SERES LIBRES. ¿LIBRES?

De las publicaciones anónimas en el muro de Fallarás, lo que más me impresiona es lo asumidas que teníamos toda esa colección de  faltas contra nosotras. Porque, hay una suciedad en nuestra cultura ¡tan arraigada!

Nosotras no llevamos velos ni burkas, vamos «a pelo», sin defensas y con los ojos cegados.
Qué diferentes nos han hecho sentir y nos han tratado a las niñas y a los niños, mujeres y hombres, súbditas y amos desde la cuna. Cuánto nos han hecho perdonar y dañar en el juego cobarde de la condescendencia y el sexo, que nunca ha sido naturalmente nuestro.

Cómo nos han hecho creer. no sentir,  que somos respetadas, sin una base que sustente ese respeto en el día a día…
Ahora,  el patriarcado, que somos todas, todos, todes, en un último intento de desacreditar el derecho a nuestra diferente igualdad, ésa que es universal, ha abierto la veda y creando un último circo, armó un batiburrillo de diferencias con nombre y apellidos…y casi consigue engañarnos. Pero la suciedad sigue creando mónstruos que dañan.
Señores, somos lo que podemos ser y ¡ojalá!, que nos dé la gana serlo. Ni un centímetro de nuestro ser, nos separa del resto de seres en dignidad. Estamos abriendo los ojos y no nos gusta lo que vemos ni vuestra mirada. Señores, nuestra mirada SI está cambiando.

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Cooperación/Confrontación

A vuelta con los pares de opuestos:

Nos vamos haciendo grandes, pero seguimos actuando como si «mañana», todavía significara un sin-límite de tiempo.

Lo que en la infancia significaba inconsciencia real, no saber... ahora es una dura corteza de irrealidad.

El ego, ese potente y esperanzado edificio que nos ha ido sosteniendo, está parcheado, herido, plagado de parásitos y ha cubierto nuestro ser esencial con su implacable sombra. ¡Qué razón tenía el poeta cuando dijo que algo debí hacer mal pues he perdido la transparencia! En nuestra sociedad, el enemigo es no figurar, para bien o para mal. Aunque es en ella, en la transparencia, el desapego, la generosidad, donde se encuentra la que podría ser verdadera, única belleza que nos puede adornar a los humanos.

A mayor transparencia, mayor cooperación y lo contrario sería la confrontación, pues no puede cooperar aquel que es esclavo de sus propios caminos neuronales, de sus ideas enrocadas, inmóviles, esas que no pueden avanzar ni un poquito al pensamiento ajeno sin sentir un golpe ni un ataque en la coraza.

Dicen que todo pasará y en efecto, todas las evidencias convergen en esa idea. Esos edificios caerán y esos ríos volverán a regar con sus aguas a los nuevos hombres (claro que en este genérico incluyo a las mujeres, no seas pesado!!).

Todo pasará, pero cuánto daño, cuánto dolor habremos provocado cada cuál a nuestro paso?

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La siesta

Había volado durante tantas horas, que cuando abrí los ojos, no sabía reconocer dónde me encontraba. Los enormes edificios, las concurridas avenidas, todo el extraño ambiente de aquel inmenso monstruo que era la gran ciudad, habían sobrepasado mis sentidos. Ahora, de vuelta a casa, tenía una enorme sensación de pérdida. Cuántos sitios podría haber visitado si hubiera podido estar uno o dos días más, algún museo, un parque en las afueras, algún rincón maravilloso que no figurara en los folletos de las agencias. Algún lugar solitario. Solitario!. Parecería inaudito ante la enorme aglomeración de ciudadanos y visitantes, como si la especie humana se hubiera volcado en ese punto del planeta y expandido en toda su amplitud.

Ahora, despierta, miré a mi alrededor y sentí frío y miedo. ¡No estaba en un avión! ¿Qué me lo habría hecho pensar? Estaba en un lugar oscuro y húmedo. Un sitio en el que nunca me acostaría para dormir la siesta. Un lugar solitario…

Había alguien muy cerca de mi. Un sucio bulto en el suelo. Tenía mi cara y estaba muy quieta, sin vida. Era yo!?

-Tienes que relajarte, respirar, y salir de aquí, ven conmigo…

Entonces, mientras andaba con ella hacia la salida de aquel agujero, recordé las manos que me empujaban, el frío acero clavarse en mi espalda y el golpe seco con el que me despedí del mundo.

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El ancho mar

«Dios mío,
mi corazón es un ancho mar
siempre revuelto por las tempestades:
Haz que en ti encuentre la paz y el descanso.

Tú que mandaste al viento y al mar que se calmaran,
y al oír tu voz se apaciguaron,
ven ahora a caminar
sobre las olas de mi corazón
para que recobre la paz y la tranquilidad
y pueda poseerte como mi único bien,
y contemplarte como la luz de mis ojos,
sin confusión ni oscuridad.

Que mi alma, Dios mío, quede libre
de los confusos pensamientos de este mundo,
se refugie a la sombra de tus alas
y encuentre allí
el lugar del consuelo y de la paz».

San Agustín de Hipona, Meditaciones, 37.

Cuento de Navidad

Como siempre, era muy tarde para seguir en el trabajo, es Nochebuena! Ahora, no se qué significado tiene esa celebración para mí.
Mientras recogía el papel y los lápices de la mesa, recordé lo bonitas que fueron las nochebuenas de mi infancia, cuando estar todos juntos era la mayor felicidad. Mi madre, generalmente huraña y malhumorada, abría las puertas de casa, igual que muchos vecinos, y la chiquilleria del bloque, andaba libre de piso en piso para felicitar a los amigos.

Besos, canciones y alguna monedita de chocolate endulzaban aun más aquella sensación que entonces no entendía y ahora sé que estaba muy cerca del amor universal.

Algo, un ruido extraño, me devolvió al momento presente: alguien había entrado al local.

Giré la cara y en un movimiento muy rápido, mientras veía la silueta de un hombre con pasamontañas negro, me escondí debajo del escritorio.

El terror ganó fuerza, se apoderó de mí. Temía enfrentar aquella silueta y que me hiciera daño. Temía que se acercara, que me viera, que llevara un arma…
Él, murmuraba nervioso. También parecía aterrorizado y se movía con premura.
Ruido de cajones, un golpe sobre una superficie de cristal…había reventado la máquina del café.

Después, ruido de pasos saliendo atropelladamente, y llegó el silencio…
Cogí el abrigo y el bolso y salí lo más rápido que pude del local.
«Hay que avisar a la policia», pensaba. Debía hacerlo, pero no tenía valor para quedarme allí, con la cerradura reventada.

La zona industrial estaba vacía y oscura a aquella hora, correr, salir de allí era mi prioridad.
Llegué a la parada del bus en dos minutos. Estaba alterada, tenía que avisar…Una vez dentro del Bus, busqué asiento e intenté relajarme un minuto antes de hablar por el móvil.
-Hija, te pasa algo?
¡Con los nervios, había clicado la última conversación, mi padre estaba al teléfono!!.

Ahí, exploté, le conté lo del robo, mi precipitada salida, y él, muy preocupado, dijo que volviera a casa lo antes posible, que él se encargaría de llamar a la policía.
Por fin respiré. Guardé el móvil y sentí la mano de mi compañera de asiento (que evidentemente había oído mi conversación), y su mirada preocupada hacia mi.
-Tranquila, nena, ahora estás a salvo.
Pero, al entrar la persona que esperaba en la siguiente parada, mi cuerpo empezó a temblar. Su voz, esa voz que susurraba y se quejaba porque el cristal no cedía…era el ladrón, ¿me habría seguido?
Supongo que para intentar distraerme, mi vecina de asiento, me explicaba su vida. Trabajaba de limpiadora, salía tarde y esa noche, un poco antes de lo normal por ser Nochebuena. Ahora, bajaría y le iría a comprar una bufanda de regalo a su marido.
-Qué gracia!, cuando éramos novios le regalaba corbatas, pero ya somos viejos…
-¿La puedo acompañar?
-Claro hija!!, pero, si te esperan en casa, estarán preocupados…
No podía decirle a la mujer que el ladrón estaba detrás de nuestro asiento y yo necesitaba salir del autobús…
Así que nos bajamos.

El Centro Comercial, ahora envuelto en luces de Navidad, estaba justo al lado de la parada. La mujer se dirigió segura a una tienda y recogió el esponjoso regalo. Yo, la seguía como una zombi, agradecida de que su actitud hacia mí, me hubiera sacado del nerviosismo anterior.

Volvíamos a la salida, cuando se paró y me hizo mirar hacia una parada de juguetes. Un hombre (el hombre…el ladrón que murmuraba y me había atemorizado!!!), tenía varias muñecas delante. Elegía «una para mi princesa», según le decía a la dependienta.

La mujer lo miraba emocionada.

-¿Has visto, nena? Unos se dedican a hacer el mal y otros ponen el corazón en lo que hacen.

No pude responderle…

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Una flor

Abre su primer pétalo y conoce el viento, la luz, gotas de agua…la energía que llega «tan sólo para ella» y cree que su espacio es el mundo.

Abre el segundo y se conoce mirándose en reflejo.

Abre el tercero y siente la unicidad: es una flor (rodeada de otras), desprende aroma, vuela sobre su tallo. Conoce el aire que respira y la mueve.

Todos los pétalos abiertos,, algunos empiezan a desfallecer y conoce la tristeza.

Poco a poco va cayendo a tierra.

Hay otro mundo abajo, allí donde caen sus pétalos también percibe vida, otra vida que no es ella misma.

La flor yace mustia en el suelo y es ahora cuando ve, más arriba de su propio tallo , el cielo enorme que desde el principio lo envolvía todo. Y allí, deshojada y marchita, sabe que el tallo también es la raíz, y ve el principio de todas las flores, ella misma, esos mínimos brotes apuntando a las nubes.

Mundo Loco

https://youtu.be/5jEQl7OFZus

Fue la semana pasada a las seis y media de la tarde. Estás sentada en el metro y de repente, ves a una señora con la cara ensangrentada frente a ti. La mujer, ante mi cara de asombro, me sonrío (parece que ella misma se había arañado el entrecejo). Un hombre vestido con ropa de trabajo, a su lado, buscaba ansioso en una gran mochila, y amablemente le ofreció pañuelos de papel. ¡El gesto me pareció tan tierno e inesperado!.

Estaban tocando algo más allá, oía la música, un violinista que me pareció bastante virtuoso. Sentí la amabilidad que tenía enfrente, me conmovió el momento como un precioso, extraño regalo.

Sonreía cuando me posicioné para salir en mi estación. La señora, ya limpia, sonreía también.

El joven violinista, enojado gritó : «Gracias por la buena vibra. Gracias por las sonrisas y vuestra atención. Dais pena y miedo». Y es verdad, todo el mundo estaba serio, cansado…

Claro/oscuros humanos.