Después de mucho tiempo de reprimir la imperiosa necesidad de escribir, ella ha regresado como soldado que vuelve de la guerra, con heridas adornadas de duras y oscuras costras. Adentrándose al mundo de manera silente, como un espectro que intenta pasar desapercibido ante las miradas ajenas, intentando permanecer lejana a toda costa.
Quizás ya no con el mismo ímpetu de antes, pero sí con el mismo espíritu de lucha que la hacía vibrar antes de cada batalla. Fueron trece años de silencio fúnebre, que se acrecentó en los últimos dos años, hasta lograr su objetivo: “Volverse invisible ante todos”. Muchas veces se preguntó, si realmente alguien la recordaría, pués en sus años mozos, escribía con la sensibilidad y la dulzura de las cerezas que caen al agua cuando llueve de pronto. No obstante, tras su regreso entendió que sólo queda el sabor del café amargo, que se ha convertido en su sano vicio, para compensar esas noches disfrazadas de interminables insomnios, dedicados a la trivialialidad de sus pensamientos y de sus lecturas en solitario.
Se avecinan cambios en su vida y ella lo sabe, muchos necesarios para sanar, para crecer, para volver a creer, para asumir esa madurez biológica y emocional, que evitó todo éste tiempo, para no autosabotearse y justificar sus malas desiciones. Suele pasar muchas veces, que cuando se ama desde la empatía, desde ese dar todo a cambio de nada, se pierde hasta la esencia.
Exactamente esto, fue lo que un día a ella le ocurrió: cuando intentó armar a un hombre roto, herido de bala, que encontró accidentalmente, durante esos trece años de guerra fría. Él sobrevivió gracias a sus cuidados, a sus bondades, a su ternura. Pero a ella nunca le dijeron, que con el tiempo terminaría convirtiéndose, en su fuente vital de suministro. Cómo podría imaginar, que éste, una vez recuperado, se convertiría en un verdugo silente, que se alimentaría de su alegría, de su energía, de la vitalidad que siempre le acompañaba.
Ella sin darse cuenta, se convirtió en su pócima mágica, y él al notar que brillaba con su resplandor, no vaciló en inmiscuirse en su círculo de familiar, laboral y de amigos, con el propósito consciente de aislarla y minimizarla, invalidándola moral y socialmente.
Hoy ella escribe sin dedicatoria, con el único propósito de dejar asentado en la hoja en blanco, en lo que nunca más debe caer y que pronto se aproxima un nuevo amanecer lleno de oportunidades. A veces dejar ir es la mejor decisión.
Si alguna vez te la topas en el camino, mírala como una banal representación de resiliencia y no la juzgues.












