He decidido regalar mi libro para mis bienamados lectores. Si más de uno paladea estos serventesios como al buen vino, ya estaré contento. Toma estas delicadas flores y plántalas en tu jardín. En mi rosal ya no hay más que espinas, así que no me vendría mal una pequeña alegría. A continuación, la sinopsis publicada por la editorial Letrame:
La rosa inmarcesible de los sabios contiene auténticas perlas de sabiduría que lo destinan a convertirse en un libro de cabecera. Su lectura, en la que resuenan los poetas sufíes, los místicos de todas las épocas y los epigramas del Tao, da la sensación de saborear un vino delicioso o la de hallar un tesoro secreto.
A través de la alquimia del verso, Calixto Pletón nos propone entrar en contacto con nuestra dimensión superior, con aquella región del alma que se mantiene inmutable y serena ante los embates del mundo, a la que con gran belleza describe utilizando la antigua metáfora de los alquimistas: la de la rosa que no marchita.
En las reflexiones y en las máximas de este libro encontramos constantes referencias a la Filosofía Perenne, a ese saber ancestral de la humanidad, en donde uno tiene la sensación de estar frente a un conocimiento muy antiguo. Sin embargo, la obra también posee un espíritu fresco y renovador. Por sobre todo, el texto busca encender esa chispa eterna que existe en nuestro interior. No está escrito para que duerma en las academias, sino para que lo recite el hombre de la calle, en medio de sus penurias cotidianas, como si de oraciones mágicas se tratasen.
Definitivamente “El Juego de Abalorios” de Hermann Hesse es una novela bastante difícil de digerir. Ni siquiera podría decirse que es una “novela”. Me interpela constantemente. Llevo leyéndola ya dos años y aún no la he terminado. Hubo momentos deliciosos, eso sí. Una de las nociones que más me ha atrapado y que ha germinado en mí es lo de ser un “Magister Ludi” (Maestro del juego). Lo veo en mi interior como un símbolo, como un ideal.
Recordemos que Nietzsche decía (ya no recuerdo si en el Anticristo o en Crepúsculo de los Ídolos) que lo que caracterizaba a su época era la chapucería y el diletantismo. ¡Si eso era así en el siglo XIX! Ni hablemos del XXI. Y no estoy para diagnósticos sociales. Sí hemos de decir que la gran erudición y la vasta cultura se encuentran más escondidas que una perla en el océano. Hoy los eruditos se esconden (andan “emboscados”, diría el recientemente fallecido Antonio Escohotado) y los aforismos de sabiduría se guardan, no por un afán de secretismo, sino por temor a diluirse entre el vasto mar de la opinión y la propaganda. Ante el bullicio es mejor callar y buscar otros medios de llegar a los auténticos interesados en aprender.
Mientras la erudición desaparece como si fuera una lengua muerta, los Maestros ya parecen figuras de leyenda. Y quería aprovechar aquí para realizar unas pequeñas reflexiones sobre la idea del Maestro (del Juego). La maestría implica ser “bueno” en algo, y es el resultado de un largo camino. No estamos hablando aquí de una senda de rosales, sino de un sendero áspero, duro y pedregoso. Se llega a la meta con paciencia y dedicación, y en todo este proceso interviene una repetición constante y ardua. Tengamos presente una regla dorada, sumamente valiosa en nuestros días de confusión mental: “El que está en todo, no está en nada”. La maestría implica tomar una decisión y decir: “esto es lo mío, y todo lo demás no me interesa”. Por supuesto, sin un carácter monolítico y libre de toda gula intelectual y curiosidad perniciosa, esto se vuelve imposible.
Si dijimos que los Maestros parecen ya figuras de leyenda, lo mismo hemos de decir de los que están dispuestos a aprender. Y estamos hablando aquí del auténtico aprendizaje. “La escuela era de memoria y azote”, decía un poeta. Pocos están dispuestos a hacer lo que sea para aprender, ya que es más fácil es ser un devorador hambriento de contenidos de lo más variado. El que quiere aprender debe cultivar, bajo el principio de “festina lente”, la atención, la concentración, la repetición y la asimilación. A guisa de Jardinero, debe huir de toda ligereza y tomarse en serio las cosas sencillas; concentrarse en lo suyo y ser inmune al veneno de nuestro tiempo, la dispersión. Cuando su carácter adquiere “peso”, ya nada lo arrastra, ni depende de las gratificaciones externas y sabe bastante bien lo que vale. No necesita demostrar nada a sí mismo ni a los demás. Diríamos que el aspirante a Maestro llega a parecer bastante a un sabio jardinero, puesto que ama el cultivo lento y al juego por el juego mismo; No busca “ganar” si bien sus movimientos apuntan a la victoria. No es atolondrado. Su juego adquiere madurez. Y una vez que ha llegado a Maestro, el juego deviene en Arte.
Tigran Petrosian, Magister Ludi del Ajedrez
Veo al Magister Ludi como a esos eruditos o sabios de la antigüedad, viviendo una vida en calma y serenidad, con tranquilidad de espíritu y ánimo sosegado. Los veo detrás de sus escritorios rodeados de libros u observando pacientemente las flores y las mariposas del jardín. Dueño de su arte, el Magister Ludi es imperturbable, sus movimientos tienen armonía; Su juego no es precipitado sino sencillo, con una lógica simple y cargado de belleza.
Algunas personas aparecen en nuestras vidas, sin más, con sencillez, trayendo una bocanada de aire fresco. Son como flores preciosas, delicadas, y sería muy torpe de nuestra parte no apreciarlas adecuadamente. Debemos dejarlas ir, cuando el momento así lo requiere; Contemplarlas, sin arrancarlas de su tallo.
Estas flores preciosas dan fragancia a nuestra vida. Si bien su perfume es efímero – ¿Qué perfume no lo es? – basta para producir una ligera reacción química en el alma. No estoy hablando de esos grandes cambios (no creo en los grandes cambios) ni en esas tonterías como el amor a primera vista. Son apariciones, fugaces, alegres, que están allí para deleitarnos, y que debemos entenderlas en su justa dimensión.
Estas florecillas, tiernas y bellamente perfumadas que se nos cruzan por el camino, no tienen por qué tener un propósito. No están allí para nosotros. Simplemente – como decía Ángelus Silesius – florecen, sin tener un porqué. Abren sus pétalos, siguiendo una misteriosa orden proveniente de lo Alto, y el sabio peregrino, al mirarlas, sonríe al cielo y agradece ese pequeño gesto que le distrae de su sendero de polvo y piedras.
Cuando vamos a un museo, no anhelamos robarnos ese cuadro que nos despierta tanta admiración. Simplemente lo contemplamos con gracia, sabedores de nuestra condición de meros visitantes, sin esperar otra cosa que una conmoción estética del ánimo. Si tuviéramos esta actitud, veríamos tanto más tallos florecer libremente en nuestro derredor. Pero las más de las veces, cegados por impulsos destructivos y pasiones desgarradoras, no deseamos sino arrancarlas de raíz y poseerlas. Este sentido de la apropiación nos perturba y nos enloquece, y echa a perder el magnífico regalo que el Cielo prodiga a sus criaturas.
Algunas personas aparecen en nuestras vidas como flores preciosas. No seamos estúpidos, dejémoslas en su tallo.
Nunca el mundanal ruido ha sido tan seductor como lo es ahora. Por todos lados pululan putrescibles argumentos en pro de la modernidad y del progreso. La torre de babel se ha alzado de nuevo. No vivimos ya en tiempos del crepúsculo de los ídolos. Nuevos ídolos, más fuertes que nunca, han sido entronizados en sus nuevos templos.
La corriente es muy fuerte. Hay que estar muy bien enraizados para no sucumbir ante estos vendavales. El Cínico abandonó su cuenco y prefirió beber el agua con la mano. Dijo al destructor de pueblos: «¡Apártate de mí porque me tapas la luz del sol!» ¿Qué mayor demostración de entereza podría haber?
Las muchedumbres se dejan arrastrar. La multitud, ciega, loca y ebria de fanatismos, sigue los dictados de los poderosos de la tierra, y apedrea a los rebeldes, ¿Qué se puede hacer?
Mantener distancia (no me refiero al estúpido «distanciamiento social» que se escucha en los altavoces)
Lejos. Bien lejos. En el alma.
Signo de sapiencia es, en todos los tiempos, no sentir fascinación por lo cercano, por los patéticos problemas del presente que creemos tan insuperables. Los sabios ven el hilo oculto de la vida y el sentido profundo de los acontecimientos, con influjo celeste, por supuesto.
Hay que alzar los ojos, y dejar de ser tan pusilánimes. No estamos solos en esta gran aventura del Fundamento.
El hombre de hoy se enorgullece de sus profesiones, y desprecia al labrador que trabaja con sus manos; Se siente superior al artesano y al jardinero mientras flota en su nube de estulticia y pedantería. Se cree muy útil e importante para la sociedad, pero ¿Qué haría este hombre en situaciones reales si explotara su burbuja de abstracciones? Su trabajo, muchas veces absurdo o moldeado más por el capricho social que por la auténtica necesidad, no lo ata a la Tierra y lo mantiene en un estado de ligereza espiritual que podríamos calificarlo, con Kundera, de “insoportable levedad del ser”.
Tres textos pongo a continuación. Para algunos, será motivo de reflexiones interesantes. Para otros, quizás, sería como reventarles la piñata.
… una prisa indecente, como si algo fuera a perderse si el joven no ha “terminado” con veintitrés años, si no sabe la respuesta a la “pregunta fundamental” ¿Qué profesión? Una especie superior de hombre – Si se me permite – no gusta de las profesiones, precisamente porque siente su vocación… tiene tiempo, se toma su tiempo, no piensa en absoluto en “terminar”; En el sentido de una cultura superior, se es a los treinta años un principiante, un niño.
Friedrich Nietzsche – Crepúsculo de los ídolos
Después del discurso del rector, mientras se dirigían al comedor engalanado, Knecht se acercó al gran Maestro con una pregunta:
–El rector –dijo– nos ha hablado de lo que sucede fuera de Castalia, en las escuelas comunes y en las universidades. Explicó que los alumnos de ellas en sus universidades se dedican a prepararse para las “profesiones libres”. Si he comprendido bien, se trata en gran parte de profesiones que no conocemos aquí en Castalia. ¿Cómo debo entender eso? ¿Por qué se les llama “profesiones libres”? Y ¿Por qué estamos excluidos de ella justamente los castalios?
El Magister Musicae llevó al niño aparte y se detuvo debajo de uno de los gigantescos pinos de la plaza. Una sonrisa casi astuta arrugó la piel alrededor de sus ojos finos en plieguecitos, cuando le contestó:
– Te llamas Knecht (Knecht en alemán significa “siervo”)mi querido; Tal vez por esta razón tiene para ti tanto embeleso la palabra “libre”. ¡Pero no lo tomes demasiado en serio en este caso! Cuando los no castalios hablan de profesiones libres, el termino es tomado quizá demasiado en serio y suena con cierto patetismo. Nosotros, en cambio, lo empleamos con intención irónica. Existe ciertamente una libertad en aquellas profesiones, por cuanto el estudiante elige por sí mismo la profesión. Esto brinda una apariencia de libertad, aunque en la mayoría de los casos la elección corresponde más a la familia que al muchacho y más de un padre se dejaría arrancar la lengua antes de dejar realmente al hijo una libre elección. Pero esto podría ser tal vez una calumnia; ¡Eliminemos este pretexto! La libertad existe, pues, mas ella se limita al único acto de la elección de una carrera. Después, la libertad ha terminado. Ya durante los estudios en la universidad, el médico, el jurisperito, el técnico, son constreñidos dentro de un curso cultural rígido, muy rígido, que concluye con una serie de exámenes. Si los superan, reciben un diploma o patente y pueden entonces practicar su profesión en una libertad de ejercicio también aparente. Pero con ello se convierten en esclavos de poderes inferiores, se someten a la dependencia del éxito, del dinero, de su ambición, de su afán de renombre, del agrado que los hombres sientan o no sientan por ellos. Deben someterse a concursos sin consideraciones de casta, familia, partido, ni diarios. Tienen la libertad de convertirse en triunfadores y en hombres ricos, y de ser odiados por los que fracasan, y viceversa. Con los alumnos de selección y futuros miembros de la Orden ocurre todo lo contrario. No “eligen” ninguna profesión. No creen poder juzgar sus talentos mejor que los maestros. Se dejan colocar dentro de la jerarquía del sistema en el lugar y en la función que eligen para ellos los superiores; a veces las cosas ocurren en forma opuesta, y las cualidades, las dotes o los defectos del alumno obligan al maestro a insertarlo aquí o allá. Pero en esta aparente falta de libertad, todo electus goza, después de su primer ciclo, de la libertad más amplia que pueda imaginarse. Mientras que el hombre de las profesiones “libres” debe someterse en la formación de su rama a un estudio limitado y estricto con exámenes también estrictos, el electus, en cambio, apenas comienza a estudiar independientemente, goza de una libertad tan grande que muchos realizan durante toda su vida, por propia elección, los estudios más dispares y a menudo casi extravagantes, y nadie los molesta, si sus costumbres no degeneran. Aquel que tiene aptitudes para maestro es empleado como maestro, el apto para educador será educador, el adecuado para traductor no será otra cosa; cada uno encuentra por sí mismo el lugar en que podrá servir y ser libre sirviendo. Además queda así sustraído durante toda su vida a esa “libertad” de la profesión que significa tan tremenda esclavitud. No conoce el anhelo de dinero, de gloria, de rango, no conoce partidos ni contradicciones entre persona y cargo. Ya ves, hijo mío, que cuando se habla de profesiones “libres”, el término “libre” se usa en son de broma.
Hermann Hesse – El Juego de Abalorios
Si pasamos del exoterismo al esoterismo, constatamos, muy generalmente, la existencia de una iniciación ligada a los oficios y que toma a éstos como base o “soporte”; es menester pues que estos oficios sean susceptibles también de una significación superior y más profunda, para poder proporcionar efectivamente una vía de acceso al dominio iniciático, y, evidentemente, es también en razón de su carácter esencialmente cualitativo como ello es posible.
Lo que permite comprenderlo mejor, es la noción de lo que la doctrina hindú llama svadharma, noción que es ella misma completamente cualitativa, puesto que es la del cumplimiento por cada ser de una actividad conforme a su esencia o a su naturaleza propia, y por eso mismo eminentemente conforme al “orden” (rita) en el sentido que ya hemos explicado; y es también por esta misma noción, o más bien por su ausencia, como se marca claramente el defecto de la concepción profana y moderna. En ésta, en efecto, un hombre puede adoptar una profesión cualquiera, y puede incluso cambiarla a su gusto, como si esta profesión fuera algo puramente exterior a él, sin ningún lazo real con lo que él es verdaderamente, con lo que hace que él sea el mismo y no otro. En la concepción tradicional, al contrario, cada uno debe desempeñar normalmente la función a la que está destinado por su naturaleza misma, con las aptitudes determinadas que ella implica esencialmente; y no puede desempeñar otra sin que haya en ello un grave desorden, que tendrá su repercusión sobre toda la organización social de la que forma parte; es más, si semejante desorden llega a generalizarse, ocurrirá que tendrá efectos sobre el medio cósmico mismo, puesto que todas las cosas están ligadas entre sí por rigurosas correspondencias. Sin insistir más por el momento sobre este último punto, que podría encontrar también su aplicación a las condiciones de la época actual, resumiremos así lo que acaba de ser dicho: en la concepción tradicional, son las cualidades esenciales de los seres las que determinan su actividad; en la concepción profana, al contrario, ya no se tienen en cuenta estas cualidades, puesto que los individuos ya no se consideran más que como “unidades” intercambiables y puramente numéricas. Esta última concepción no puede desembocar lógicamente más que en el ejercicio de una actividad únicamente “mecánica” en la que ya no subsiste nada verdaderamente humano, y eso es, en efecto, lo que podemos constatar en nuestros días; no hay que decir que estos oficios “mecánicos” de los modernos, que constituyen toda la industria propiamente dicha, y que no son más que un producto de la desviación profana, no podrían ofrecer ninguna posibilidad de orden iniciático, y que no pueden ser incluso más que impedimentos al desarrollo de toda espiritualidad; a decir verdad, ni siquiera pueden ser considerados como auténticos oficios, si se quiere guardar a esta palabra el valor que le da su sentido tradicional.
Si el oficio es algo del hombre mismo, y como una manifestación o una expansión de su propia naturaleza, es fácil comprender que pueda servir de base a una iniciación, e incluso que sea, en la generalidad de los casos, lo que hay de mejor adaptado a este fin. En efecto, si la iniciación tiene esencialmente por meta rebasar las posibilidades del individuo humano, por eso no es menos verdad que no puede tomar como punto de partida más que a este individuo tal cual es, pero, bien entendido, tomándole en cierto modo por su lado superior, es decir, apoyándose sobre lo que hay en él de más propiamente cualitativo; de ahí la diversidad de las vías iniciáticas, es decir, en suma, de los medios puestos en obra a título de “soportes” en conformidad con la diferencia de las naturalezas individuales; y esta diferencia interviene tanto menos después, cuanto más avance el ser en su vía y cuanto más se aproxime así a la meta que es la misma para todos. Los medios así empleados no pueden tener eficacia más que si corresponden realmente a la naturaleza misma de los seres a los que se aplican; y, como es menester necesariamente proceder desde lo más accesible a lo menos accesible, desde lo exterior a lo interior, es normal tomarlos en la actividad por la que esta naturaleza se manifiesta al exterior. Pero no hay que decir que esta actividad no puede desempeñar semejante papel más que en tanto que traduce efectivamente la naturaleza interior; así pues, en eso hay una verdadera cuestión de «cualificación”, en el sentido iniciático de este término; y, en condiciones normales, esta “cualificación” debería ser requerida para el ejercicio mismo del oficio. Esto toca al mismo tiempo a la diferencia fundamental que separa la enseñanza iniciática, e incluso más generalmente toda enseñanza tradicional, de la enseñanza profana: lo que es simplemente “aprendido” desde el exterior aquí no tiene ningún valor, cualquiera que sea por lo demás la cantidad de nociones acumuladas (ya que, en eso también, el carácter cuantitativo aparece también en el “saber” profano); de lo que se trata, es de “despertar” las posibilidades latentes que el ser lleva en sí mismo (y eso es, en el fondo, la verdadera significación de la “reminiscencia” platónica).
René Guénon – El reino de la cantidad y los signos de los tiempos
Este es el momento perfecto para hacernos la pregunta más importante de todas: ¿Quiénes somos?
Hoy la naturaleza nos dice que somos frágiles, que el hombre, a pesar de lo que cree, no tiene poder sobre la vida, ¿para qué? Nosotros mismos somos ese poder de la vida manifestándose y desplegándose.
¿Qué importan, cielo puro, las tristezas de todo el día, los trabajos ácidos? Con sólo alzar los ojos, el corazón se encuentra en su palacio; Con sólo alzar los ojos —¡tan fácil, sólo alzarlos, y me quejo!— Con sólo alzar los ojos, cuanto el hombre desea y tiene Dios, está en mi mano.
Juan Ramón Jiménez
Es hora de volver a casa, a nuestra morada. El devenir seguirá fluyendo como un gran río. Es el río del tiempo. Nosotros allí flotamos como medusas multicolores. Las flores se marchitarán, pero otras nuevas flores nacerán.
Todo es reposo, y soledad, y sueño.
Rosalía de Castro
Primavera – Delacroix
Siento que me iré con la última mota de polvo de este universo. Dicen los sabios que la muerte es lo contrario del nacimiento, mas no lo contrario de la vida, ¿Y qué es entonces esta súbita aparición que llamamos conciencia? Eso lo dejo para ti, caminante y temponauta.
Un oro puro nos pasa, nos inunda, nos enciende, nos eterniza
Juan Ramón Jiménez
Pastor soy de estrellas, como si tuviera a mi cargo apacentar todos los astros fijos y planetas. Las estrellas en la noche son el símbolo de los fuegos de amor encendidos en la tiniebla de mi mente. Parece que soy el guarda de este jardín verde oscuro del firmamento.
Ibn Hazm
Frágil vaso es nuestro cuerpo, pero hay una chispa de eternidad dentro de nosotros. Todo está empapado con el perfume divino, hierbas y cielos por igual.
La causa verdadera, es la sospecha general y borrosa del enigma del Tiempo; Es el asombro ante el milagro de que a despecho de infinitos azares, de que a despecho de que somos las gotas del río de Heráclito, perdure algo en nosotros: inmóvil, algo que no encontró lo que buscaba.
Jorge Luis Borges
¿Al nacer llamas fortuna? ¡Ah! La cuna sólo es un ataúd al revés y el féretro es una cuna Amado Nervo
Esta bitácora está de duelo. Ha partido una persona que es cara para el alma de este servidor. Pero a nadie conocí que necesitara tanto el descanso eterno. Y ahora descansa en paz.
Ya no hace falta que sigas escudriñando los secretos del cosmos, ya estás ahí.
Nunca conocí a una persona tan libre, que volase tan por encima de las convenciones sociales. Un rebelde. Un auténtico. Un Maestro del Anarquismo. Me hablabas con tanto placer y facilidad de la Suma Teológica, la física nuclear y la geopolítica mundial. Pero no, no eras un erudito que se guardaba para sí el conocimiento, ya que lo tuyo era ser más como Sócrates. La gente que te conoció de verdad te amó porque no había en tu ser una pizca de fingimiento. Bajo esa capa exterior, había un gran corazón que amaba al prójimo.
En ajedrez siempre me ganabas con tu caótica apertura polaca. Quedaron proyectos truncados. Te iba a regalar «Bestias, Hombres, Dioses» de Ossendowski esta misma semana pero te fuiste antes de tiempo. Eras mi único compañero de búsqueda del Lapis Philosophorum… ¡Bah! ¿Para qué seguir buscando? Ya estás en las aguas de Dios.
Decía un filósofo que las burbujas de mar no son más que mar. Y nosotros, en tanto que burbujas aparentemente individuales, somos todos ese inmenso océano.
Aunque muy tierra adentro nos hallemos, nuestras almas perciben aquel mar inmortal que aquí nos trajo un día, y en un instante hasta allí pueden trasladarse… Y escuchar las olas potentes meciéndose sin fin William Wordsworth
Pero aquí seguiremos, bregando por el pan nuestro de cada día. Viviendo esta vida que parece un gran sueño.
Vos ya estás allá, amigo, reposando en la Rosa Inmarcesible.
Del mundo en el desierto,
He cruzado, Señor, yermas llanuras;
Y con el labio blando seco, el paso incierto,
Y el polvo cubierto,
Por lecho sólo hallé las piedras duras
En mi viaje cansado
No besaron mi frente frescas brisas; Soles abrasadores la han tostado;
Y en el suelo de cenizas Mis huellas estampadas he dejado.
Estanislao del Campo
Puente sobre un foso – Rusiñol
Reflexionaba la otra vez sobre los aconteceres de mi vida. Una actitud pusilánime me embargaba. Me consideraba poco afortunado. Pero, ¿En realidad es dura mi vida? Esa pregunta me la hice luego de leer estos versos.
No Señor, mi vida no es dura ni poco afortunada. Jamás ha sido árida la tierra donde he puesto un pie. He transitado sendas de rosales. Mis labios, a veces, no están secos sino rebosantes de vino. Las piedras duras aún no han sido mi lecho. Mi viaje recién comienza. Brisas y perfumes ya han besado mi frente y El Sol acarició mi faz (Nervo)
Esta vida es un gran regalo. Somos carne y aliento. No somos una sustancia mental aprisionada en un cuerpo, una cosa abstracta desconectada de la tierra. Todas las doctrinas espirituales desencarnadas son un puro engaño.
¿Quién quiere ser una bola de luz flotante, un fantasma perfecto insufrible? La respira la piedra, centelleante y en eterno reposo; La respira la planta, meditativa y sorbiendo la vida de la tierra, y el ardiente y salvaje animal multiforme (Novalis)
Pero no. Tenemos cuerpo. Tenemos forma. El paisaje sigue siendo verde oro. El arroyo sigue murmurando. Siempre habrá una muchacha de mejillas sonrosadas. Siempre habrá vinos y perfumes. Como decía un poeta, siempre habrá poesía.
A menudo oímos decir acerca de una persona intratable que «tiene carácter». El carácter no tiene porqué ser una cosa fea, ¿Porqué estamos manchando esta bella palabra? voy a escribirte aquí lo que pienso sobre este tema.
El carácter es el resultado de un proceso de maduración, donde se han quemado adecuadamente las etapas. ¿Te gusta, acaso, comer un mango verde? ¡No! resulta asqueroso. La fruta que cae inmadura es una desgracia.
Un niño que se ha vuelto un adolescente antes de tiempo, o un adulto de treinta y seis años que se comporta como uno de diecinueve, son uno de tantos ejemplos de inmadurez.
Tener carácter no es ser duro. Muy al contrario. A menudo queremos ser duros, abrazando posturas rígidas. El hombre no es una roca. Esas posturas te enceguecen y conducen al fanatismo. Te hacen perder algo muy valioso: Tu espontaneidad. Recorriendo el camino de otros nunca hallarás el tuyo. No te falta cerebro, así que puedes pensar por ti mismo.
Toro Sentado
La vida te dará oportunidades para que dejes en ella tu impronta. Si renuncias a los artificios, se podrá desenvolver libremente tu personalidad. No te estoy hablando de posibilidades mágicas.
La persona de carácter «sabe lo que quiere». Este saber lo que uno quiere no es sencillo alcanzarlo. Vendrán primero adversidades e ilusiones. Las extravagancias te alejan de tu camino. Una extravagancia puede ser alguna idea exótica, algún hábito nuevo, algo que te aleja de ti y de los tuyos. Es como una droga que genera adicción. Te hace viajar y te aleja de la tierra. La tierra es lo que forma tu carácter y lo nutre. Asentando bien tus pies sobre la tierra, las inquietudes van perdiendo su fuerza. Ya no tienes esa curiosidad tonta que extravía tu mente. El hombre sin carácter es volátil. Cualquier extravagancia nueva lo arrastra. Está a merced de las sirenas de palabras melosas.
El hombre de carácter parece duro porque ninguna estupidez le hace cosquillas. Nada le seduce con promesas falsas. No comete adulterio, y por sobre todas las cosas, vive «en su esfera».
¿Qué quiere decir esto de vivir en tu esfera? Quiere decir no mirar lejos, no desear nada fuera de tu alcance; Renunciar a la cobardía de huir, de vivir huyendo, y rechazar esas drogas peligrosas que infectan a la mente. Reconociendo tus limitaciones, el gusano de la extravagancia no prosperará en tus tierras.
No. No van de la mano. Digan lo que digan los amantes del chamullo. Puede que esto suene duro, que suene tajante, pero basta con reflexionar un poco. Quizás venga bien un pequeño cuento:
La señora M era una humilde limpiadora que trabajaba en un lujoso laboratorio donde se hacían estudios médicos muy complejos. Ella siempre estaba muy concentrada en su trabajo y hacía oídos sordos a todo tipo de chismes. Trapeaba pisos casi todos los días para mantener a sus pequeños hijos. Pero algo más caracterizaba a la señora M: Era muy devota. En el poco tiempo libre que tenía leía la biblia y solía ir a misa los domingos.
Llamó la atención de la señora M un cliente de unos cincuenta años que se fue unas cuantas veces al laboratorio. Este señor, ciertamente, cada vez que se iba a hacerse sus estudios lo hacía con una camioneta diferente, siendo todas éstas muy lujosas.
Demás está decir que la Señora M era prácticamente invisible a los ojos de este señor. ¿Quiénes, de esos que andan en asuntos demasiado importantes, mirarían siquiera a una empleada, mucho menos saludarla? Pero la Señora M estaba acostumbrada a ello. Se podría decir que ella se mantenía indiferente. Pero en este caso algo le picó la curiosidad. Ella se consideraba muy sacrificada. Vivía con el consuelo de que el Reino de los Cielos pertenece a los pobres y humildes. Pero a veces, a veces, se quejaba de su situación. Pero este quejido era algo interno, muy profundo. Una sensación de ¿Por qué yo no y ellos sí? Podrán decir algunos que esto se trata del muy antiguo gusano de la envidia. Pero eso no importa.
¿Esta gente, verdaderamente trabaja muy duro? – Se preguntaba con ingenuidad la Señora M.
La curiosidad le picaba muy fuerte. Un día, mientras limpiaba la oficina donde estaban los ficheros, decidió ir a revisar la ficha del cliente de las camionetas lujosas – Algo que ella nunca había hecho antes – y buscó en la parte donde decía “profesión”. Inmediatamente le llamó la atención: “pastor”.
No pudo evitar la señora M sentir un gran torrente de indignación al enterarse de dónde provenía la fortuna de ese señor.
– Yo pensé que era algún político, empresario, ganadero o estanciero – se decía enfadada – O sea, por supuestamente predicar la Palabra de Dios gana todo ese dinero… ¡Qué sinvergüenza! – prosiguió.
Y acá se acaba el relato. Parece todo tan sencillo, tan simple, pero no lo es. Alguien que no vive una realidad similar a esta señora del cuento difícilmente podría comprenderla.
¿Cuál es la diferencia entre esta señora y el pastor millonario? Los dos leen la biblia. Los dos se consideran cristianos. Pero para ella la creencia es algo íntimo, personal, mientras que para el pastor es un negocio que le permite no solamente vivir, sino nadar en el lujo. Para él, no es algo personal, sino algo a lo que se dedica de lleno. Él cree estar haciendo el bien convirtiendo la Palabra de Dios es un emporio, generando una inmensa fortuna.
Pero esto no solamente se da en el ámbito particular del cristianismo, sino en toda esta cháchara de pseudo espiritualidad moderna. Hoy en día proliferan todo tipo de “ofertas” de tinte espiritual a cambio de dinero. Ha surgido toda una nueva cohorte de mercachifles que se aprovechan de los incautos “buscadores”. Y ante tanta confusión, es preciso separar la paja del trigo, es decir, discernir entre lo que es la falsa espiritualidad de la verdadera – aunque el término “espiritualidad” lo uso con pinzas últimamente por culpa de tanto abuso.
Yo tengo mi propio criterio en esta cuestión – podrás no estar de acuerdo o agregarle más detalles – y te expondré, en primer lugar, lo que considero como verdadero, y lo falso ya se sabrá por inferencia:
El que posee el Oro no intenta gritarlo a los cuatro vientos, con un megáfono, a los demás, diciendo que lo posee – podrían robarlo, quien sabe – Por ende, lo mantiene medio oculto, y lo muestra sólo a sus seres queridos de mayor confianza, a personas que sabe que no lo traicionarían.
Buda no daba cursos de mindfullnes; Nisargadatta se dedicaba a vender cigarrillos en su tienda y no a dar talleres de meditación; Su maestro, Siddarameshwar, un ser que irradiaba iluminación por medio de la palabra, trabajaba de contador, ¡Contador! Kabir se dedicaba a teñir telas… y los ejemplos podrían ser más abundantes – ¡Cómo olvidar lo de Jesús, que era carpintero y no sanador holístico! –
kabir y un discípulo
Todos ellos no necesitaban de gigantescos templos de mármoles relucientes con una acústica increíble. Les bastaba con un árbol, una plaza, un mísero lugar donde reunirse. Sócrates no necesitaba de un cargo de docente para enseñar filosofía. Todo esto es así porque lo verdadero no necesita artificios, ya que es sencillo, simple y natural.
Lo verdadero se manifiesta en ese núcleo íntimo e intransferible que todos tenemos. Ese núcleo íntimo no se mercadea, no se adquiere en las ferias. La espiritualidad es incompatible con el lucro. Tu actividad comercial es una cosa, y tu núcleo íntimo es otra. Lo que haces para vivir no importa.
Si quieres dedicarte a las flores de Bach, a ser terapeuta holístico, a escribir best sellers de autoayuda, o vivir dando cursos de meditación o consejos “espirituales” o predicando la Biblia, entonces es momento de cuestionarte: ¿Odias tu trabajo actual? ¿Lo que quieres es dinero? Si las respuestas son afirmativas, entonces, embárcate en la búsqueda del dinero, y deja en paz la espiritualidad. Intenta ser empresario, político, banquero, inversionista, eso es lo tuyo. No mientas a otros. No te aproveches de las carencias emocionales de los demás con el fin de llenar tus bolsillos.
Soportar las cargas con paciencia, eso es lo que necesitamos. Hacer lo nuestro, sin molestar a nadie. Tú puedes ser un mago, pero trabajar de carnicero, ¿Qué problema hay? Puedes ser un alquimista y trabajar de vendedor de electrodomésticos, ¿Qué problema hay? Puedes ser un misterioso chamán conocedor de los secretos de la ayahuasca, y al mismo tiempo tener un quiosco donde se vende coca cola y revistas de moda, ¿Qué problema hay? Hasta puedes ser un viajero en el tiempo que conoce los más extraordinarios secretos del Cosmos, pero te dedicas a manejar un taxi, ¿Qué problema hay? Nada. Y es que en eso hay belleza, no en esos oropeles que brillan demasiado, sino en los tesoros ocultos.