Sentí mariposas en el estomago, gotitas de agua en los ojos, sudor en las manos, euforia, alegria, ganas de saltar, intenciones de dar brinquitos, sonreir, abrazar, y darle muchos besos y muchos abrazos.
La imagen de su hermosa sonrisa, con las manos escondidas atrás, nunca la olvidaré: me encantó.
El sábado Ellie vio un venado cruzar enfrente de mí a tan solo unos metros, fue mágico. Hay muchos senderos en Yucatán, el tramo que va de Seyé a Hocabá es así. Y aunque recorrimos mas de 50 kilómetros y varios tramos mas y otro pueblito me quedo con este pedazo de la ruta.
Aprovechamos para pueblear un rato, comimos elotes, tomamos una cerveza, compramos pan, visitamos un par de cementerios, uno de ellos de un hermoso color azul que combinaba con el cielo y otro muy cuidadito y diferente, lleno de muchos colores y flores.
Ayer fue día de limpieza: barrer, trapear, lavar el cuarto de baño, organizar las cosas que andaban desperdigadas por ahí. También compramos un tapete nuevo y un exprimidor de limones rojo.
También recibí el regalo de Ellie, un hermoso libro lleno de ilustraciones que me fascinan. Creo que lo veré muchas horas, una y otra vez.
Ha sido un buen año, lleno de cosas buenas y padres.
Ha sido un año lleno de recuerdos hermosos, de cosas bonitas y padres que ocurren suceden cada día. Mi mundo ha cambiado de una manera drástica y junto con Ellie he descubierto un mundo gigantesco que solamente podía imaginar. Hemos hecho caminatas largas por senderos solitarios y nos hemos metido a lugares abandonados; acabamos en lugares y ciudades sin planear, recorrimos muchas carreteras y pueblitos juntos, nos sentamos a la orilla del mar a media noche y hemos visto amanecer.
Los fines de semana que hemos llegado sonrientes, cansados, sudados, sucios, llenos de bichitos, garrapatas, ortiga, rasguños y lodo han sido bastantes
He adorado este año como a ningún otro en mi vida lo he hecho. Cada día ha sido diferente, lleno de sorpresas, de recuerdos que amo, de tatuajes en el alma y el corazón.
Las cosas bonitas muchas veces suceden sin planear: amaré cada día que me quede de vida el hermoso recuerdo de aquella noche en lo alto del mirador, con las luces de la ciudad a lo lejos, la oscuridad de la noche, el reflejo del agua a lo lejos, la noche de estrellas, la bicicleta pasando, la sonrisa y abrazo de Ellie.
Fue una noche de cientos de estrellas a la orilla del mar.
Cuando era niño pasé por aquí varias veces, subido en un tren. Todavía recuerdo el sonido del silbato anunciando el arribo y el grito anunciando «¡Lepaaan!». Aunque el tren pasaba por X-Kanchakán la estación que se me quedó grabada por siempre fue Lepán. No había una estación propiamente si no simplemente se detenía y la gente subía o bajaba, a un costado de la vía se encontraba un truck tirado por caballos que recogía y llevaba la gente a la hacienda.
Se me ha hecho bonito cruzar de nuevo por esa gran vía de niño. El tren dejó de pasar por aquí en 1996, por lo que de la vía solo queda el trazado y un montón de durmientes podridos que hacen divertida la bicicleta. A un costado del camino, sobre el lado derecho, encontramos un cenote o cueva gigantesca llena de sonidos de alas. Me ha traído un mundo de recuerdos de niño.
La parte que conecta Uayalceh con Lepán es de cuento de hadas. Si la hacienda fue fundada en 1653 entonces hablamos que las pequeñas veredas que recorrimos tienen cientos de años. Creo que ésta, es la vez que más hemos durado en la bicicleta. Terminamos prácticamente a las 5pm, llenos de garrapatitas que hemos odiado toda la semana. Parece broma, pero las calcetas siguen en una bolsa que he estado pensando si debo de meter al microondas para hacer explotar esos bichitos o no; las botas están en el sol y la mochila afuera.
Ellie ayer fue al mercado y regresó con tortillas para panuchos, naranjas, mandarinas, un pedazo de sosquil y rábanos; es hermosa. Nos falta también una jícara, para sustituir los vasos de plástico, son «eco-friendly» y «biodegradables» pero esa la conseguiré en un pueblito por el que pasemos uno de estos próximos días.
Hoy ha nacido una pequeña flor blanca de la nada en la entrada de la casa. He limpiado un par de veces el frente y no había visto flores. Es increíble el simbolismo con la que viene cargado: paz, esperanza, fé.
Junto con Ellie, hay un mundo de cosas por conocer ahí afuera, un montón de lugares en medio de la selva que hay que explorar. Lugares de cuentos de hadas.
Eran las 5 de la mañana cuando comenzamos a caminar en Chinkilá, aun no había amanecido y el camino parecía estar cerrado. Lo de hoy en día es encontrarse que los caminos que han estado abiertos toda la vida tienen bardas rodeándolos y no se puede pasar. El concepto de propiedad en Yucatán ha cambiado en las ultimas décadas, parece que es importante decir «esto es mío». Como no había paso nos fuimos por una pequeña vereda a un costado del camino que ¡oh! sorpresa, era una vereda muy larga que nos llevaba por caminos antiguos de hacienda muy bonitos.
La luna llena nos acompaño por una hora y media, hasta que amaneció.
En el camino pasamos por por una vía de truck con rieles antiguas muy bonita hasta llegar a Chunkanán. De regreso una parte del camino estaba cerrado por completo así que hubo que pasar a golpe de machete. Me aterran las víboras, forma algo que está muy dentro de mí y viene de muy pequeño. Siempre me decían en casa: «mirando al piso» y parece que lo llevo tatuado por que lo repito a cada rato.
Ellie abrió la ultima parte del camino, fue agotador. Terminamos rendidos y sin garrapatas.
Me preocupa que por la noche tuve esa sensación abrumadora que a veces no me deja dormir. Es como pararse al lado de una esfera de tesla. Las luces de la calle se apagaron, Orion estuvo inquieto toda la noche y Ellie tuvo un sueño de una época antigua y una gruta y dorado.
El domingo fuimos a Campeche. Pasamos por el puente de Carlota de Hampolol. No sé por que se tiene que llamar de la emperatriz Carlota, si el puente ha existido toda la vida y tiene un escudo labrado, apenas distinguible, con un león rampante, un torreón y una corona en la parte superior y formaba parte del camino real de Campeche a Mérida de la época del virreinato.
Me tomó un rato cocinarlo pero nos la pasamos bien platicando en la barra de la cocina; con un poco de pan, crema y queso azul, vino y un poco de música.
A veces simplemente tenemos que detenernos y celebrar que estamos vivos, que cosas buenas han pasado en nuestra vida a pesar de todos los embates.
Estoy acostumbrada a recorrer largas distancias. Sin embargo, ahora es precisamente la distancia la que está doliendo.
Después de mucho tiempo buscando, fui convocada para trabajar en un lugar lejano en donde todo es un caos y la gente tiene poca voluntad para hacer las cosas como corresponde. Los errores de “novata” son prácticamente provocados por omisiones en la información.
No tengo una oficina o un lugar para estar. Los pocos compañeros empáticos me han ido guiando para poder resolver asuntos básicos que no se me indicaron por las autoridades.
Prácticamente llegué y “me soltaron” a mi suerte. Eso sí, debo cumplir con mis obligaciones dentro de las fechas establecidas. Y cada vez que pregunto cómo se hacen las cosas, recibo esa sonrisita de condescendencia como si debiera saberlo todo.
El sueldo no es acorde al trabajo ni a las exigencias. Personas con niveles educativos inferiores y poca o nula experiencia son los que se encargan de la institución. Se percibe el recelo de quienes conocen mi experiencia, y que se cuestionan por qué estoy acá si supero los requerimientos.
Pero yo no conocía a nadie. No llegué por favores ni palancas. Mi CV (hoja de vida) llegó por azar a manos de personas que necesitaban contratar a alguien, y decidieron contactarme porque cubro (por mucho) el perfil.
Y eso es todo.
Sin tener idea de conflictos internos entre grupos, llegué aquí, con la única idea en la mente de que sería una gran oportunidad.
¿Será que realmente vale la pena viajar durante cinco horas cada semana en busca de la superación profesional?
El paisaje es desolador. Las calles están llenas de baches, los espacios para vivir son reducidos. No entra el aire, pero se inunda cuando llueve. De repente no hay electricidad. Todo falla.
Todo está roto, improvisado, gris.
El entusiasmo va desapareciendo poco a poco cuando todo lo que se intenta hacer tiene un grado mayor de dificultad por errores de otras personas.
Y, esporádicamente, hay momentos agradables, pequeños logros que parecen llegar para decir que resista un poco más para lograr la estabilidad que tanto he buscado. Son como pequeñas luciérnagas que se encienden durante la noche, pero que no demoran y se vuelven a ir.
¿Será que debo dejar de luchar y simplemente “fluir”?
¿Vale la pena alejarse de quienes se ama y extrañarlos a morir?
¿Será cierto que las cosas irán mejorando poco a poco?
¿Y si sí es verdad que me irá bien, pero es a cambio de alejarme cada vez más?
No sé cómo definir septiembre. Está lleno de historias e imágenes inolvidables y grandes recuerdos que guardo en una cajita toda de cristal.
Es bonito despertar y poder abrazar a Ellie o verla trabajar en silencio, algunas veces se acuesta en el piso y extiende los brazos y se queda dormida. Poco a poco nos hemos ido adaptando, cada fin de semana ha sido diferente. He cocinado para Ellie y ella me ha enseñado a moler avena para hacer unos hot cakes, he escuchado las piezas de música que ella le gustan y ella ha escuchado las mías. Visitamos Campeche, comimos la pizza de mermelada de higo, vinagre balsámico y queso azul que teníamos pendiente.
Tenemos una apuesta pendiente y en curso por una cerveza gigante: El primero qué, pierde.
El fin de semana pasado hemos ido a explorar un nuevo lugar que no conocíamos. Llegamos un poco temprano a Yaxché y partimos de ahí. El camino era sencillo pero de repente al llegar a lo agreste aparecieron nubes de moscos y tábanos asesinos gigantes. Tuvimos que pedalear un poco para llegar a la aguada que era el destino final, fue una gran recompensa llegar hasta ahí, estaba llena de paz y nos hemos quedado mirando y en silencio por muchos minutos. Había garzas e insectos nadando; y un «algo» de cuatro patas que caminaba en medio del agua y se escondió entre las yerbas.
El regreso fue brutal. Google maps decía que había un pequeño camino y las pintas rojas sobre las piedras indicando la ruta así lo decían, pero con las lluvias el camino se había cerrado. La maleza estaba hasta arriba y el camino estaba lleno de ortiga, mosquitos e insectos. Las piernas ardían, estaba lleno de ramas y árboles caídos, tirados atravesando el camino, piedras, monte. No sé explicarlo, pero fue toda una tortura y hemos acabado molidos. Nos llenamos de ronchas, piquetes de moscos e insectos. Creo que nunca antes habíamos dicho tantas leperadas en voz alta en tan poco tiempo.
Me he pasé toda la semana quejándome de la mugrosa ortiga y rascándome.
Fue una aventura muy bonita, vista a lo lejos. No sé como nos metimos ahi pero valió la pena.
Es curioso como a veces se me vienen a la mente todos los diferentes lugares que hemos recorrido juntos, en medio de la nada, en una ciudad diferente, puebleando, en una cantina, caminado en medio de la ciudad por la noche, platicando a la orilla del mar en la madrugada.
Ellie me sostiene con sus abrazos y me alienta con sus palabras.
Me gusta mirar por la ventana mientras trabajo, el frente de la casa está lleno de mariposas que andan volando entre las flores y la hierba. Esto es lo que me gusta de vivir aquí, es un poco salvaje, está a las afueras de la ciudad pero lo suficientemente cerca para que a la vuelta de la esquina tenga todo a la mano.
El lugar se llama Amanecer.
Parece que la paz se ha mudado a vivir junto conmigo, no ha sido sencillo, para propósitos prácticos no tenía ni una escoba, ni una mesa, tampoco platos, ni cubiertos, pero poco a poco las cosas se van armando y yo cada día me siento más cómodo al vivir aquí.
Por primera vez en años he podido escuchar música sin usar audífonos, es increíble por que me puedo acostar un rato y simplemente cerrar los ojos y disfrutarla. He puesto una lista de canciones que escuché de niño, me costó varios años armarla por que no podía recordar el nombre de las canciones y de algunas de ellas solo recordaba alguna frase, la melodía o la foto en la portada del disco.
El fin de semana Ellie se ha quedado en casa. Me gusta despertar y verla dormida a mi lado o verla de frente con el pelo suelto y esa hermosa sonrisa, acariciar sus cejas mientras mira al techo y darle besos en la frente.
El sábado le preparé el desayuno y la he dejado durmiendo, tomé la bicicleta y recorrí 39 kilómetros, encontré un camino nuevo y de regreso me perdí entre las brechas, me llené de rasguños por todas partes y perdí la noción el tiempo. El domingo por la tarde Ellie me acompañó de vuelta hasta ese lugar: Yaxché. Nos tocó ver el atardecer, con el cielo vestido de rojo, el camino lleno de ranitas, tapacaminos levantando el vuelo en el ocaso y un montón de charcos; había mosquitos vampiros todas partes.
Fue increíble poder acompañarla a pasear en bicicleta y verla reír y disfrutar el camino.
Entre semana, Ellie no está, la universidad en la que imparte clases está a varias horas de camino, un tanto lejos de aquí, y la extraño todos los días, por las noches y las mañanas y a cada rato.
Ellie, me ha llenado de detalles sublimes a cada momento, de abrazos que derriten y palabras que me rescatan de donde estoy. Aún no encuentro la palabra correcta para describir todo lo que he sentido y estoy sintiendo estas últimas semanas, es como recibir de golpe una cascada de sentimientos muy bonitos, que me sobrepasan: a veces lloro de la nada o me lleno de lagrimas y pienso en ella todas las veces.