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Aún recuerdo, cuando niño, lo irrenunciable de separar la verdad y la mentira. Este binomio tenía un sesgo moral no reductible al que separa lo verdadero y lo erróneo. Porque era necesario discriminar al veraz del mentiroso. Y este era un reproche que los niños pronunciaban con apoyatura en lo concreto del hecho. Sólo era tachado de tal quien, en su pro, aseveraba algo contrario a lo realmente acaecido. Concreción en el juzgar y, sobre todo, memoria sobre palabras y actos. Aunque también es verdad que la memoria del niño no cuenta con un tiempo dilatado que aleje memoria y hechos. Que así es la post verdad que nos gobierna y asedia: eludir la rendición de cuentas sobre la mentira propia, para que haga el tiempo su trabajo en la memoria de muchos. Más aún, reduplicar las mentiras para que unas sean elipsis de las otras precedentes. Ni siquiera absolución, que mantiene la memoria de la culpa. En su lugar la inducción intencionada de indolencia y desmemoria. Una excrecencia moral, que sobrepuja al olvido.
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