Como llevo bastantes años viviendo en el mismo barrio, me ha dado tiempo a conocer a mucha gente, me refiero de una forma superficial. Era gente muy amable que me contaba cosas de sus vidas, hacían simpáticas bromas, se interesaban o fingían hacerlo por mi bienestar y así se fue creando en las calles habituales un ambiente acogedor y familiar. Hasta que los traicioné.
Creo que los primeros traicionados fueron el matrimonio formado por Fonsi y Luna, propietarios de la frutería, “La luna de Fonsi, (qué posesivo el tal Fonsi, ahora que lo pienso) De verdad que me caían bien, su fruta estaba buena, nunca me colaban piezas pochas y por la confianza con la que se comportaban parecían amigos míos de toda la vida, pero por un simple motivo de cambio de recorrido en mis desplazamientos dejé de pasar por delante y comencé a comprar en otros lugares. Pensaba volver a su frutería, era un pensamiento que me rondaba, como te ronda la idea de llamar a alguien del que hace mucho que no sabes nada, pero no lo materializas por pereza o porque otros deberes o placeres se van interponiendo. Hasta que un día me vio Fonsi entrando en otra frutería y fue tal su cara de decepción y tristeza veteada de odio que no me atreví a volver. Sigo encontrándomelos a los dos, se han cambiado a un local más grande y les va bien, su frutería tiene clientes, pero el gesto desagradable que me ponen cuando nos vemos, permanece. Tampoco es para tanto, digo yo, pero parece ser que sí lo es.
Tanto me incomodan esas miradas de agravio silencioso que procuro no pasar por delante, cambio de acera, pero como resulta que en la de enfrente, un poco más adelante, está la peluquería de Lidia por donde tampoco puedo ya pasar por el mismo motivo, camino un trecho y cruzo de nuevo. Lidia me hablaba mucho de su pareja mientras me cortaba el pelo, la pareja tenía un problema de salud y ella se desahogaba conmigo, en ocasiones dejaba la tijera suspendida en el aire y me narraba diversas operaciones y tratamientos. A cambio, imagino, me ofrecía lo que ella llamaba “un tecito”, nunca tomé su tecito porque no me gusta el té y porque me imaginaba que con una taza en la mano se crearía un ambiente todavía más propicio a las levitaciones de tijera. Pero no dejé por eso de ir a su peluquería, Lidia también me caía bien, fue porque sí, porque probé en otro sitio y luego en otro, por casualidad. Lidia ya no me saluda, gira la cabeza y mira para otro lado, como si mi simple presencia le fuera insoportable. Qué exagerada y qué rencorosa, de verdad.
Camino otro tramo y vuelvo a cruzar porque ahí me acecha la farmacia de las Hermanas Hidalgo, tres chicas pecosas y con flequillo, anteriormente encantadoras y ahora devenidas en otras odiadoras más y, desde mi punto de vista, con menos razón que los anteriores. Solo estuve unos meses sin ir a su farmacia y cuando volví pensando con toda mi inocencia que se alegrarían mucho de verme y me regalarían un jabón de vainilla que me encanta, noté nada más entrar que de alegría nada y de jabón de vainilla, menos todavía. Se miraron como para decidir quién de las tres tendría que pasar el mal trago de atenderme. Tomó la iniciativa la mayor, con gesto muy tenso y más seca que un campo agostado. Las otras se afanaban falsamente colocando medicamentos. Nuevas enemigas en tan solo una calle, pensé con angustia.
Y podría sumar más casos de seres ofendidos, porque han sido años de deserciones sin mala intención por mi parte. Cuánto daño he causado sin pretenderlo.
Como castigo a mis infidelidades, ya no puedo caminar en línea recta. Para evitar la inquina de esos rostros tengo que ir haciendo un ridículo zigzag por las numerosas áreas de territorio hostil que me van y me van cercando.

