CFE y sus apagones de cinco días

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El jueves 30 de marzo a las 9:00 me cortaron la luz porque no pagué a tiempo y no pagué a tiempo porque no me enviaron el recibo…

El recibo me sirve como recordatorio porque tengo muchas cosas que hacer y en que pensar, más de lo que nadie imagina.

Pagué luz y reconexión a las 13:00 del mismo día y me devolvieron el servicio hasta el martes 4 de abril a las 9:30.

Me dejaron sin electricidad durante cinco días, o sea, 120 horas.

El día que pagué hablé con un tal Francisco Trejo para informar la situación y solicitar la reconexión de inmediato.

El fulano respondió que eso dependía de que regresaran a tiempo los técnicos, que habían ido a “hacer cortes, no reconexiones”.

Cuando yo salía de la sucursal llegó un camión de la CFE y, cuando me iba, llegó también una camioneta.

Pero no hubo reconexión ese día.

Fui al día siguiente a reclamar e insistir, y Francisco Trejo se comunicó con el técnico en mi presencia, y el técnico le dijo que era necesario cambiar el medidor, que lo informó a su jefe y su jefe le dijo:

“Ya déjalo así”.

Todo en tono típico de mexicano que no sabe hablar en ningún idioma y le divierte la irresponsabilidad.

—Eso en mis tiempos se llamaba negligencia —le dije a Francisco Trejo—. Todo lo que dejo de hacer por regresar a insistir que hagan ustedes su trabajo no cabe en su mente ni en la de nadie que “trabaje” aquí ni en las de todos juntos.

Le advertí que, si no hacían la reconexión ese mismo día, dejarían pasar el fin de semana y, además de negligencia, sería dolo, mala leche, ganas de chingar…

Contestó de nuevo que eso dependía de que los técnicos regresaran a tiempo.

Como el día anterior, cuando yo salía de la sucursal, llegó un camión de la CFE y luego una camioneta. Idéntica escena. Así que ambos días regresaron los técnicos a tiempo.

Pero tampoco el viernes hubo reconexión.

El sábado a mediodía hice ejercicio en el parque de El Calvario y pasó junto a la cancha una camioneta de la CFE, por lo que supe, y lo confirmé después, que también “trabajan” los sábados (cubren su horario paseando como la policía municipal).

Pero esa camioneta no iba ni fue a mi casa, de modo que sábado y domingo no tuve electricidad.

El lunes, para que no hubiera ni la más mínima duda respecto a la huevonada y al dolo, tampoco hicieron la reconexión.

El martes a las 9:30 escuché el regreso de la electricidad y un grito en la calle a diez metros de mi casa: “¡Ya hay luz!” Como si la pequeñez infrahumana se burlara desde lejos para dejar clara también su cobardía.

Cuando fueron dizque a reconectar el servicio y resultó necesario cambiar el medidor, nadie tocó a la puerta de mi casa para informarme nada…

En suma, cinco días sin electricidad, 120 horas en las cuales se descompuso la comida: quesos, queso crema, yogur, pescado, comida preparada… con un costo entre 400 y 500 pesos.

Las pérdidas por el trabajo que no pude hacer en esos cinco días prefiero no publicarlas porque nadie las creería.

Uno de mis burós quedó con rastros imborrables de las velas consumidas.

Un intento de reparar con KolaLoka y luz insuficiente la carcaza y el arnés de mi cámara deportiva estropeó carcaza y arnés, además de manchar para siempre la barra de mi cocina.

En fin.

El recibo respectivo nunca llegó.

Y todavía nadie me ofrece una disculpa ni una explicación ni nada…

Antecedentes :

Durante un mes, entre finales de mayo y finales de junio de 2015, no tuve electricidad.

Tuve que dormir en hotel y comer en la calle, yendo todos los días a mi casa para dar de comer y beber a mi perra, levantar su caca y regresar al hotel, que resultó el peor de Huichapan y lo hice público en su momento.

Aquella vez me enviaron el recibo con retraso, precisamente el día del corte.

Pagué en el cajero automático de Bancomer para llegar antes que a la sucursal de la CFE y llamé por teléfono desde la caseta pública más cercana para informar y que no me cortaran la luz.

El que tomó la llamada me dijo con quién debía yo hablar (por ahí tengo sus nombres anotados), le pedí que me comunicara con ella y me dejó 15 minutos esperando.

Colgué, llamé de nuevo y, 10 minutos antes de que terminara su horario de trabajo, ya se habían ido.

Cuando regresé a casa ya no tenía luz.

Y desde ese momento negaron que el servicio estuviera suspendido: decían que yo debía cambiar algo descompuesto.

De allí pasaron a su habitual disfunción burocrática-oligofrénica:

“Tiene que ir a Tula o Pachuca”.

Así, sin saber a cuál de los dos lugares ni por qué ni para qué.

Y todos colgaban el teléfono en cuanto yo expresaba el más mínimo enojo por las sandeces que me contestaban.

Un día salí furioso luego de lidiar con la discapacidad de todos en esa porquería de sucursal, y hablé con un técnico a las afueras de las oficinas.

El técnico me informó de las reglas que podía saltarse con una mochada…

No era necesario que yo estuviera en casa para que me devolvieran el servicio, pero una de sus incontables excusas era que yo no estaba presente, así que acordé cinco veces el día y la hora para recibirlos y las cinco veces, que pagué taxi para ahorrar tiempo, fui a esperar en vano.

Yo hacía mi trabajo en el cuarto de hotel y dejaba de hacerlo para ir a casa, esperar en vano y regresar.

Alcanzaron el récord Guinness en todos los sentidos por debajo del cero: negativos.

Al final me devolvieran el servicio sin una disculpa, una explicación, ni la más mínima, y obviamente sin resarcir el daño, sin cubrir el costo de la negligencia y el dolo en tiempo, dinero y salud.

El proyecto profesional que sabotearon es demasiado grande para publicarlo aquí.

* * *

Antes y después de “vivir” un mes sin luz he padecido más de una vez la reproducción del mismo esquema.

Una vez tuve que pagar dos veces, tanto en Bancomer como en CFE.

Como todo Huichapan recordará, el cajero automático estuvo descompuesto medio año.

La ocasión que llegué a pagar perseguido por un viejo loco y violento es de antología: los dos empleados que protagonizaron aquel episodio son representativos de la máxima inutilidad posible (para decirlo con palabras demasiado suaves).

En esta ocasión, confirmé y documenté en video que los burócratas de las oficinas más inmediatas y accesibles nunca jamás entienden nada a la primera. Más que aturdidos y embrutecidos, parece que tuvieran consigna.

Mi calle suele quedar sin electricidad hasta que me apersono en la sucursal (lo cual habla también de mis vecinos, que jamás han movido un dedo al respecto en más de una década).

Y así puedo seguir hasta que, por su extensión, nadie quiera leer este chorizo.

Y así seguirá siendo todo mientras exista la complicidad implícita de quienes toleran y aceptan esta mierda, la dejan pasar y jamás han hecho ni harán una denuncia pública.

* * *

Una cosa es asumir el descuido y el error de no pagar a tiempo, y otra muy distinta es tolerar que la imbecilidad pública no tenga límites, o sea, que la función pública prefiera ser oligofrenia infinita por su impunidad a falta de sanciones.

Todos estos hechos ameritan despido como paso previo a la inhabilitación para ejercer un cargo público (así sea el de simples gatos que son), de por vida en determinados casos, que también ameritan cárcel o, en su defecto, aplicación de la Ley del Talión.

Denuncia censurada

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En primer plano, el engendro mutante, sociópata y criminal, y al fondo, su fábrica rodante de contaminación enfermante y asesina.

El texto siguiente fue publicado dos veces en Facebook, que lo eliminó por infringir sus “normas comunitarias”. En la primera versión, yo daba a conocer la dirección postal del personaje, objeto de esta denuncia, lo cual corregí en la segunda versión. Publicada al día siguiente, esta segunda versión fue también eliminada, ahora por “bullying”. En consecuencia, la repito aquí sin cambiar ni una coma, porque todo cuanto digo es válido.

Una vieja mutante, sociópata y criminal

Dice llamarse Cecilia Cervantes y tener 50 años de edad. Dice también ser “maestra” como si tuviera una maestría cuando en realidad es analfabeta, ignora deliberadamente y reintenta el significado de las palabras según convenga. Conduce un Chevrolet Chevy de color azul oscuro, placas HKK-701-A, con el que produce y arroja todos los días, varias veces al día, contaminación venenosa en cantidades industriales, principalmente al encender el vehículo.

Por el tiempo que tiene, viciando, envenenando, haciendo irrespirable el aire de todos, es obvio que no ha hecho la verificación de su carcacha desde hace años, y por su nivel submental, cabe sospechar que no cuenta con licencia de conductor.

Entre su casa y la mía, la distancia es de unos cuentos metros, lo que mide el ancho de otra casa como las nuestras.

Este problema ha empeorado hasta un punto intolerable y criminal. Si hago algo en mi patio, y la vecina contaminante llega en carro o lo enciende para salir, tengo que encerrarme corriendo para protegerme de su veneno (monóxido de carbono, entre otras cosas). No puedo ventilar mi casa libremente ni lo mínimo necesario porque los ataques de contaminación concentrada, como he dicho, suceden a diario, varias veces al día y sin horarios. Cuando ventilo un rato mi casa tengo que estar al pendiente de la salida y el regreso de la mutante para cerrar las ventanas en chinga. Tampoco puedo hacer ejercicio ni tomar el sol en mi patio, lo cual es vital para mi salud física y mental por razones que no informaré aquí.

He intentado repeler esta contaminación con ventiladores, pero ni siquiera la noche entera es tiempo suficiente para disiparla. Si no hay viento, el aire hiede a gasolina quemada y otros miasmas tóxicos todo el tiempo.

Unas veces, el coche contaminante no enciende a la primera. Otras veces, ella mete hasta el fondo el acelerador y literalmente produce una nube de humo verde que, al dispersarse, respiran también quienes se encuentren en el entorno cercano y no tan cercano. No es exagerado decir —pero los ignorantes más ignorantes ignoran— que la contaminación en masa jode la vida de todos (gente, animales y plantas) en todos lados, sin importar la distancia. Y en este caso, la fábrica de tal contaminación es rodante, circula por Huichapan, envenenándonos a todos con impunidad campante.

* * *

El pasado lunes intenté hablar al respecto con la susodicha y cometí el error de ser amable y respetuoso con ella, explicándole todo lo que pensaría por sí mismo un ser pensante, valga la redundancia, pero esta bestia resultó infrahumana, oligofrénica, mitómana, sociópata y cobarde, como era de esperar, porque además tiene un largo historial de antecedentes con esquemas y patrones de comportamiento no menos egoísta, deshonesto y hasta criminal:

Para empezar, ella y los demás habitantes de la misma casa dejan escapar gas durante meses y en grandes cantidades; lo han hecho más de una vez, incontables veces. Hace dos años y medio, cuando denuncié la negligencia criminal de esta gente y la tácita complicidad, también por negligencia criminal, de Protección Civil, alguien comentó al pie de mi publicación en un grupo de Facebook que el gas llegaba hasta la escuela primaria de El Calvario, frente al Lienzo Charro, así que los alumnos lo respiraban, hecho que obviamente confirmé: desde allí se percibía esta otra contaminación, también altamente tóxica y que afecta sobre todo a niños y ancianos.

La vecina mutante y quienes habitan la misma casa tienen dos perros del tamaño de sus propios cerebros, o sea, miniaturas, que ladran durante horas, a veces días enteros, sin que nadie mueva un dedo. Los ladridos son histéricos y agudos, o sea, estresantes y punto menos que insoportables para cualquiera con un ápice de sensibilidad. Además, los dueños dejan salir un rato a sus monstruitos para que defequen en la vía pública y nadie levante las heces fecales que también respiramos todos. El cinismo de esta gentuza es tal que a veces gritan a los cuarto vientos: “¡Ya se salió Rayno a hacer sus necesidades!” Pero en la discusión que tuvimos, la vieja negó los hechos. En toda la calle, incluidos los terrenos baldíos, abunda mierda canina como rastro de perros de razas pequeñas, incluidas las de tamaño miniatura (como sus dueños), suciedad pestilente y enfermante que, huelga decirlo, cualquiera puede ver y oler.

Durante años, estos animales (me refiero a las desquiciadas mascotas de los otros animales, también irracionales) invadieron mi casa para cagar en mi patio, y dejaron de hacerlo hasta que, hace poco, empecé a dejar un plato de croquetas revueltas con veneno para ratas, asegurándome de que los dueños lo supieran.

Inclusive a la puerta de mi casa, cuando salgo, los monstruitos atacan a veces, mordiendo mis zapatos, gruñendo y ladrando con furia demencial, así como la ignorancia de que una patada mía puede fracturarles el cuello y el cráneo, causar estallamiento de sus órganos internos, y matarlos…

También a veces, durante unos días, la familia mutante alberga perros cachorros de razas grandes (cabe sospechar que los adoptan para venderlos) y, en una ocasión, tuvieron al cachorro encadenado a la reja, casi estrangulándolo, y el cachorro ladró, lloró y protestó más de seis horas, hasta que, libre de lo que me impedía salir de casa, pude asomarme. Creí que lo habían dejado solo y yo haría lo necesario por el pobre animal, pero me sorprendió un espectáculo indignante: toda la familia estaba presente y todos en lo suyo, el niño jugando a la pelota con alegre indiferencia, como siempre, las mujeres riendo a carcajadas… Ningún otro vecino movió un dedo, porque todos aquí son de la misma especie: insensible, indolente, apática, egoísta y estúpida. Reclamé furioso, y la vieja, sin dejar de reír y sonreír en ningún momento, desencadenó al perro y se justificó: “Es que no tenemos tiempo”.

—¡Entonces tampoco tengan perros!

* * *

Por si todo lo anterior no fuera suficiente, relacionaré aquí unas cuantas mentiras y sandeces que me contestó en la discusión del pasado lunes y que balbuceó más tarde ante la policía estatal que la visitó a petición mía:

1. Primero dijo que no arregla su carro porque no tiene dinero (como cualquiera puede ver, empezó a construir un segundo piso en su casa, pero dejar de joder la vida de los demás no es prioridad).

2. Luego dijo que el coche no es suyo: “Si fuera mío, lo arreglaría”.

3. Como evasiones oligofrénicas, deshonestas y cobardes, intentó las siguientes:

a) “¿Y por qué usted no reporta cuando queman basura?”

b) “¿Y su música? Envenena el oído”.

4. Los ladridos de los perros son para saber que alguien anda cerca. “También a usted le ladran”.

5. Mientras discutíamos, uno de sus monstruitos defecaba en la calle, lo cual vi hasta el día siguiente, al revisar el video (que haré púbico en Instagram, Twitter y YouTube cuando tenga tiempo y ganas). Como evidencia de que la deshonestidad no termina en donde comienza la oligofrenia, sino que hacen una grotesca simbiosis, la vecina volteó varias veces, muy tensa, para ver a su mascota cagando y negarlo tres minutos después. Al día siguiente regresé a ver si alguien había levantado esa mierda y allí seguía (siempre hago registro videográfico).

6. A la policía le dijo: “Lo que pasa es que el señor es muy delicado”, tanto como para defenderme de agresiones criminales que atentan contra mi salud y mi vida, mientras que ella chilla por “malas palabras”.

7. También dijo que yo rompía botellas con dardos, pero ella no sabía si eran botellas ni sabía si eran dardos ni sabía si las rompía o qué hacía yo… el caso es que soy el malo y muy malo.

8. También dijo que llevaron a su casa un “paquete de Estafeta” para mí, pero ella se negó a recibirlo (¡eso sí que habla horriblemente de mi horrible persona!) porque ya ven como soy de malo, bien malo.

9. Dijo que tiene un hijo con “capacidades diferentes”, implicando que eso le daba derechos especiales, pero… “¿usted cree que yo dejaría escapar el gas, teniendo un hijo así?” A saber cuáles son las “capacidades diferentes” de su hijo, si ella no alcanza el más mínimo nivel de ninguna capacidad humana. Lo seguro es que lo envenena todos los días y luego se escuda en él como vil cobarde. Gentuza de semejante calaña no debería tener hijos ni perros y ni siquiera debería existir.

(Ese hijo también ha contribuido gravemente al historial de la vieja y su familia, pero me reservo por ahora el relato de su contribución).

10. Por último, la interfecta dijo que yo puedo hacer lo que me “haga sentir más a gusto” porque ella seguirá jodiendo cotidianamente la vida de todos: “Lo que nosotros queremos es respeto y paz” [por eso, durante ocho años en esta calle, hemos hecho todo lo posible para NO MERECER NINGÚN RESPETO Y NINGUNA PAZ].

(Continuará…)

Pesadilla por entregas

Ya informé bastante sobre la construcción contigua que, durante quince meses, ha destruido tanto mi casa como mi salud física y mental. Se trata de una simple barda. La casa tiene años construida y la mitad del tamaño que la mía.

El 10 de julio, con una desvergüenza de antología y el cinismo propio de la temeridad oligofrénica, vino un tal Jorge Flores a pedir permiso de cortar las ramas de mi árbol que hacían contacto con la cerca eléctrica. Por economía, luego de una serie de reclamos que no entendió, como si ni siquiera los oyera, le di permiso de cortar las ramas.

Le pregunté hasta cuándo seguirían haciendo su ruido insoportable y envenenando el aire que respiro, y contestó que nomás otros quince días.

—Entonces hasta el 25 de julio tienen de plazo para seguir chingando con sus pendejadas. Si después de esa fecha dan un martillazo más, se los voy a devolver junto con todos los anteriores, del modo que yo elija —advertí.

Ese mismo día hicieron todo el ruido posible (hasta para poner un tornillo usan máquinas de ruido) y echaron su pestilencia metálica y cancerígena, además de tíner y basura.

Horas después vi que no habían cortado las ramas de mi árbol: habían mutilado más de un metro del tronco.

Desde luego, haré efectiva mi advertencia, y ahora me siento con un derecho adicional: hacer con ellos lo que ellos hicieron con mi árbol, o sea, mutilarlos a machetazos.

El 22 de julio pusieron unas láminas de acrílico para proteger la cerca eléctrica, lo cual hace innecesario haber mutilado mi árbol. Y continuaron con su ruido, su pestilencia y toda su contaminación desquiciante… ¡hasta las once de la noche!

Esas láminas agravan lo que ya informé: que la barda obstruye la visibilidad desde la ventana de mi baño y obstruye también la ventilación y la luz solar. Además, apestan…

Cada vez está más claro que la oligofrenia desatada no termina jamás. Dentro de unos días tendrán otra ocurrencia pendeja y hasta demencial, y seguirán chingando mi vida y la de otros. Así, hasta que yo acabe con su violencia gigantesca, pero amparada en la pequeñez.

También me queda claro que todo cuanto hace o deja de hacer esta gentuza infrahumana tiene como única motivación el miedo, un miedo sin remedio y cuyo único límite es la muerte.

* * *

Huichapan, Hidalgo, a 23 de julio de 2020.

Hoy pagué mi consumo de energía eléctrica en el cajero automático de la Comisión Federal de Electricidad (CFE).

Fui primero a las 16:30 horas e intenté pagar con un billete de 500 pesos, pero el cajero no acepta billetes mayores de 200.

Fui entonces al OXXO a comprar café y cambiar el billete.

(Por cierto, dicho sea entre paréntesis, es verdad que un letrero prohibe el paso a quien no use cubrebocas, pero los empleados no usan cubrebocas ni careta ni nada).

Regresé a la CFE y, en la esquina de su calle, un viejo flaco y moreno (1.70 de estatura) trataba de amedrentar a un perro callejero.

El viejo, al verme, dejó de agredir al perro, y mi perra Naomi se acercó a saludarlo, como suele hacer.

Cuando pasé junto al viejo, soltó un montón de cacayacas demenciales y cometí el error de detenerme, voltear a verlo y preguntarle qué decía.

Contestó preguntando si yo iba a echarle a Naomi para que lo mordiera.

Respondí que no, y estaba por seguir mi camino cuando el viejo gritó:

—¡Entonces vamos a rompernos la madre!

—Cálmate, anciano —le dije.

El viejo comenzó a boxear y yo, con la bolsa del café en una mano y la cadena de Naomi en la otra, insistí:

—Cálmate, pinche loco.

El viejo me dio un puñetazo en la cara, que ojalá no haya tocado más allá del cubrebocas.

Mi primer impulso fue reventarlo a patadas, pero me detuvo el peligro de que este facineroso fuera portador de Covid-19.

Él llevaba puesto un cubrebocas, pero se descubrió para pelear.

Seguí ordenándole que se calmara, alternando frases despectivas, pero el viejo enloquecía cada vez más.

—¡Yo también sé rajarme la madre! —gritó.

—Lo que tú digas, abuelo, pero mejor te calmas.

Un segundo impulso de soltar la bolsa de plástico y romperle algunos huesos lo reprimió mi conciencia de su demencia y su avanzada edad, que serían atenuantes de su agresión y factores en mi contra, al menos entre los testigos de su especie.

Caminé casi de espaldas, dándole siempre la cara, hasta la CFE.

Cuando llegué le pedí al guardia que llamara a la policía y le informé la situación con un rápido resumen (incluyendo el hecho de que yo no llevaba teléfono móvil).

El guardia me vio con cara de zombi y, sin levantarse de la silla, tampoco movió un dedo ni activó la más mínima neurona.

El viejo loco entró sin cubrebocas y saludó al guardia estrechándole la mano (entre amigos y similares no hay sana distancia ni la conocen).

El viejo (entre bipolar y actor con tablas) asumió papel de víctima tranquila y me acusó con el guardia:

—Este señor dice que me va a matar, que tiene mucho dinero y muchas influencias y mucho poder y me va matar.

—No mames, pinche psicótico-rabioso —le dije y pregunté al guardia si ya había llamado a la policía.

El guardia respondió que sí y le grité al viejo que guardara su distancia mientras yo pagaba mi consumo de energía eléctrica y llegaba la policía.

El guardia ordenó que nos fuéramos a la calle a discutir y le expliqué:

—Yo vengo a pagar y voy a pagar. No tengo nada que discutir con un loco ni contigo. ¿No dices que llamaste a la policía?

—No tengo por qué llamarla —contestó—. ¿Por qué no la llama usted?

—Ya te dije que no tengo teléfono móvil y te estoy pidiendo un favor que, desde cualquier punto de vista, tienes la obligación de hacerme. Llama a la policía para que no sea necesario romperle la madre a tu cuate, que está enfermo de la mente.

Entonces salió otro empleado, desplegando gran autoridad.

—¡Aquí no es para que vengan a pelear! ¡Váyanse a pelear a la calle! ¡Esta es propiedad privada! (sic)

—Yo vengo a pagar —le dije.

—¡Pues apúrese a pagar y váyase! —ordenó.

—Ni me apuro y me voy cuando quiera.

—¡Apúrese a pagar y váyase! —repitió con ingenioso talento y gran imaginación.

—Me voy cuando haya pagado y venga la policía. Si quieres que me vaya antes, trata de sacarme.

El segundo soltó una risita y le pregunté.

—¿De qué te ríes, pendejo?

—Yo no le estoy faltando al respeto —dijo como dicen en Huichapan todos los imbéciles, deshonestos y cobardes (o sea, los huichapeños, que no los huichapenses).

—Si me apuras y me corres y te ríes me faltas al respeto, pedazo de pendejo.

—Usted es el que dice groserías.

—¿Y qué esperabas? Causa y efecto. Si te duelen las “groserías” no las provoques.

Como buen huichapeño, se puso a hablar de “educación”.

Todo este intercambio ocurría mientras yo pagaba y el viejo loco hacía mutis.

Una vez que pagué, intenté calmarme y explicar que no era válido hablar de respeto ni de educación cuando alguien se apersonaba para pagar su consumo de energía eléctrica, perseguido por un loco violento que ya había pasado inclusive a los golpes y cuando los empleados no asumían un mínimo de solidaridad y empatía con el usuario agredido, sino complicidad con el agresor.

Mientras yo empezaba este alegato, el que salió después se puso a balbucir sandeces encima de lo que yo decía (entre otras cosas, escupió que yo debía llevarle un escrito, como si ahora el demente fuera él), y grité:

—¡Estoy hablando yo, carajo! ¡Ni puta idea tienen de lo que significa respeto y educación!

—Nosotros no decimos groserías —repitió.

—¡Felicidades, pinche par de inútiles!

Antes de salir, tardándome cuanto quería, me unté gel antibacterial que llevaba en la cangurera y le dije al huichapeño:

—Si oprimo “abonar”, el cajero me da cambio, y lo que hay en esta botella (una que decía gel) no es gel, sino agua con jabón.

—Pues entonces no se lo ponga —contestó.

—No me lo pongo —dije.

—Pues si no es gel, ¿entonces por qué se lo pone?

—Estoy poniéndome del mío, pinche ciego. ¿En dónde dejaste el cerebro?

—Sigue insultando y diciendo groserías —balbuceó.

—No se vayan a morir, pinches oligofrénicos-infinitesimales.

Risita.

Salí de allí furioso y pasé junto a una cafetería en donde pedí que llamaran al 911 para que llegara la policía municipal y no se quedaran así las cosas.

Hice un resumen de lo ocurrido y una mujer muy joven y muy gentil llamó, dio la información que le pidieron y yo proporcioné sobre la marcha.

Esperamos veinte minutos y la policía municipal nunca llegó.

Yo esperé diez minutos más en la calle y nada.

* * *

Si yo quisiera, obligaría a la CFE a darme el registro de las cámaras de seguridad para que la policía del estado identifique físicamente al anciano demente y violento, lo aprehenda y, si un juez considera que se trata de un peligro público, lo internen por algún tiempo en un hospital psiquiátrico.

Si yo quisiera, los dos empleados de la CFE se quedarían sin trabajo y sin otras cosas que no voy a mencionar.

Si yo quisiera, también haría público el interminable historial de pendejadas y chingaderas que, durante siete años y medio, ha cometido esta sucursal.

Si yo quisiera, la policía municipal tendría la debida sanción por su negligencia, su negación del servicio que debe prestar por obligación legal, ética y moral, si alguien se lo pide, y también se quedaría sin trabajo.

Si el viejo loco siguiera en la calle y yo quisiera correr el riesgo de que me contagie de Covid-19, en vista de que su enferma psicología no tiene remedio, lo mandaría directo a terapia intensiva.

* * *

Una última reflexión:

En Huichapan, ni la policía municipal ni protección civil ni los parásitos que infestan el palacio municipal sirven para nada; viven de nuestros impuestos sin trabajar y violando la Ley todos los días con campante impunidad.

¿Hasta cuándo?

Cotidianidades

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Huichapan en tiempos de coronavirus

Farmacia Guadalajara vende cubrebocas desechables a 159 pesos ¡cada uno! Leyó usted bien: no es el precio de un paquete, sino el de cada pieza (algo más elaborada que las ordinarias, pero sin llegar a ser extraordinaria).

En la dulcería del centro, contra esquina del mercado, siguen vendiendo alimento a granel sin ponerse cubrebocas, aunque ahora puede uno comprar allí gel desinfectante a buen precio (falta ver si es o no de calidad).

En la cremería de Avenida Francisco I. Madero, esquina con J. Lugo Guerrero, la empleada tampoco se cubre la boca y no deja de hablar cuando manipula el alimento a granel. Además, cobra por un kilo de queso Oaxaca, pero entrega 950 gramos. Creo que los dueños de esa tienda son también los de la pastelería en la otra acera de la misma calle, casi en frente.

Ojalá hubiera sanciones en estos casos, porque hay gente que jamás cumple con sus obligaciones (sanitarias en estos casos) por voluntad propia. Hay que obligarla con el uso de coerción.

Entre la gente que no vende nada y que vemos en las calles más bien comprando, son cada vez más quienes usan cubrebocas, pero la gente que más obligación tiene (digamos por ética elemental, que obviamente no sabe ni con qué se come) es la que menos se cubre la boca, la que más habla mientras sirve la comida, y la más deshonesta, la más estúpida en todo su comportamiento, desde lo que dice hasta su expresión facial, pasando por lo que hace y, sobre todo, lo que NO hace.

Por lo menos, en Huichapan dejó de haber desabasto o escasez de gel desinfectante, quizá porque ahora es público el conocimiento de su preparación.

Por su parte, el desgobierno municipal, también llamado ayuntamiento, que no existe en los hechos ni sirve para nada, todavía no limpia el baño público del parque junto al Lienzo Charro. Allí sigue, intacta, inamovible, la suciedad acumulada (mierda humana incluida) durante años. El desgobierno municipal, que ni siquiera responde cuando uno le escribe, parece aspirar al récord mundial Guinness de negligencia, incumplimiento, inutilidad parasitaria y, por si alguien lo duda, ilegalidad que amerita, en todo caso, inhabilitación de por vida para ejercer un cargo público.

El ayuntamiento incluye a los delegados, y la del barrio El Calvario tampoco responde cuando uno le escribe, pero sí viene a pedir dinero para sus ondas católicas. ¿Será que responde nada más a quienes cooperan para eso?

Como escribí en otro texto (para lectores de otro nivel), el coronavirus está causando un escalofriante repunte del fervor religioso. Desde mi patio delantero en la noche suelo escuchar rezos colectivos (a distancia, se parecen al zumbido de las moscas sobre la mierda o un cadáver en descomposición).

Quizá medio sorda, una vecina se asegura de que todos escuchemos sus conversaciones telefónicas del día, inclusive lo que dice su interlocutora del otro lado del teléfono, y de noche organiza reuniones en su casa para rezar por las mamás y todo eso… ¿Hay que decirlo? Si acaso logran algo seguro esas reuniones es democratizar el virus, socializarlo, hacer igualitaria la enfermedad para que sea epidemia y pandemia, como si rezar inoculara inmunidad a la inconsciencia, la ignorancia, la indolencia, el egoísmo y la estupidez sin límites ni remedio.

Algo personal: alrededor de mi casa, los habitantes femeninos de las demás casas han decidido tener perros miniatura para que ladren agudo, agrediendo a los oídos y los nervios durante horas sin que sus dueñas muevan un dedo. Esa especie de consenso espontáneo, no menos oligofrénico y sociópata, tiene una relación indirecta con la pandemia, la cuarentena que no existe y la contingencia que tampoco existe, pero no voy a explicarla… a ver si alguien la intelige.

Aunque Huichapan es un lugar único en casi todos los aspectos y sentidos, cabe suponer que los hechos aquí narrados ocurren en muchas otras partes de México, el único país del mundo en donde la ignorancia más fanática, rabiosa, irracional, mata enfermeras mientras éstas hacen su máximo esfuerzo por los demás, y el presidente azuza un odio fanático, rabioso, irracional, insinuando que son prostitutas sin alma o mercenarias, gente sin valores éticos ni morales, gente que no es gente, pues tampoco tiene principios, nomás fines de lucro, digamos algo así como su director de comunicación social o su jefe de oficina o cualquiera del gabinete, que son seres infinitamente despreciables.

(Seguiremos informando…)

Más negligencias

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Fase 3: La Carabina de Ambrosio

Huichapan, Hidalgo, 30 de abril. Salgo a tirar la basura, llevar mi ropa sucia a la lavandería, comprar tortillas y lo que siempre compro en la dulcería (nueces y arándano a granel, amaranto y chocolate), además de fruta y huevo en el regreso al barrio donde muero.

En el centro descubro que no existe ninguna cuarentena, que nadie se queda en casa, que nadie guarda su sana distancia… Muy por el contrario.

Hay cada vez más gente con cubrebocas o mascarillas, empezando por la policía (que seguramente lo hace por obligación), y los establecimientos comerciales tienen gel desinfectante a disposición de los clientes, como empezó a suceder desde el principio de la pandemia. Pero cuarentena, en absoluto.

El local de la dulcería es muy estrecho y la fila de clientes se atiborra, se aglomera con singular gusto por la cercanía física, inclusive se toca: unos ponen las manos en los hombros y las espaldas de otros. Habiendo más empleados, la cajera deja de cobrar para pesar el arándano y la nuez, mientras la fila espera, crece y estrecha su alegre cercanía… ¡Ay, qué rico se siente!

La sucursal de Bancomer en Huichapan es el paradigma de la ineptitud privada, como Caposa es el de la ineptitud pública. Y aquí paradigma es ejemplo a seguir, tanto por los empleados como por los clientes. De ahí que la gente prefiera los domingos para plagar el cajero automático y hacer largas y sociables filas. ¡Viva el calor humano! ¡Cómo extrañamos el tianguis, la feria del Calvario y demás baños de pueblo!

Confieso que, por no ser asalariado ni estar atenido a las quincenas, esta vez no reparé en la fecha. De hacerlo, no salgo, dejo todo para el día siguiente, o salgo preparado con la Canon y la GoPro.

En los trayectos percibo más tráfico vehicular que de ordinario.

En el parque principal del barrio donde muero, los listones de “prohibido el paso” allí siguen, como probablemente sigue dentro del baño público la suciedad acumulada durante meses que suman años. Miasmas hechos «usos y costumbres».

Pero en su página de Facebook, la presidencia municipal reproduce una imagen explicativa de quiénes deben usar cubrebocas y quiénes no: Si tienes síntomas de coronavirus debes usarlo; si no tienes síntomas no debes usarlo. Así de simple. Y lo más aberrante es que dicha imagen está firmada por el desgobierno federal, paradigma universal de la negligencia criminal y la mentira como religión, con su misa diaria y su opio de ocurrencias autocomplacientes.

También hay una imagen que dice: «Hoy más que nunca debemos mantenernos unidos como huichapenses» (y como si los huichapeños supieran con qué se come una metáfora).

Durante siete años de usar cubrebocas en Huichapan, la gente ha creído que lo uso porque estoy enfermo. Su lógica es tan simple que atenta contra la lógica, y la gente simple jamás entenderá que, por usar cubrebocas, no estoy enfermo; están enfermos todos los demás con una percepción entre aturdida y atrofiada…

En su página de Facebook, por cierto, la presidencia municipal, en vez de responder a las preguntas, las borra, elimina el “comentario” y bloquea una posible interlocución. Los parásitos que infestan el palacio municipal, además de violar las leyes, los reglamentos y los bandos, todos los días sin excepción, son imbéciles, deshonestos y cobardes, y exhiben su naturaleza cada vez que tienen oportunidad.

Por lo demás, es evidente que, si los hubiera, serían necesarios muchos años para educar a un pueblo como el de Huichapan en una cultura de prevención y contención de las enfermedades contagiosas y hasta epidémicas, por no hablar de las pandemias y el significado de cada concepto y categoría…

Con base en tres videos publicados por usuarios de redes sociales, una nota del portal Sin Embargo describe situaciones análogas en otras “ciudades” provincianas de la franquicia tejana que llamamos República, lo cual confirma una tendencia y el acierto de todas las reflexiones pesimistas al respecto.

(Seguiremos informando…)

Negligencias

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Huichapan en tiempos de coronavirus

Cuando me apersoné para pagar en la Comisión Federal de Electricidad, un vigilante me recibió en la entrada con gel desinfectante. Cuando regresé días después porque no teníamos luz, había otro vigilante sin gel desinfectante. Para hablar con el “jefe” tuve que registrarme en un libro, y el vigilante me indicó lo que debía escribir, acercándose todo lo posible; nomás le faltó subirse encima de mí o, por lo menos, tocarme. En algún momento intentó hacerse de mi recibo, casi arrebatármelo, y entonces troné; me alejé un paso y dije: “¡Guarde su distancia!” Pero él contestó: “Lo estoy ayudando, no es para que se enoje”.

En la bodega de Aurrerá, en vez de narcocorridos como la vez anterior, los altavoces transmitían indicaciones de que mantuviéramos nuestra distancia, entre otras cosas, todo en función de la prevención sanitaria, pero la gente caminaba sin guardar ninguna distancia, como si tampoco oyera y mucho menos escuchara indicación alguna. Salvo una o dos personas, nadie llevaba tapabocas. Todos se comportaban como zombis, o sea, como siempre, o sea, como zombis.

En la entrada, unas empleadas le decían a la gente que llegaba en grupo: “Sólo dos personas por familia”. Y entonces el grupo de dividía, fingiendo no conocerse, y entraban todos. Una vez adentro, se tomaaaaba su tieeeempo con aleeeegre caaaalma, paseándose por los pasillos, domingueando muy campante y sonriendo unos con otros, como diciendo: “los engañamos, somos bien chingones”.

Un carro de sonido recorre Huichapan también con recomendaciones sanitarias, como quedarse en casa, pero quizás el mensaje tampoco llega a los oídos de nadie.

Hace dos días, intenté hacer ejercicio físico en casa, pero la construcción contigua me atacó primero con humo de cigarro y después con hedor metálico y tíner o algo parecido, así que opté por el parque, esperando encontrarlo desierto, pero había más gente que nunca y fue llegando más y más y más. En los siete años y medio que tengo aquí atrapado, nunca había llegado tanta gente. Se engentaron los juegos infantiles, los espacios para carros, la cancha y sus alrededores; parecía una ocasión especial, como de fiesta, y nadie llevaba tapabocas ni guardaba su distancia con nadie… Quizás extrañan el tianguis y la feria del Calvario, y aprovechan las vacaciones forzadas para estar juntos y unidos, como aconseja El Cacas.

Días antes, comenzó a las dos de la mañana una fiesta de ruido a todo volumen, cerca de mi casa, y acabó a las cinco para continuar en la tarde hasta la madrugada del día siguiente; fue una aglomeración de borrachos y gritones. Descarté llamar al 911 para que la policía municipal hiciera su trabajo porque ya entendí que semejante pretensión es siempre pérdida de tiempo y frustración. Aquí nadie respeta la ley de protección al ambiente ni la ley de cultura cívica, ni saben de su existencia, como si no existieran, porque hasta las “autoridades” las infringen y, en aras de “los usos y costumbres” (sic), son el ejemplo a seguir por el resto de la población.

Huichapan tampoco está enterado de ninguna pandemia ni de ninguna cuarentena. Alguien oye la radio a todo volumen, todo el día, en una emisora saturada de mensajes oficiales, todos relacionados con el coronavirus, pero el cumplimiento con las obligaciones cívicas y sanitarias se reduce a la simulación de atender esos y otros llamados, en este caso imponiendo ruido a todos los vecinos del entorno. Contaminación sonora que viola la ley para simular que la respeta. Demencia en masa.

Durante una tregua de silencio, hice ejercicio en el patio de mi casa y escuché una voz de mujer que vociferaba: “Te vas a morir cuando Dios quiera, no cuando tú digas”, por lo que imaginé el contexto de la oligofrenia católica: “¿Para qué tanta cuarentena, sana distancia y lavado de manos a cada rato, gel desinfectante y tapabocas, si de todos modos es Dios quien dispone, por más que uno haga, siempre se hace su voluntad”.

Días después, pregunté a quien me atendía en una tienda por qué no usaba guantes ni tapabocas o mascarilla, y contestó más o menos eso, pero hablando con faltas de ortografía y de sintaxis, sin articular las palabras rescatables, las que era posible inteligir de su reinvención, como cuando la simbiosis entre analfabetismo oligofrénico y deshonestidad consciente hace comentarios huichapeños en Facebook.

Cuando la pestilencia de las granjas porcícolas alcanzó su máximo nivel en 2018, nadie que viviera en Huichapan se puso nunca tapabocas o mascarilla. Esta gente parece creer que usar esas cosas es reconocer algún padecimiento vergonzante. Ahora, una o dos personas de cada cien se pone tapabocas y quizás lo hace con la sensación de atraer las miradas por desconfianza de los demás…

Así las cosas en este pueblo cuyo presidente municipal no trabaja ni da la cara jamás, se dice que ni siquiera vive en Huichapan, es el peor de la historia, y al que la negligencia criminal de quien se cree presidente de la República le vino como anillo al dedo.


Actualización

Lo del parque infestado sucedió el miércoles 15 de abril en la tarde-noche. El viernes 17, la construcción contigua me impidió de nuevo hacer ejercicio en casa y regresé al parque, ahora con la cámara GoPro por si me desencontraba con otra aglomeración huichapeña. Pero no la hubo. Una familia subía carriolas de bebé a su camioneta para retirarse. Y se retiró. Una señora joven caminaba con su hija de tres o cuatro años alrededor de la cancha. Minutos después, también se marcharon.

Al caminar yo alrededor de la cancha para entrar en calor con cardio articular de hombros, codos y muñecas, noté que faltaron cosas por decir en mi relato anterior: botellas vacías de cerveza y mierda canina en abundancia, por todos lados, lo primero quizás de la verbena espontánea, lo segundo quizás de todos los días con sus respectivas noches. Y pestilencia fecal como de granja. En ambos ocasiones, bases de cartón como para pizza en el piso de los juegos infantiles (si dos días después seguían allí, no es posible saber desde cuándo). El contenedor de basura se desbordaba…

Una observación personal: alrededor de las 19:00 del horario real, o las 20:00 del horario falso, los murciélagos despiertan y revolotean sobre el parque; por su altura, los grandes faros que iluminan la cancha los hacen especialmente visibles allí, más que en la penumbra de los juegos infantiles. Nomás por no dejar de ventilar mi desprecio, me pregunto cuánta gente hace la misma observación: ¿cuánta gente repara en algo que sucede a diario? Y me respondo: además de mí, obviamente nadie.

Tanto el estrépito de pájaros como el de langostas en mis dos patios y sus alrededores pueden asociarse desde la sicología propia y personal con el coronavirus, más allá de una sensación apocalíptica no menos subjetiva, pues la ignorancia popular atribuyó a la barbacoa de murciélago el origen de la pandemia en China…

A la mierda canina y la pestilencia fecal como de granja se suma el hecho de que los “servicios” sanitarios de Huichapan tienen AÑOS negándose a limpiar los baños del parque a las afueras del Lienzo Charro (pletóricos de mierda humana), que también apestan y enferman sobre todo a los niños que juegan aquí o “estudian” en la escuela primaria.

El mismo viernes a medianoche, o en la primera hora del sábado, salí al patio de mi casa y otra pestilencia fecal como de granja parecía un enésimo anuncio: múltiples señales parecen indican que volveremos a padecer la contaminación que hizo crisis en septiembre de 2018, pues a Huichapan no le basta con una pandemia para enterarse de que hay algo en el aire.

(Seguiremos informando…)

Miasmas de tercer mundo

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Rateros, mentirosos, imbéciles…

Jueves 13 de febrero. Central de Autobuses «Conexión», Huichapan, Hidalgo. Me dicen por teléfono que una de las salidas a la CDMX es a las 14:30 PM. Me organizo para esa hora, tomo un taxi y llego a las 14:20. La cajera me dice que la salida más próxima es a las 15:00 y balbuce una explicación…

El boleto cuesta 220 pesos. Saco dos billetes de cien y uno de cincuenta, los pongo en el mostrador. La cajera espera a que yo mire para otro lado, levanta los billetes y se los lleva, sale del cubículo y regresa, toma asiento, pregunta mi nombre, se lo digo, lo teclea, me cobra 220 pesos y le digo que ya le pagué, me dice que no, le digo que dejé 250 pesos en el mostrador y que sólo ella pudo tomarlos

—¿Y dónde está su boleto? —me pregunta.

—No me lo ha dado —respondo ofendido por su intento de que yo sea más estúpido que ella.

Aun así, reviso todos los compartimentos de mi cangurera y los bolsillos de mi pantalón, busco en el piso a ver si el dinero no se cayó, levanto las cosas que hay en el mostrador (grandes cuadernos de contaduría), a ver si los billetes no están debajo.

Al final, no me queda ninguna duda.

Le aseguro a la cajera que dejé el dinero en el mostrador; ella responde que no y se comporta con tanta confianza y tranquilidad, tanta seguridad, que empiezo a sospechar de un chofer que habló con ella mientras yo esperaba, él y yo del mismo lado del mostrador. Pero sospecho más de ella por varias razones: Ella, para empezar, no sólo niega haber tomado el dinero, sino inclusive que yo lo haya dejado en el mostrador. Y mi propio instinto es infalible cuando se trata de percibir o detectar mentiras.

Exijo revisar lo grabado por las cámaras de seguridad, a ver si el dinero lo tomó ella u otra persona.

—No hay cámaras de seguridad —me dice.

—Ahí hay una —señalo a la que nos mira.

—Esa no sirve, no está funcionando —miente.

—Entonces llama a tu jefe, porque de aquí nos vamos a la delegación de policía. Si las cámaras no funcionan, es tu palabra contra la mía.

Ella llama a su jefe y yo le informo el problema. El jefe asume una complicidad inmediata y automática, cínica y descarada. Exijo que revisemos lo que haya grabado la cámara. Contesta que, para eso, yo tengo que hacer una solicitud por escrito y que van a contar el dinero de la caja, a ver si es la cantidad justa o sobran 250 pesos. Le digo que eso es hacerle al cuento, pero espero a que terminen y trato de ser paciente.

Mientras tanto, llega más gente, se hace una gran fila, y yo hago comentarios en voz alta para que la gente se entere de que allí roban.

—¡Increíble! —exclamo— ¡Debería darles vergüenza! ¡El robo es un delito y amerita cárcel!

La cajera termina de contar el dinero y dice que no sobra nada. Según el jefe, la cajera dice la verdad y yo miento. Insisto en las cámaras de vigilancia y el jefe sugiere que yo haga lo que quiera, que vaya a la delegación, que llame a la policía o “presente un escrito” para solicitar que revisemos el material de las cámaras.

—Pero descúbrase porque en la delegación le van a solicitar su INE —me ordena.

Yo tengo puestos dos tapabocas y me limito a mirar la cara y el comportamiento del cómplice, pensando que además es un provocador y amerita, por lo menos, una rotunda golpiza, de preferencia en la cárcel.

—¡Descúbrase! —ordena de nuevo con la sonrisa oligofrénica de quien divierte su impunidad.

—Yo soy el afectado —le digo—. Los rateros son ustedes.

—¿Y cómo piensa comprobarlo? —pregunta.

—Con las cámaras de seguridad —respondo.

—¿Y si las cámaras le dan la razón a la cajera? —pregunta.

—No se haga ilusiones. Si usted creyera que la cajera dice la verdad, no se resistiría tanto a que veamos el registro de las cámaras.

—Nosotros no tenemos acceso a las cámaras —contesta— y ya demostramos que no ha pagado su boleto.

Al decir eso, el jefe da media vuelta y se retira. Lo alcanzo y le pregunto quién tiene acceso a las cámaras. Contesta que el gerente. Exijo que lo llame y contesta que él ya hizo lo “procedente” y sugiere que yo “ponga una queja”.

—¡Deje de contestar pendejadas y llame al gerente! —le grito en la cara.

—¡Cálmese, o yo lo acuso a usted! —amenaza.

—¡Acúseme lo que quiera si es que puede! ¡Tengo que ir a la Ciudad de México por una emergencia! ¡Si no llego a tiempo, ustedes van a pagar también las consecuencias!

—Será su culpa, no es problema nuestro, usted lo está causando.

—¿Por no dejar que me roben? ¿Dónde está el gerente? ¡Ahora quiero hablar con él!

El jefe saca su teléfono móvil y hace una llamada, o hace como que llama. Yo entro al baño, salgo y ya está el gerente con nosotros. Le explico la situación en resumen y él accede de inmediato. Subimos a su oficina, vemos lo que grabó la cámara de la caja. Es evidente que la cajera, aprovechando que es la única en ese momento, había acomodado el monitor contiguo de tal modo que obstruyera la visibilidad de la cámara, pero estúpida como es, levantó mi dinero del mostrador y lo contó, dándome la espalda, camino a la salida del cubículo. Eso sí lo registró la cámara, sin lugar a dudas ni a discusión.

Pero el gerente y el jefe tardan diez minutos o más en asimilar lo que yo percibo en cinco segundos. Y en el ínterin, el jefe sigue balbuciendo sandeces que, según su oligofrenia, son materia de discusión.

Regresamos a la caja y, una vez allí, el jefe me pide una identificación oficial para poner mi nombre en el boleto. Respondo que no tengo por qué identificarme y que jamás le piden identificación a nadie para venderle un boleto. El jefe insiste con una debilidad lastimera. Ya ni contesto, miro el reloj; me dan el boleto, pero se quedan con el cambio. Dejo pasar todo el tiempo posible y, cuando baja también el gerente, exijo mi cambio.

La cajera dice llamarse Cristina Chávez. El jefe, Jesús Peña. Y el gerente, Venancio Hernández.

Por la confianza y la tranquilidad con se comportó la cajera en todo momento, cabe sospechar que tiene práctica y experiencia en robar con ese modus operandi, y quizá también con otros. Nunca dejó de sonreír, ni siquiera cuando quedó exhibida con evidencias claras, irrefutables. El comportamiento del jefe, como ya dije, fue de complicidad en todo momento. Nunca ofreció disculpas, ni por el intento de robo ni por sus propias estupideces. Tampoco el gerente…

Perdí 40 minutos en este pleito, tiempo que yo habría aprovechado para hacer compras en la bodega de Aurrerá.

El camión apestaba insoportablemente a meados y no había ni la más mínima ventilación. El chofer equivocó la ruta en una desviación y tuvo que regresar en reversa unos 200 metros.

En las próximas horas, regresaré cámara en mano a ver si la cajera fue despedida o sigue allí, robando al público en descarado contubernio con el jefe. Si no regreso yo, lo hará alguien más por mí.


Actualización

He aquí a la susodicha en una foto medio engañosa porque, filtros mediante, la hace parecer más joven. También tiene antecedentes acumulados que otras personas señalan al compartir esta crónica en sus propios muros de Facebook y en varios grupos de la misma red social.

Cristina Chávez, la cajera-ratera de “Conexión”, Estrella Blanca, Huichapan, Hidalgo, opera en sistemática y descarada complicidad con su jefe, Jesús Peña.

He hablado con algun@s de sus compañer@s de trabajo (antiguos y actuales) y me dicen que ella es el brazo derecho del jefe-cómplice, que se trata de una mafia y de ahí su impunidad. La mayoría coincide en que la interfecta es déspota y prepotente, que jode tanto al público usuario como a sus propi@s compañer@s, que les hace la vida imposible, a menos que sean jefes. Me informan también que la mujer aspiraba, desde su ineptitud como cajera y su falta de valores éticos y morales, a ser la “encargada de valores”, pero ahora, en vez de ascenso, tendrá que buscar trabajo en otro lado.

Más adelante publicaré una foto más representativa. Por lo pronto, imaginen esta cara menos joven y con muy mala vibra.


ratera

Días de pedernal

Tercera parte

Después de romper paredes y techos de mi casa desde la construcción contigua, un sujeto embozado con paliacate rojo, lentes oscuros y sombrero, invadió mi casa por la azotea.

En la mañana entré al baño y me asomé por la ventana. Llamó mi atención que alguien escondiera la cara por temor a ser grabado, como un delincuente consciente de serlo y además esmerado en que yo percibiera su actitud culposa. Me pareció tan sospechoso el tipo que decidí ponerle un cuatro: Cerca de las dos de la tarde, cerré la ventana del baño, abrí la llave de la regadera y salí al patio, cámara en mano. El sujeto creyó que yo me bañaba y aprovechó la oportunidad. Después de grabarlo, subí a reclamarle desde la ventana del baño, pero había hecho mutis. Cobardía, cobardía y más cobardía: lo normal en Huichapan.



Más cosas en el tintero

El día crítico, fueron los albañiles quienes me dieron la idea de llamar a la policía cuando exigí que dejaran de martillar apoyados en mi casa; lo sugirieron muy sonrientes, como algo divertido, porque saben lo que pasa cuando uno recurre a la policía en Huichapan.

Ese día también llegó alguien de obras públicas a balbucir sandeces; entre otras cosas, dijo que la jueza “conciliadora” es arquitecta…

* * *

Todo este capítulo de la construcción que destruye, invade y ensucia mi casa, además de violentarme con su ruido insoportable durante meses, tiene un precedente:

Cuando el terreno estaba baldío, una mujer que decía ser la dueña tiraba tierra y cascajo en cantidades montañosas, enterrando mi casa con ayuda del viento. Se lo expliqué y le pedí que pusiera un plástico grande encima de sus promontorios y me contestó con cara de muerta que ella podía hacer cuanto quisiera en su terreno porque era su terreno. Le expliqué la situación de múltiples maneras y ella contestó con cara de muerta que el terreno era suyo… Le dije que era una estúpida-egoísta y le pregunté si entendía lo que acababa de decirle; contestó que sí, que eso sí lo entendía…

Y opté por llamar al ayuntamiento, en donde otra muerta me dijo que los dueños del terreno tenían permiso para hacer lo que hacían. Le pedí los nombres de los dueños y la dirección del terreno, pero resultó lo que yo sospechaba: que la muerta del ayuntamiento no sabía de qué terreno se trataba y contestaba lo que fuera más cómodo y económico a su propia negligencia… Después de un desproporcionado esfuerzo de mi parte y una hueva exasperante de parte suya, acordamos que obras públicas consultaría con el área jurídica del ayuntamiento si los dueños del terreno tenían derecho a enterrar mi casa desde su propiedad, y que me llamarían cuando lo supieran. Acordamos también que yo los llamara en el momento que los dueños del terreno regresaran con más tierra y cascajo para que se apersonara la policía municipal. Esto último ocurrió de inmediato, llamé y me dejaron esperando, como siempre. Sobre la consulta al área jurídica, nunca me llamaron. Muy huichapeño todo.

Luego reflexioné que, si el propio ayuntamiento dejaba montañas de tierra en mi calle durante ocho meses de interrupción en el trabajo de empedrar la parte que faltaba empedrar, era lógica y previsible su complicidad con alguien que afectaba exactamente igual a los demás.

Los parásitos que infestan el palacio municipal no son menos deshonestos ni menos dañinos que la especie infrahumana que vota por ellos para desentenderse de lo que hagan o no hagan.

* * *

En los videos muestro cómo han salpicado de cemento las tejas de mi casa, pero no digo que además las han roto (la imagen lo dice a medias). No sólo se apoyan en mi casa para martillar, sino que inclusive se paran en mis tejas, las pisan y dejan caer basura de todo tipo.

* * *

Hay mucho que decir acerca de la chusma que, además de un analfabetismo endémico, exhibe su pequeñez oligofrénica, deshonesta y cobarde con ataques en facebook, tanto que amerita una publicación aparte.


Días de pedernal

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Incendio en Huichapan, Hidalgo

Segunda parte

Una vez ocurrida la primera parte del pleito por la imbecilidad que destruye mi casa desde la construcción contigua, comenté con unos conocidos el papel de la policía municipal en este asunto, pues su comportamiento fue como el de siempre.

Tengo más de siete años “viviendo” en Huichapan y, durante este tiempo, la policía municipal jamás ha hecho su trabajo (al menos en los incontables casos que he reportado al número de emergencias), como tampoco lo ha hecho protección civil.

Comenté lo anterior con ejemplos indignantes y grotescos, y mis conocidos comentaron a su vez un caso en particular:

Hace aproximadamente un año, en una calle del barrio El Calvario, conectada con Silvano Gómez y el parque pequeño en Arroyo de las Avenidas, una casa ardió en llamas.

Alguien llamó desde luego al número de emergencias.

Pasó media hora y, en vez de los bomberos, llegó la policía municipal, nomás a mirar.

Pasó más tiempo y llegó por fin protección civil con una pipa de agua, pero sin agua.

La pipa estaba vacía y el incendio había llegado a tal punto que los valientes héroes de protección civil decidieron en voz alta:

“No pus ya mejor que se acabe de quemar la casa, ya no podemos hacer nada”.

Ante tal negligencia y tan criminal apatía, los habitantes de la casa (quizá propietarios) asumieron el riesgo y entraron ellos mismos a sacar un tanque de gas para que no explotara.

Después del siniestro, los afectados emigraron, se fueron de Huichapan.

* * *

Comparto esta versión de segunda mano por venir de personas honestas (son trágicamente escasas, pero las hay en Huichapan) y por si alguien quiere aportar algo.

* * *

En su momento (finales de 2018) hice público el papel de protección civil cuando había una fuga de gas muy cerca de la escuela primaria, también en El Calvario: la falta de voluntad o disposición con que llegó esta gente, repitiendo “no es lógico, no es lógico”.

Sabiendo que las bestias más bestias de Huichapan llaman “lógica” a su creencia de que los perros cambian de raza con la edad, opté por burlarme de su estupidez:

“Es que el gas no sabe nada de lógica”, le dije a la mujer que encabezaba la brigada negligente.

En su momento narré también (hasta con imágenes que después borré) cómo es que, a pesar de mi insistencia con reportes diarios y publicaciones en Facebook, tardaron una semana en recoger el cadáver de un gato que, al pie de la escuela primaria, para que los niños se acostumbraran, apestaba como la corrupción y la obscenidad del PRI cuando echa mano del presupuesto…

Años antes, hice público también cómo es que reporté a diario durante ¡¡¡tres semanas!!! el cadáver de un perro en la cuneta del camino a La Sabinita, hasta que “la autoridad” hizo algo por fin: abrir una corriente de agua, como riachuelo, para que esparciera la contaminación putrefacta por toda la zona, desperdiciando además el agua en cantidades industriales.

* * *

La gente de Huichapan es indolente, abúlica, pasiva y pusilánime.

Por eso en la más reciente temporada navideña padecimos una pestilencia como de podredumbre porcícola, mezclada con un tufo intenso a meados, en el Lienzo Charro.

Y por eso la plaga que infesta el palacio municipal vive de nuestros impuestos sin trabajar, haciendo todo cuanto se le antoja, incluyendo, por supuesto, no hacer nada.

* * *

¿Ustedes, cabroncit@s, qué opinan?

Constructor destructor

Y gentuza infrahumana en torno suyo

Junto a mi casa están construyendo otra casa y, de paso, destruyendo la mía. Tienen todo el invierno dando martillazos apoyados en mi casa, de modo que han roto, entre otras cosas, la pared y el techo del cuarto en donde duermo y hago casi todo. En la primavera del año pasado rompieron la barda de mi patio y el muro de mi escalera. Hoy llegaron a un punto crítico. Tomé fotos y video del momento en que meten algo entre ambos muros para martillar. Llegó el «responsable» de la obra y, aprovechando que yo me bañaba, le dijo al albañil que siguiera martillando apoyado en mi casa y nomás pusiera un plasticote negro para ocultar lo que hacen.

Exigí al albañil que dejaran de apoyarse en mi casa y negó que hicieran semejante cosa (momentos antes contestó con ruidos guajoloteros y mentadas de madre). Llamé al 911 para que viniera la policía municipal; no salí de inmediato por esperarla; pasaron 20 minutos de martillazos sin que viniera nadie y volví a llamar; dijeron que la calle no correspondía con el barrio (¡!); volví a darles la dirección y esperé otro rato, mientras las bestias seguían rompiendo mi casa; volví a llamar y me dijeron que, según la policía municipal, este asunto es de obras públicas y el constructor tiene permiso de construcción, entre muchas otras sandeces burocráticas. Obviamente no me llamaron para decir que la policía no vendría, ni pensaban llamar en ningún momento.

Llamé entonces a la policía del estado y, luego de tres largas discusiones, acordamos que vendría una «unidad» y que yo la esperaría en cierto lugar. La esperé media hora y no llegó. Regresé a mi casa y coincidí con la patrulla. Fuimos al lugar de la obra y ocurrió lo que narra el video.

Hay mucho más que informar al respecto y lo haré por partes, además de subir a YouTube un video editado con la mayoría de las evidencias que registré hoy.



El texto anterior fue publicado en Facebook para contextualizar el video y viceversa. Como no tengo tiempo para rehacer ese texto con lo principal que haya dejado en el tintero, lo agrego:

El nombre del “responsable” de la obra (construcción destructiva) es Alejandro Sánchez Villegas, según su propia voz. El día crítico, evadió todo cuanto le dije, como si estuviera drogado o le hablara el Espíritu Santo; nunca me miró a los ojos, siempre negó hacer lo que hacía y, si acaso dijo algo, lo dijo con la mayor debilidad posible. “Es que no vamos a llegar a nada”, por ejemplo.

En el video, tan consciente está de lo que hace, que esconde la cara y niega su nombre como un criminal cobarde.

Ese “responsable” lo es también de que hayan desaparecido las ardillas, los cacomixtles y las zarigüeyas o los tlacuaches, además de las ranitas y muchos otros animales que habitaban esta zona, ahora infestada con las obras y sobras que ha perpetrado el personaje y la empresa que lo contrata…

En la primavera del año pasado rompieron la barda de mi patio y el muro de mi escalera, entre otras cosas, además de salpicar cemento y cascajo como si fuera consigna. Limpié cinco veces y volvieron en invierno con sus martillazos y más ruido…

* * *

Enero 8 de 2020. Cuando llamé a la policía del estado, contestó primero una mujer y, al oír de qué se trataba, se soltó hablando como demente, diciendo que yo debía dirigirme a obras públicas del ayuntamiento para que me dijeran que había permiso de construcción. Intenté decirle que el constructor no tenía permiso de destruir mi casa, pero la mujer nunca dejó de hablar y, cuando grité lo que tenía que decirle y ella tenía la obligación de escuchar, colgó el teléfono.

* * *

El comportamiento y la disfunción endémica de la gentuza infrahumana en el número de “emergencias” es un episodio que merece tratamiento especial. En siete años que tengo llamando a ese número, jamás ha respondido alguien con neuronas vivas en el cerebro. Una vez respondió una mujer bostezando con ostentación (al cabo atienden emergencias). Y la policía municipal jamás ha movido un dedo, salvo acaso para excusar su inutilidad. En el texto que escribí al respecto como segunda parte falta decir que he leído incontables testimonios de pobladores de Huichapan sobre ausencia, tardanza, negligencia y omisión, entre otras cosas, por parte de la policía municipal. También he visto fotos de la policía municipal exhibiendo en plena vía pública sus habituales prácticas de huachicol o huachicoleo (todo Huichapan ha visto esas fotos).

Quienes responden en «emergencias» y la policía municipal de Huichapan coinciden, como si concertaran su incompetencia, su inutilidad parasitaria, el fracaso y la pérdida de tiempo siempre que uno recurre a ellos.

Hasta donde recuerdo, llamar a emergencias en la CDMX solía ser efectivo. Aquí lo normal es que, tratándose de “servidores públicos”, nadie nunca sirva para nada. Aquí el tercermundismo es de antología, una verdadera vergüenza…

* * *

En Facebook han salido algunos defensores del “responsable” o “encargado” que, para construir una casa, destruye otra (en este caso la mía), además del medio ambiente, y esos defensores se apellidan Trejo o Sánchez o Sánchez Trejo. Confirman la regla infalible de que la peor gente de Huichapan (la más deshonesta, ignorante y estúpida, inclusive cobarde y hasta demencial) es la que más habla de “respeto”, pero con una idea muy otra, pues llaman “respeto” a la cobardía, y exigen respeto cuando uno responde a sus faltas de respeto, y lo exigen con intentos de insultos y de amenazas (demasiado ridículo todo como para tomar algo en serio), incontables sandeces legaloides o seudolegales, y todas las faltas posibles de ortografía y de sintaxis, como si en vez de escribir, aporrearan el teclado, y en vez de pensar, cagaran… Todos son oligofrénicos y deshonestos: una cosa no termina en donde comienza la otra; la deshonestidad más bien se ampara en la oligofrenia. Si juntáramos las neuronas de todos esos seres no serían ni por asomo las de uno pensante, digamos capaz de escribir un párrafo o por lo menos una palabra coherente. Y finalmente, no le hacen ningún favor al que defienden, pues la calidad de los defensores delata la calidad del defendido.

* * *

Por lo pronto es todo, pero esta historia continuará.


Actualización: enero 10 a las 21:30

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