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El ladrón de estrellas
Por: Simón Palacio Echeverri

Alexandré Séon – El poeta Y las estrellas del cielo cayeron sobre la tierra, como la higuera suelta sus higos verdes al ser sacudida por un viento fuerte; y el cielo fue retirado como un libro que se enrolla
Apocalipsis 6: 13-14
A las estrellas sólo las alcancé a ver una vez. A duras penas acababa de salir de mi niñez cuando mi padre logró sacarme de la ciudad para llevarme a acampar a uno de los pocos montes que quedaban impolutos. Recuerdo que pasé el día sintiéndome miserable, aburrido de tener que realizar largas caminatas en vez de quedarme en casa leyendo, el único deseo que tenía a esa edad. Los árboles, rocas y ríos poco tenían que decirme, y el crepúsculo mostraba poco que no viera en la ciudad. Pero cuando la noche extendió sus alas quedé completamente embelesado por las joyas que nimbaban el cielo como lágrimas brillando en un funeral. Obviamente sabía de las estrellas, en los libros viejos que había devorado se hacía constante referencia a los luceros de la noche que gobernaban los destinos de los hombres, o bien se mencionaba las colosales bolas de hidrógeno que estallaban a tanta distancia que aquí en la tierra no hacían más que proyectas sus fantasmas millones de años después de haberse quemado.
Nada de lo que había leído me preparó para el espectáculo de esa noche. Todos los libros y poemas que devoraba con la seca devoción sin fe de un fanático religioso de repente cobraron sentido. Después de una vida iluminada meramente por proyectores y las enfermas luces del paisaje citadino el chal de lumbres con el que la noche traza nuestros destinos fue una revelación de lo que significa estar vivo. Al ver el firmamento, comprendí como los antiguos creían poder trazar en él todo el destino humano. En las constelaciones vi reflejada mi propia alma, revelada a mí después de toda una vida de confusión e inconsciencia autómata. Aunque estaba exhausto por la ardua caminata, particularmente penosa por mi estilo de vida sedentario, no pude dormir en toda la noche. Me quedé acostado, viendo como el firmamento giraba lentamente sobre mi cabeza y el plateado de los astros era lentamente borrado por el gris de la aurora, hasta que sólo se veía tenue en el horizonte, el fulgor final del lucero matutino.
Al volver a la ciudad y a mi vida ordinaria me sentí rejuvenecido; a pesar de mi corta edad. Sentía que por primera vez en mi vida estaba lleno de propósito. Incluso cuando no pudiera verlas, sabía que sobre mi cabeza las estrellas velaban por mi futuro. Detrás de los vahos inmundos con los que la ciudad se cobijaba, ellas estaban allí, tan imperturbables como lo habían estado desde antes de que el primer hombre surgiera del polvo y como lo estarían incluso después de que los huesos del último hombre se volvieran cenizas. Qué iluso era.
Cuando desapareció la primera estrella, uno de esos minúsculos luceros a duras penas visibles en la constelación del cisne, nadie se inmutó. Los únicos que lo notaron fueron unas pocas tribus beduinas y un par de astrónomos, que adjudicaron a una nube de polvo celeste la desaparición de esa pequeña luz del firmamento. Pero cuando uno a uno se borraron del cielo el resto de los brazos de la Cruz del Norte, los científicos advirtieron que algo extraño sucedía en el cielo nocturno. Pocos les prestaron atención, a fin de cuentas, casi nadie veía más que uno o dos planetas en el cielo cada noche. El fenómeno se fue extendiendo y en un lapso de unos pocos años las constelaciones se terminaron borrando del cielo. Cuando en el firmamento sólo quedaban orión y los perros, hubo un consenso entre las agencias astronómicas internacionales, que pidieron una investigación con respecto a la desaparición de las estrellas del cielo, pero no se dio nada, pues la oscuridad celeste fue de gran ventaja para las empresas, que aprovecharon la ausencia del firmamento para crear celestiales pancartas publicitarias en el cielo nocturno. Eventualmente el cielo sólo se vio adornado por anuncios de Disney y Coca-Cola.
Aunque a la mayor parte de la población la desaparición de lo eterno le resultó indiferente, ciertos sectores se alarmaron profundamente. Grupos comunistas culpaban a los gringos de destruir las estrellas por no soportar que las hubiera por fuera de su bandera. Algunos, más sensatos, veían en el firmamento vacío la señal ineluctable del fin de los tiempos. No fue extraño encontrar predicadores callejeros que clamaban por el arrepentimiento global antes del Juicio Final. Al principio pocos prestaban atención a estos profetas trasnochados, pero cuando comenzaron a surgir sectas apocalípticas dispuestas a hacer la guerra desde las sombras a los hijos del Anticristo, los gobiernos entraron en pánico y comenzaron a perseguir violentamente a todos los que todavía se preocuparan por lo que ocurría en el cielo. Poetas, astrónomos y fanáticos perecieron bajo la espada del estado. Esto no hizo más que fomentar el crecimiento de más cultos.
Por mi lado, el Gran Oscurecimiento fue un evento del que no me pude recuperar. Aunque nunca volví a tener la oportunidad de ver las estrellas después de la adolescente aventura, en mi interior sentía un enorme vacío. Ya no tenía rumbo. Mi destino se fue con las constelaciones. Aún así, la vida siguió, como sigue las cosas que no tienen mucho sentido. Con las estrellas se fue el amor que había cogido a lo que la tierra tuviera que ofrecerme. Abandonadas todas pretensiones, dejé de amar la poesía, y la literatura se me hizo tan insípida que terminé por hacer en ella mi carrera universitaria. Había noches, tras pasar jornadas enteras en vilo, que soñaba de nuevo con las estrellas y sentía en mí renacer la maravilla. Pero igual que lo habían hecho incontables veces, las estrellas desparecían con el día.
Abandonados mis sueños y sin ninguna aptitud para los mesteres del mundo, terminé por trabajar en una miserable oficina contestando llamadas sin sentido el día entero. Tan oscuro estaba el cielo detrás de los enormes proyectores que me daba igual desgastarme en vida resolviendo problemas que cuya solución se encontraba en un manual público. La vida pudo pasarme por delante mientras me pudría de esa manera, de no ser porque conocí a Juan. Incluso al hombre más insensible, él habría llamado la atención. Enorme, gordo, feo como el pecado, era sin lugar a dudas el hombre más horroroso que había visto en mi vida. Pero en su cara de ogro deprimido había algo más, algo que mis compañeros de trabajo no notaban pues ninguno había salido del poluto cielo de la ciudad antes del Gran Oscurecimiento. Por alguna razón que yo no lograba captar, podía ver en sus ojos de puerco moribundo el mismo resplandor que en mi niñez había visto en las estrellas.
Fue difícil entablar relación con él. No tenía amigos en la oficina y no parecía buscarlos. Mientras que nuestros compañeros salían usualmente de juerga cuando el reloj marcaba el final de la jornada, él partía sin decir una sola palabra por su camino. Yo, por mi parte, estaba cautivado por ese leviatán encallado que sin duda alguna ocultaba mucho más de lo que mostraba. Su misantropía terminó generando cierta intriga en la oficina; se especulaba que él era miembro de uno de los cultos apocalípticos, que se iba todos los días a celebrar macabras orgías mientras se preparaba el fin del mundo. Aunque estas ideas me parecían ridículas, no podía negar que algo en ellas caló en mí y sospechaba que lo que él se guardaba era definitivamente descomunal.
Comencé a esperar el bus con él y a tomar su misma ruta, aunque esta me alejaba bastante de mi casa. No intenté entablar conversación con él en estas aventuras. De entrada, sabía que mi presencia le molestaba, pero no podía protestar mi compañía. Al poco tiempo, conociendo su dirección, comencé a visitar su barrio en mi tiempo libre, para poder espiarlo y conocer mejor sus hábitos. La constancia terminó rompiendo su barrera y terminó saludándome cuando nos encontrábamos en el trabajo y luego llegó incluso a entablar conversación conmigo. Terminamos por sentarnos juntos en el bus mientras intercambiábamos pocas palabras. Con eso fue suficiente para volvernos amigos.
A pesar de nuestra amistad, Juan seguía siendo particularmente parco y nunca me contó nada de su vida personal. Yo, por mi lado, me limitaba en lo que le contaba o a veces mentía para no delatar mis sospechas sobre él a la vez que mantenía la cercanía. Sólo una vez me atreví a tocar el tema de las sectas apocalípticas, sin mencionar la especulación que existía en torno a él. Pero rápidamente me dio a entender que esos temas lo tenían sin cuidado. Sin embargo, sólo unos días después de que le hice esa pregunta nos encontramos con una maleza que crecía del asfalto, coronada de pequeñas flores blancas que parecían brillar en la noche. Juan se quedó pasmado ante ellas y pude notar que tenía encharcados los ojos. En mi vida, rodeado de gente que parecía vivir por inercia, había visto algo semejante. De verdad era una persona extraordinaria. Aunque excusó su reacción alegando un dolor de cabeza ahora estaba seguro de que él tenía un secreto que no me quería compartir.
Para poder descubrir el misterio debía, por lo menos, poder conocer su hogar. Pero a pesar de la amistad que teníamos entablada, él era completamente reservado con su vivienda. Las pocas veces que le había preguntado si podíamos vernos en su casa para pasar un rato, él siempre respondía con evasivas, aunque había accedido un par de veces a cenar en mi casa después de salir del trabajo. Para poder entrar tenía que conocer mejor sus hábitos, y pasé varias noches en vela, sentado frente a su edificio fumando cigarrillos en cadena mientras observaba su ventana. Todas las noches, después de llegar de trabajar, Juan llegaba a su casa, se preparaba una comida y luego, infaliblemente, cerraba las cortinas el resto de la noche. Aparentemente, Juan sólo se movía de su apartamento para ir a la oficina, y si permanecía afuera era porque estaba conmigo. Tenía que encontrar una forma de deshacerme de él por unas horas.
No fue complicado encontrar un conductor lo suficientemente torpe para no frenar pero que fuera lo suficientemente despacio para no hacerme daño. Logré cojear a un teléfono público y llamé a la oficina, pidiendo su presencia como mi único amigo. Él llegó diligente y me acompañó el resto del día en el hospital. Yo conocía bien las políticas de la empresa y sabía que Juan no iría a casa esa noche, pues tendría que reponer las horas de su ausencia. Así que fui, con radiografía en mano y seguridad en el pecho a entrar a su apartamento.
Ni siquiera mi experiencia con Juan me pudo preparar para lo que encontraría en su morada. El lugar era un completo desastre. Había cajas de comida, platos sucios y ropa manchada desperdigadas por todo el espacio. A mi paso un par de cucarachas huyeron. El hedor era tan fuerte que casi desisto de mi propósito y me voy sin investigar nada a profundidad. Pero no podía desistir. Tenía por fin la oportunidad de desenmascarar el misterio y no podía soltarla sin más. Comencé a escarbar entre la basura sin buscar nada particular. Entre sus pocos, pero sustanciosos, libros no había nada que delatara alguna involucración perversa, ni ningún cuaderno que tuviera apuntado en código secreto. Me sentía mareado, el hedor y el accidente de la mañana me habían afectado más de lo que esperaba. Decidí recostarme un rato en la habitación, por horrible que esta fuera.
La habitación era amplia y, a diferencia del resto del apartamento, estaba bastante ordenada. Además de una mesa de noche y la cama estaba completamente vacía. De no ser por el olor a tabaco impregnado en las paredes, habría creído nunca había sido usada. Aunque angosta, había algo que me hacía sentir insignificante dentro de esas cuatro paredes. Entre más tiempo pasaba acostado en esa cama más abrumado me sentía. Respirar se me hacía difícil. Sentía que esa cama diminuta en el centro de la habitación era una tumba abierta en una noche inmensa. Yo era un náufrago a la deriva, lo único que existía en medio de ese enorme abismo era el diminuto nochero. Sin muchas esperanzas de encontrar resolver mis preguntas, decidí fisgonear también lo que él ocultaba.
De las mil cosas que esperaba encontrar en esos cajones, desde cigarrillos hasta restos humanos, nunca me habría imaginado lo que estaba allí escondido. Allí en medio de un pequeño cajón, apeñuscadas en el rincón de un miserable apartamento, estaban las estrellas. Al principio no las reconocí por lo que eran, sólo encontré una luz, más pura y prístina, y mucho más antigua, que cualquiera que había visto en mi vida. Pero el pulsar luminoso cedió en un torrente lento y penetrante, que me permitió verlo todo. Estaban allí todas, en sus pequeñas constelaciones, guardadas como collares en un joyero. Todo el firmamento estaba en ese cajón, pero en lugar de verse reducido se veía inmenso, a pesar de que vi una araña nadar entre el cisne y la lira. Y al igual que el infinito del espacio estaba ahí, contenido sin reducirse sentí el peso completo de los milenios, que al haberse doblado no perdieron ni un solo segundo. Todo en el mundo se borró. Las paredes de la habitación, el sucio apartamento, los callejones empegotados de lluvia, el cielo tatuado por anuncios, y hasta mi propio cuerpo maltrecho, toda la historia humana y mi vida se habían borrado, sólo quedaban las estrellas.
Tan atrapado estaba por la visión que no me percaté del alba que despuntaba en la ventana ni del ruido de la puerta que se abría. Sólo desperté cuando sentí la pesada mano de Juan posarse en mi hombro. No recordaba donde estaba, qué sucedía. Tuve que regresar a la realidad. Reconstruir mi mera existencia para entender que yo era alguien y que las estrellas no lo eran todo. Pero mi cabeza seguía confundida. Sólo reconocí dos estrellas fugaces que caían de sus ojos.
–Por favor -dijo en un lenguaje que no comprendí en ese momento –no le diga a nadie. Son lo único que tengo.
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La guaca del gallinazo
Por: Simón Palacio Echeverri

Cuando veo el buitre arrancándole las entrañas a Prometeo, encadenado por Júpiter, me parece ver un guaquero revolviéndole las entrañas a los indios (encadenados por la muerte), buscándoles oro y nada más que oro.
Luis Arango C., Recuerdos de la guaquería en el Quindío
Al Indio Arango lo apodaron por su ancestral mirada que se asemejaba a las esculturas de barro que guaqueaba más que a cualquier filiación real. Alto, de tez morena arcillosa, pómulos altos y penetrante pupila, lo único que lo diferenciaba de un cacique ancestral era su indumentaria. A sus espaldas lo llamaban con otro nombre menos halagüeño, pero más apropiado: el Gallinazo. Incluso entre la jauría de perros carroñeros que eran los guaqueros de ese entonces, el Indio Arango se destacaba. Lúgubre, de negro y largo gabán con cinta azabache de poeta en el cuello, postura ligeramente encorvada y nariz aguileña, sin duda alguna podría pasar por un gallinazo hecho hombre.
Mientras que los demás guaqueros gastaban de inmediato su fortuna adquirida en efímeros placeres, Arango se sentaba en un sitio alejado de la taberna. Fumaba en silencio mientras los otros cantaban, bailaban y reían. Daba un sorbo de su aguardiente en lo que sus compañeros ya habían perdido la conciencia o se habían marchado con varias meretrices. Y partía con el alba, junto con las ánimas que su oficio despertaba. Pero lo que más perturbaba a los otros guaqueros no eran sus aires de ave de mal agüero; más que su actitud torva y cogitabunda lo que más chocaba de él era su hábito de salir a guaquear solo. Desde joven, el Gallinazo echaba vuelo un par de semanas sin dar ninguna explicación y regresaba con su mula cargada de las más preciosas alhajas. Nadie sabía a ciencia cierta cómo lograba él solo realizar el trabajo de varios hombres. Algunos decían que él no era un verdadero guaquero, sino que había descubierto la laguna dorada de Maravélez. Otros decían que Ma Calandria lo había tomado de amante y por sus servicios le había revelado el secreto de abrir y cerrar tumbas a su gusto. Otros especulaban que de joven había preparado un caldo con los huesos de una guaca y desde entonces podía ver las ánimas de los indios custodiando sus tumbas. Los más sensatos decían que no había que darle tantas vueltas al asunto y que el Indio no guaqueaba solo, sino que se había vuelto compadre del diablo.
La maldición que persigue a los salteadores de tumbas parecía protegerlo. Las pocas veces que lo robaron, sus malhechores llegaron a mal final. La primera vez le robaron su mula cargada del precioso botín mientras se daba un baño en un arroyo de camino al pueblo. Los dos ladrones no tardaron en enloquecer. En lugar de hablar, sus bocas sólo emitían bramidos, gateaban a todas partes y toda ropa les estorbaba. Ni siquiera alcanzaron a gozar el oro que se robaron. El segundo ladrón se metió en su casa poco después de que volviera de guaquear. Sacó todo el oro que allí encontró, pero mientras que se celebraba en la taberna de haber embaucado al Gallinazo sus risas se vieron interrumpidas por el golpe súbito de la muerte. El ladrón colapsó de inmediato. El médico del pueblo declaró que murió intoxicado por el alcohol, pero en secreto revelaba que el cadáver estaba completamente lleno de gusanos por dentro. No hubo tercer robo.
Con su negra reputación, fue un milagro entonces que, ya entrados sus cuarenta años, él se terminara casando con una preciosa joven de dieciocho. Aunque en el pueblo pocos se hablaban con él, su mujer era querida por muchos y tenía amigos por todas partes. Según cuentan, la pareja era feliz. La primera vez que vieron al Gallinazo sonreír fue en su boda. A los pocos meses se presentó en la taberna e invitó a los tragos esa noche, pues celebraba que su mujer estaba encinta. Nadie esperaba que un hombre tan torvo como él fuera tan buen marido, pero pocos varones fueron tan atentos en el pueblo como el Indio Arango lo fue con su mujer esos meses de embarazo. La acompañaba a la plaza de mercado y no había capricho al que no accediera. Salía a la ciudad y volvía con un bolso lleno de cachivaches que obsequiarle. Incluso una vez le pagó a unos músicos para que le armaran serenata en su ventana. Nadie esperaba, entonces, que él la dejara para salir a guaquear en los días previos a su alumbramiento.
La única razón por la que abandonó a su esposa en esos días tan importantes fue que se estaba quedando sin dinero. Su matrimonio y sus proyectos le habían quitado el poco capital que le quedaba de los últimos años guaqueando. No podía quedarse de brazos cruzados ahora que iba a tener un hijo, pues estaba seguro de que sería un varón. Tenía que recibirlo con un tesoro digno de reyes. Así que, asiendo acopio de toda su voluntad, cargó con su mula y sus ingenios, le dio un beso de despedida a su mujer y le prometió regresar antes del parto, y se encaminó al monte, guiado por sus conocimientos de la ciencia de la radiestesia y sus instintos que nunca le habían fallado.
Caminó cuatro días en el monte hasta que encontró un claro de tierra compacta. Era, sin duda, el reposo de un indio rico. No le sorprendió que sus instrumentos le revelaran que allá había un cuerpo enterrado. Tres días estuvo cavando hasta que por fin encontró la piedra que sellaba la guaca. Preparó entonces su parafernalia. Ató a la laja de la bóveda varios ganchos que amarró a un molino improvisado con los árboles cercanos y, tras un arduo trabajo en que hombre y bestia halaron de las cuerdas, removió, dejando abierto el subterráneo sepulcro. La cámara era amplia, fácilmente habrían cabido varias docenas de indios en ella, pero en el suelo no había huesos. Repartido en el mausoleo había varias vasijas de barro hechas a imagen de diversos tipos de animales, loros, perros y sapos. En una de las paredes había una reina de arcilla, que guardaba muda el secreto de los muertos. Pero el Gallinazo no prestó atención a esto. En su lugar se fijó en el generoso tesoro que yacía enterrado en ese sepelio. Las cuatro esquinas de la guaca eran guardadas por un águila, un cóndor, una serpiente y un tigre de oro. Y, de cara a la reina de barro había una balsa de troncos podridos donde descansaba un esqueleto. Sus huesos eran pequeños y torcidos, pero estaban en buen estado. En sus muñecas llevaba pulseras, anillos en sus dedos y una gran nariguera dorada en su polvorienta calavera.
Sin pensarlo dos veces, el Gallinazo despojó el oro de los huesos, reduciéndolos a polvo. Recogió los animales de oro y los guardó en su costal y luego, para divertirse un poco, hizo añicos las estatuas y vasijas de barro que en la tumba quedaban.
Sin más que hacer en ese hueco, recogió sus cosas, cargó su mula y regresó a casa, dispuesto a invertir cada céntimo que recogió ese día en la felicidad de su hijo y su mujer. De camino, se detuvo donde su comprador usual y sin ningún miramiento intercambió el labrado oro de las alhajas en amorfas monedas.
Al llegar al pueblo, supo que algo andaba mal. No se aparentaba a primera vista; en la calle los mismos niños descalzos perseguían la pelota, los mismos perros famélicos se recostaban a puerta de las panaderías y las mismas comadres se acomodaban en las ventanas para intercambiar su mercancía de chismes. Pero algo andaba mal. Lo sentía en el aire, lo olía en la tierra, le dolía en los huesos.
Los llantos de las mujeres que salían de su casa le explicaron todo. No vio la congregación que velaba a la difunta, sólo tuvo ojos para el cadáver de su mujer. Ella estaba acostada en la cama, como tantas veces la había visto. Pero ahora no estaba allí. En su lugar había un cuerpo, tan muerto como los huesos que él escarbaba. Sólo entonces, cuando ella estaba cubierta de sudor, envuelta en sábanas sanguinolentas, él se dio cuenta de lo bella que era. Estando viva, él no paraba de recordarse lo afortunado que era, estando muerta supo que no habría carne u oro en el mundo que pudieran llenar el vacío que ella había dejado.
Pudo haberse quedado postrado en el regazo de su mujer hasta que sus huesos se convirtieran en piedra, pero el llanto del niño rompió las tinieblas que habían consumido sus sentidos. Como quien se despierta de un largo letargo se levantó y se percató, por primera vez, del niño en brazos de la partera. Esa creatura rosada y endeble era todo lo que quedaba de su mujer, ese recién nacido era la síntesis de toda su vida y la única esperanza que tenía en el futuro. El niño era sin duda el hijo de ella, su tez morena, sus delineados labios y tupidas cejas. Pero sus ojos eran los ojos negros de su padre. En ese momento, el Gallinazo supo que tenía que vivir, no por él, sino por el niño que ahora cargaba en sus brazos. Declinó las ofertas de los parientes de su mujer que ofrecieron encargarse del niño, rechazó a las mujeres que atraídas por su supuesta fortuna le ofrecieron consuelo en su viudez, e incluso se negó esa noche a sufrir como corresponde a un hombre en el fondo de la botella. Ahora él vivía por su hijo y su único propósito era verlo crecer en un hombre íntegro.
Su mujer no llevaba un mes de muerta cuando, una noche de luna llena, se despertó con un profundo sentimiento de malestar. Instintivamente se dirigió a la cuna y la encontró vacía. Normalmente habría gritado, maldecido y removido cielo y tierra hasta encontrar a su hijo, pero en medio de su desasosiego no podía moverse. La profunda penumbra estaba impregnada de un olor profundamente familiar. Olía a tierra, a moho y al inconfundible polvo de los huesos. Paulatinamente, a pesar de tener los postigos cerrados, la oscuridad comenzó a ceder y una luz dorada y mortecina comenzó a mostrarle sus alrededores. La luz no tenía una fuente clara, sino que surgía del suelo, de los objetos a su alrededor y de sí mismo. Sin duda alguna estaba en su habitación, pero sus pertenencias estaban distorsionadas y a pesar de emitir luz, todo estaba cubierto de sombras.
De repente escuchó una canción que surgía, remota y cercana a la vez. Una nana triste, quebrada pero profundamente hermosa. La voz que cantaba parecía ser inconmensurablemente vieja y fría, pero cantaba con infinito cariño en un idioma que él no comprendía. Tras hurgar profundamente en sus vísceras, el Gallinazo encontró la fuerza para mover su cuerpo y salir de su habitación. Corrió el velo que separaba su habitación de la sala principal y percibió, en medio de la fantástica y luminosa visión, el cuerpo oscuro y pequeño, pero material, de su hijo. El niño estaba en brazos de la cantaora, del epicentro de toda la luz. Era una anciana, tan vieja como la tierra debajo de sus pies y del mismo color de la arcilla. En su nariz, sus dedos y su imponente ceño, el Gallinazo reconoció las joyas que no hace mucho acababa de vender. Detrás de ella, como guardias, estaban postrados un tigre, un águila, un cóndor y una serpiente, que ignoraban completamente la presencia del intruso. Por largo tiempo, la anciana tampoco reconoció su presencia, hasta que cesó su canción y levantó su mirada. El Indio Arango no vio sus ojos, pues en ese momento todo se sumió en la oscuridad. La nana de la vieja fue reemplazada por el desconsolado llanto del huérfano y en ese momento, el Gallinazo recuperó el control de su cuerpo.
La nodriza lo encontró al despuntar el alba de cuclillas en un rincón, con el niño agarrado en los brazos. Su saludo no tuvo respuesta, y cuando lo sacudió él dio un grito que se sintió en toda la cuadra. En el pueblo corrió el rumor de que el Indio Arango se había vuelto cobarde, que esa noche el Diablo había ido a reclamarle el alma de su hijo como pago por todos esos años en que le ayudó recolectando su fortuna. Que un hombre hecho y derecho, un guaquero, además, fuera incapaz de separarse un segundo de su niño de brazos no hizo más que acrecentar el rumor de que no era más que cuestión de tiempo antes de que el Maligno reclamara lo que le era debido.
Pero a Arango estos rumores le tenían sin cuidado. Pasaba las noches en vela, temeroso de volver a encontrarse con la aparición que había querido robar a su hijo. Sólo logró conciliar el sueño cuando la siguiente luna llena se puso sin ningún inconveniente. Sólo entonces se pudo convencer a sí mismo que lo que había pasado esa noche no fue más que un perturbado sueño producto de su viudez y de sus largos años rodeado de muertos. Pero dos meses después del maldito encuentro, cuando la luna creciente no era más que la espina de un pez en el cielo, se despertó con la misma sensación de desasosiego y supo que no se había deshecho de la pesadilla. El olor de ultratumba, el repugnante resplandor y la sangre que se le espesaban en las venas mantenían el mismo horror de aquella primera vez. Y la canción… ahora la voz venía con más fuerza y aunque estaba impregnada de dulzura no dejaba de ser abominable.
Su hijo estaba acostado en un lecho de flores, los cuatro animales lo observaban desde los rincones de la habitación. La anciana presidía la escena, sentada con las piernas cruzadas junto al lecho. En su mano tenía un cascabel con el que le jugaba al niño que reía e intentaba agarrarlo. Esta vez logró sobreponerse al encanto y se abalanzó inmediatamente sobre su retoño, a quien arrancó de manos del espectro. La repentina oscuridad fue deslumbrante y cuando recuperó la vista encontró donde antes había estado el lecho de flores los restos marchitos de maleza, en el lugar de la anciana un jarrón de leche vinagre. De los animales no había ningún rastro. El bebé no hacía más que llorar. El espanto del embrujo cedió su poder sobre sus facultades, y fue reemplazado por un horror completamente distinto. No temía que hubiera algo de cierto en los rumores que circulaban en el pueblo, tampoco le pesaba su conciencia por haber vivido toda su vida a costa de saquear huesos. Lo que temía en la intimidad más honda de sus entrañas era que su hijo incluso en su más tierna infancia, daba más signos de alegría en manos del espectro que cuando estaba en brazos de su padre.
Renegando de su espíritu librepensador, se vio obligado a recurrir, por primera vez en su vida al cura. Pasó la mañana entera dando vueltas alrededor de la iglesia, horro de tener que recurrir a la superstición religiosa para solucionar su sobrenatural problema, pero tras muchas cavilaciones no vio otra salida y atravesó las puertas. Adentro se encontró con el sacristán|, que le instruyó que esperara, pues el cura andaba ocupado en ese momento. Esperó por más de dos horas hasta que del despacho sacerdotal salió una pareja de recién casados con quienes estaba ligeramente familiarizado. En ese momento, recordando sus propias nupcias, pensó en retroceder, pero el cura salió del despacho y lo invitó adentro.
La sala era pequeña y organizada, con estanterías repletas de libros detrás del escritorio sacerdotal. El cura le señaló cortésmente una silla mientras tomaba asiento y lo convidó a hablar. Largo tiempo escuchó el relato del Gallinazo y no interrumpió más que un par de veces la historia para pedir que le aclarara uno u otro punto. Cuando terminó la historia se quitó los anteojos y pasó su mano por su calva cabeza mientras daba un largo suspiro. Preocupado, Arango le preguntó si el problema era su falta de fe, si para que le ayudara sería necesario asistir a misa o pagar diezmo, pero el cura lo interrumpió y le dijo que no era nada de eso. El problema era que según la doctrina de la Iglesia, los fantasmas no eran más que los delirios de la superstición popular, por lo que no podía hacer nada por su caso. Le recomendaba, a modo de pastor de la comunidad y consejero espiritual, incluso si nunca hasta entonces había sido solicitado, que se tomara un descanso de su profesión y encontrara mesteres más saludables que pudieran perturbar menos su mente enlutada.
Decepcionado, el Gallinazo se retiró. Sabia que no debía haber recurrido a la Iglesia, que no hace más que aprovecharse de las supersticiones de la gente sin ofrecer soluciones reales a sus problemas. Aunque tal vez algo de lo que el sacerdote le dijo era cierto. Puede que su estado actual lo abriera de forma particular a las influencias de ultratumba que toda su vida lo habían rodeado, así nunca hasta ese momento las hubiera percibido. Decidió prestar su mano a varios proyectos de ingeniería locales e incluso mostró su talento inventivo y calculador que había guardado secretos hasta entonces. Aunque usar sus talentos para los vivos ciertamente le daba algo de satisfacción, no por ello se deshizo de la presencia que lo visitaba sin patrón ni previo aviso.
Su hijo fue creciendo lejos de él, a pesar de su constante cuidado. En el día, el niño salía a jugar mucho antes de que él se levantara, de la escuela le decían que escapaba al bosque sólo para regresar varias horas después, cubierto de barro o con flores en las manos. Arango intentó ser paciente, quería explicarle los secretos de su profesión, contarle las historias que él había escarbado, despertar su intelecto con los ingenios que él había labrado o con las últimas novedades de la ciencia moderna. Pero a su hijo nada de eso le interesaba. Siempre que su padre interrumpía uno de sus solitarios juegos le daba una mirada cargada de resentimiento. Cuando su padre le contaba una de sus aburridas historias cerraba sus oídos y salía corriendo al monte. Cuando su padre lo sostenía en sus brazos se retorcía y gritaba como un animal en una trampa. Todo esto el Indio Arango soportó con paciencia, hasta que, teniendo ya cinco años, su hijo comenzó a hablar en una lengua que le era completamente desconocida.
No había duda de que para rescatar a su hijo tenía que devolver al espectro a las tinieblas de donde había venido. La religión no le había servido para nada en su vida, entonces era de esperar que también en eso lo decepcionara. Pero la ciencia, la ciencia había guiado todos sus pasos y sus proyectos. Leyó lo poco que consiguió de la ciencia del espiritismo, del magnetismo animal y de la teosofía. Logró ponerse en contacto con los expertos más reconocidos de la capital y se ofreció a financiar personalmente su viaje a su provinciano pueblo para que le dieran su opinión de expertos e incluso, si era posible, lograran curar su mal.
Los expertos hicieron una gran impresión en él. El hombre, doctor en espiritismo, era bajito y regordete, con anteojos de oro y muchos anillos, más de uno sacado de una guaca. Su esposa, la médium, era alta y llevaba un turbante adornado de plumas, hábito que según ella había adquirido en la India. Antes de entrar a la casa, mientras el doctor se fumaba un tabaco, le explicó a su anfitrión que a veces, tras morir una persona el dolor o la obsesión son tan fuertes que pueden hacer que el espíritu del difunto quede arraigadas a un lugar o a un objeto. Lo mejor que él podía hacer para librarse de su embrujo era averiguar qué obsesión concreta tenía su fantasma. Al atravesar el umbral, la mujer comenzó a sufrir convulsiones y dijo que una fuerte presencia estaba intentando ponerse en contacto con ella. El doctor le pidió a Arango que abandonara la casa para no perturbar las energías mientras lograban descifrar los mensajes del más allá.
El Indio Arango esperó por más de dos horas dando vueltas en la calle de su barrio. Por fin salió el doctor quien lo llamó de regreso. La médium estaba abatida en una silla, temblando cubierta de sudor. Arango encendió la estufa y le preparó un café para ayudarle a recobrar sus fuerzas. Tras reponerse, la médium le explicó que sus años profanando muertos enterrados en sagrados sepulcros habían perturbado profundamente los espíritus de los indios y que la única forma de devolverles el sosiego sería retornar sus pertenencias a sus sepulcros. Arango les explicó que no tenía forma de hacer eso, pues había escarbado tumbas sin cuenta y todo lo que de allí sacaba lo había vendido. El doctor le respondió que entonces tenía que alejarse de todas sus pertenencias. Las ánimas en pena se habían aferrado a la vida que él llevaba, por lo que para librarse de ellas tendría que cambiar de casa y dejar atrás todo lo que oliera a muerto.
Profundamente movido por la experiencia, el Gallinazo se dispuso a seguir el consejo. A la semana de la visita, vendió su casa y todas sus pertenencias. Se mudó a un pueblo cercano dispuesto a empezar una vida nueva. Por un año creyó que la estrategia había tenido éxito. Las visiones nocturnas cesaron completamente y de sus viseras se deshizo un nudo con el que cargaba desde que su mujer había muerto. Pero su hijo seguía igual de distante. Parecía que todo el odio y el resentimiento de los muertos seguían vivos en su pequeño pecho. Por más que intentara hablar con él, el niño sólo le respondía con evasivas o respuestas cortantes, que aparentaban más experiencia y sabiduría que sus seis años.
Para comprender el secreto que ocultaba su hijo, lo siguió varias veces en que él se adentraba en el monte, sin embargo, aunque era un ducho guaquero andarín, su hijo siempre lograba escabullírsele eventualmente. Tuvo que explorar a solas varias veces para descubrir el paradero de su hijo, un claro en el que había varias estatuas de arcilla con las facciones borradas por el tiempo y otras que claramente habían sido hechas recientemente. Allí plantó la emboscada. No fue el ruido de los pasos lo que anunció la llegada de su hijo. Lo primero que sintió fue el espesor del aire, el olor a guaca que se colaba entre las ramas y lo ahogaba en medio del profundo verde. El sol perdió su fulgor y en su lugar la tierra, las hojas y las vasijas comenzaron a emitir la ya muy conocida y temida luz dorada. El espectro de la anciana atravesó la espesura y, de mano de ella venía saltando alegre el niño.
El le conversaba en esa extraña lengua incomprensible y ella le contestaba, paciente y benévola, en el mismo idioma. El niño se sentó en el suelo y comenzó a trabajar en arcilla la imagen de un ave carroñera. La mujer lo observaba y le daba una que otra indicación. Cuando el buitre cogió forma, su hijo le presentó orgulloso la imagen a la mujer, quien lo alzó en brazos y le dio un largo beso en la frente. Luego, anciana y pequeño se fueron y con ellos se fue la luz. El Gallinazo se quedó solo en su escondite. Solo y con la claridad de qué debía hacer para recuperar a su hijo.
Tantos años saqueando guacas, haciendo añicos los barros que no pudiera vender y tasando las figuras de oro meramente por su peso lo volvieron insensible al trabajo artístico detrás de cada pieza extraida. Sus manos, acostumbradas meramente al saqueo y la destrucción eran incapaces de dar forma al barro y al metal. Pero paulatinamente, con más torpeza que su hijo, fue adquiriendo la habilidad de por lo menos moldear la materia acorde a la forma general de esta o aquella creatura. Le tomó muchos años de pruebas fallidas, pero finalmente quedó satisfecho con la forma que daban sus manos. Necesitaba ahora la materia.
Meterse en la reserva del banco fue mucho más sencillo de lo que esperaba. Hacer un túnel desde el edificio adyacente hasta la tesorería fue mucho más fácil que abrirse camino hasta el corazón de una guaca. Aunque toda su vida había estado acostumbrado a la presencia del oro, había algo profundamente distinto al estar rodeado de lingotes sólidos y regulares. Tras décadas viendo el oro adoptado a la forma de animales, alhajas y gente, los ladrillos dorados resultaban perturbadores a sus sentidos. Un lado de sí le decía que no había diferencia alguna, que oro era oro y ese oro del banco era el mismo que él había escarbado de las tumbas. Pero otra voz fulgía en su interior, y le decía al Indio Arango que allá, en ese templo de la regularidad total había ido a parar toda su vida. Había saqueado a los muertos para matar la vida.
Sacó sólo cuatro lingotes, lo demás se lo dejó a la codicia de los vivos. No necesitaba más. Tras sí cerró el túnel y se aseguró de alejarse antes de que se enteraran siquiera del hurto. De regreso en su pueblo se puso manos a la obra. Por tres meses trabajó día y noche sin cesar hasta que por fin sus labores lo dejaron satisfecho. Justo a tiempo, pues era el decimotercer onomástico de su hijo.
Encontró al niño, al joven, regresando de una de sus excursiones en el bosque, huraño como de costumbre. Con infinito amor Arango abrazó a su hijo y le dijo que, en honor de que ahora era un hombre, lo llevaría a aprender la labor de su padre. Cuando le anunció la noticia no vio ninguna reacción en los ojos de su hijo, esos ojos negros heredados del Gallinazo. Tampoco delataron nada a lo largo del camino, pero cuando llegaron al lugar profanado por el Gallinazo trece años antes los ojos brillaron con un fuego que su padre nunca había visto hasta ahora en ellos.
Le ordenó a su hijo que cavara mientras él preparaba el mecanismo usando de base los arboles cercanos. Cuando la pala del muchacho dio con la piedra este se alzó y le informó con emoción en su voz, que había golpeado la laja. Arango entonces ató la piedra a su invento y la removió, explicándole a su hijo paso por paso todos sus procedimientos y informándole como reponer la bóveda a su punto original. Cuando la luz invadió el sepulcro, el joven, ávido, se preparó para descender, pero la mano de su padre que venía tras de sí lo detuvo. Se dio la vuelta y lo vio, como nunca lo había visto en su vida. El Indio Arango portaba anillos de oro, nariguera y una diadema. En su espalda cargaba un costal. Se inclinó sobre su hijo y le besó la frente, antes de descender a la guaca. Entre el polvo y la declinante luz, el joven a duras penas vio como su padre sacaba del costal cuatro estatuas doradas que procedió a colocar en los rincones de la cámara antes de acostarse en el lecho de madera. No tuvo que decir nada. Su hijo sabía lo que tenía que hacer. Repuso la piedra en su lugar y la cubrió de tierra. Y desde entonces el alma de su padre lo acompaña como un ave lejana que ronda por el cielo.
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Presentación del libro Bestiario de creaturas metafísicas

Bestiario de criaturas metafísicas – Casa de Asterión Ediciones A modo de bestiario, este libro trata de recoger algunas de las criaturas y objetos fantásticos que los filósofos y pensadores han imaginado para el desarrollo de sus obras y tratados. Así como a largo de su carrera literaria Jorge Luis Borges siempre soñó con la publicación de un “Manual de zoología fantástica”, sueño que finalmente pudo cumplir con la publicación de El libro de los seres imaginarios, nosotros queremos presentar ahora un libro que recoge, analiza y describe las criaturas del imaginario filosófico, de entre las que destacan, por ejemplo, el genio maligno de Descartes, el asno de Buridano, la tortuga de Zenón de Elea, el Demiurgo platónico, el anillo de Giges, las mónadas, y muchas otras criaturas y objetos que encarnan las grandes paradojas y problemas de la historia de la filosofía.
El libro tiene la función de un bestiario, es decir, un texto en el que se mencionan y describen criaturas fascinantes, sean del mundo natural o del mundo fantástico. En este caso, hemos decidido recopilar y describir las criaturas que son creadas e imaginadas con propósitos filosóficos por los más grandes pensadores, desde la antigüedad grecorromana, hasta la filosofía contemporánea. El libro responde a una carencia que, extrañamente, nunca había sido suplida y que, sin embargo, nos parece necesaria debido a la gran cantidad de criaturas y objetos que pueden mencionarse.
Creemos que se trata de un libro que puede suscitar el mayor interés tanto del público especializado, como del público general. Es una obra cuyas páginas pueden ser visitadas y consultadas periódicamente, y cuya lectura debe ser motivada esencialmente por el ocio, la curiosidad y el asombro ante la fantasía y la imaginación. Esta antología busca, por encima de todo, el placer de cada uno de sus lectores. Nuestro propósito nunca fue ofrecer un libro escrito exclusivamente para académicos o lectores especializados. Por el contrario, creemos que la más mínima y precaria competencia lingüística es suficiente para disfrutar este libro.
Referencias e influencias
El libro fue inspirado realmente por los trabajos de Borges y Margarita Guerrero en El libro de los seres imaginarios. Sin embargo, también hay otras referencias que vale la pena considerar. Los libros de Historia natural de Plinio el viejo, las Etimologías y el Physiologus de Isidoro de Sevilla, así como el Bestiario de Aberdeen son algunas de las obras consultadas rigurosamente para la construcción de este bestiario, sin mencionar, por supuesto, las referencias directas de los tratados y obras filosóficas que dieron origen al libro.
Nuestro trabajo se suma, entonces, a una lista considerable de bestiarios y antologías de criaturas de diversa índole, sea biológica, científica, fantástica o, en nuestro caso, metafísica. Hasta donde hemos podido investigar, no se conocen bestiarios o antologías sobre las criaturas metafísicas que colman el imaginario de la literatura universal. Con esta breve pero sustanciosa compilación, hemos tratado de cumplir una de las tareas pendientes que tenía el género, prácticamente abandonado hoy, de los bestiarios.
Sobre los autores
Este libro fue escrito conjuntamente por Simón Palacio Echeverri y Andrés Felipe Carrero Céspedes.
Simón Palacio nació en Armenia, Quindío, en 1997. Es Magíster en filosofía de la Universidad Javeriana. Se ha especializado en historia de la filosofía antigua y medieval, así como en estética, filosofía de la religión, filosofía del arte, misticismo y, más recientemente, en filosofía de la alquimia y cosmología.
Andrés Carrero, nació en la ciudad de Bogotá en 1997, es Magíster en filosofía de la Universidad Javeriana. Se ha especializado en historia de la filosofía antigua y moderna, en estética, metafísica, lógica, dialéctica, filosofía del arte y, más recientemente, en filosofía de la música.
Simón y Andrés son los creadores de La máscara rota, un espacio digital en el que se difunden ensayos, cuentos, poesía, video ensayos y cursos de historia, filosofía y literatura en varias plataformas como Instagram, YouTube y WordPress.
¿Cómo puedes conseguir el libro?
Si estás interesado en leer el libro Bestiario de creaturas metafísicas, puedes contactarnos a nuestro whatsApp +57 3142796875. Hacemos envíos a toda Colombia. También puedes visitar nuestro perfil de Instagram y escribirnos un mensaje.

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Meditación sobre el estilo
Por: Juan David Padilla

Manifiesto – Eliran Kantor Algo me ha acercado a la escritura después de mucho tiempo: un proyecto, una revista sobre filosofía, arte, música, literatura, cuentos o toda forma que pueda ostentar una idea, un pensamiento o simplemente alguna parafernalia que hace reír en el silencio. Leyendo los escritos de mis amigos, con estilos dispares e intereses alejados si bien con algo en común: el disfrute de escribir y compartirlo, recordé un pequeño texto inscrito en un trabajo escrito hace algunos años. Investigar sobre el romanticismo alemán implicó plantearme la cuestión del estilo: ¿Qué es el estilo? ¿Qué significa tener un estilo propio? ¿El ordenamiento de las palabras conforme a una sintaxis es tener estilo? ¿La capacidad de crear imágenes por medio de uniones aparentemente alejadas es tener estilo? Cualquier respuesta puede satisfacer a quién se haya preguntado esto. El estilo propio es uno de los infinitos caminos a los objetos, a la verdad. Esta es mi respuesta para tratar de satisfacer mi curiosidad.
El asombro por un monumento, una pintura, una pieza musical, un animal, un insecto, un niño; el asombro por la naturaleza, la belleza, el bien, el mal, los objetos, los conceptos y las muchas cosas que pueden captar nuestra atención es el punto de partida del pensamiento, es lo que nos mueve a buscar la verdad. La mirada larga y detenida, producto del maravillamiento, sobre las cosas hace brotar de ellas un modo, una manera de examinar: el objeto determina, según la naturaleza de quien lo observa, el medio para hallar la verdad interior del mismo. El objeto manifiesto estimula y estruja nuestra sensibilidad, actualiza todas nuestras potencias sensibles y nos obliga a dar una forma concreta a lo captado.
Hay, entonces, una lucha entre la vitalidad interior de la cosa observada y nuestra vitalidad (potencia interior que observa). Ambas tratan de imponerse, no muy distinto a la eterna discusión entre el idealismo y materialismo; son dos fuerzas relacionadas cuyo resultado es la expresión de la esencia de un individuo particular, la expresión de la verdad. Avasallarse la una sobre la otra (el objeto avasalla al individuo y éste al objeto) es el trabajo. Es decir, nuestra relación con las cosas que nos asombran es productiva, sólo a través de esta relación los objetos muestran la verdad que se asoma desde nuestro interior; examinar un objeto es, de un lado, determinar sus caracteres, sus marcas al percibirlo y, de otro lado, el objeto imprime estas marcas en nuestra sensibilidad: el objeto es producido por nosotros y éste nos produce. Esto no acontece de manera uno consecutiva (uno primero que el otro) y concluir o sugerir esto es falso, toda relación es anterior a los términos que la componen. La relación es simultánea, ocurre al mismo tiempo, no hay temporalidad.
Por lo tanto, nuestra sensibilidad no es posterior al encuentro con el objeto, ni éste es anterior a la sensibilidad. Sensibilidad y objetividad suceden conjuntamente. Es claro que la vida común, ajena a la atención sobre las cosas, nos indica que los objetos imprimen sus atributos en nuestros sentidos. Pero esto, no sólo es aburrido, pues no tiene ningún provecho para pensar la capacidad creadora, sino también es inclinarse por el empirismo moderno en el cual nuestros sentidos son impactados por información sensible y la razón extrae de ésta la verdad (tabula rasa). La sensibilidad no es un elemento pasivo en la creación artística humana y otorgarle una naturaleza dócil es desfigurar su potencia agente y moldeadora sobre los objetos.
Estos razonamientos sobre la simultaneidad del objeto y la sensibilidad, también me pueden llevar al solipsismo, subjetivismo o algo miserable: relativismo. Sin embargo, lo que rescata esta meditación de caer en ese lodo es la verdad con carácter universal, con carácter objetivo. Suponer la verdad universal como punto de partida del estilo tiene una consecuencia: la verdad se expresa en nosotros; somos el medio de la verdad, un rostro o, para continuar con expresiones aristotélicas, una actualización de la verdad; éste es nuestro trabajo. Leer sobre metafísica y epistemología de Leibniz aclaró este punto: nuestra relación con el mundo o la verdad es un punto de fuga, una perspectiva que se activa, pero no por serla pierde su carácter objetivo, porque es parte de la universalidad de la verdad. Una explicación más “simple” puede ser útil: una mónada, la unidad sustancial, contiene todo el mundo en su interior, pero sólo actualiza una forma concreta de ese vasto mundo al percibirlo.
Nuestras representaciones del mundo muestran los aspectos esenciales que imprimimos y percibimos en los objetos. El estilo es, entonces, la forma productiva y expresiva de una verdad que está en el mundo, en nosotros. El estilo, organizar palabras, doblar enunciados, retorcer la sintaxis, replegar y desplegar estructuras lingüísticas, crear imágenes simples o complejas es el modo en el que nuestro espíritu logra e intenta expresar su interior: una verdad íntima. El estilo muestra esta relación productiva con las cosas, relación que no es posible enunciar: no es posible hacer un tratado o un texto explicativo de nuestro estilo, pues consistiría en diseccionar nuestro espíritu en partes y desmembrar nuestra sensibilidad, en pocas palabras, habría que volarse los sesos y plasmarlos en papel.
Preguntarse por el estilo es también cuestionarse, en algún punto, por el estilo académico y científico contemporáneo. Su honesto interés en publicar, en el prestigio, en la calidad y la objetividad señalan el único camino posible para llegar a los objetos: la mercancía. Toda metodología de investigación doctoral que conlleva un estilo definido y limitado es un dominio sobre la espiritualidad a través de la determinación de la forma de los objetos. El ensayo, el diálogo, la meditación, la confesión, el tratado, las cartas, toda forma que pueda tomar un texto y, por lo tanto, un pensamiento es inútil, estéril o poco seria para los parámetros de publicación, es decir, no producen plata para las revistas y universidades. Es así, que la academia controla el estilo y domina la sensibilidad, transformando la riqueza espiritual en un cachivache barato sin ningún valor más allá del mercantil.
Tanto el objeto observado, que un principio era asombroso y ahora sólo es una curiosidad intelectual, como la sensibilidad, una potencia feroz y desbocada por estimularse y movilizarse que ahora es sólo un epígrafe en un documento, toman la forma de una mercancía. El dominio sobre nuestro estilo es la mercantilización de la espiritualidad humana. El motivo de escribir esta meditación, más allá de quejarme de la academia o desplegar alguna capacidad, es compartir con mis amigos un pensamiento. Encuentro en compartir un valor que por sí mismo es excusa suficientemente buena como para escribir algo y construir un estilo.
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Resaca de amor
Por: Simón Palacio

Edmund Dulac – El ángel de la bebida y la tristeza ¡Qué débil es el hombre! ¡Qué ineluctable es el destino! Hacemos juramentos que no cumplimos, y nuestra vergüenza nos es indiferente. Yo mismo actúo a menudo como un insensato. Pero tengo la excusa de estar ebrio de amor.
Omar Khayyam
A primera vista no era distinto de los demás. Tal vez su atuendo era más desgarbado de lo común, su figura más raquítica y su tez más pálida, pero además de un par de miradas de desconfianza y unas cinco de lástima, podría pasar desapercibido, siempre y cuando estuviera entre una gran multitud. Pero lo que su complexión de espantapájaros no delataba era que en su pecho se escondía un corazón de aquellos que aploman al cuerpo para darle fuerza a las alas. Por las mil heridas que en él había, un hombre ordinario se habría desangrado, pero el amor poseía su cuerpo y el vino reemplazaba la sangre que por su corazón manaba a borbotones. Perdido como estaba en los parajes del ensueño, habitaba dos mundos y caminaba entre los vivos como un espectro de pueblo, que con rústica simpleza se niega a ocultarse hasta que la noche haga decente que los muertos se muestren en la tierra. Pero como todo espectro, en la ciudad se desvanecía en su propia miseria para hacer desmayar de espanto a las jovencitas, atrayendo mera lástima y sospecha, cual muerto desplazado por la máquina de vapor. El hambre y el delirio de amor lo forzaban a caminar en las mortecinas tardes, cuando los empresarios se encerraban con sus acciones y secretarias a espantar las moscas de la saciedad bajo la luz de un sol inclemente. Solo, gestando la sierpe del amor, visitaba las tabernas que ya hubieran abierto para llenar el abismo de su pecho con torrentes de licor.
Si de su carácter algo había perdonado la plaga, era la tendencia a la soledad y la afición al vino, aquel alkahest en el que sus penas y dichas se disolvían en una embriaguez cósmica. Pero el resto de su ser no resistió a la arremetida del torrente del amor, y no hubo fibra en él que no crepitara en las inclementes llamas del señor de los hombres. Nadie lo esperaba, en especial él. Su carácter frio y reservado y su creciente misantropía parecían haber sellado su corazón contra cualquier tipo de intimidad que no fuera el propio de un reconocimiento mutuo de dos almas en pena que se cruzan en el purgatorio. Pero al amor no le importa nuestras creencias, al amor no le importan nuestros odios ni nuestras terquedades. Cuando tocó en su puerta, él no tuvo de otra que abrirle y entregarle toda su carne y su ser a aquel amargo invasor.
Fue bajo la protección del vino que este demonio se introdujo en su vida. El espíritu lo condujo a la trampa esa noche, cuando su sensibilidad irritada clamaba por la embriaguez cómo el náufrago por la tierra, cómo el matarife por un sacrificio. Su oasis era una tétrica taberna, cuyas pocas bombillas moribundas acumulaban más polillas que clientes en la barra. Las lágrimas de los borrachos golpeando las copas encontraban sus ecos en el goteo de su alma derritiéndose con el alcohol. En medio del sopor de la embriaguez, en el que en su alma se fundían todas las sensaciones en un estanque de quietud, no notó al principio al mancebo que se sentaba solo en un rincón de la taberna. Pero si fue el licor lo que lo ocultó a sus ojos al comienzo, también fue quien permitió que la imagen se saltara todos los órganos para quemar directamente su voluntad. Quería hablar con este desconocido, abrir las puertas de sus ojos negros y saber qué dichas y tristezas habría de depararle los misterios de su alma, pero su ánimo taciturno venció el valor báquico y se resignó a salir de la taberna a contemplar las estrellas. Lo que no leyó en ellas era el encuentro que en ellas estaba escrito.
Al poco tiempo se percató de que el efebo lo había seguido, atraído por el humo del cigarrillo. En agradecimiento por la generosidad mostrada, intentó entablar conversación, señalando que Júpiter se cruzaba con Saturno en el horizonte. Este giro inesperado, de un interés compartido permitió que el diálogo se soltara con facilidad entre ambos, y cuando volvieron a la taberna lo hicieron juntos. El vino abrió un comercio fácil entre ambos corazones y pronto el solitario joven pudo mapear con gran detalle la vida del bello desconocido: su madre había muerto cuando él era joven y su padre no lo veía más que cómo una decepción, por su mediocre desempeño en la escuela de derecho sería desplazado por su medio hermano en la herencia del negocio familiar, su amor por los universos ocultos en los pliegos de papel le habían ganado el desprecio de sus congéneres y la burla de sus hermanos, la vida para él no era más que una serie de amarguras disipadas por el ensueño y una vaga esperanza que aún no adoptaba forma. Esta historia, tan distinta de la suya, resonó con graves ecos en sus entrañas y le respondió en la misma lengua de la soledad. Al acabar la noche se despidieron y prometieron volver a encontrarse pronto. Él no veía la hora de volver a verlo: estaba enamorado.
Estos encuentros, inicialmente esporádicos, terminaron volviéndose tan frecuentes que no había día que escaparan de la resaca. Al principio le fue duro mantener las finanzas de su nueva vida, pero su amigo, enterado de su situación, terminaba pagando casi siempre los gastos de la noche. Nunca preguntó cómo conseguía el dinero, aunque tenía una vaga idea por cuales bolsillos esos dedos de lirios pasaban sin escrúpulos. A la borrachera del vino aljofarada por la luna le seguía la embriaguez de un corazón henchido de amor. No podía moverse sin tener su aroma debajo de su nariz, de adivinar su figura entre las multitudes y suponerlo esperando detrás de cada esquina. Aquello que tantos años de soledad forzada y odio por la humanidad habían sepultado en su interior había germinado con una pasión que anhelaba tocar con los dedos el cielo. Revoloteaba en vano en torno a la divina candela; sus señales no encontraban respuesta y, además de un par de caricias lascivas que le había dado al cuerpo inconsciente del amado intoxicado, sus amores eran estériles. Fue un verano lo que derritió este paisaje de gélida espera. En el calor de estío y de vino vio la oportunidad de dar su estocada. Dejó sus dedos deslizarse entre la camisa abierta por el bochorno y sus gestos encontraron respuesta. Pero cuando sus labios buscaron la boca del deseo, el destino lo golpeo con su ley inviolable. Intentó tomarse el rechazo a la ligera. Incluso se permitió soltar un par de palabras mordaces, pero el dolor se agitaba y no quería ofrecerle al amor sus lágrimas. Esa noche la pasó tanteando las paredes de la ciudad cegado por el alcohol y el desamor. La aurora lo descubrió llenando un formulario para embarcarse en la Legión Extranjera.
Partió sin mirar atrás, por miedo a convertirse en piedra si se enfrentaba con el monstruo del que escapaba. Ni siquiera pasó por su habitación para preparar su partida. Sus pocas pertenencias habrían de terminar en manos de la patrona que entregaría sus libros a los recicladores sin siquiera saber lo que estaba quemando. Pero esto lo tenía sin cuidado. Tenía que partir, sólo el amplio mundo le ofrecía algún cobijo de la inmensa intemperie del corazón. Las pocas semanas que duró el entrenamiento fueron tiempo muerto, cuando llegó a Argelia ya había olvidado por completo todos aquellos refranes baratos que le inculcaron sobre fraternidad, igualdad y libertad. Sólo quedaba el mundo, abierto ante él, ofreciéndole todas sus posibilidades en un vasto bosque de lo desconocido. Sus compañeros de armas eran perfectos para alejar su mente del espectro del que había huido. La tosca vida de soldado lapidaba su mente hasta el punto en el que aquellas lánguidas noches de amor y desfallecimiento fueron relegadas al mundo del ensueño. Sólo el amplio desierto agitaba sus memorias dormidas y le traía rumores de un hombre distante que se atrevió a perturbar su paz por el riesgo de amar.
Pero si el desierto revolcaba las tumbas del olvido, el vino sacaba la carroña y la exhibía a los ojos que querían permanecer cerrados. Intentó abstenerse del veneno, pero su espíritu, tan magullado por el descuido, necesitaba sentirse vivo. Con el tiempo, el vino se volvió un hermano del desierto; tenía que cruzar por ambos con su jauría por obligación, pero se perdía en ellos con mayor frecuencia en un viaje solitario dictado por la necesidad. Sus fuerzas crecían en estas travesías, pero no podía ignorar la esfinge que yacía sepultada bajo las arenas.
Despertó de su sopor cuando se entablaron los primeros combates. Las emboscadas de los disidentes mahometanos eran más sanguinarias de lo que los novatos de su batallón esperaban, y muchas veces logró escapar nada más por un designio particularmente maligno de la Fortuna. Su desesperación se confundía con valentía y era él el primero en arremeter contra el enemigo y el último en emprender la retirada, esperando en secreto que una bala bien dirigida le destrozara su corazón doliente, su corazón sangrante. Ninguna lo hizo. Su ímpetu hubo de traicionarlo y, en lugar de arrancar de él la espina que llevaba clavada, hubo de abrir la llaga que el sol del desierto estaba sellando. Un asalto a una misión de exploración abatió a su compañero repentinamente. Su arremetida no se hizo esperar, y sin prestar atención a los sesos que manchaban su casaca se lanzó al asalto, abatiendo a dos algaréanos con su rifle y alcanzando a un tercero que huía, al cual le destrozó las vísceras con su navaja de legionario. En el rostro del muchacho mahometano que le había exhibido sus entrañas, encontró los mismos ojos que hace una vida había amado. Cómo si hubiera salido de una fiebre, todo volvió a él. La voz amada, el aroma divino, esa embriaguez en la que eran una sola alma. La guerra le había fallado: había intentado extirpar su amor por las heridas de la guerra, pero sólo había logrado que en su corazón creciera una gangrena. Esa noche estaba en una taberna a varias leguas del cuartel más cercano.
Se permitiría ese lujo, quería volver a sentirse hombre antes de acabar con todo, a fin de cuentas, eso es lo que esperaba hacer. No importa cuánto corriera, él siempre iba a alcanzarlo. No podía escapar; el mundo es muy pequeño, el corazón enorme. Fue un inusitado deseo de compañía antes de morir lo que lo llevó a entablar conversación con uno de los pocos árabes que se atrevían a visitar esa guarida del pecado: un viejo yazidí de bigotes grises y ojos tristes. Conversaron como dos huraños que se reconocen en su soledad. Él le contó al viejo su triste historia y éste escuchó sin interrumpir y cuando el genio del vino lo poseyó, compartió parte de su historia al joven legionario. Era pintor y había sido desterrado por la blasfemia de atreverse a pintar más colores en el pavo real. Los mahometanos le habían dado peor acogida, cerrándole las puertas por la osadía de intentar desafiar a Dios con sus pinturas. Este éxodo lo había traído a Argelia con sus instrumentos como única compañía, retratando a los colonos y a los árabes y africanos europeizados que lo contrataban para rechazar el oscurantismo de la plebe.
La historia del viejo lo intrigó. Con lo que le valieron sus armas y las medallas que su desesperación le habían ganado, pagó la estancia del viejo, y se dispuso a ayudarlo a encontrar un mejor alojamiento antes de proseguir con su propósito. Pero la salida del viejo de la ciudad hubo de cambiar sus planes. Atravesó con él el desierto, cargando su equipaje, robando cuando no tenían qué comer, mezclando la pintura y, ocasionalmente, aprendiendo el arte de del antiguo yazidí. Sólo entonces se dio cuenta de que toda su vida había andado ciego por el mundo, era como un inválido que cree caminar por ser arrastrado de un lugar a otro. Abrió los ojos y contempló las cosas tal y como son. Entendió el llamado del desierto que tantas noches lo mantuvo despierto en sus travesías, encontró que las dunas tenían el mismo tono de su piel y la noche se teñía con el negro de sus cabellos, las estrellas eran hechas a imitación de sus pupilas y el rugido de la mar se derivaba de su risa.
Conoció el mundo y comprendió que Aquel que lo había creado también lo había hecho a él a su imagen y semejanza. Si pintaba una torre seguía el modelo de los brazos queridos, en la rosa copiaba su sonrisa, en el rostro de los leprosos se plasmaban los recuerdos de las calenturas del amor. Su maestro lo comprendía y aprobaba sus tonos en silencio mientras fumaba su larga pipa, corrigiendo cada vez menos sus trazos y su pulso. Llegó a sentir un amor filial por aquel viejo para quien cada nube no es más que una pintura en potencia y no había flor que no pudiera ser embellecida en su lienzo. Su mano hablaba con los paisajes en su lengua nativa y sus ojos castos desnudaban a la humanidad de todos los artificios con los que la habían vestido mil y un años de historia. Quizá era con Dios mismo con quien hablaba cuando en sus constantes borracheras sus labios musitaban cantos en su extraña lengua. Nada fue ajeno para ese hombre de mundo, ni siquiera su súbita captura y ejecución.
Una mañana en Túnez, el viejo le dijo que fuera a la plaza y pintara todo aquello que era digno de pintar. Al joven discípulo no lo sorprendió ver como esa misma tarde el anciano era llevado al cadalso y colgado por alegatos de espionaje. Con la misma serenidad con la que cada noche subía a la barra de las tabernas, subió al patíbulo; con la misma indiferencia con la que contemplaba un cuadro una vez terminado, observó a su audiencia; con la misma ligereza con la que daba vuelo a su espíritu embriagado, voló sobre las cabezas de la plebe, para quienes presenciar la muerte de ese sabio sería el único evento digno de pintura en sus vidas. Él cumplió los designios de su maestro y el cuerpo del viejo fue desnudado por el pincel de su aprendiz, que extrajo el modelo de belleza que en él se encontraba.
Regresó a su ciudad; muerto su maestro no había nada que lo atara al extranjero, si no había donde huir del amor lo mejor era regresar a su manantial. Se asentó en sus antiguos aposentos y se dedicó a retratar en la calle a los transeúntes, sobreviviendo de la limosna que pudiera ser arrebatada por su arte. Buscó a su amigo en las tabernas y en su ausencia se llenó de vino. Vivía por aquellas pequeñas confusiones en las que creía ver su rostro en un cuerpo ajeno, pero en lugar del dolor del desengaño sus errores encontraban nuevos motivos de pintura. Tan absorto estaba en descubrir el amor en cada una de las creaturas qué casi no lo distinguió cuando pasó por su taburete. Fue el incómodo saludo que no podía disimular la alegría lo que le delató la identidad del hombre que ante él se encontraba.
No es que se hubiera marchitado, al contrario, aquella belleza que en él se estaba gestando había germinado en una de esas beldades rarificadas. Sólo sus ojos estaban viejos, pero fermentaron en una tristeza exquisita. Después de cuatro años de sólo verlo en la arena, las piedras y la oscuridad entre las estrellas, la carne del ser amado adquiría tonos divinos. Supo entonces que su amigo no estaba menos feliz de verlo. Una vez en la taberna, le contó todo: el temor por su vida después de haberlo rechazado, la deserción de la escuela de derecho y la olvidable vida literaria a la que se había dedicado. Sobre todo, le habló de su arrepentimiento. Se reprochaba su cobardía que lo había llevado a rechazarlo aquella noche hace ya tantos años, cobardía que le robó cuatro años de felicidad. Pero el regreso inesperado le había quitado el luto de encima; aún tenían una vida entera por delante, la felicidad estaba lista para la siega.
Fue un amor torpe al que se entregaron. La inexperiencia y la emoción entorpecieron los cuerpos de los amantes, pero esto no impidió que sus almas se fundieran en un trozo de eternidad. El tiempo robado dejó de importar. Todos esos cuatro años de sudor, sangre y pintura se desvanecieron esa noche en que la felicidad cayó del cielo y se ahogó en la copa del ahora. El sol los encontró abrazados soñando con la noche que se desvanecía. Se despidieron apesarados, pero prometieron volver a encontrarse aquella misma noche y no postergar la felicidad que el tiempo les había robado.
Fue con dolor que se despidió de su amigo, la consumación de su amor no había hecho más que cimentar su lugar en el centro del universo, pero hay cosas que tienen que ser hechas. El dolor de aquellos años de guerra y de padecimiento junto a un santo palidecía ante el martirio de ese día. Los rastros del placer aún se sentían en su carne y el sabor de su amado no había dejado su boca, pero la putrefacción ya había llegado a sus sentidos. La podredumbre que tanto había retratado entre pestilentes y cadáveres se había tomado por asalto esas horas que la felicidad había conquistado. Daba vueltas sin rumbo entre la madeja de calles de la ciudad, acompañando una interminable cadena de cigarrillos con una secuencia infinita de copas de vino.
Su mente se encontraba lúcida cuando lo encontró su amigo. Lo miró con aquellos ojos que había pintado el viejo yazidí y con horror vio que estaba más bello que nunca. Jamás volvería a ser tan hermoso como esa noche y por eso debía morir. Sí, le felicidad estaba frente a él, y la tranquilidad y un amor que encuentra respuesta en el pecho amado, pero también el decaimiento. Jamás volvería a ser tan hermoso como esa noche. No había alternativa. Debía morir. La dulzura de su boca y la fidelidad de sus ojos no hacían más que sellar su destino. Fue un asunto rápido: bastó con una puñalada en el cuello. El torrente de sangre pálida fue indigno de los años de amor, pero por un momento su mirada alcanzó el cielo y después nada. Sólo la muerte. Lo enterró con sus propias manos, lo cubrió con un lodo de tierra y lágrimas. Como despedida final derramó el vino que llevaba en la herida abierta por sus manos y en la boca abierta por sus labios.
Desde entonces vagó de calle en calle y de ciudad en ciudad, con su pincel en mano reviviendo aquella belleza que con puñal había preservado, pagando su grandeza nada más con su felicidad.
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Apéndice del tratado Sobre la expresión del dolor y el placer en los animales
Por Andrés Carrero

Alfred Kubin – El simio Aún recuerdo aquellas tardes en las que se nos perdían las horas a mi padre y a mí hablando de lo que él llamaba “el milagro de la expresión”. Toda su vida, precoz y agitada, la entregó vigorosamente a la investigación teórica de los gestos y ademanes que se generan en ciertas especies animales cuando son expuestas a situaciones y estímulos tanto agradables como desagradables. Su tratado Sobre la expresión del dolor y el placer en los animales, obra inconclusa e inspirada en un breve tratado de Darwin, fue el gran trabajo de su vida y será publicado póstumamente por la Universidad Nacional de Colombia1.
Para mi padre, la mera posibilidad de que el placer y el dolor se reflejen, siguiendo ciertas leyes, en el rostro, la mirada, los labios, y el ceño de los animales era tan fascinante como su reproducción, su metamorfosis, su alimentación y su fisiología. Afirmaba que así como se habían definido diferentes sistemas de órganos que satisfacen ciertas funciones vitales como la respiración o la circulación, también era necesario postular la existencia de un sistema expresivo a través del cual las diferentes formas de vida animal, de acuerdo con su mayor o menor complejidad, manifiestan de diversas maneras su placer y su dolor. Mi padre consideraba que el hallazgo más importante sobre la naturaleza animal, cuya esencia es la sensibilidad y, con ello, la capacidad de sentir el placer y el dolor, es que tanto este como aquel tienen que expresarse. Su idea fundamental es que su expresión hace parte esencial de las sensaciones. No existe una sola criatura animal cuyos dolores y placeres no se expresen de alguna forma en su cuerpo. Solía decir que incluso los gusanos e insectos se retuercen al sufrir. Conocer las leyes de la expresión fue el trabajo de su vida.
Con el tiempo, sus investigaciones lo condujeron a un tema que se había estudiado muy poco. Mi padre, siguiendo los pasos de las bellas investigaciones de Darwin en la obra Sobre la expresión de las emociones en el hombre y los animales, quería consumar una obra definitiva sobre el misterio de la expresión del dolor y el placer. Uno de los apartados más fascinantes de su obra es el que versa sobre la expresión en el rostro de ciertos animales cuando ven a otros sufrir. Las investigaciones comenzaron, por ejemplo, analizando rigurosamente en mataderos la expresión de las vacas y los cerdos al ver cómo eran degollados sus congéneres. Los resultados de estas investigaciones no le parecieron, en cualquier caso, muy fascinantes, ya que eran predecibles.
También quiso estudiar, para encontrar leyes verdaderamente extraordinarias, cómo reaccionan ciertos animales ante el sufrimiento de sus propias crías, e incluso su muerte. Había encontrado algunos factores diferenciales en la expresión de los animales como, por ejemplo, el parentesco, la edad, la especie, el ser congéneres, etc. “Cuando la vaca en el matadero observa el sufrimiento de otra vaca de su misma edad o de edades semejantes (es decir, cuando la diferencia no es mayor de tres o cuatro años), se tensionan considerablemente el rostro y el cuello. La expresión indica horror y angustia, cosa que es más bien predecible y dentro de los límites de lo esperado; pero cuando una vaca observa el sufrimiento del becerro, contrario a lo que se espera, no se tensiona, sino que se relaja, y se aflige, de modo que su rostro muestra cierta tristeza, cierto dolor acongojado. Ahora bien, si una vaca observa el sufrimiento de su propia cría, sus ojos, su cuello, su mandíbula, y su rostro en general se tensionan desmedidamente, lo que hace también que los quejidos sean mucho más agudos y desgarradores. La expresión refleja en este caso una gran violencia, y una terrible agitación, como si el dolor se le estuviera causando a ella misma, pues su rostro se tensiona de una forma semejante a la forma en que se tensiona el rostro del becerro que sufre”.
A mí no me interesa hablar de los hallazgos teóricos de mi padre, pues la comunidad ya los conoce, sino contar la historia de su deceso, ya que ha generado mucha curiosidad e intriga en la comunidad de biólogos. Los métodos de mi padre, en muchos casos cuestionados, le hicieron ganarse un nombre y un reconocimiento excesivo. En cualquier caso, creo que el conocimiento de lo que ocurrió es valioso para todos los interesados. Ahora pienso narrar las cosas que sé y mostrar algunos testimonios de primera mano recogidos de algunas observaciones de los cuadernos de notas de mi padre y de los testimonios de su asistente.
Hacia finales del año antepasado, mi padre se obsesionó con la investigación de algunos monos que habitan en el Amazonas, así como otras especies de la región, incluyendo los delfines rosados. En particular, mi padre quería comenzar algunas investigaciones sobre ciertos fenómenos como la risa y la sevicia en los animales. La Universidad Nacional, a la que estaba vinculado como investigador, le patrocinó una expedición a una reserva natural en el Amazonas, expedición en la que podría investigar diversas criaturas, especialmente algunos monos endémicos de la región.
Como bien dije, el fenómeno expresivo que más le interesaba comprender era la sevicia, es decir, «el placer desmesurado que se manifiesta en una criatura cuando observa el sufrimiento de otras», según la definición que usa en su tratado (véase la página 217). También por esto quería investigar a los delfines rosados, que son de agua dulce, y comparar sus formas expresivas y sus gestos con los delfines de mar. En sus notas, por ejemplo, podemos encontrar algunas observaciones como estas:
“Como era de esperarse, la semejanza fisiológica y estructural de los delfines rosados con los delfines comunes hace que sus formas expresivas sean prácticamente las mismas. El delfín tiene la peculiaridad, dentro de los animales, de ser capaz de disfrutar del sufrimiento de otros delfines, es decir, de sus congéneres. Pero para que, en efecto, se manifieste algún grado de placer en sus gestos hace falta cierta agencia en el sufrimiento. Esto significa que el delfín rosado, como el delfín común, disfruta del dolor de sus congéneres cuando participa activamente de ese sufrimiento. Es común que un grupo de delfines viole y torture a otro delfín por simple placer. Curiosamente, la expresión de placer no es muy intensa, primero, si el delfín no participa activamente del sufrimiento y, segundo, si no se trata de otro delfín. Con otras especies, muchos delfines pueden incluso llegar a mostrar compasión, esto es, sufrir con su dolor”.
“De todos los monos, la expresividad de los monos ardilla en el Amazonas es la más fascinante y compleja. Sabemos que en estos primates la curiosidad y la sorpresa, como en muchas otras especies, incluyendo la humana, se expresa por medio una elongación de los párpados y de los músculos alrededor de las cejas, además de la común elongación de los músculos de la mandíbula y cierta tensión en los ojos. Lo que resulta llamativo de estos monos es la curiosidad que expresan ante el sufrimiento de otros individuos, sean congéneres o no. Si el sufrimiento trae algún tipo de elemento sorpresivo, como una caída repentina, un gemido inesperado, la curiosidad se agudiza y se hace incluso más placentera. La sevicia de los monos, a diferencia de los delfines, es mucho más intelectual, contemplativa. El sufrimiento de los otros suscita curiosidad antes que un placer desmedido o cierta compasión”.
Estas son algunas de las anotaciones que encontramos en sus cuadernos y que reflejan directamente la naturaleza de las investigaciones que mi padre estaba desarrollando en su expedición. Muchas de estas notas fueron, después, usadas como material preliminar para los primeros borradores del tratado Sobre la expresión del placer y el dolor en los animales. Para el segundo semestre del año pasado comienzan a aparecer en sus cuadernos algunas anotaciones relacionadas con cierta criatura, cuya especie nunca es esclarecida y que mi padre nombró Marsias, por su aparente relación con el mito griego. Por las notas y algunas descripciones generales de la criatura es probable que se trate de algún primate endémico de la región del Amazonas. Sin embargo, no hay suficientes descripciones para determinar su especificidad.
En uno de los primeros cuadernos en los que se menciona a la criatura Marsias encontramos una observación como esta:
“Sin lugar a dudas, Marsias es una criatura única dentro de su género. Nunca había visto algo igual. Noté hace algunas semanas que las llagas de un perro viejo, que pertenece a uno de los trabajadores de la reserva, llamaron la atención de Marsias. Se acercaba continuamente al perro y palpaba sus llagas con la punta de su dedo índice. El dolor infligido al perro le causaba, en primer lugar, una gran curiosidad, pero rápidamente esa curiosidad se transformaba en un placer desmedido. Marsias pasó varias semanas persiguiendo al perro e introduciendo el dedo en sus llagas, como Santo Tomás había soñado con las llagas de Cristo.
A primera vista, Marsias no me parecía particularmente fascinante. Era uno más dentro de los de su género. Pero cuando noté su actitud con respecto al pobre perro, me dediqué a investigar la naturaleza y la expresión de su curiosidad, sus causas, sus particularidades. No había visto una fijación con algo tan específico como unas llagas. Descubrí, entonces, que cuando yo me acercaba al perro y tocaba la carne de sus llagas, Marsias me observaba discretamente desde lejos, casi ocultándose, como si quisiera observar sin ser visto. Notamos que conforme el perro aullaba y chillaba, el rostro de Marsias comenzaba a deformarse en una especie de sonrisa. Los músculos de sus cejas se tensaban hacia abajo, inclinaba el cuello y miraba fijamente al perro con una expresión que, por ahora, solo podría describir como diabólica. Era evidente que su placer era muy intenso. Nunca había visto una expresión semejante.”
Por muchas semanas y meses mi padre dedicó muchas horas de trabajo y de investigación a los gestos, ademanes y expresiones de Marsias. Descubrió que esta criatura tenía cierta fijación con la visibilidad de la carne y de la piel. Miremos esta entrada, casi un mes después:
“Marsias no deja de sorprendernos a todos. Las heridas abiertas le causan una gran curiosidad, un gran placer. He observado que así como tuvo cierta obsesión con las llagas de un perro, que tristemente murió hace unas semanas, realmente todo tipo de cortadura, herida, sangrado, etc., le genera mucha curiosidad. Decidí hacer un pequeño experimento: asegurándome de que Marsias estuviera observándome, tomé un cuchillo e hice algunos cortes en mi brazo y en mi pecho. Las heridas abiertas y el sangrado también deforman su rostro y suscitan esa sonrisa siniestra. El placer de Marsias, su sevicia, su sonrisa, es el misterio más grande de la naturaleza animal, estoy seguro de ello. He logrado poner en contacto a Marsias con todo tipo de animales heridos: caballos que fueron mordidos por serpientes, cerdos y vacas que van a ser degollados, perros con sarna e incluso una señora con quemaduras. Tocó todas las heridas y se regocijó al ver los gemidos de los demás. Hice que degollaran un cerdo en frente de él y, desde una pequeña columna, volvió a sonreír”.
Con el curso de las investigaciones mi padre no solo observó que había algo extraordinario en la capacidad expresiva de Marsias, sino que sus facultades intelectuales era aún más sorprendentes:
“La última semana me percaté de un hecho tan fascinante como todo lo que rodea a Marsias. Había aprendido a manipular un cuchillo. Durante el último mes lo expuse continuamente a la observación de cortaduras sobre el pelaje y la piel de otros animales. Estuvo mirando detalladamente cómo yo manipulaba el cuchillo incluso para cortarme a mí mismo o a otros animales. De alguna forma logró robar o tomar un cuchillo de la cocina, o de alguna habitación. Lo encontré hace una semana persiguiendo a un perro con un puñal en la mano. Logró penetrar su piel y herirlo. Afortunadamente, no ocurrió ningún problema mayor.
He analizado su capacidad para usar un cuchillo y, en efecto, es sorprendente. Ha logrado imitar con cierta precisión mis movimientos. Se ha aferrado al puñal como si fuera una extensión más de sus miembros. Se molesta con gravedad cuando trato de quitarle el cuchillo. Ahora vigilo casi todos sus movimientos. Ha apuñalado varias aves. Se infiltra en galpones o corrales y crea verdaderas carnicerías, como el bello orangután de Los crímenes de la calle Morgue, de Edgar Allan Poe. Marsias ya me ha causado muchos problemas con los campesinos en la reserva. No les interesa en absoluto entender el fenómeno que yo investigo, y no tienen que interesarse. Marsias es mi pequeño milagro.
Sin embargo, hace un par de días lo sorprendí haciendo algo que casi roza lo inverosímil, lo imposible, lo fantástico. Encontré a Marsias en el pequeño laboratorio realizando algunos cortes sobre su propia piel. Se había causado heridas más o menos profundas en las manos, el pecho, y la pierna derecha. Gracias a Dios fue muy cuidadoso, como si tuviera la finura y precisión de un cirujano. Me he visto obligado a mantener una vigilancia continua sobre Marsias e incluso lo he tenido que drogar para quitarle el cuchillo durante las noches. Ahora solo permito que lo manipule mientras yo estoy presente. Marsias respeta mi autoridad y, de alguna forma, me aprecia, quizás porque yo he sido la causa de su máximo placer. A veces tengo el pensamiento supersticioso de que Marsias está agradecido conmigo. Nunca ha intentado atacarme.”
Este pasaje fue uno de los últimos pasajes que se encontraron en los cuadernos de notas de mi padre. Es, más o menos, de una semana y media antes de su muerte. Después de esto, casi no hay ninguna anotación relacionada con Marsias. Sus anotaciones versan principalmente sobre otros animales. Ahora quiero mostrar a los lectores una transcripción que fue tomada de las conversaciones que tuvo la asistente de mi padre con la policía cuando encontraron su cuerpo en el laboratorio:
“El profesor Flórez me solicitó más o menos al medio día que fuera a recolectar algunas plantas porque estábamos examinando algunas cuestiones relacionadas con la percepción de los aromas y los sabores en algunos simios. Estuve por fuera alrededor de unos 45 minutos o una hora. Durante mi recorrido hablé con las personas que estaban trabajando en la reserva, sobre todo con algunos campesinos y con las cocineras en las cabañas. Estuve tal vez unos 10 minutos tomando café en la cocina después de haber recolectado las plantas y también algunas frutas.
Cuando regresé al laboratorio del profesor, encontré su cuerpo completamente ensangrentado sobre el suelo. Tenía heridas profundas en el estómago, el pecho, y los brazos. Evidentemente había sido apuñalado. Solo después de examinar el cuerpo del profesor me percaté de que detrás de su escritorio se asomaba sutilmente Marsias. Estaba mirando fijamente el cuerpo mientras se deleitaba y sonreía como siempre que veía algo por el estilo. Sin embargo, su mirada era un poco más siniestra, y de repente, cayó hacia atrás. Me acerqué a Marsias y encontré su cuerpo también lleno de heridas profundas y cortaduras. Sobre el suelo estaba el puñal que se había robado. La misma gente de la reserva se encargó de deshacerse del cuerpo de Marsias. Le tenían miedo y se alegraron de su muerte. Algunas personas supersticiosas decían que era un demonio.”
Los hechos ocurrieron hace aproximadamente un mes. La policía y los investigadores, al margen de lo misterioso que resultaba el relato y las descripciones del animal, formularon finalmente una teoría que, según entiendo, se ajusta de manera precisa a los acontecimientos. De acuerdo con lo que nos informaron a mi madre y a mí, es innegable que mi padre murió apuñalado por la criatura que llamaban Marsias. Ahora bien, la policía conjetura que las cosas fueron más complicadas de lo que parecen. Es probable que mi padre haya estado con Marsias mientras la asistente había salido. Por alguna razón, mi padre sorprendió al animal cortándose y apuñalándose a sí mismo. Cuando intentó detenerlo es probable que Marsias haya reaccionado violentamente y haya causado toda esa carnicería. Según se sabe, por las notas de mi padre y los testimonios de su asistente, esta criatura era capaz de hacerse daño y, en efecto, trataba de hacerlo constantemente. Esto le generaba un gran placer. Mi padre trató de detenerlo, pero Marsias fue más fuerte, de modo que terminó apuñalándolo varias veces hasta que lo mató. La sangre, la carne y todas las heridas sobreestimularon al animal y esto hizo que también se apuñalara a sí mismo con gran intensidad. Cuando la asistente de mi padre entró en el laboratorio, Marsias estaba en el clímax de su excitación. Finalmente cayó, con la siniestra sonrisa sobre su rostro, sumergido en el más intenso de los placeres.
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- Este apéndice corresponde a una nota póstuma escrita por Carolina Flórez, hija del biólogo Alejandro Flórez, que fue publicada originalmente en Acta Biológica Colombiana, revista de biología de la Universidad Nacional de Colombia, en el año 2005. Hemos decidido sumar este apéndice a la edición conmemorativa de los veinte años de la publicación del tratado Sobre la expresión del dolor y el placer en los animales debido a su gran valor histórico. ↩︎
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La dualidad del laberinto
Por: Simón Palacio

Laberinto de la Catedral de Reims No habrá nunca una puerta. Estás adentro y el alcázar abarca el universo y no tiene ni anverso ni reverso ni externo muro ni secreto centro. Jorge Luis Borges, «El laberinto»
Sin duda alguna no ha habido estructura que haya impactado tanto la imaginación humana como el laberinto. Desde el antiguo laberinto donde habitaba el minotauro, pasando por los místicos grabados en las catedrales, hasta la misma estructura serpentina de los nudos de nuestros sesos, el laberinto siempre nos ha fascinado. En sus comienzos, en la civilización minóica y egipcia, el laberinto era un espacio sagrado. La divinidad debe protegerse de los ojos profanos, por lo que el laberinto era la estructura perfecta para acogerla. Sólo los iniciados, aquellos sacerdotes veteranos, tendrían el suficiente conocimiento para atravesar sus pasadizos. A los profanos el camino estaba vedado. Luego, en la Edad Media, el laberinto se transformó. A diferencia de los laberintos de múltiples pasadizos de la antigüedad, en el Medioevo cristiano el laberinto era una figura unicursal, que los peregrinos seguían en profunda oración y meditación para representar los complejos vaivenes de la vida espiritual. Sólo con la Modernidad, el laberinto se vuelve una figura secular de entretenimiento.
De entrada, tenemos ante nosotros dos figuras distintas con las que se manifiesta el laberinto. Por un lado, está la imagen del laberinto clásico multicursal que implica confusión y pérdida. Este es el laberinto que nos lega la literatura, con la mansión de Minos donde encerró a su monstruoso bastardo para alejarlo de los ojos de dioses y hombres. Según Heródoto, así también era el maravilloso laberinto egipcio, cuya complejidad y maravilla superaba incluso al laberinto de Creta. Por otro lado, el laberinto se muestra como un camino singular, cuya complejidad se basa en las vueltas y regresos necesarias para alcanzar el centro. Esta imagen ya aparece pictóricamente en la antigüedad. El laberinto de las monedas cretenses es el caso más evidente de su tipo. Sin embargo, en la Edad Media esta representación se vuelve universal como representación del laberinto, incluso a la hora de plasmar laberintos que debían ser prisiones de confusión, como el de Dédalo.
Parece entonces que el término ‘laberinto’ es equivoco, pues por un lado se refiere a una estructura compuesta de múltiples senderos que se bifurcan mientras por otro lado se refiere a un sendero único cuya única fuente de confusión yace en los múltiples giros que este toma, sin embargo él ineluctablemente llevará a su objetivo final. El primer laberinto suscita confusión, el segundo maravilla, para completar el primero no basta más que perseverancia, para salir del segundo es necesario contar con un hilo de Ariadne para no perdernos. Sin embargo, cuando se examina detalladamente, la diferencia entre ambos tipos de laberintos es menor de lo que su estructura sugiere.
En primer lugar, para quien se adentra en el laberinto, la experiencia siempre será una de confusión. Aún cuando el laberinto no cuente con más de un solo camino, sus constantes vaivenes y senderos retorcidos que no parecen tener fin harán que el peregrino inevitablemente llegue a la confusión y a la desesperación. Ni siquiera existe la seguridad de que siquiera hay un camino hasta que se haya alcanzado el objetivo. Por otro lado, quien atraviesa un laberinto multicursal, más que astucia necesita perseverancia para poder triunfar sobre los anudados pasillos. Una vez recorrido todo el laberinto su experiencia misma podría ser diagramada linealmente por la memoria, más que desde la multiplicidad de los caminos.
Por otro lado, ambos laberintos nos producen maravilla cuando, como Dédalo, podemos sobrevolarlos y apreciar la totalidad de su estructura sin ser prisioneros de ella. Cuando se toma distancia y se observa la obra artística en tanto tal, es imposible no asombrarnos al ver la complejidad y belleza con la que el arquitecto ha diseñado su mansión. No en balde, el laberinto fue usado para resguardar lo más sagrado, no sólo en tanto lo protege de ojos profanos, sino también por situarlo en el centro de una estructura que despliega los más complejos talentos artísticos. Visto desde afuera se vuelve indiferente que el laberinto sea unicursal o múltiple, pues incluso un laberinto de un camino hará que el ojo del observador indirecto se pierda como si el camino se multiplicara infinitas veces. Pero la confusión del observador es distinta de la del peregrino, pues en ningún momento hay miedo o frustración, sólo hay asombro.
Es natural, entonces, que el laberinto sea una de las metáforas más usadas para describir la vida humana. Ya en la Antigüedad tardía y el Medioevo temprano, el laberinto se volvió un motivo común para describir no sólo la inteligencia, sino la vida misma. Esto a su vez trajo debates sobre la preferencia de los laberintos de un solo camino (que en cierto sentido simbolizan la vida guiada por una única doctrina o religión) y los de múltiples bifurcaciones (que implican el cultivo en múltiples campos). Sin embargo, más allá del debate de qué modelo es preferible, no hay duda que la vida misma se asemeja al laberinto. No es seguro para nosotros que la atravesamos cual el su sentido ni su objetivo. Ni siquiera sabemos si hay un centro de todo o simplemente hay una larga serie de pasillos que se retuercen. Sin embargo, igual que a la hora de atravesar un laberinto es necesario ser perseverante y resoluto, en la vida es necesario tomar y asumir decisiones. Quien se deja amedrentar por la complejidad de los caminos y nada más se sienta fatalistamente a esperar que pase el tiempo, o aquel que decide explorar todos los senderos que ante sí se presentan de modo superficial, no hará ningún avance significativo. Para conquistar el laberinto es necesario escoger un camino y avanzar por él. Y aunque para nosotros esto no sea claro, siendo prisioneros miopes, si tuviéramos la perspectiva total de la existencia podríamos ver la maravilla del milagro de la existencia.
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Platón y Maquiavelo: sobre los principios filosóficos del crimen organizado
Por Andrés Carrero

Más que un inventor de doctrinas y teorías, Platón es un creador de imágenes, cuya gran preocupación es la justicia, tanto para el hombre como para la ciudad.
Paradójicamente, el modelo de justicia que Platón busca tanto para el hombre como para la ciudad puede encontrarse en la naturaleza. El carácter de una persona justa tiene que ser como el de un perro, un pulgoso y mugriento animal de cuatro patas, que es leal con los amigos y una fiera cruel con los enemigos.
Platón usa la imagen del perro con el fin de mostrar cómo es un carácter adecuado para tomar decisiones y gobernar de forma justa sobre una ciudad.
La justicia requiere de cierta fogosidad y fuerza para evitar que la ciudad que se gobierna sea invadida y destruida fácilmente por los extranjeros. El gobernante debe tener la suficiente firmeza de carácter para que la ciudad no pierda su libertad en una guerra contra los enemigos extranjeros que quieren adueñarse de su riqueza y esclavizar a sus hombres y a sus mujeres. Tiene que mostrarse como una fiera que está dispuesta incluso a matar y morir antes que a perder la libertad.
Pero al igual que un perro que protege la casa, el gobernante o guardián (como los llama Platón) que manda con justicia tiene que ser noble y leal con los suyos; a diferencia de los tiranos que gobiernan para satisfacer sus caprichos, sus decisiones son siempre para el beneficio de la comunidad, de modo que esta pueda no solo subsistir sino que le permita a cada uno de sus individuos desarrollar sus potencias de la mejor manera. Así el gobernante justo evita el peor de los males que es la guerra interna, la enemistad entre los amigos, entre los propios ciudadanos, pues el gobernante ordena la ciudad para que los miembros de la comunidad puedan llevar una vida plena cualesquiera que sean sus oficios.
El gobernante platónico es como un perro bravo, un perro guardián, tan peligroso como noble.
A diferencia de Platón, cuyas preocupaciones principales son sobre la justicia, Maquiavelo investiga el tema del buen gobernante no para deducir cómo se gobierna con justicia, sino para entender cómo tiene que gobernar un príncipe que no quiera perder su estado. El buen gobernante maquiavélico no es el hombre justo, sino el hombre que con artimañas y malicia no se deja destronar.
La preocupación fundamental de Maquiavelo no es la justicia sino el poder; y el Príncipe es un librito en el que muestra cómo gobiernan y han gobernado efectivamente los príncipes y monarcas que logran mantener su poder y sus súbditos a pesar de las adversidades y las circunstancias difíciles como la guerra y la rebelión.
A pesar de sus aparentes diferencias, Maquiavelo llega a conclusiones muy parecidas a las de Platón.
El buen gobernante maquiavélico no es el que gobierna con justicia sino el que toma decisiones inteligentes para mantener su poder sobre su estado.
De acuerdo con Maquiavelo, el gobernante que se mantiene en el poder, que sabe cuidarlo y protegerlo, por lo general es uno que impone miedo sobre sus súbditos, pero también mucho respeto.
Con el fin de mantener el poder, el miedo es necesario para que tanto los gobernados como los enemigos sepan que en caso de guerra o rebelión al gobernante no le temblará la mano para ser tan cruel y severo como las circunstancias lo exijan. Así pues, es un gobernante que ante los enemigos o los rebeldes que traicionan y desobedecen su soberanía se lanza como una bestia para destrozarlos y acabar con sus intenciones.
Esa crueldad y esa severidad propias del gobernante, sin embargo, no sirven de nada si se ejercen arbitrariamente en contra del pueblo. El gobernante tiene que medir su ira y su crueldad para que los súbditos no lo resientan y así respeten su criterio en cuanto a los castigos, pues solo tiene que ser cruel con los que en verdad son un problema para el estado y no con cualquiera que le cause alguna molestia.
El gobernante tiene que ser prudente y respetar de acuerdo con el mejor criterio a los súbditos que le son leales. Por eso Maquiavelo insiste en que, por ejemplo, a pesar de que está en su derecho, un príncipe no debería meterse con las mujeres de sus súbditos, pues esto crea algo de resentimiento; tampoco debería abusar de sus recursos, ni quitarles nada, pues lo único que logra es ponerlos en su contra. El príncipe tiene que evitar que los súbditos lo perciban como un abusador.
Maquiavelo siempre insiste en que el peor error de un gobernante es enemistarse con los súbditos, particularmente con los soldados. La estabilidad del poder en buena parte depende de la armonía entre el gobernante y el ejército. De otra forma, es muy fácil caer ante los enemigos externos o los rebeldes, pues el estado es débil sin un ejército cuya lealtad sea firme e inquebrantable. Pero esa lealtad no está dada de antemano, el gobernante tiene que ganársela con inteligencia y malicia. Maquiavelo recomienda que de vez en cuando el príncipe debe satisfacer algunos de los caprichos de los soldados.
Por esto, los que gobiernan no solo deben evitar ofender a su pueblo, salvo cuando sea necesario, sino que incluso de cuando en cuando tienen que obrar de modo que se beneficien y mejoren las condiciones de vida de su pueblo, de manera que todos siempre estén convencidos de que cada una de las decisiones que se toman son para su favor y el de toda la comunidad.
Aun cuando Maquiavelo defiende la necesidad y el beneficio de mentir y manipular al pueblo, también asegura que la forma más efectiva de ganarse el amor y la lealtad es efectivamente obrando en su favor, pues de esta forma se evita cualquier posibilidad de rebelión, se cortan de raíz todas las posibles causas que motivarían al pueblo a llevar a cabo una guerra interna.
En cualquier caso, Maquiavelo nos dice que si toca escoger entre el amor y el miedo, siempre será preferible ser temido, antes que amado, pues se ve que la gente prefiere traicionar a alguien a quien ama, que a alguien a quien teme y del que sabe que castigará cruelmente esa traición. Lo ideal, sin embargo, es que coexistan tanto el amor hacia el gobernante como el miedo por igual, cosa que es muy difícil de lograr.
El gobernante maquiavélico es severo y cruel, pero también es prudente y leal y esta combinación de elementos contradictorios es lo que le permite mantenerse en el poder y conservar la soberanía y libertad del estado.
Los gobernantes tontos, que de acuerdo con el conocimiento histórico de Maquiavelo suelen ser franceses, o bien son tenidos por débiles y por lo tanto ni su pueblo ni sus enemigos los respetan; o son tiranos excesivamente crueles y arbitrarios cuyo pueblo los resiente y desea destruir por medio de una rebelión.
Un buen ejemplo de un gobernante maquiavélico es el personaje Vito Corleone de El padrino, que se encarga de mandar en una de las familias más importantes de la mafia italiana de Nueva York.
Todos saben que Vito Corleone es capaz de degollar, extorsionar, asfixiar, secuestrar, desaparecer y torturar a todos los que se declaran sus enemigos, o los que se niegan a cooperar con sus propósitos o peor aún a todos los que lo traicionan.
En el mundo de la mafia es un líder temido, y los que lo quieren enfrentar siempre lo piensan muy bien antes de querer hacer algo en su contra. De igual forma, sus familiares, amigos y trabajadores le son absolutamente leales porque saben que a la más pequeña traición serán cruelmente asesinados.
Sin embargo, la lealtad no solo descansa sobre el miedo. Vito Corleone también es profundamente respetado, sus amigos y sus enemigos lo consideran un jefe prudente y con buen criterio, con el que se puede hablar, conciliar y negociar. Lo único que le exige a todos los que le piden favores, sea de dinero o para cobrar una venganza, es una amistad absolutamente leal. A cambio de esto, Vito Corleone ayuda a todos los que se lo piden y los trata incluso como si fueran un miembro más de su gran familia. No solo respeta a los que le son leales, sino que tiene gestos de enorme generosidad, les pone una silla más en su mesa para que coman y les ofrece su casa para que celebren y descansen.
En esto, Vito se distingue de sus tres hijos. Sonny es un idiota que se deja llevar por completo de sus impulsos, carece de toda prudencia y por eso no sirve para negociar ni para tomar las decisiones adecuadas. Su carácter irascible solo causa conflictos y discordia. Por eso es asesinado precozmente, por tonto.
Fredo es un bobo sin criterio ni palabra. Su carácter carece de toda fuerza y por eso nadie lo respeta. No sirve para mandar porque no impone ningún miedo ni tampoco ofrece lealtad. Nadie quería seguirlo como jefe de la familia y en efecto nadie lo hace.
Michael era el más adecuado para heredar el puesto de su padre. Era inteligente, sabía negociar y llegar a acuerdos con los enemigos, e imponía bastante respeto con su inteligencia y miedo con la firmeza de su carácter. Pero era excesivamente cruel e incluso traicionero, por lo que no logró generar la suficiente lealtad de los suyos y al final terminó solo.
La familia Corleone tuvo su etapa más próspera mientras Vito fue su jefe. Una vez se retiró para morir en paz con su familia, su casa y su negocio cayeron en decadencia.
Una figura parecida puede hallarse en la historia de la mafia colombiana. En el momento en el que el cartel de Medellín fue incluso más fuerte que el ejército colombiano, en el que alcanzó la mayor riqueza y el mayor poder, fue en el que su líder Pablo Escobar imponía de un lado, el mayor temor sobre sus enemigos que eran el estado colombiano y los otros carteles, así como sobre sus socios y trabajadores, que no se atrevían a traicionarlo porque sabían de lo que era capaz Escobar. Y del otro lado, imponía absoluto respeto y lealtad de parte de los que trabajaban con él y para él.
Sus sicarios le eran absolutamente leales en la guerra y sus socios lo apoyaban en todas las decisiones que conciernen a las operaciones del narcotráfico. Todos los sicarios veneraban a Pablo porque defendía sus intereses, los trataba con respeto, los invitaba a las fiestas familiares, no los humillaba y siempre cumplía con su palabra a la hora de pagar. En las guerras contra el estado y contra los otros carteles, todos los suyos siempre fueron leales. A los traidores y los delatores que daban información a la policía, a todos los mató. En su primera etapa, Escobar fue un líder genuinamente maquiavélico, al igual que Vito Corleone, al que tanto admiraba y que le sirvió de inspiración.
Pero una parte fundamental de la decadencia del cartel de Medellín, que al final terminó con la muerte de Escobar, fueron las incontables traiciones que cometió contra algunos de sus propios socios, como el caso del Loco Léder, que era una de las cabezas del cartel y que entregó a la policía nacional para que lo extraditasen a los Estados Unidos como un ilusorio trofeo de guerra; o el caso de los hermanos Galeano y Moncada, socios a los que asesinó para quedarse con un dinero.
Ese tipo de traiciones a larga fueron lo que debilitó el poder de Escobar y lo que creo las condiciones favorables para su asesinato, pues poco a poco se fue quedando solo y algunos de sus mejores amigos se fueron transformando en sus enemigos (los hermanos paramilitares Castaño, Don Berna y la gente de los Galeano y Moncada), enemigos que a la larga fueron sus mayores perseguidores y los que más ayudaron al estado colombiano para asesinar al líder del cartel más importante y poderoso de la historia de Colombia.
No en vano El príncipe de Maquiavelo es uno de los libros que más leen los mafiosos y criminales que han caído en la cárcel. Tal vez si lo hubiesen leído antes no habrían terminado presos.
Vemos en cualquier caso, que el gobernante maquiavélico, al igual que el gobernante platónico, es nada más y nada menos que un perro guardián, leal con los amigos y cruel con los enemigos. Mientras Maquiavelo investiga sobre las estrategias más eficientes para conservar el poder, Platón investiga sobre lo que es la justicia. En cierto sentido, ambos llegan a la misma verdad, lo que nos permite cuestionar si la dicotomía tan aceptada entre los que buscan tener el poder y los que desean justicia no es más que una hipócrita ilusión de nuestro moralismo contemporáneo. Al fin y al cabo para imponer la justicia hay que ser poderoso y para mantenerse en el poder hay que tener algo de justicia.
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Lucas
Por: Simón Palacio

Fui a la Universidad de San Esteban porque estaba escapando de mi pasado. Tenía el cerebro reventado de tanto golpear mi cabeza contra el mismo callejón sin salida, tenía que salir del laberinto en el que se había convertido mi vida, o por lo menos buscar un pasillo diferente. Cuando salieron las convocatorias a los intercambios apliqué a todos los que pude y al final me decidí no por el prestigio de la universidad, sino por lo aislada que era. Después de tres años estudiando en una universidad grande en medio de una apestosa metrópolis necesitaba respirar aire fresco, y la Universidad de San Esteban era justo lo que necesitaba: una modesta universidad al pie de la cordillera, a las afueras de una pequeña ciudad que más que ciudad era pueblo, parecía más un colegio privado que una universidad. No había posibilidad de decepcionarme, no esperaba nada más que orden, tranquilidad y una vida separada de mí mismo.
El día que llegué, la neblina lo cubría todo. Desde el camino del aeropuerto al campus no vi más que un blanco velo que ocasionalmente dejaba entrever luces verdes, rojas o amarillas. La universidad no era más que una serie de monolitos que ocasionalmente emergían de la bruma. Los guías que nos daban la bienvenida no eran más que sombras, cuyas palabras eran amortiguadas completamente por la niebla. Era perfecto. Justo lo que esperaba.
La inducción la pasé como en un sueño, las palabras no tenían sentido y la gente no era más que sombras, nada más. Llegar al dormitorio fue como despertar de un bello sueño. Nada más conocer a mi compañero de cuarto fue volver a enfrentarme a la vulgaridad del mundo. No fueron necesarios más de veinte minutos de conversación para saber que por su cabeza no pasaba más que futbol, mujeres y su futuro trabajo. Peor aún, armó un escándalo cuando fumé por la ventana de mi cuarto. No teniendo nada más que hacer allí pasé mi primera noche en la universidad recorriendo a ciegas sus jardines, atrapado entre la bruma, las tinieblas y la ignorancia del espacio, midiendo el tiempo solamente por la serie de cigarrillos fumados. Por primera vez en mucho tiempo había podido despejar mi cabeza. Por primera vez en mucho tiempo volví a sentir algo.
El encanto desapareció en las primeras semanas de clase. El resto de estudiantes de intercambio me aburrían y nunca tuve el interés suficiente de hablar con alguno de los estudiantes locales, más allá de pedir de vez en cuando un encendedor o preguntar donde podría encontrar alguna de las lecturas. Mi vida se terminó definiendo en la rutina de ir a clase, leer, caminar, volver al dormitorio, salir a fumar y regresar a altas horas de la noche a acostarme. Y, por más distancia que hubiera, ser atormentado por el sufrimiento de una vida anterior demasiado cercana. Por lo menos el aire era limpio y el viento bajaba frío de la montaña.
La mayoría de la gente no era más que una serie de caras indistintas, que terminaban olvidándose una vez dejaba de verlas. Una de las pocas personas que me llamó la atención fue un compañero en el seminario de Kant. Era flaco, hasta el punto de la desnutrición, con piel pálida y enfermiza, por su clavícula asomaba un tatuaje de un cuervo y en su mano izquierda un laberinto. Su cabello, extremadamente corto parecía ser de un color castaño indistinto. No me pude fijar en sus ojos. Aunque había algo en él que me atraía, nunca tuve la suficiente motivación para entablar conversación hasta que un día, cuando estábamos sentados el uno al lado de otro en la parte de atrás del salón una niña levantó la mano y preguntó
–Pero profe, ¿el sujeto trascendental tiene nombre y apellido?
–Y aquí está la prueba de que no hay tal cosa como la razón universal –murmuré para mis adentros.
Él se río silenciosamente y me contestó en voz baja,
–La razón universal sólo aplica para seres humanos.
No hicimos más comentarios en esa clase, pero a la salida me ofreció un cigarrillo que acepté con gusto.
–Me gusta su camiseta –comenté al fijarme en el logo.
–¿Le gusta Swans? –preguntó con algo de sorpresa.
–Sí, aunque no soy tan fan de los álbumes tempranos –dije aludiendo a la sonrisa monstruosa de su estampado.
Pasamos los siguientes veinte minutos hablando de Swans y otra hora hablando de Sade, los poetas malditos e incluso de un par de textos místicos medievales. Al despedirnos le pregunté su nombre,
–Lucas.
Las siguientes clases nos sentábamos siempre juntos, sufriendo en compañía la estupidez ajena hasta que terminara el seminario, para después compartir una cajetilla mientras conversábamos. Una tarde, en que decidí saltarme la siguiente clase para quedarme conversando con Lucas, él me comentó que iba a verse con unos amigos. Tomé eso como señal de que era hora de partir, pero me preguntó si quería acompañarlo. Sin pensarlo dos veces, acepté.
Ya había anochecido cuando nos encontramos con ellos en un edificio abandonado a las afueras de la universidad. Eran dos hombres y una mujer sentados alrededor de una fogata improvisada, fumando, compartiendo una botella y charlando. Lucas no se nos presentó, pero a pesar de esto ellos se tomaron la molestia de introducirse, como si ya conocieran los hábitos de su amigo. La primera en presentarse fue la mujer, Sofía, una chica bajita y regordeta, con cabello crespo que le llegaba a los hombros y una blusa de flores. Después se levantó Julián, un tipo flaco, de cabello largo y chaqueta de cuero, que me señaló un tronco junto al fuego para que me sentara. El tercero, un muchacho gordo y barbado llamado Martín, a duras penas levantó la mirada.
Al principio me costó entrar en la conversación, pues ella oscilaba entre chismes de conocidos en común y anécdotas compartidas. Pero cuando se pasó de temas específicos a quejas generales con la vida encontré cómo participar. Sofía me preguntó por mi vida y les comenté que era un estudiante de intercambio y confesé la razón por la que había preferido dejar mi país antes de seguir con la vida que llevaba. Julián armó un porro y me lo ofreció. La conversación se extendió hasta tarde y, cuando partimos, Lucas se devolvió conmigo a la universidad, lo que me sorprendió, pues creía que él era de la ciudad.
Los siguientes días comencé a fijarme en el trío en la universidad, aunque no compartía clases con ninguno de ellos. Por lo general cuando me los encontraba intercambiábamos pocas palabras, aunque a veces Julián solía fumar un cigarrillo conmigo antes de seguir su camino. Sofía, por su parte me invitó varias veces a tomar café y rápidamente nos hicimos amigos. Ella me contaba chismes de sus amigos, historias de su infancia y, sobre todo, sus problemas amorosos con este o aquel hombre del que ella se convencía de que era su media naranja. Yo, por mi parte le daba ciertas anécdotas de mi pasado, pero principalmente la escuchaba. Esta era la situación que más nos convenía a ambos.
Por su lado, me seguía viendo a menudo con Lucas, incluso fuera de nuestro acostumbrado horario de clases. En la noche solíamos encontrarnos y dar largas caminatas por el campus, ya fuera conversando o sólo fumando en silencio. También comencé a frecuentar más las reuniones de su grupo de amigos, a veces nada más bebiendo y fumando en el edificio abandonado y a veces era en la casa de uno de ellos allá en la ciudad. Las conversaciones en el grupo tendían a girar siempre en torno a lo mismo: personas conocidas, planes, anécdotas y, sobre todo quejas contra el mundo, la sociedad y la existencia misma. Me sentía a mis anchas allí.
Un sábado en la noche en que Julián tenía su apartamento para sí, nos habíamos reunido a beber, fumar y conversar. Ya estábamos entrados en tragos y la conversación había muerto, Sofía acababa de partir y Martín estaba dormido. Entonces noté la ausencia de Lucas y de Julián. Pensé que tal vez habían salido a comprar más alcohol, pero, cuando a la media hora no habían vuelto decidí buscarlos. No me costó encontrarlos, estaban en el cuarto de Julián. Este estaba tendido en la cama con los ojos cerrados y Lucas estaba sentado al pie de la cama, con el torniquete aún atado a su brazo tatuado y la jeringa y la cuchara dejadas de cualquier forma en el suelo. Al principio no se percató de que yo estaba en la habitación, pero eventualmente levantó la mirada, confundida y aletargada y calvó en mí sus ojos grises. Le sostuve la mirada hasta que él hizo un gesto de desprecio apartando su rostro. Los dejé en su sopor y me devolví, solo y pesaroso a la universidad.
El fin de semana lo pasé solo encerrado en mi dormitorio. Preferí aguantarme a mi compañero antes de arriesgar encontrarme con Lucas merodeando por el campus. Además, estaba atrasado con mis estudios. Pero por más que me esforzara en concentrarme en las páginas ante mí, mi mente volvía una y otra vez a la mirada que crucé con Lucas esa noche. Esos ojos llenos de dolor, miedo y, me dolía pensarlo, odio; odio hacia el mundo, hacia mí y, sobre todo, hacia sí mismo.
El lunes llegó después de un fin de semana largo e indistinto. No vi a Lucas en todo el periodo de la mañana, pero en la tarde me encontré con Sofía, que me saludó alegre con la completa inocencia del mundo. Mientras tomábamos café decidí interrumpir su confesión usual de otro amor fracasado para preguntarle por Lucas.
–Es raro que ustedes siendo tan diferentes sean tan amigos –señalé.
–Lucas y yo somos amigos desde que comenzamos a hablar. Es mi mejor amigo de toda la vida y nada puede cambiarlo –respondió con plena sinceridad..
–¿Y no te preocupan algunas de las decisiones que él ha tomado con su vida?
Ella me dirigió una mirada perspicaz, intuyendo que me había enterado de algo, pero insegura de qué específicamente.
–Lucas no es un niño, tampoco es un bruto, él sabe lo que hace y asume las consecuencias de sus actos –dijo finalmente –No te preocupes por ello –prosiguió, suavizando su voz –él nunca se deja arrastrar por sus pendejadas. En fin, se está haciendo tarde, acompáñame a la estación.
Al separarme de Sofía no volví a mi dormitorio, sino que me senté en las escaleras afuera del edificio de Lucas. Ya había anochecido cuando salió del edificio, encorvado y con la capucha ocultándole la cara. Sin decir nada le ofrecí un cigarrillo y caminamos juntos hasta que ya despuntaba el alba. Cuando nos despedimos el se demoró varios momentos antes de entrar al edificio. Claramente quería decirme algo, tal vez agradecerme no importunarlo por lo que había sucedido o tal vez afirmarme que no tenía nada de qué preocuparme, pero después de pensarlo, nada más dio media vuelta y se fue a su dormitorio. Yo, por mi lado, decidí quedarme el resto de la noche caminando por la universidad, pasando el desvelo encendiendo un cigarrillo tras otro.
Todo pareció volver a la normalidad en los días siguientes; nos veíamos en clase, caminábamos juntos y nos reuníamos como grupo, pero entre Lucas y yo algo había cambiado. Sin decir una palabra que aludiera a ello, sabía que de repente se había vuelto mucho más cercano a mí de lo que antes había sido. Incluso prefería mi compañía que la de Martín y Julián, a ratos parecía querer evitar las reuniones con los otros para poder conversar a solas. No es que se hubiera vuelto más abierto con respecto a su vida; a pesar de saber lo que ya sabía, él seguía manteniendo un silencio hermético con respecto a lo que a él le concernía, pero hablábamos de temas que poco podía hablar con los demás, de libros, de películas y de ideas más allá de las que señalaban que la vida y el mundo no valen la pena. A veces incluso aguantaba que yo hablara de mí mismo.
Una mañana, desperté con un mensaje de Sofía que me pedía revisar la página web de la universidad donde estaban reaccionando a los resultados de la prueba estatal. Para mi sorpresa vi que Lucas había obtenido el tercer puntaje más alto de toda la universidad, lo que me sorprendió, no por el hecho de que él fuera capaz de hacerlo, sino porque la noche antes de la prueba habíamos pasado derecho bebiendo y fumando, pues él alegaba que era incapaz de madrugar para ese examen y prefería no dormir para no tener que despertarse temprano.
Me encontré con Lucas en uno de sus sitios favoritos para fumar. Aunque quisiera aparentar normalidad y desinterés no podía evitar que se notara en él algo de orgullo y satisfacción. Hablaba ligeramente de otros temas, de autores, de música, de como no veía la hora de terminar el semestre… lo interrumpí para felicitarlo por el examen, más que todo con la intención de molestarlo al obligarlo a reconocer que esto le enorgullecía. Se encogió de hombros, como diciendo que para él no era gran cosa, pero el brillo de sus ojos lo delataba. Tras desviar la conversación me invitó a una fiesta en el pueblo el próximo viernes.
–Lo teníamos planeado desde hace varios días –dijo como para dispersar las sospechas de que tenía algo que ver con los resultados del examen.
Aunque nunca me he sentido cómodo en fiestas, ese viernes acompañé a Lucas abajo al pueblo. Fuimos los últimos en llegar. En total eran unas quince o veinte personas, entre amigos de ellos y conocidos que no tenían más que hacer. Julián estaba sentado en una sala jugando un juego de tragos y Martín estaba hablando con dos mujeres afuera, fumando un porro. Sofía no estaba. Lucas entró sin preocuparse por mí; sin más que hacer entré y me acerqué al grupo de Julián, quien me presento a los demás y me invitó a jugar con ellos. Pasaron varias rondas, en las cuales perdí tanto que creo que me tomé media botella solo. En un punto se nos acercó Lucas que no se demoró con nosotros, nada más le pidió a Julián que lo acompañara a comprar más cervezas. Sabía lo que eso significaba y no ofrecí acompañarlos.
El grupo se dispersó y me quedé solo de nuevo, ocasionalmente intercambiando palabras con desconocidos que tal vez por saber que no nos volveríamos a ver o tal vez por el alcohol, decidían abrirme sus corazones. Yo por mi lado, estaba inquieto y pesaroso. Me había quedado solo en el jardín cuando volvieron Lucas y Julián. Lucas entró en la casa y Julián se quedó conmigo, conversando animado de mil cosas y ninguna a la vez, pero me dejó de nuevo cuando unos amigos lo solicitaron para jugar algo. Volví a entrar y vi, en un sofá apartado del resto de gente, a Lucas con una mujer sentada en su rodilla. Él ni se preocupaba por disimular interés por lo que ella le decía, cuando la besó parecía que fue por el deseo doble de su carne y su silencio. Martín llegó y se sentó en el sofá junto a ellos, tomó la cabeza de la chica quien lo besó a su vez y, cuando se separaron, los dos amigos procedieron a besarse. No pude apartar la mirada, había algo obsceno y fascinante en toda la escena. Pero de las profundidades de mis entrañas surgió un dolor punzante. Sentía que mi corazón se hundía en un remolino. Sin despedirme de nadie me devolví caminando a la universidad. Comenzó a llover, esa era la única razón de que tuviera la cara mojada.
El día siguiente lo pasé en cama. Todos los demonios del infierno martillaban en mi cabeza por mis pecados de la noche anterior y todo el tiempo danzaba por mi mente la imagen que se había grabado con fuego en mi memoria. No tenía por qué pensar en ello, ¿por qué debía importarme con quien Lucas se metiera? Él era libre de hacer lo que quisiera, yo no tenía por qué atormentarme por ello. Pero aún así mis pensamientos volvían una y otra vez a esa escena como las uñas a la llaga que no ha terminado de sanar. No había claridad alguna en mi mente. No quería ver a Lucas, pero eso era lo único que quería hacer. Tras pasar mi alba espiritual en pleno suplicio decidí buscarlo y lo encontré en uno de nuestros parques usuales.
Me saludó como si nada hubiera pasado y hablamos de lo usual. Finalmente, cuando él tocó el tema de la fiesta del viernes, me armé de valor y le pregunté si tenía cuento con Martín. Me miró por largo rato con extrañeza, como si le hubiera dicho que estaba embarazado de mil cucarachas.
–¿Y esa pregunta? –respondió finalmente dándome a entender que no era de mi incumbencia.
–Sólo curiosidad –respondí intentando aligerar la situación.
–No –respondió sin darle peso a sus palabras –hemos cogido un par de veces, pero no tiene nadada de especial. Es casi tan mal polvo como compañía. Preferiría comer vidrio que meterme con él.
Le dio tan poca importancia al tema que no pude hacer más que creerle. Esa respuesta me dio algo de tranquilidad. Aunque nos veíamos seguido como grupo, Martín nunca había logrado agradarme; siempre me pareció pretencioso y lastimero, alguien que creía que sólo él tenía algo interesante que decir, pero se molestaba cuando alguien sabía más que él o veía errores en sus argumentos. Sin embargo, no pude quitarme de encima cierto desasosiego sin razón. Lucas era libre. Podía hacer lo que quisiera. No tenía por qué importarme.
Pensaba seguido en él. Las pocas veces que no estábamos juntos no hacía más que recordar conversaciones, experiencias e, incesantemente, esa noche. Comencé a faltar a las clases que no compartíamos y a buscarlo en horarios inusuales. Por su lado parecía agradecer mi compañía, e incluso a veces hacía esfuerzos por buscarme. Una tarde en la que no lo encontré en nuestros sitios habituales me topé con Sofía que salía de clase. Me saludó con su acostumbrada alegría y me invitó a dar una vuelta con ella. Llevábamos mucho sin vernos solos y yo había estado tan absorbido por Lucas que no había caído en cuenta de cuanto la extrañaba.
Ya íbamos por el segundo porro cuando ella dijo, con inusitada seriedad,
–Tenemos que hablar. Estoy preocupada por ti. He visto como miras a Lucas y sé lo que está pasando. Ten cuidado. Lucas… es mi mejor amigo y lo quiero un montón, pero no es bueno que te enamores de él. No sé lo que esperas, pero te chocaras contra una pared, por más que no lo quiera él te va a romper el corazón.
Por la forma en la que hablaba supe que hablaba por experiencia. De repente todo cobró sentido, su constante vacío, su gran elenco de efímeros novios crapularios… si Sofía había seguido su vida era sólo gracias a un corazón tan grande que podía aguantarlo todo. Quise preguntarle por ella, pero mi obsesión no me iba a dejar suelto.
–¿Él te pidió que hablaras conmigo?
–¿Lucas? –respondió divertida –nah, Lucas no se daría cuenta incluso si te le declararas antes de pegarte un tiro. Él es ciego a esas cosas. Me preocupa que hagas una estupidez, eso es todo.
Fue como si una maldición se hubiera levantado, no sólo había disipado la niebla que me turbaba en mi interior, sino que al ponerlo en palabras y hablarlo con alguien que quería me sirvió para librarme del peso que cargaba. Pero mi posición era precaria. Por un lado, Lucas era mi amigo y no quería perderlo, por el otro estaba el abismo de terminar enamorado de él. Comencé a evitar verme a solas con él. Nos veíamos a menudo con nuestros otros amigos, pero yo ya no salía a los parques donde solíamos vernos ni tomaba largas caminatas nocturnas con la esperanza de encontrarlo. Llevábamos así casi dos meses cuando un fin de semana no teníamos nadie más con quien vernos pues Sofía y Julián estaban fuera de la ciudad en trabajo de campo y Miguel estaba en el extranjero visitando unos parientes. Decidí entonces dejar de lado mis recelos y accedí a vernos en su dormitorio para matar el tiempo.
Era la primera vez que visitaba su morada, un desastre de libros abiertos, ropa sucia, y carteleras de bandas mal pegadas en la pared. La habitación entera apestaba a cigarrillos, marihuana y a su cuerpo. Me ofreció sentarme en una silla chueca y, tras poner un vinilo en el tocadiscos se sentó en la cama destendida. Nunca había conocido un espacio más acogedor. El tiempo se pasó rápido entre discos y tragos. Hablábamos como si nada hubiera pasado en los últimos meses, pero ya cuando estábamos bebidos dejó escapar un reproche de que nos hubiéramos dejado de ver todo ese tiempo. Me reí y le dije que nos habíamos visto todas las semanas. Me miró con algo de dolor, pero no insistió en el tema. Seguimos tomando hasta que terminé dormido sentado en el suelo.
Me despertó el ruido. Todavía era de noche y afuera rugía una tormenta. La habitación era iluminada sólo por un mortecino bombillo blanco y el ocasional destello de un relámpago. Me costó caer en cuenta de donde estaba o qué estaba pasando. Frente a mí estaba Lucas, nada más en ropa interior buscando algo bajo la cama. Estaba tan torcido que parecía que en cualquier momento sus huesos iban a atravesar sus tatuajes. Las llagas de su brazo izquierdo eran tan negras que al principio las confundí con un tatuaje más. Cuando se volteó vi que tenía dos grandes cicatrices en el pecho, estilizadas con un alambre de púas. No pareció fijarse en mí. Cruzaba proceloso la habitación y aventaba ropa, libros y discos con furia. Finalmente se sentó abatido en la cama. Parecía que fuera a llorar. Tras lo que pareció una eternidad, levantó su cabeza de las manos y me miró con los ojos desorbitados.
–Tú la tienes –me acusó con odio.
–¿De qué habla?
–No te hagas el marica, ¡yo sé que tú la cogiste, cabrón!
Como un rayo atravesó la habitación y me levantó de las solapas de mi chaqueta.
–Yo sé que todo este tiempo llevas juzgándome, lo sé, lo veo en tu mirada –dijo con odio.
–Lucas, suélteme –imploré
En respuesta sólo me golpeó con la pared. Un destello de claridad atravesó su mirada y me soltó. Se arrojó al suelo y se arrastró sollozando a su cama. Me quedé pasmado por lo que se sintió como una eternidad. Cuando recobré la calma abandoné esa habitación y me adentré en la tormenta.
No contesté sus mensajes al día siguiente. Tampoco supe si intentó buscarme. Yo no estaba en la universidad. Enguayabado, confundido y enamorado, tenía que irme y tomé una de las rutas que salían de la ciudad a la montaña. No llevaba conmigo más que algo de comida y agua. No necesitaba más. Tenía que despejarme de todo y caminar, sólo caminar, hasta que mis piernas no dieran más, hasta que mi corazón se reventara y dejara salir todo el veneno que estos meses llevaba gestando.
El camino estaba más devastado que mi alma. La tormenta lo había vuelto todo un gran lodazal, lleno de ramas y troncos caídos. Una y otra vez me tocó rehacer mis pasos, pues los estragos borraban el sendero y me llevaban a vías sin salida. No tenía importancia. Acá las únicas huellas eran las de mis botas y los únicos despojos aquellos que había dejado la tormenta. El aire era puro, olía a plantas y a tierra, a lluvia y a materia muerta. Entre más subía más se borraba de mi nariz el olor de cigarrillos, marihuana y de su cuerpo. Ya sólo existíamos yo y la montaña.
Creía que había escapado de mi pasado, pero no hice más que caer en un agujero que desde hace mucho había preparado. Sólo me quedaba escalar, escalar y escalar. Nada tenía importancia, ni mi vida anterior, ni el hombre que amaba ni su propia destrucción. Sólo cada paso seguido por otro y tener que levantarme después de cada tropiezo. El espeso bosque cedió a pequeños arbustos que luego cedieron a una tierra baldía, en la que no había más que largos pastos, vientos y frailejones. Ya el sol declinaba su curso, o eso intuía, pues en el cielo las plomizas nubes no dejaban escapar un solo rayo. Cuando cayó la primera gota estaba lejos de todo refugio, la tormenta me encontró en mitad de la nada. Ya oscuridad era absoluta y no tenía rumbo alguno. Sólo me quedaba caminar, nada más importaba, ni el sendero ni el regreso, tampoco Lucas importaba. Finalmente encontré en las tinieblas un potrero con una casucha donde me resguardé de la tormenta. Me quité las ropas mojadas y me sumí en ese pesado sueño que solo se logra con mucho esfuerzo.
Cuando desperté el sol brillaba en el cielo. Me dolía todo el cuerpo, sobre todo la cabeza, sospeché que tenía principios de fiebre. Me vestí y salí a recibir el sol como la única medicina que necesitaba en ese momento. Recorrí sin rumbo el potrero hasta que encontré una trocha que seguí sin preocuparme a donde llevaba. Caminé y caminé hasta que, finalmente, llegué a un pueblo que no conocía. De vuelta en el mundo de los vivos, comencé a preocuparme. Estaba en un lugar ignoto sin nada de dinero. Sólo me quedaba confiar en mi suerte. Me dirigí a la estación de buses y busqué el que me fuera a dejar en la ciudad. Una vez llegamos fingí buscar mi billetera, pero el conductor al ver mi aspecto lastimero me dijo que no me preocupara y me dejó ir sin problema.
Me devolví caminando a la universidad, poniendo al límite mi cuerpo. Todavía era de día. Cuando estaba llegando, por fin, a los dormitorios, vi a Lucas a lo lejos agarrado de la mano con una mujer, con quien hablaba con inusitado cariño. Era alta, castaña y llevaba una chaqueta de cuero muy elegante. Intenté evitarlo, pero se acercaron a mí. Si Lucas se avergonzaba de lo que había pasado lo disimulaba bien, sólo parecía feliz de verme. Me presentó a la mujer, Clara, su esposa. Yo, por mi lado, decidí pretender que nada había pasado, por lo menos frente a ella. Tras una breve conversación Lucas nos dejó a los dos y se devolvió a su dormitorio. Yo me quedé a solas con la mujer del hombre que amaba.
–Lucas me ha hablado mucho de ti –dijo cuando nos quedamos solos –él me dijo que tú lo convenciste de buscar ayuda. No sé qué le dijiste, no necesito saberlo, pero gracias.
¿Buscar ayuda? ¿Quería decir acaso que Lucas se iba a ir?
–No sabía que Lucas estaba casado –contesté con franqueza.
–Llevamos dos años separados. Nos casamos jóvenes y bueno… Lucas… a veces no puedo lidiar con él. Estaba cayendo en una espiral y yo no podía hacer nada por él.
–¿Por qué no se divorciaron?
–Lo amo mucho –contestó con franqueza –cuando ya la situación se volvió insoportable y decidimos separarnos ambos manteníamos la esperanza de que las cosas mejoraran y volviéramos a estar juntos.
–No quiere decir que yo haya estado sola todo este tiempo –dijo respondiendo a mi mirada –y estoy segura de que él no ha sido pura castidad. No lo juzgo, él fue libre de hacer lo que quisiera. Pero estoy contenta de que por fin haya decidido enderezar su vida.
En ese momento Lucas salió y entregó una caja a Clara quien, se despidió de mí.
Acompañé a Lucas de regreso a su dormitorio, ahora organizado en pilas de cajas. Él me miró a los ojos con una mirada llena de amor y remordimiento. Lo abracé por primera y última vez. Estaba feliz. A él lo había salvado el amor, pero él nunca me salvaría a mí.
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Sobre las cuatro voces de la armonía y las cuatro edades de la vida
Por Andrés Carrero

En sus observaciones sobre música, Schopenhauer establece una analogía entre los cuatro tonalidades o voces de la armonía y los diferentes modos cómo se objetiva la voluntad en la naturaleza, de modo que cada voz expresa una grado de la voluntad. Esta analogía muestra en cualquier caso cómo para Schopenhauer la melodía es el medio de expresión más perfecto que ha inventado el hombre, pues prácticamente las cuatro tonalidades expresan la voluntad, la esencia del mundo, por cuanto son una suerte de paralelismo con el mundo mismo.
De forma semejante podemos trazar una analogía entre los cuatro diferentes tonos de las notas y las cuatro diferentes etapas de la vida, lo cual nos ayuda a esclarecer cómo los tonos se relacionan expresivamente con la esencia general no ya de la escala de los seres, sino de la escala de la existencia humana y las pasiones que la acompañan. Esta analogía puede ser útil para matizar aún más la naturaleza de las pasiones y el modo como pueden ser expresadas en la música.
Los tonos más graves, los bajos fundamentales, son a la melodía lo que la vejez es a la vida. Lo más grave contiene a lo más agudo así como en el viejo ya están contenidas las etapas de la adultez, la juventud y la niñez. Los viejos, al igual que los bajos, son lentos, sigilosos, profundos, llenos de sabiduría, de dolor, de experiencia, de prudencia, de malicia, de melancolía La vida espiritual del viejo puede quedar muy bien retratada por las cuerdas del contrabajo.
Conforme los tonos se van haciendo menos graves, encontramos en el tenor una expresión de la vida adulta, que se muestra en un mayor movimiento que en el viejo: firmeza, madurez, valentía, resolución, sobriedad, pero también ya algo de angustia por la muerte, que cada vez tiene una forma más clara, miedo ante la vejez, dolor por las pérdidas que comienzan a hacerse más comunes, resignación ante los fracasos y las oportunidades perdidas, frustración por la vida que no fue, resentimiento. La tonalidad sobria pero versátil del violonchelo nos da un buen indicio de la vida humana en su etapa adulta.
A la adultez la precede la juventud. Los tonos ahora son mucho más agudos. La vida del joven es la del soñador, la del que apenas ve el camino que va a comenzar a recorrer. La juventud es la etapa del entusiasmo, de los proyectos, de los deseos, de la exploración, del enamoramiento, de la temeridad, de la audacia, de la irreverencia, de la alegría ante la vida. Las notas con mayor agudeza del contralto permiten expresar todo ese entusiasmo, todo ese frenesí, el fuerte deseo sexual, ese sentimiento de que el mundo le pertenece al hombre, de que todos los proyectos son realizables, de que todos los propósitos pueden ser alcanzados y que la vida tiene un destino, un fin, un sentido. Pero también la vida del joven está llena de inmadurez, de desamores, tristezas por las primeras decepciones, las primeras traiciones; el joven es capaz de una alegría exagerada, pero también de sumirse en una tristeza muy profunda. Sus pasiones no son sobrias, siempre llegan a los extremos más álgidos. Su sensibilidad va de un lado a otro como un péndulo y esa inconstancia solo puede ser capturada por tonos más bien agudos, llenos de vértigo, como los de una viola. Esos extremos que alcanza son semejantes a las pasiones juveniles.
Finalmente nos encontramos con la primera etapa de la vida, la niñez. Ya los tonos de nuestra música no pueden ser más agudos. Nos encontramos ante el niño, cuya vida es juego, mimo, ternura, amor maternal, seguridad, fantasía, inocencia, ingenuidad, descubrimiento, asombro, maravilla. Las canciones de cuna usan todas notas muy agudas, las del soprano, que expresan la ternura del niño, su inocencia. Son notas que sirven para expresar el juego, la velocidad con la que el niño va de un lado a otro. Incluso cuando se trata de expresar el miedo infantil ante ciertas cosas como la oscuridad, la soledad, la ausencia, la tonalidad no alcanza sus puntos más graves, pues a pesar de los peligros del mundo, el niño todo lo ve con inocencia, no logra comprender con claridad las circunstancias adversas de la vida, aun cuando las vive y las sufre. Carece de experiencia y por eso incluso las canciones que advierten al niño de los peligros del mundo siguen siendo tiernas y dulces. Los sentimientos de ternura y dulzura, propios del niño, encuentran una buena expresión en la tonalidad de un instrumento como el violín y por eso no es coincidencia que gran parte de las canciones infantiles y de cuna se hayan compuesto para ser interpretadas por este instrumento de tonalidad soprano.
Tenemos pues un paralelismo entre las cuatro etapas de la vida humana y sus pasiones y las cuatro tonalidades. Ahora bien, la vida es compleja y así como el viejo puede experimentar en algunos momentos pasiones frenéticas y vertiginosas, el niño también pude vivir profundos momentos de solemnidad. Justamente la versatilidad de los tonos nos da una imagen adecuada y potente de esos diversos instantes que gobiernan la vida.
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