse a mí en RRSS y, en cambio, calificado a su otra hermana como «la mejor del mundo mundial» en publicación. O, peor aún, nunca se habría vuelto seguidora en RRSS de quien me abusó, violó y robó, algo que me topé y respaldó mi inevitable eterna depresión… Y eso que pocos años después nuestra hermana común quedó al tanto de todo e incluso me dijo que a ella la pondría al tanto. Algo que nunca hizo y/o a la otra nunca le importó…
Y a mi hermano aún menor -hijo de mi padre en su segundo matrimonio- ya ni siquiera es fácil considerarlo miembro de familia… Y es que ser ignorada siempre ante cualquier contacto se volvió inesperado tras mi intento de mantenerme cercana a él dado lo planteado por nuestro padre, quien pensaba que quizás fallecería por ataque cardíaco cuando él estaba por nacer. Y que eso no ocurriera fue maravilloso para todos nosotros. Pero que a estas alturas nuestro padre sólo le interese ver a ese hijo -y quizás a sus otras hijas-, pero no a mí es doloroso. Él fue el único que confié cuando tuve múltiples cánceres y siempre me respaldó y ayudó. Pero ya no… pese a que ha sido puesto al tanto de lo nuevamente vivido…
Y no, nada de esto es falso. NADA…
Ojalá el cordón umbilical que bloqueaba mi cuello cuando nací me hubiera hecho desaparecer.
Pero eso ya se viene, pronto vendrá…






