Zigzag

Como llevo bastantes años viviendo en el mismo barrio, me ha dado tiempo a conocer a mucha gente, me refiero de una forma superficial. Era gente muy amable que me contaba cosas de sus vidas, hacían simpáticas bromas, se interesaban o fingían hacerlo por mi bienestar y así se fue creando en las calles habituales un ambiente acogedor y familiar. Hasta que los traicioné.

Creo que los primeros traicionados fueron el matrimonio formado por Fonsi y Luna, propietarios de la frutería, “La luna de Fonsi, (qué posesivo el tal Fonsi, ahora que lo pienso) De verdad que me caían bien, su fruta estaba buena, nunca me colaban piezas pochas y por la confianza con la que se comportaban parecían amigos míos de toda la vida, pero por un simple motivo de cambio de recorrido en mis desplazamientos dejé de pasar por delante y comencé a comprar en otros lugares. Pensaba volver a su frutería, era un pensamiento que me rondaba, como te ronda la idea de llamar a alguien del que hace mucho que no sabes nada, pero no lo materializas por pereza o porque otros deberes o placeres se van interponiendo. Hasta que un día me vio Fonsi entrando en otra frutería y fue tal su cara de decepción y tristeza veteada de odio que no me atreví a volver. Sigo encontrándomelos a los dos, se han cambiado a un local más grande y les va bien, su frutería tiene clientes, pero el gesto desagradable que me ponen cuando nos vemos, permanece. Tampoco es para tanto, digo yo, pero parece ser que sí lo es.

Tanto me incomodan esas miradas de agravio silencioso que procuro no pasar por delante, cambio de acera, pero como resulta que en la de enfrente, un poco más adelante, está la peluquería de Lidia por donde tampoco puedo ya pasar por el mismo motivo, camino un trecho y cruzo de nuevo. Lidia me hablaba mucho de su pareja mientras me cortaba el pelo, la pareja tenía un problema de salud y ella se desahogaba conmigo, en ocasiones dejaba la tijera suspendida en el aire y me narraba diversas operaciones y tratamientos. A cambio, imagino, me ofrecía lo que ella llamaba “un tecito”, nunca tomé su tecito porque no me gusta el té y porque me imaginaba que con una taza en la mano se crearía un ambiente todavía más propicio a las levitaciones de tijera. Pero no dejé por eso de ir a su peluquería, Lidia también me caía bien, fue porque sí, porque probé en otro sitio y luego en otro, por casualidad. Lidia ya no me saluda, gira la cabeza y mira para otro lado, como si mi simple presencia le fuera insoportable. Qué exagerada y qué rencorosa, de verdad. 

Camino otro tramo y vuelvo a cruzar porque ahí me acecha la farmacia de las Hermanas Hidalgo, tres chicas pecosas y con flequillo, anteriormente encantadoras y ahora devenidas en otras odiadoras más y, desde mi punto de vista, con menos razón que los anteriores. Solo estuve unos meses sin ir a su farmacia y cuando volví pensando con toda mi inocencia que se alegrarían mucho de verme y me regalarían un jabón de vainilla que me encanta, noté nada más entrar que de alegría nada y de jabón de vainilla, menos todavía. Se miraron como para decidir quién de las tres tendría que pasar el mal trago de atenderme. Tomó la iniciativa la mayor, con gesto muy tenso y más seca que un campo agostado. Las otras se afanaban falsamente colocando medicamentos. Nuevas enemigas en tan solo una calle, pensé con angustia.

Y podría sumar más casos de seres ofendidos, porque han sido años de deserciones sin mala intención por mi parte. Cuánto daño he causado sin pretenderlo.

Como castigo a mis infidelidades, ya no puedo caminar en línea recta. Para evitar la inquina de esos rostros tengo que ir haciendo un ridículo zigzag por las numerosas áreas de territorio hostil que me van y me van cercando.

El alma de las flores

Esta es la historia de una niña que nació con un alma sensible y poética. Se llamaba Teru y vivía a principios del siglo XX en un pequeño pueblo de pescadores de Japón que hoy se corresponde con la ciudad de Nagato. Era capaz de empatizar con los árboles, las flores, el rocío, los peces, las abejas, la nieve y hasta con objetos inanimados como un gorro de lana perdido o un poste telegráfico. Pasó su infancia entre libros – su madre tenía una librería- y rodeada de naturaleza. Una infancia feliz dedicada a leer, a jugar y a observar con su personal delicadeza el mundo que la rodeaba. A los veinte años comenzó a escribir poesía y cambió su nombre por el seudónimo de Misuzu. Sus poemas reflejan la visión del mundo de una niña, aunque ella ya no lo fuera, dotada de una extrema sensibilidad.  Probó a enviar algunos a varias revistas y cinco de ellos fueron aceptados. Otro poeta y también editor reconoció su talento y la animó a que siguiera escribiendo.

Pero esa vida no iba a continuar siendo bella. Como era costumbre en el Japón de aquella época su matrimonio fue concertado y con él comenzó el terror. El marido, que había sido empleado de la librería familiar, quiso iniciar su negocio en otra ciudad tal vez con la intención de alejarla de su entorno. Como ella ya estaba embarazada decidió seguirlo a pesar de la oposición familiar. Lo primero que hizo él, seguramente temeroso de que el brillo de su mujer pudiera opacarlo, fue prohibirle la escritura y cualquier relación con poetas o editores amigos. Por si eso fuera poco le fue infiel y la contagió de una grave enfermedad de transmisión sexual.

En 1930 se divorciaron y ella, que ya estaba muy enferma, volvió a la casa materna con su hija. Todavía no habían acabado sus desgracias, ya que el marido reclamó la custodia de la niña. Ella no pudo soportar tantas adversidades y se suicidó con una sobredosis de calmantes. Antes de morir había tenido el cuidado de recopilar sus poemas en tres cuadernos que entregó a su hermano pequeño para que los guardara. Su hermano trató de publicarlos, pero no lo logró y los poemas quedaron olvidados.

Alrededor de treinta años después, el poeta e investigador Setsuo Yazaki estaba leyendo una antología de poesía infantil cuando descubrió entre ellos un poema de Misuzu titulado “La gran captura”. Le gustó mucho y trató de hallar a la autora. No era tarea fácil ya que ella había utilizado un seudónimo y su apellido de soltera. Tenaz, fue siguiendo las pocas pistas que tenía y no dejó de buscarla. Al cabo de dieciséis años encontró al hermano. Aunque este ya pasaba de los setenta había conservado los tres cuadernos que su hermana le había entregado antes de morir.

Al fin la obra de Kaneko Misuzu fue publicada en Japón con gran éxito. En España es la editorial Satori la que ha traducido y publicado un bellísimo libro de la autora titulado “El alma de las flores”. En el prólogo de este libro, escrito por sus traductoras, Yumi Hoshino y María José Ferrada, es donde he leído esta historia.

carview.php?tsp=

Árbol

Un pájaro

en las ramas más altas.

Un niño

en el columpio bajo la sombra.

Hojas muy pequeñas

en los brotes.

Aquel árbol

aquel árbol,

estará contento.

Silenciosa se comió una mora

Todas las mañanas Buuuuu y su silenciosa pareja salen a dar un paseo con los perros. Dos machos, Cástor y Pólux, y una hembra, Vega. Los tres son las estrellas del cielo de Buuuu, gran aficionado a la astronomía.

Pasean por un camino bordeado de fresnos y robles y desde el sendero se ven las montañas, muy altas y rocosas. A Silenciosa le gusta rezarlas como si fueran diosas, para ella lo son. Lo malo es que sus oraciones se interrumpen a menudo por los buuuuu, buuuuu, de Buuuuu.

Buuuuu, no lleves tan deprisa a los perros, ¿no ves que se ahogan? No hemos venido a correr, hemos venido a pasear tranquilamente, los perros necesitan moverse, cierto es, pero no es necesario fatigarlos, no es bueno que se fatiguen así.

Silenciosa afloja las correas con una mano y con la otra se toca la raya del pelo, está agobiada porque el camino de las raíces blancas, que normalmente tapa con tinte, se está ensanchando a medida que transcurre el verano, como si el sol estuviera destiñendo su cabeza a la vez que lo hace con el campo.

La mano vuelve a su lugar y ella a entonar por dentro sus montañosas oraciones.

Buuuu, buuu, buuuu, no vayas por ahí, ese desvío no me gusta, está lleno de moscas, no me preguntes porqué está lleno de moscas, puede ser el arroyo que se ha secado y se ha convertido en un barrizal, será eso, a las moscas les resultará agradable esa putrefacción. Por ahí no, torcemos a la derecha, seguimos hacia abajo, por donde el otro puente, es verdad que luego tendremos que subir, no importa, lo haremos despacio, recuerda, despacio, nada de hacer correr a los perros.

Silenciosa sigue las indicaciones con desgana. Un petirrojo se posa en la rama pinchosa de una zarzamora, pía como si saludara y se esconde rápidamente entre la maraña del matorral. Algunas moras ya están negras, la mano de de ella se extiende para coger una.

Buuuuu, buuuuu ¿qué haces ahora? No te pares, a los perros no les conviene pararse, el paseo ha de ser ligero pero continuado, sin pausas, que vayan poco a poco cogiendo el ritmo, esas moras no se pueden comer todavía, buuuuu, no están maduras.

Un gorrión burlón aparece por detrás y picotea una de las moras. No tiene la misma opinión que Buuuu y lo manifiesta sin miedo.

A Silenciosa se le ha olvidado qué es una opinión, era algo que se decía, pero como ella no dice nada… lo que sí sabe es que no le gusta ir a mirar estrellas, que se aburre cuando Buuuu saca los prismáticos y le señala, tan sabihondo él, el triángulo del verano formado por Vega, Altair y Deneb. Sin querer se ha aprendido los nombres y también las constelaciones a las que pertenecen. Sin querer ha cogido manía a un cielo que parece ser propiedad exclusiva de Buuuu.

Por eso mantiene en secreto su comunicación con las montañas, para que siga siendo suya y Buuuuu no se la apropie y la llene de nombres y datos.

Buuuuu, ya estamos llegando, ya estamos llegando, buuuuu, va a pegar fuerte hoy la solana ¡Atención!, cronometro: una hora y diez minutos. No está mal, no está mal. Mañana más, sin forzar, sin forzar a los perros.

Silenciosa se toca otra vez el camino blanco de la cima de su cabeza y sin que la vea Buuuu alarga la mano con rápida decisión y arranca una mora.

Se la come, está ácida. Le gusta.

Milito y la pantera

Sobre una toalla rosa de flecos se untaba de aceite de coco la señora del bañador de pantera. Era una mujer amable y de trato dulce, con una melena rubia teñida que le llegaba por los hombros. También era una mujer muy pesada que causó la desgracia aquel verano a su hijo, bautizado Emilio, pero llamado por ella y al final por todos los demás, Milito.

El niño estaba sometido a una constante vigilancia por la señora pantera y vivía rodeado de advertencias de peligros inminentes y de órdenes contradictorias. Milito era tímido, llevaba una gorrita para proteger del sol su cabeza rubia que no le dejaban quitarse ni para el baño, al igual que la camiseta de la que tampoco se desprendía, y, aunque era guapo, de un guapo prototípico, su aspecto apocado hacía casi imposible que las niñas se fijaran en él o que los chicos quisieran introducirlo en sus juegos.

A su madre, que se llamaba Analía, le hubiera gustado tener a Milito sentado a su lado en la toalla, pero comprendía, al contemplar los juegos de otros de su misma edad, que eso no era sano del todo y ni siquiera posible.

Así que le ordenaba, “pero corre un poco hijo, ¿no ves a los demás niños que están corriendo? Corre tú también” Y cuando Milito se decidía a trotar un poco, Analía la pantera se asustaba de la orden y la matizaba, “corre un poco Milito, pero no te canses. Corre con cuidado no vayas a caerte”.

El resultado es que Emilio dejaba de correr y se daba paseos alrededor de las piscinas, solo le faltaba llevar las manos enlazadas a la espalda y la cabeza gacha como un melancólico y reflexivo señor mayor. Con sus azules ojos contemplaba las carreras de los demás y sus zambullidas, no se sabe sin con envidia o temor o con una mezcla de ambos sentimientos.

Una vez, en el colmo de la orden imposible de cumplir, por muy obediente que Milito fuera, que lo era, le dijo, “Pero Milito, hijo, con este calor y todavía no te has bañado, anda a bañarte…pero no te mojes”.

En la parte trasera de las casas había un jardín con cedros muy grandes donde los niños jugaban por las tardes a la sombra de sus ramas. Milito también comenzó a ir, impulsado por su madre, pero cargado de infinitas advertencias sobre los múltiples peligros que en esa selva le acecharían: escorpiones debajo de las piedras, tarántulas venenosas, avispas, rocas que podían desprenderse y caer sobre su cabeza, cuervos depredadores, insolaciones, robos y secuestros, ataques letales de asma y, sobre todo, pero eso no lo sabía Analía, otros niños que ya se habían fijado en sus debilidades.

 Gracias a su madre que lo había puesto en evidencia ante los demás, le llovieron unas cuantas piedras de iniciación y aprendizaje que supo esquivar con habilidad asombrosa y sin retirarse del campo de batalla, no lloró y, sobre todo, no se chivó. La masa cruel consideró que ya estaba lo suficientemente curtido como para integrarse en el grupo.

La pantera jamás conoció el riesgo de morir lapidado que su Milito había corrido mientras ella se aplicaba ungüentos bronceadores sobre la toalla rosada.

(Me acordé de Milito al leer la historia del niño del triciclo rojo en el blog de Beauseant)

El amigo

De Sally te puedes esperar cualquier cosa, yo ya estoy acostumbrada. Hasta que ocurre la siguiente cualquier cosa y me doy cuenta de que no, de que todavía no lo estoy. Sigue sorprendiéndome y no para bien, precisamente.

Los miércoles suelo quedar con dos amigas a tomar una cerveza en una terraza que está cerca de casa. Y allí estábamos tan a gusto, disfrutando del sol, que era agradable, de la compañía y de las cañas cuando a lo lejos vi venir a Sally con mucho movimiento de faldas.

En principio no me puse en alerta, mal por mi parte. La saludé con la mano y le hice el gesto de que se acercara, segundo y grave error. De eso me di cuenta enseguida, cuando comprobé que detrás de la falda venía alguien más, era un hombre, un hombrecito más bien, un retaco, vamos, podría haber pasado por el hijo pequeño de Sally si no fuera porque el hombre no era un niño ni mucho menos y ella no tiene hijos. Yo sí tengo y una es Sally. El señor pequeño iba vestido con un uniforme que no supe identificar, era amarillo con franjas grises y azules que se repetían también en las perneras de los pantalones. Elegante no iba.

Pensé que habría contratado a algún operario para que la ayudara en la tienda. Tiene una tienda de flores que le puse yo y se la puse porque no sabía qué hacer con ella, no quiso estudiar y no había manera de que sin formación encontrara un trabajo medianamente digno. La tienda es pequeña, pero muy bonita y más o menos se va apañando.

Ya estaban al lado de la mesa, Sally saludó brevemente y se puso a comer patatas sin pedir permiso, el hombre estaba a su lado, callado, por el momento.

Este es Wilson, un amigo, dijo ella, entre crujidos.

Encantadas, contestaron Alejandra y Victoria, qué iban a decir.

Sally, tras volver a llenarse la boca de patatas, (dónde habrán quedado todas mis enseñanzas) siguió hablando, para mi desgracia.

Trabaja en el metro, en las limpiezas, ha salido porque es su hora del bocadillo, vamos a dar una vuelta por aquí mientras se lo come y le voy a enseñar la tienda. Le encantan las flores.

Sí, señoras, allá en mí país tengo muchas flores, acá no porque el piso es muy pequeño y compartido. Acá no…y suspiró.

Tiene nostalgia, intervino Sally, hoy es el cumpleaños de su hijo y no puede estar con él, está un poco triste. Y también está preocupado porque está haciendo una suplencia, se le acaba en un mes y él lo que quiere es que le hagan un contrato.

Sí, señoras, eso es lo que quiero, que me dejen quedarme, por eso llego bien temprano y me aplico y me aplico. Todos están muy contentos conmigo, soy trabajador,  no me importa tener que recoger deposiciones o vomiteras, por la noche se encuentra de todo ahí abajo, buscan el punto ciego de la cámara y allá se van a hacer sus cosas si les da el apretón.

Esa historia tan agradable se nos puso a contar el buen señor mientras Sally, tras terminarse las patatas atacaba las aceitunas. No sólo nos relataba sin ningún pudor las porquerías que recogía en el metro, sino que nos detallaba el tamaño y hasta los colores.

Miré de reojo a Alejandra y a Victoria, de frente no me atreví,  para ver su reacción, como son muy educadas no decían nada, asentían con caras comprensivas, pero yo sabía bien lo que estaban pensando, lo mismo que estaba pensando yo, que ese hombre era un impresentable y que Sally no estaba bien de la cabeza.

No se sentaron, menos mal, se quedaron de pie, Sally haciendo breves introducciones y masticando y él perorando. No paraba de hablar sobre sus dos temas básicos: añoranzas y detritus. Aunque yo estaba muy nerviosa y cuando estoy nerviosa no soy capaz de asimilar del todo las situaciones, sí me fijé en que tenía algo perturbador en la mirada. La mayoría del tiempo era muy mansa, hasta un poco bovina, pero de vez en cuando lanzaba unos destellos maliciosos, como si nos fuera asesinar a todas.

Y ese era el amigo de Sally, se habían conocido en la línea 9 hacía unos mesecitos. Tenía ya una buena colección de amigos bastante poco recomendables, pero tan epatante como el hombrecito de las limpiezas del metro, la verdad, ninguno.

Nos vamos, que le quiero enseñar la tienda. Y se fueron, menos mal.

¡Qué pobre!, dijo Alejandra, tan compasiva ella. Un trabajo horrible el suyo y ni siquiera es suyo.

Es muy dura la vida de estas personas, apoyó Victoria, dejan atrás sus familias, sus costumbres y se vienen aquí a tratar de ganarse de la vida de muy malas maneras. Somos unas privilegiadas y todavía nos quejamos, no tenemos derecho a quejarnos.

¿Cómo que no? Eso serían ellas, que tenían hijos normales, yo sí que me hubiera querido quejar. Quejarme y llorar por tener una hija tan mema y desagradecida como Sally, la vergüenza que me había hecho pasar ¿o es que lo hacía por fastidiarme? Era imposible que fuera amiga de verdad del tal Wilson.

Ay,¡ mira qué mona!, si le ha regalado unas flores, dijo Alejandra tapándose la boca no sé si para contener la risa o qué.  Los vi alejarse bajando la cuesta, él, con esas flores encima, parecía un tiesto.

Sally, Sally, Sally, con lo dulce y obediente que era de pequeña, no sé qué le ha podido pasar a esta chica para torcerse tanto. Después de comer me quedé dormida con las noticias de fondo. Soñé con los ojos de Wilson, primero bondadosos y apacibles como un lago calmado, después tormentosos, cargados de electricidad. Me desperté asaeteada por uno de esos relámpagos.

Es que nunca, pero nunca, nunca se puede estar tranquila en esta vida.

Oregón

Antes de salir había estado mirando en internet algunos lugares de Estados Unidos y ya tenía decidido cuál sería su destino: el estado de Oregón. Le habían entusiasmado sus árboles grandiosos, sus lagos, su costa…

El inconveniente es que estaba a unas catorce horas de vuelo, lo cual era mucho, la ventaja es que le daba lo mismo porque no tenía intención de volar. Ni a Oregón ni a ningún otro lugar.  Estaba esperando a Soraya que le iba a acompañar a tomarse un café y, mientras tanto, le haría su compra diaria. Ese momento de la mañana le gustaba, después ya no salía en todo el día y aunque se organizaba sus actividades intramuros, las horas se le hacían bola, una bola tan grande que le costaba respirar.

Mala suerte, ni el café pudo tomarse. Tuvo el tiempo justo para saludar a David, el de la fruta, que le hizo su habitual broma y también al del quiosco de prensa, un chico argentino al que todos llaman “Hey, Boludo”. Pululaba a su alrededor como una mariposa esa chica de pelo rojo, siempre cargada con muchas bolsas de la compra. Enamorada de Hey, Boludo, le daba conversación y trabajo porque a él no le gustaba hablar, salvo que fuera de fútbol. Era de pocas palabras y ademanes gatunos, muchas veces le había visto adormecido en un rayo de sol.

Una mañana normal, eso pensaba que sería, el café le sentaba muy bien, le ponía contento durante un breve espacio de tiempo, puede que media hora, lo que no está tan mal. Pero ni a pisar el bar llegó, hay días que vienen así, malencarados como una carta invertida del tarot.

Al llegar a la entrada del bar algo falló en sus piernas, los músculos tal vez o los impulsos nerviosos que manda el cerebro ordenando movimiento o puede que otra cosa, el motivo no lo sabe, su cuerpo ya hace tiempo que se volvió misterioso y traidor. Lo que sí sabe es que se cayó al suelo en la mitad misma de la puerta y ahí se quedó sentado, con las piernas abiertas y cara de tonto asustado. Mucho daño no se había hecho, no tanto, un poco sí, a lo mejor estaba contusionado, pero no creía que se hubiera roto nada.

Lo peor era la situación, el susto, se le abrieron mucho los ojos y se agarró al cordón de la medalla de teleasistencia, pulsó el botón varias veces. Una voz femenina contestó, le preguntó qué le había pasado, indagó sobre el lugar y le aseguró que enseguida se desplazarían para atenderle.

Pero hasta entonces estaba en mitad de la puerta, se había formado una cola tanto para entrar como para salir, todos lo miraban, preguntaban si habían llamado a emergencias, si no sería mejor que lo levantaran entre dos o tres. No, ya vienen, decía Soraya, es preferible no moverlo, estamos aquí esperando tranquilitos. Ella usaba mucho los diminutivos, tratando de suavizar así las situaciones.  

Algunos eran amables, se inclinaban hacia él bajando la cabeza y le preguntaban si se sentía mal y si podían hacer algo, pero otros se mostraban impacientes, estaba atascando la puerta y era la hora punta de los desayunos, se había formado una cola para salir y otra para entrar. Observó, por entre los vahos de dolor y miedo, algunas caras de fastidio, gestos de que les estaba incordiando ese señor, es decir, él, Luciano, sentado en mitad de la puerta con las piernas abiertas y todo su corpachón obturando el paso. Estaba sentado, era verdad, pero no voluntariamente. Varado como un cetáceo, así estaba.

Pulsó varias veces más el botón rojo de la alarma que llevaba colgada del cuello como si así pudiera acelerar la llegada de sus salvadores. No llegaron de momento, pero sí se presentaron en su ayuda, como impulsadas por un viento amigo, las imágenes que había estado viendo antes de salir: cascadas, bosques y montañas con nieve, un alucinante lago en el interior de un cráter volcánico, dunas ondulándose sobre el océano Pacífico, anaranjadas por el atardecer.  Él mismo se estaba ondulando. Era una sensación dulce y cálida. Se ondulaba, se ondulaba suavemente hasta casi fundirse con el mar.

Ha sido una caídita no más, oyó decir a Soraya y su placer se disipó. Ya no era una duna ni estaba a punto de mar, lo sacaron de Oregón tirando de sus axilas, tumbado en una camilla entró en ambulancia.

Catorce horas de vuelo, pensó con cansancio.

Gris

A la dársena de autobuses se baja por una pasarela gris, podría ser bonita, o menos fea, si desde ella pudiera contemplarse un río, las copas de unos árboles, un arroyo al menos, algo así, fresco y natural. La realidad es que mientras se desciende lo único que encuentra la vista es un suelo de hormigón gris y unas paredes también grises donde se exhiben muchos carteles publicitarios de una clínica dental. «Sonríe, sonríe, sonríe», vas leyendo sin querer mientras te dejas caer por la pasarela.

Los que salen en los anuncios de la clínica es lo que hacen, una familia en el primero de ellos: madre, padre, niña y niño. Alguien que se aburría esperando el autobús o que odia las familias convencionales o puede que las clínicas dentales o todo ello junto, les ha pintado los dientes de negro. Así ya no parecen tan convencionales sonriendo a todo sonreír con sus dentaduras góticas. A su lado, pero en otro cartel, cada uno en su casita, sonríe también una joven. A ella no le han tocado los dientes, solo le han ensombrecido un ojo, adornado la testa con cuernos de diabla y el cuello con un collar de espinas. En los otros anuncios no me fijé, por repetitivos, y porque tuve que taparme con un brazo para protegerme del sol que iba pegando bofetones por la pasarela.

Al llegar al gris se estaba mejor, había sombra y corría una brisa subterránea muy agradable, es cierto que traía enredado un fuerte aroma a flota de autobuses, pero como empecemos a poner pegas a todo nunca vamos a estar a gusto en este mundo. Decidí sentarme en uno de los bancos, no había previsto lo sucios que estaban, por lo que cambié de decisión, que tampoco pasa nada, y me puse a dar vueltas por la zona. Se me acercó una señora a la que le temblaba la boca y me preguntó si sabía a qué hora llegaba el 107. Voy al hospital, me dijo. La llevé hasta unos horarios que había visto al pasar y continué deambula do. Arriba, por el cielo, volaba armando mucho jaleo, un grupo de vencejos.

Llegó otro grupo, este de niños con gorras y mochilas, bastante más silencioso que el de los pájaros. Iban liderados por una monitora. Los niños buscaban pistas por la dársena, miraban debajo de los bancos, dentro de las papeleras, por detrás de los autobuses que estaban vacíos y aparcados, con las letras, «fuera de servicio» iluminadas en su parte frontal. Encontraron la primera pista al lado de la joven con cuernos de diabla. No se entusiasmaron con el hallazgo, tal vez llevaban un buen rato haciendo lo mismo.

La monitora leyó en voz alta el lugar aproximado donde tenían que ir a buscar la siguiente, resultó ser el panel de horarios, se agolparon alrededor de la mujer de la boca temblorosa que seguía investigando la hora de salida de su autobús. Uno de los niños se apartó del grupo con cara de aburrido y se sentó en un banco gris, además de aburrido parecía avergonzado de su campamento de verano en la dársena. Se quitó la gorra y miró al suelo como si quisiera desaparecer.

Tenéis que averiguar…dijo la monitora tratando de poner emoción a sus palabras. Se le adivinaba cierto miedo a que todos los niños siguieran el camino del primer desertor. Aquel lugar era muy propicio para cualquier tipo de deserción. Incluso para una deserción total, absoluta.

Cada vez que un autobús bajaba por otra pasarela destinada a ellos, en paralelo a la de los peatones, todos mirábamos con la esperanza de que fuera nuestro número, pero tras un gracioso giro quedaba aparcado con las desoladoras letras, «fuera de servicio». Una chica con un vestido amarillo se sentó en unas escaleras que terminaban en una puerta oscura y cerrada y se puso a escribir algo en un cuadernito. Las flores de su vestido resbalaron en cascada por los escalones.

El niño de la gorra le estaba dando patadas a un balón imaginario.

Un conductor se puso a limpiar los cristales de uno de los autobuse, parecía alegre con su misión, solo le faltaba cantar. Su alegría atrajo a unos cuantos que se acercaron a pedirle información, contestó a todos con mucha simpatía mientras fregaba con un agua jabonosa. Este es el 107 y lo llevo yo, anunció orgulloso, sale en diez minutos.

En cuanto terminó de limpiar subimos todos, excepto los niños de abajo y los vencejos de arriba.

«Sonríe, sonríe, sonríe», volví a leer sin querer en cada una de las curvas de ascenso al exterior. Un bebé, aún sin lenguaje, rompió a llorar.

Marrón

Hace dos días conocí al señor Granby. Un hombre con el pelo canoso y ondulado y un bigote con las puntas ligeramente disparadas hacia arriba, solo ligeramente. Estaba sentado en una silla de madera y apoyaba el brazo de manera desenfadada en el respaldo. También conocí a su mujer, Sarah, una oronda señorona que también se me presentó sentada, ella en un sillón y junto a una mesita que tenía encima una cafetera humeante.  Los conocí a ambos y a sus muchos empleados. A Molly, la encargada de la limpieza; a la señora Pringle, jefa de la cocina, y a sus tres ayudantas, unas chiquillas que me parecieron muñecas, llamadas Fanny, Rachel y Mabel. Conocí también a Giles, el jardinero; a Jacob, el mozo de los caballos; a Kingston , el ayudante de cámara; a Joshua, el mayordomo y a Percy, el guardabosques.

Todos ellos sostenían con una mano una taza y la seguirán sosteniendo mientras se mantenga intacta la lata en la que viven, una lata marrón donde guardo el café. Esa lata lleva en un armario de la cocina por lo menos diez años, puede que más, pero nunca me había fijado en toda esa gente dibujada en ella. Hasta hace dos días no existían para mí.

Todos ellos disfrutan, al igual que yo, de una deliciosa taza de café, (lo de deliciosa lo dicen ellos), durante su momento de descanso a media mañana.

“Verdaderamente, es el mejor instante de mi jornada laboral”, asegura Percy Tibbles, el guardabosques. “Se lo recomendaría a todo el mundo”, añade después.

No sé por qué Percy y, no otro, ha sido elegido portavoz para lanzar al mundo tan cafetero mensaje. Sería más lógico que hubiera sido el propio señor Granby, que además es Lord y prestó un distinguido servicio en el Este en el año 1898. De qué servicio se trató, a qué lugar en concreto se refieren con ese Este y cuál fue el motivo de su distinción es algo que ignoro.  Pero tampoco son enigmas que me vaya a molestar en desentrañar.

Sin embargo, sí he pensado en el misterio de que toda esta familia o empresa, o grupo de seres lleve tanto tiempo viviendo en mi casa y a la vez en la suya y ni siquiera nos conociéramos, ¡con la de veces que he tenido entre las manos la lata marrón de café y a todos ellos delante de mis ojos!, ¿me habrán visto ellos a mí con cara de sueño?

Todo esto me ha llevado a pensar, no sin cierta inquietud, pero también con asombro, cuántas cosas desconozco porque no las miro, porque las doy por ya vistas y sabidas, cuánto de lo que tengo alrededor, de lo que vive a mi lado, se ha cubierto, por culpa del descuido y de la repetición, de un tono marrón y se ha hecho opaco y solo falta  levantar con cuidado y atención esa capa oscura para que se descubran sus verdaderos colores, su naturaleza original, para que se revele alguno o todos sus secretos.

Un saludo desde la caja de galletas de parte de madeimoselle Madelaine, a quién tampoco había visto hasta hoy,  una encantadora rubia con una boina de medio lado. Esta tarde , o ce soir, en sus propias palabras, podéis asistir a una velada musical en el Bistrot de París. La dirección figuraba debajo, pero se ha borrado.  

Azul

Me intriga el hombre de la chaqueta azul. Sé su nombre, se llama Angelito. También sé que todos los empleados de la cafetería panadería F. lo quieren mucho y le saludan con sumo cariño cada mañana, un cariño que guardan solo para él y para nadie más. No es que con el resto de los clientes sean antipáticos, pero nada que ver con el amor que profesan y expresan a Angelito.

La chaqueta azul del apreciadísimo señor tiene una cremallera que lleva cerrada hasta arriba como si fuera alguien al que le gusta que las cosas cumplan su función a la perfección. Si uno tiene una cremallera ha de cerrarla porque para eso está. Ya se abrirá cuando corresponda, digo yo que pensará.  En los pantalones no me he fijado bien, podrían ser grises o de otro color similar. En los zapatos sí me he fijado, no pasan desapercibidos porque son muy grandes, desmesurados,  unos mocasines marrones que parecen barcazas a las que empujara el viento en todas las direcciones y fueran incapaces de mantenerse derechas. Angelito camina por el asfalto subido en esas naves zozobrantes, inestable y cuidadoso. Si no pone mucha atención en cada paso, si no lucha contra el desequilibrio de sus pies puede que no llegue a su destino matinal: la cafetería panadería F.

Pero llega y cuando lo hace y empuja la puerta recibe, como en una ofrenda, el olor del pan y de los bollos recién hechos y los alegres saludos de los camareros que muy entusiasmados exclaman, ¡ya está aquí Angelito!, ¿ qué tal estamos hoy? Y raudos le ponen su café y un bollo que él se toma en la barra, tímido y con una media sonrisa. Da la impresión de que está muy poco acostumbrado a los buenos tratos y al bienestar y que disfruta de ambos, pero con cautela.  De la felicidad hay que fiarse tan poco como de unos pies torcidos. Eso me parece que piensa y siente Angelito, el querido por todos.

Solo me lo parece, ¿ qué sé yo de ese hombre aparte de que su chaqueta es azul y de que usa muy bien la cremallera? Sé algo más, que tiene un aire de inocencia, un toque infantil en su cuerpo adulto y que tal vez sea eso lo que lo hace, sin él pretenderlo, tan atrayente.

Al salir de F., ya en la calle, se para un momento delante del escaparate de la tienda “Compro oro, plata, etcétera”. No está mirando el oro, la plata ni el etcétera, que son unos saleros muy feos, se mira a sí mismo, comprueba que está, se ajusta la cremallera del jersey, que ya estaba muy bien ajustada y se marcha. ¿Irá a un cielo como el de los dibujos, y revoloteará por ahí con otros angelitos de pies torcidos embutidos en zapatos gigantes? Pudiera ser, y en ese caso, es más fácil llegar allí de lo que creemos porque un día lo vi entrando en el portal 32, subió con dificultad un tramo de escaleras y se metió en el ascensor, directo al azul.