Acerca de Faster, por Silvia Renée Arias
Conocí a Eduardo Berti hace muchos años, a inicios de los ’90. Seguro que
él no se acuerda. Yo había escrito una biografía sobre Luca Prodan animada por
el libro Luca, de Polimeni, y alguien
me aconsejó que lo contactara. Lo hice, no sé cómo. Recuerdo un encuentro en
una cafetería de la avenida Santa Fe, y otro en un estudio de televisión. Creo
que Eduardo participaba en un programa sobre rock. No sé si le di el texto o
qué pasó. Lo cierto es que la novela sigue (gracias a Dios) inédita.
Pero a ese libro, que se llamaba “Un tren a El Palomar”, y que casi escribí
a dos manos con el querido Jorge Crespo, por entonces manager de Las Pelotas, le
debo el hecho de haber conocido a Andrea Prodan. Una mañana en las escalinatas
del Colón. Voy a llevar un sombrero rojo
con una pluma, me dijo. Y por haber agregado la pluma, supe que estaría
frente a un artista. Y sí. Ahí estaba. Con sombrero y pluma. No pudimos empezar
mejor: riendo. Fuimos a almorzar a una parrilla turística de la avenida
Córdoba. No paró de hablar de su vida, de su hermano Luca, de teatro, de cine.
Yo, de emocionarme. Me dijo que me encontraba muy parecida a Assumpta Serna. Yo
no sabía quién era. Pretendí que sí. Le di el manuscrito de mi novela un
momento antes de que nos echaran. Eran casi las cuatro y media de la tarde. Nos
habíamos quedado solos, arrinconados y felices de recuerdos, con los mozos
murmurando su impaciencia en la penumbra. Pedimos disculpas. Nos despedimos en
la vereda, al lado de la vaca.
Andrea me llamó un tiempo después. Vosss
lo conociste, me dijo. Aseguró. Volví a decirle, como en el restaurante,
que lo sentía mucho, no sabía cuánto, pero que no. Entonces dijo que no
entendía que no lo hubiese conocido personalmente a Luca, porque tras haber
leído el libro, sentía que nadie lo había comprendido mejor.
A Eduardo no volví a verlo. Pero sabía de sus libros, por supuesto, y
siempre me alegraba la aparición de una nueva novela suya. La primera, Los pájaros, se me mezcla con otra, la
de mi ex vecino de redacción Pablo de Santis (él y el querido y recordado Polo,
Fabián Polosecki, soñaban por entonces con dejar ese trabajo horrible en una
revista en la cual se la pasaban inventando historias), que también se llamaba Los pájaros, y que me regaló con una preciosa
dedicatoria.
Y así, de pronto, Eduardo Berti vuelve a mi campo de visión. Hace unos
meses me comunicaron que habrá un homenaje a Adolfo Bioy Casares en Bordeaux,
Francia, y que Berti –que vive en esa ciudad- es uno de los escritores
invitados. Qué maravilla, pienso, que Berti quiera hablar sobre Bioy, sobre
quien he escrito tres libros.
Y ahora, justo ahora que en una revista se está publicando, cada mes, un
capítulo de una novela inédita (otra) que escribí hace muchos años y que trata
sobre la Fórmula 1 de los años 1979-1983, Berti publica “Faster”. Donde habla,
entre muchas otras cosas, de Juan Manuel Fangio, a quien tuve el gusto de
frecuentar. Recuerdo que en una de las cenas que me tocaba organizar para Corsa
allá a comienzos de los 80 una vez por mes en una parrilla muy conocida,
también de la avenida Córdoba y cuyo nombre se me escapa, se apareció con Cacho
(todos sabíamos que era su hijo, pero él decía que era un amigo y respetábamos
esa farsa siguiéndole el juego), y me dijo, con su singular simpatía, cuando me
llamaron para anunciarme su presencia: “Vi luz y subí”. Todas las mesas estaban
ocupadas. No sé cómo hicimos, pero después del demoledor “¿Vos los invitaste?”
que me lanzó uno de los responsables de la revista, nos las ingeniamos para que
se quedaran.
Y otra vez logramos para la revista, gracias al inefable Juano Fernández,
realizar lo que todos deseaban: franquear los secretos y tomar la foto de dos
grandes juntos durante una cena en un hotel de la zona de Retiro: Juan M.
Fangio y Ayrton Senna.
Y ahora, tantos años después, el quíntuple reaparece en mi vida bajo la
forma de este libro de Berti. Me cuesta creer que en la adolescencia le gustara
tanto la F.1. Lo leo, conmovida, y se acrecienta mi admiración por él.
“Nunca fui un corredor espectacular. Si había algún loco cerca de mí, lo
dejaba pasar y luego lo seguía, nunca dejándolo que me perdiera de vista.
Muchos pilotos me habrían ganado si me hubieran seguido. Perdieron porque me
pasaron.” Otra lección del Maestro, o la misma.
Tengo para mí, entre otras cosas, que a Eduardo Berti le molestaría que le
preguntaran si es un periodista que escribe o un escritor que comenzó haciendo
periodismo.
Y los Beatles,
claro.
Para Berti fue
George. Para mí fue John.
Un día de
diciembre de 1980, cuando vuelvo a casa mi madre me dice que han matado a un
Beatle.
Dios me
perdone, pero le pregunto si se trata de Paul McCartney.
—No.
—Ringo Starr —digo.
—Tampoco.
—Ay… ¿George
Harrison?
—No.
—¿Estás
segura?
—Sí. El otro.
—¿Cómo “el
otro”? Paul McCartney, te dije.
—No, te dije
que no, ese tampoco…
—¡No, no, no!
No me digas que es John Lennon…
—¡Sí!—dijo mi
madre—. Ese, Lennon.
Igual que la madre de Fito Páez, la mía nunca escuchó a los Beatles.
Escribí sobre John Lennon en mi diario íntimo. Llorando, mientras ponía y
volvía a poner, en el grabador, una y mil veces, las canciones de los Beatles.
Mientras hacía como que estudiaba Geografía, que me había llevado a diciembre, con
los nombres de las capitales y las montañas y los fiordos desdibujados por mis
lágrimas en las páginas tristes de los libros de estudio.
Y escribí un artículo que se llamó “Por siempre, John”. Se lo mostré a una
amiga de mi madre. Ella, sin saberlo yo, se lo dio al director del diario de
Tres Arroyos. Una semana más tarde, Hugo Pérez (de él se trataba) me llamó por
teléfono para decirme que iban a publicarlo en la edición del domingo
siguiente. En La Voz del Pueblo. Y volví a llorar, sin poder perdonarme la
felicidad que eso me provocaba.
Fue la primera nota mía que apareció en un medio gráfico. Siempre que
recuerdo este comienzo y pienso en que desde entonces no he dejado de publicar,
me siento agradecida a John por haberme inspirado, y, a la vez, me acomete una
pena “tan grande que casi ni se me revela”, como decía el mismo Lennon, por
haberse tratado de su propia muerte.
Esta anécdota podría estar en Faster.
Pero me la contó mi esposo, ex piloto de F.1. Sucedió en Australia en el 2000,
poco después del atentado que George Harrison y su esposa Olivia Arias sufrieran
en su mansión, ubicada a 40 km al oeste de Londres, a fines de 1999. Marc
conocía a George de sus años compitiendo en el equipo Brabham, puesto que el
músico era un asiduo invitado del dueño de la escudería, Bernie Ecclestone. En
Australia, pues, Marc (comentarista experto de la televisión alemana) le pidió
que se acercara a la cabina de transmisión. “Claro, con mucho gusto”, aceptó
George; “y de paso, Olivia se queda tranquila viendo que estoy bien”. Es que en
su mansión miraban las carreras a través de ese canal de cable.
La velocidad del tiempo. Todo regresa: el café aquel, el libro frustrado
sobre Luca, los pasillos de un estudio de televisión, las ganas de escribir, el
entusiasmo de aquellos años en los que todo estaba por hacerse, los pájaros y
El Palomar. Los cuatro ya queríamos volar. Vuelven Bioy Casares y Fangio (sin
contar con Los Beatles, claro). Eduardo tiene casi mi misma edad. Y los dos,
casi al mismo tiempo, nos vimos acuciados por la necesidad de escribir sobre
aquellos años.
Siempre lo sentí mi amigo. Aunque hace unos treinta años que no lo veo. Acaso
por eso mismo.
“Admiro a las tortugas porque nunca se atropellan, siempre llegan y tienen
la buena costumbre de vivir mucho tiempo”. Lo podría haber escrito Berti. Lo dijo
Fangio.
Silvia Renée Arias.