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EL ÁTOMO AL SERVICIO DE LOS BRUJOS (III)
Descatalogadisima y casi inencontrable, Prosa Inmortal fue una revista literaria editada por John Tones y Francisco Serrano que entre 2013 y 2016 produjo cinco numeros. El primero de ellos, titulado «Los horrores de la ciencia», incluia mi primer relato de ficcion publicado, «El atomo al servicio de los brujos», que se serializara aqui en sus ocho partes.
III.
Residencia de los Curie, París, 1903.
Vayamos fuera si tienen la bondad, quisiera mostrarles algo, dijo Pierre Curie al levantarse.
Los invitados dejaron sus servilletas sobre la mesa y se pusieron en pie. Paul Langevin seguido de Ernest Rutherford y su esposa Mary salieron del comedor. Siguiendo las indicaciones del servicio franquearon la puerta que llevaba al jardín. Se apoyaron aliviados sobre la blanca baranda. La tibia noche de Junio había aligerado la carga impuesta por la etiqueta de los corsés y los cuellos almidonados. Un ligero olor a humedal llegaba desde el cercano Parque Montsouris. Los campesinos anticipaban un estío caluroso, muy distinto al de aquel año sin verano de 1816 en el que un puñado de bohemios encabezados por Lord Byron y atrapados por la lluvia torrencial en una villa suiza se divirtió inventándose historias sobre seres de ultratumba que bebían la sangre de los vivos y criaturas resucitadas mediante la electricidad.
La cena que los Curie habían organizado aquella noche representaba una doble celebración. La de la visita a Francia del eminente Ernest Rutherford y de la exitosa defensa de tesis de Marie aquella misma mañana en La Sorbona.
Qué nos tiene preparados, Monsieur Pierre, dijo Rutherford en inglés. El cartógrafo del átomo hablaba un rudimentario francés. Su mujer actuaba de intérprete.
Puedo asegurarle que Pierre lleva semanas encerrado en su laboratorio, se anticipó Langevin.
Mientras Mary Ruttherford susurraba a su marido la traducción de aquellas palabras, Pierre colocó un delgado cigarro en sus labios. A sus 44 años era un hombre apuesto. Su cuidada barba no albergaba una sola cana. Langevin se aprestó a encender una cerilla a su maestro.
Marie, que se había quedado dentro dando las últimas indicaciones a los criados, apareció en ese momento. Se detuvo en seco. Contempló cómo Paul tendía la llama hacia su marido. El resplandor anaranjado iluminó el rostro de Pierre, concentrado en prender su tabaco. Langevin y ella se miraron. Quedaron suspendidos. Paul y Marie habían sido amantes hasta esa misma tarde. Se habían citado en un modesto y discreto hotel del barrio decimocuarto mientras Pierre concluía sus experimentos en el laboratorio que el matrimonio poseía en la Rue Curvier. Marie había acudido a la cita con Paul con la convicción de que aquella sería la última, de que el fin formal de su periodo de estudiante marcaba también el final natural de su affaire con él. Pero Paul se negó a aceptar la ruptura. Discutieron. Marie se arrogó primero a su papel de madre y esposa. Después razonó que la infelicidad que Paul sentía junto a su mujer no hacía merecedora ni a ella ni a sus hijas de una traición semejante. Paul se obcecó. En un último intento Marie apeló a la culpabilidad que debían sentir por su deslealtad al que era mentor de ambos. Entonces Paul claudicó.
Marie, ordena que apaguen las luces, dijo Pierre interrumpiendo las cavilaciones de su esposa. Esta titubeó antes de entrar de nuevo en la casa.
Las lámparas del piso de abajo se apagaron. Los criados cerraron las contraventanas del piso superior. Marie regresó al jardín. Solo el aura nocturna de la ciudad y la tenue incandescencia de los cigarros encendidos iluminaban a los cinco. Del bolsillo derecho de su chaleco Pierre extrajo un vial. Lo sostuvo contra el cielo entre sus dedos índice y pulgar. Sus manos temblaban. Temblaban desde hacía años. Un resplandor azul cobalto emanaba de aquel pequeño tubo de cristal.
¿Qué es?, exclamó la mujer de Rutherford.
Radio. En una solución de sulfuro de zinc.
Entonces es cierto, susurró Rutherford en inglés.
Si, amigo mío, tal y como usted predijo. Luz que no toma energía de fuente alguna. La luz del átomo.
EL ÁTOMO AL SERVICIO DE LOS BRUJOS (II)
Descatalogadisima y casi inencontrable, Prosa Inmortal fue una revista literaria editada por John Tones y Francisco Serrano que entre 2013 y 2016 produjo cinco numeros. El primero de ellos, titulado «Los horrores de la ciencia», incluia mi primer relato de ficcion publicado, «El atomo al servicio de los brujos», que se serializara aqui en sus ocho partes.

II.Cueva de los Tayos, Ecuador, 1871.
Un resbalón, un traspié, dio comienzo a una de las aventuras más increíbles que se hayan narrado nunca: la del ingeniero norteamericano Edward Bulwer-Lytton y su accidental acceso al majestuoso reino subterráneo de los Vril-ya.
Bulwer-Lyton se encontraba en la Amazonía ecuatorial evaluando la idoneidad del terreno para futuras prospecciones mineras. Sus tratos con los nativos Shuanan no habían sido del todo desfavorables. Fascinados por su cabellera pelirroja más que por las bagatelas que les había ofrecido, esta tribu de jíbaros había dado al ingeniero precisas indicaciones sobre cómo aventurarse en los escarpados cañones en los que este esperaba encontrar yacimientos de osmio y platino. Desgarbado, misántropo, enojadizo, la decisión de Bulwer-Lytton de convertirse en explorador por cuenta propia había sido por encima de otras consideraciones una excusa, una maniobra con la que esquivar los requerimientos asociados a la enorme fortuna que había heredado y que como primogénito se suponía debía administrar.
Demasiado confiado en su buena estrella, acompañado por tan solo un traductor asustadizo y borracho que había reclutado a regañadientes en Guayaquil, Bulwer-Lytton se adentró en la zona prohibida a los Shuanan cuyas creencias afirmaban que allí residían los dioses y que estos gustaban muy poco de ser molestados por los hombres. Según su propio testimonio, el americano no tardó en encontrar la entrada tal y como le había sido descrita por los Shuanan, y pese a que no contaba con demasiadas horas antes de la llegada del anochecer, decidió hacer un primer reconocimiento y adentrarse en aquella caverna llamada de los Tayos por las aves nocturnas semejantes a búhos que en ella moraban. Según describió él mismo, aquella oquedad dejada en paso franco por un río desecado, le recibió con la negrura más abisal que jamás antes había visto.
A la luz de la linterna de gas su sombra se angulaba contra las cavidades. Las paredes multiplicaban el eco de sus pasos cien veces. Bulwer-Lyton afirmó no haber sentido miedo en aquel breve paseo pero nosotros podemos permitirnos el dudarlo. Como única precaución el ingeniero llevaba una cuerda atada a la cintura. El otro extremo, a una roca junto a la entrada de la gruta. Cuando en su mano derecha quedaban solo una pocas decenas de metros de soga decidió volver sobre sus pasos. Pero antes de girar en redondo su pie palpó el vacío. Incapaz de reaccionar a la sorpresa el cuerpo del ingeniero se venció hacia delante. Cayó. Gritó. Sabemos que su alarido despejó la nube etílica del traductor que salió huyendo despavorido. Continúo gritando mientras caía. En su descenso el cuerpo de Bulwer-Lytton se golpeó con violencia contra los muros del abismo. Su cabeza chocó contra un saliente. Todo se nubló para él y ya solo hubo silencio.
Aún contusionado, con la mandíbula abotargada por los choques contra el basalto, el norteamericano despertó. Sus ojos percibían un resplandor azulado. Pensó que procedía de alguna especie desconocida de liquen fosforescente. Se alegró. De algún modo se sintió menos solo. Los costados le dolían por la tensión que su peso ejercía sobre la cuerda. Estaba suspendido en el aire. Miró hacia abajo. Gracias a las reverberaciones de la luz sobre el limo pudo ver que se encontraba a solo unos pocos metros sobre el suelo. Hacia arriba, la fluorescencia iluminaba la cuerda cuya vertical se perdía en una negrura idéntica a la que le había recibido a la entrada. Llamó al traductor sin demasiada convicción. Lo intentó tres o cuatro veces. Por el rabillo del ojo vio que la luminosidad azul titilaba y se hacía más intensa. Alguien o algo se acercaba. Pidió ayuda. Aquel brillo cian se hizo más intenso. Olió ozono. Oyó pasos.
A partir de este punto el relato de Edward Bulwer-Lytton se tornaría completamente inverosímil si no fuera porque existe, para quien esté dispuesto a aceptar sus implicaciones, una acumulación de pruebas indirectas que lo apoyan. Según relató el ingeniero en su diario de viaje, en su rescate acudió un ser altísimo y esbelto, sin grasa corporal apreciable, de piel nívea, casi transparente, y cuyos ojos, acostumbrados a la penumbra subterránea, eran oscuros por completo y carecían de párpados. Aquella criatura llamada Zee pertenecía a la aristocracia de una raza antediluviana que se hacía llamar Vril-ya y que antes del cataclismo bíblico se había retirado bajo la corteza de la tierra construyendo allí enormes ciudades. Adaptada en su fisionomía a la vida en el Hades, esta raza adoraba la energía de la que tomaba su nombre, el Vril, un fluido azul de indescriptible naturaleza “ni eléctrico ni magnético y ambos a la vez” según escribió Bulwer-Lytton, un fluido capaz de propulsar vehículos, curar enfermos, alumbrar metrópolis y también destruirlas. Y es que como Zee le contó mediante telepatía en el trascurso de los meses que permaneció bajo su indulgente arresto, los Vril-ya habían sido una civilización hermosa y única, una utopía en la que por siglos no se conoció la escasez ni el hambre, gobernada con severa mano por una dinastía de reyes cuyo militarismo exacerbado la había empujado hacia una inacabable secuencia de guerras civiles. El odio que impregnó a sus gentes terminó por desmembrar el imperio en un mosaico de reinos sumidos en eterna lucha. Bulwer-Lytton pudo finalmente escapar en el trascurso de una de estas batallas entre facciones enfrentadas por siglos. En sus combates, los Vril-ya hacían uso de unas varas de apenas medio metro de longitud que se cargaban con aquel singular fulgor azul antes de ser disparadas en un haz que desintegraba cualquier ser u objeto que encontrara a su paso. Lo cierto es que los Vril-ya despreciaban a los habitantes de la superficie y pese a la patente decadencia de su civilización, bravuconeaban con frecuencia frente al ingeniero con la posibilidad de una invasión que arrasaría por completo nuestro mundo.
Los escépticos niegan que hayamos de creer nada de este relato y apuntan que la expedición del salesiano italiano Carlo Crespi a la Cueva en 1927 no encontró allí ningún indicio de la existencia de una civilización intraterrestre. Soslayando este punto, si hemos mencionado que existe una acumulación de pruebas a favor de tan fantástico relato es porque resulta más que probable que la búsqueda de los Vril-ya fuera el auténtico propósito de las pesquisas del Profesor Otto Lindenbrock en las laderas de volcán islandés Snæfellsjökull en 1863. También parece más que posible que la malograda expedición de los Hermanos Carver al Congo en 1914 en busca de diamantes fuera aniquilada cuando estos se toparon con una entrada a los dominios de esta raza de gigantes pálidos. Y es casi seguro que en su desesperada búsqueda de la ciudad perdida de Z en el Matto Grosso brasileño el demente aventurero Perry Harrison Fawcett descubriera en 1925 otro portal al mismo mundo subterráneo que Bulwer-Lytton visitó y que allí encontrara la muerte a manos de estos belicosos seres.
Desde que el afortunado ingeniero publicara su narración, todos aquellos que decidieron no permanecer incrédulos a su testimonio comenzaron a buscar el origen de aquella asombrosa fuente de energía: Helena Blavatsky y su Hermandad Teosófica. La Sociedad Hermética de la Golden Dawn, a la que perteneció un joven Aleister Crowley. La escuela de la tierra cóncava de Peter Bender y su mortal enemiga, la Sociedad Vril, nebulosos grupos herméticos que florecieron en el exuberante y turbulento Berlín de entreguerras, y que pugnaron por la atención de Adolf Hitler hasta que en 1942 este decidió resolver la cuestión enviando una expedición a la Isla Rügen, una expedición liderada por el doctor Heinz Fisher, quien con el tiempo y un cambio de bando de por medio se convertiría en uno de los sabios responsables de la primera bomba de hidrógeno.
Pero no olvidemos algo. Aceptar la verosimilitud de la fabulosa narración de Buwler-Lytton nos conduce también a la más desasosegadora de las preguntas. ¿Reclamarán algún día los Vril-ya su dominio sobre la superficie de la tierra?
EL ÁTOMO AL SERVICIO DE LOS BRUJOS (I)
Descatalogadisima y casi inencontrable, Prosa Inmortal fue una revista literaria editada por John Tones y Francisco Serrano que entre 2013 y 2016 produjo cinco numeros. El primero de ellos, titulado «Los horrores de la ciencia», incluia mi primer relato de ficcion publicado, «El atomo al servicio de los brujos», que se serializara aqui en sus ocho partes.
Praga, Sacro Imperio Romano Germánico, 1603.
¿Cómo llaman a la criatura?
Gólem, mi señor.
El Emperador Rodolfo II tembló. No era ningún extraño a las ciencias arcanas. Estaba tan interesado por lo oculto que había mandado proveer un laboratorio en una de las estancias más profundas de su castillo. Allí realizaba sus propios experimentos herméticos. Desde que la corona de Carlomagno descansara sobre su frente, el Emperador había dado cobijo a los más notables alquimistas de su tiempo. Entre ellos el nefando galés John Dee, último discípulo del legendario Johann Faustus, huido de la persecución de las artes mágicas que el católico Jaime I había iniciado nada más acceder al trono de Inglaterra. Tras mantener audiencia con él, Rodolfo II le había ofrecido una quejumbrosa casa en el estrecho Pasaje de los Alquimistas, callejón amurallado contra miradas indiscretas por los vertiginosos tejados típicos de Bohemia. A cambio de su protección, John Dee había obsequiado al Emperador con un bello y extraño manuscrito de páginas floreadas e ininteligibles que con el tiempo vendría a ser llamado Voynich. No puede decirse sin embargo que el mecenazgo de Rodolfo II estuviera motivado tan solo por un afán luciferino por el conocimiento. Su esperanza era también que aquel proscrito excomulgado por el Papa de Roma, y con él el resto de alquimistas residentes en Praga consiguieran trocar el plomo en oro con el que llenar las moribundas arcas imperiales, vaciadas por las guerras sucesivas contra el otomano.
Agotados los intercambios de doblones por títulos nobiliarios, los mismos banqueros que sangraban a su tío materno, el Emperador Felipe II, habían dado la espalda a Rodolfo quien no tuvo más remedio que pedir prestado a los múltiples financieros judíos que habitaban en Bohemia para poder pagar la soldada de sus mercenarios húngaros. La falta de decisión y de estrategia del Emperador habían embrutecido la guerra haciéndola tan amarga y áspera que sus súbditos y sus prestamistas no hallaron otra alternativa que rebelarse. Y así se hizo común en Praga encontrar los cuerpos de funcionarios de la hacienda imperial defenestrados contra sus adoquinadas calles, convulsos aún, empapados en el charco carmesí de su propia sangre. Los prestamistas judíos por su parte no tardaron en cerrar sus cajas fuertes bajo siete llaves. Encolerizado, Rodolfo II hizo llamar a sus mercenarios y sofocó las revueltas de la gleba sin escatimar crueldades. Acto seguido, mediante edicto, ordenó expulsar a los judíos de todo el Reino de Bohemia bajo crímenes de usura, exiliándoles sin posibilidad de retorno ni del cobro de sus deudas.
Pero el precepto imperial no llegó a cumplirse.
Sí, El Golem. El Emperador conocía bien aquel nombre.
Poco o nada entendemos con seguridad sobre su funcionamiento. Lo único que sabemos sobre él ha llegado hasta nosotros por medio de las historias transmitidas oralmente de rama en rama de la genealogía rabínica. Los hechos parecen ser estos: Cuando los primeros cuchillos magiares se desenvainaron en Praga y vertieron sangre hebrea, el Rabino Judah Löew moldeó una gigantesca masa de arcilla en forma de hombre y a la que a continuación otorgó vida. Setenta y dos letras, se dice, contenía el cartucho con forma de estrella de seis puntas que aquella mole guardaba bajo la lengua insuflándole existencia. Animada por aquella cápsula dotada del mismo poder con el que Yahvé dio luz al universo, la criatura defendió durante tres días el ghetto judío conteniendo a las hordas magiares, tan irracionales en su odio que no retrocedieron siquiera ante la visión del monstruo. Solo se retiraron cuando el Emperador comprendió el alcance de las fuerzas que había desencadenado. Rodolfo II permitió a los judíos permanecer en Praga a cambio del perdón de sus deudas y de que El Golem fuera destruido para siempre. Pero el Rabino Löew, desconfiando del Emperador, confinó a su criatura en el ático de la Vieja Sinagoga de Praga donde continúa encerrada hasta hoy en día. El cartucho sagrado no está ya bajo su lengua, es cierto. Se desconoce dónde descansa. Es probable que haya sido custodiado por cada nueva generación de rabinos en previsión de que los servicios de la criatura fueran de nuevo necesarios. No nos es posible, por tanto, conocer la naturaleza de su fuente de su vida. Hay quienes sostienen que en realidad El Golem no estaba perfilado en arcilla y fango, sino que estaba fabricado de metal y engranajes, y que la inmensa energía del cartucho que lo animaba no procedía del poder de la Cábala sino de la sustancia que lo conformaba, obtenida por el Rabino Löew durante sus frecuentes despachos con John Dee y el resto de los habitantes del Pasaje de los Alquimistas. Ninguno de estos mismos eruditos, sin embargo, ha anotado en sus estudios una improbable coincidencia: Treinta años después, los nietos del Rabino Löew adoptaron el apellido Oppenheimer.
En capilla
El tiempo pasa. Tanto, que hasta los blogs parecen estar de vuelta. Este buen gabinete, con ya dos decadas en sus archivos, desempolva y quita cubiertas a muebles y sofas para publicar una nueva cronica de Minizita, quien en el pasado nos deleito con variadas cronicas como los sucesos en un McDonalds en vísperas de una huelga general, la vida cotidiana en Taiwan o lo que puede sucederte siendo auxiliar de producción en conciertos de música latina.
Como decimos, el tiempo pasa. A algunos por encima. Ese ha sido el caso del Padre Zito, a quien el Parkinson y la vejez han postrado en un estado bastante penoso antes de hora. En su cronica, Minizita nos cuenta como son los días previos a llevar a tu padre a una residencia de ancianos. Humor, ternura, horror cosmico. El final de una etapa.
Lunes
Estamos en capilla. 24h, 48h, varios meses… Lo hemos estado todo este tiempo, pero hasta hoy no he sentido la cuenta atrás. Me abate una sensación de pena difícil de explicar. Solo la puedo llorar.
Tengo todo pensado. Bueno, tengo pensada la logística del coche, que creo que es en todo lo que tengo que pensar. Un segundo. ¿Esto va a ser un melodrama ruso de finales del siglo XIX o un relato de ciencia ficción basada en la más increíble de las realidades?
Kiwi ladra porque Matilde, la vecina nonagenaria de mis padres que siempre que la veo me cuenta que ha empezado a teñirse el pelo ahora porque hasta este año no tenia ni una sola cana, sale de su casa religiosamente todos los día a las 15:00 para ir a comprar (lo se porque por la mirilla veo que lleva un carrito de la compra…, ejem). Eso sobresalta a Kiwi. No le sobresalta que al salir, Matilde de un portazo o que le mil vueltas a la llave hasta casi dislocarse la muñeca. No, no es eso. Lo que realmente sobrepasa a Kiwi es que la hora de llegada de esta señora coincide con su fase REM de la siesta. Tendremos que esperar un rato.
Miramos la TV, los informativos y luego un programa de tertulianos con estética futurista mal ejecutada. Igual es que está de moda, porque el otro día, grabando en el Campus Repsol… Tienen mi huella y acepté el reconocimiento facial ¿Será confidencial hablar del mobiliario de Repsol?. ¿Habéis visto Minority Report?
Mi padre me habla de lo antiguo que es el universo y de cómo son datos tan inmensos que son eso, inmensos. Me cuenta, que somos muy pequeños y que prácticamente nada importa. Mi madre está en su habitación hablando por teléfono con alguien a quien evidentemente le está dando consejos. Lo que más me gusta es el momento de después, cuando viene al salón y nos cuenta en qué anda y los líos de instituto entre octogenarios en los que está inmersa. Y claro, mi padre y yo la escuchamos atentamente y hasta nos atrevemos a opinar. Creo que en esos momentos somos una familia. No es que lo volvamos a ser, si no que lo somos a lo más pura «primera vez», como si nadie hubiese hecho daño a nadie, como si viviésemos en uno de los juegos primigenios con vidas infinitas de mi Raspberry Pi.
Son las 16:20 y Kiwi se pone a ladrar (solo había que esperar). Ahora Matilde se está descoyuntando la muñeca pero hacia el otro lado, supongo que para compensar. Según dice mi padre, Kiwi tiene cara de ser noble. A mi se me parece mas a Walter Matthau en Dos viejos gruñones. Mi madre sonrie y dice: «Eso Kiwi, cómetela». Como me gustan estas frases de humor negro que suelta de vez en cuando.
Animados, mi madre saca un maletón lleno de ropa. Empezamos a hablar de la pana, de los cordones, de los tirantes, del velcro… No voy a mencionarselo, pero la única ropa interior que hay son calcetines ejecutivos. Seguimos en una especie de niebla mental positiva.
Ahora estoy pensando que podría haber hecho fotos, como cuando mi madre, para ayudar a subir la cuesta a Pipo, le llevaba al veterinario en el carrito de la compra azul. O como, un día, estando mi abuela en el hospital, la vi tan guapa y tranquila que la grabé con mi cámara de fotos digital de «los 2000» (eran los dos mil y algo por entonces) diciéndole que parecía una estrella de Hollywood. Luego aprendí lo de la «mejoría de la muerte».
Pero no quiero hacer fotos, ni videos. No quiero convertirlo en una película. Me lo voy a guardar en la memoria. El video de mi abuela está en un ordenador con Windows XP.
Me marcho a casa. Al final no ha sido tan duro. Nada que no se calme llorando en silencio al lado de Toni, nada que no mejore con la curiosidad de saber lo que va a pasar el miércoles.
Martes
Seguimos en capilla.
He ido a preguntar a Google (la IA también da su opinión pero me satisface pasar de ella). He planteado al buscador si «estar en capilla» tiene una horquilla de tiempo en concreto. Parece que es la noche o momento justo anterior al evento. Que me disculpen los alumnos de la Universidad de Salamanca de los siglos XIV y XV pero me lo voy a saltar porque lo empírico de estos últimos meses, demuestra que «la capilla» puede ser más largo que un día sin pan.
Volviendo a hoy. La diferencia con ayer es que vamos a cargar el coche, bueno, a Pablito, que es mi querida furgoneta Berlingo del 2006, herida de muerte por un mal cambio de inyectores (se que no es nada sano querer a un objeto como tampoco lo es conducir un vehículo diesel, pero así es) y que recojo a Santi a las 23:59 en la T4. Me gusta que Santi venga, me gusta ir a recogerle aunque no siempre pueda o aunque a veces me revele. Al fin y al cabo, como se va a construir una hermana pequeña si no se revela alguna que otra vez.
Cuando Santi está, se rellenan muchos huecos, entre ellos, los de la memoria. Siempre he querido una baticao y por fin, este año se ha hecho realidad. Por mi cumpleaños, Toni, siendo plenamente consciente de que la decisión nos abocaba a la diabetes, compró el mega pack de Colacao para poder regalarme la Baticao. Que ilusión me hizo y que alegría me da cada vez que la uso o la veo esperándome encima de la nevera.
Santi me dijo que cuando era pequeña tuve una, la vintage, la que era una varilla con motor. Santi me devuelve la infancia a modo de abrazo, de confidencia entre los dos. También me recuerda nuestra familia, aquella en la que el uno hacia daño a la otra, con nosotros allí enmedio.
Santi ha hecho encaje de bolillos para estar presente el miércoles o quizá para decirnos que nos quiere sin decir «ni mu». No lo tengo claro, es probable que nunca se lo pregunte.
Santi es un superviviente.
Todavía no se lo he dicho pero mañana a las 9:00, Toni y yo pasaremos a recogerles con Pablito.
Miércoles
Ya es miércoles. Es el dia.
No me apetece mucho escribir. Tengo el cerebro “papa frita” (así me llamaba el único amigo que tuvimos en Chile. A él, yo le llamaba “Ratilla peluda”). Pero no quiero que se me olvide que después de toda una vida, esta mañana, a las 08:57, he conseguido aparcar frente al portal. Si a esto le añadimos que Toni está con Pablito esperando en el punto acordado, el día no ha empezado nada mal.
En el camino, he atropellado a un pájaro, pensé que iba a ser un mal presagio, pensé que el karma me acababa de encontrar y me había guiñado el ojo, pensé que tenía que contarlo como cuando se te cruza un gato negro. Pobre pájaro. Pobre gato.
Mi padre ha ido dejando caer preguntas sobre lo que nos íbamos a encontrar. Mi madre, que está sorda desde que, asi lo cuenta ella, un día hablando por teléfono empezó a escuchar de forma lejana la voz de su interlocutor, no entiende lo que pregunta mi padre y se enfada. Así que Santi y yo repreguntamos. No siempre funciona, claro. El interés por según qué cosas es volátil en este coche. Así que, volvemos a contar historias presentes, volvemos a buscar la entrada a un juego de la Raspberry Pi.
Hoy ya no estamos en capilla.
Llegamos a la residencia. Es un lugar agradable, rodeado de pinos y flores. Nos contó el director que, algunas noches, los jabalíes bajan a beber a la fuente que preside el jardin.
Parece un hotel de los 80 bien mantenido. Amplio, dos alturas…. Entramos y hay vidilla. ¿En qué estará pensando mi padre ahora? ¿Y mi madre? Por fin se separan. Han tardado 50 años en hacerlo.
He pensado en el momento histórico en el que estábamos y en la belleza de vivirlo. La memoria es caprichosa. He hecho una foto.
Color rápido
Este 2019 nos trajo la culminación de la saga Marvel. Sin hacer apenas ruido, 2019 tambien nos dejó Fast Color, una de las mejores peliculas superheroicas de la década. Las influencias de Logan (2017) o Midnight Special (2016) están claras ahí, en lo argumental, en ese mundo que se está yendo al garete y en el que necesitamos sostener una esperanza, aunque sea mesiánica, como una vela en la tormenta; o en ese descubrimiento paulatino e incrédulo de los propios poderes de El protegido (2000). Pero eso es lo de menos, como lo es también que la metáfora resulte tan transparente como la de los mutantes de La Patrulla X. Lo que Fast Color nos plantea es la historia de tres generaciones de mujeres afroamericanas, orgullosas y vulnerables, que se reencuentran y se cuentan historias sobre lo que han sido, sobre los secretos que guardan. Uno, el de las capacidades asombrosas transmitidas de generacion a generacion que no parecen tener uso ni propósito. Otros, el resultado de haber querido escapar de esa herencia. Secretos demasiado grandes como para compartirlos más allá de los lindes de una casa en mitad de la nada pero que el mundo exterior insiste en averiguar como sea. Fast Color es una bella, lírica y emocionante película en la que las estrecheces presupuestarias se compensan de sobra con el talento de su trío de actrices. Y parece que habra serie.
Capital y Trabajo
Una de esas noticias que mencionaba hace un par de semanas es que ando terminando los trabajos de documentación y escritura del libro Capital y Trabajo: 50 películas esenciales sobre (la) economía, que sera publicado por la Editorial UOC dentro de su excelente colección Filmografias Esenciales.
La idea del libro es sencilla: hablar sobre 50 films fundamentales para entender la economía, como realidad social y como ciencia. Y hacerlo de una manera atractiva, tanto para quienes quieren aprender economía o sobre la economía a través del cine como para quienes les interesa el cine con una temática económica, un subgénero mas amplio de lo que se sospecha (ahi estan Goldfinger o Cuento de Navidad; no todo es Gordon Gekko y Wall Street).
Ahora que he entrado en la ultima fase de redacción del libro, he creado una newsletter en la que compartiré el proceso. También encontrareis allí noticias y material adicional. En cierto modo, es una continuación natural de este blog en un mundo sin blogs.
Os podéis suscribir a la newsletter sobre Capital y Trabajo aquí
Lo mejor de lo mejor
Amanece 2019 y desempolvo este blog para recordarles que su viejo y querido doctor continua escribiendo en otros lugares.
Para empezar, he vuelto a contribuir a la lista de listas de The Sky Was Pink, el blog del insigne Alvaro Arbonés, que reúne a un nutrido grupo de personas de bien para resumir los artefactos culturales a su juicio mas distinguidos de cada año. Después de un par de ediciones ausente, es un honor participar de nuevo en esta tradición navideña que sí me representa.
También he contribuido con tres obras de ficción a la serie de artículos sobre Lo Mejor de 2018 en la web cultural Canino. Como quizá ya sepan, escribo allí todo lo regularmente que puedo. Mis artículos pueden encontrarlos reunidos aquí. Muchos de ellos son una continuación espiritual de los textos que estuvieron apareciendo por aquí desde aquel lejano Febrero de 2005 en el que este blog vio la luz en su primera forma.
Este 2019 va a estar lleno de eventos, así que no se dejen engañar por el polvo acumulado, porque por aquí los iremos contando.
La previsión es ¡calor!
Fragmento extraído de un panfleto de The Rebel Worker Group – Chicago Surrealist Group circa 1966.
Más que nunca, con todo continuamente en juego, encontramos necesario reivindicar el más apasionado uso de las armas más peligrosas en el arsenal de la libertad:
- EL AMOR LOCO: Totalmente subversivo, el enemigo absoluto de la cultura burguesa;
- LA POESÍA (en contraposición a la literatura): Respirando como una ametralladora, exterminando las bandera ciegas de la realidad inmediata;
- EL HUMOR: La dinamita de la guerra de guerrillas de la mente, tan efectiva en su propio dominio como la dinamita real y la guerra de guerrillas en las calles.
Si no fueras tu, quién te gustaría ser
Paul McCartney Gustav Mahler
Alfred Jarry John Coltrane
Charlie Mingus Claude Debussy
Wordsworth Monet Bach and BlakeCharlie Parker Pierre Bonnard
Leonardo Bessie Smith
Fidel Castro Jackson Pollock
Gaudi Milton Munch and BergBelà Bartók Henri Rousseau
Rauschenberg and Jasper Johns
Lukas Cranach Shostakovich
Kropotkin Ringo George and JohnWilliam Burroughs Francis Bacon
Dylan Thomas Luther King
H. P. Lovecraft T. S. Eliot
D. H. Lawrence Roland KirkSalvatore Giuliano
Andy Warhol Paul Uzanne
Kafka Camus Ensor Rothko
Jacques Prévert and Manfred MannMarx Dostoevsky
Bakunin Ray Bradbury
Miles Davis Trotsky
Stravinsky and PoeDanilo Dolci Napoleon Solo
St John of the Cross and
The Marquis de SadeCharles Rennie Mackintosh
Rimbaud Claes Oldenburg
Adrian Mitchell and Marcel DuchampJames Joyce and Hemingway
Hitchcock and Bunuel
Donald McKinlay Thelonius MonkAlfred, Lord Tennyson
Matthias Grunewald
Philip Jones Grifths and Roger McGoughGuillaume Apollinaire
Cannonball Adderley
René Magritte
Hieronymus BoschStéphane Mallarmé and Alfred de Vigny
Ernst Mayakovsky and Nicolas de Stael
Hindemith Mick Jagger Durer and Schwitters
Garcia Lorca
and
last of all
me.
«Me», Adrian Henri, 1965.
Deja vu
Diabolik (Mario Bava, 1968).

Despicable me 3 (Pierre Coffin y Kyle Balda, 2017).
Deja vu especial 12º aniversario
Inauguration of the pleasure dome (Kenneth Anger, 1954)
L’enfer (Henri Georges Clouzot, 1964)
Neon demon (Nicolas Winding Refn, 2016)
Bestiario (IV): Basilisco
También conocido como «regulus», el basilisco era el réptil más terrible que habitaba en los bestiarios animales. Como es habitual, la primera descripción del basilisco la encontramos en la Historia Natural de Plinio el Viejo, quien afirmaba que este ser habitaba en la Cirenaica. Su piel era dorada, tenía una marca de diamante en la frente y poseía una cresta similar a una corona. De ahí que se le conociera como el «rey serpiente» (no confundir con el garito de Malasaña). De hecho su nombre viene del griego y significa «pequeño rey.» Pese a no medir más de 30 centímetros, Plinio aseguraba que su veneno era tan tóxico como para matar a un caballo.
Era tan peligroso que no solo su mordisco era mortal. Su olor podía matar casi cualquier ser vivo. Su mirada era letal para cualquier humano tan tonto como para atreverse a mirarle a los ojos. Su esencia eran tan terrible como para partir rocas y provocar incendios y por eso se le atribuye la abundancia de desiertos en el Oriente Medio, que es donde los autores medievales lo ubicaron. Durante la Edad Media su fisonomía fue cambiando y se le atribuyeron patas y pico como de gallo hasta confundirlo con otra bestia mítica, la cocatriz. Con ese nombre aparece en uno de los Cuentos de Canterbury de Chaucer. También aumentaron sus poderes: en los bestiarios de los siglos XII y XIII el basilisco podía disparar fuego por la boca y producir ondas sónicas.
Se aconsejaba a los viajeros medievales que llevaran consigo una espejo en caso de que se cruzaran con un basilisco porque propio reflejo podía matarlo. El basilisco era también vulnerable a la comadreja, que es capaz de perseguirla hasta su madriguera y aniquilarla. Es por tanto muy probable que los relatos sobre esta criatura mítica se basaran en encuentros con cobras rey y sus depredadoras naturales, las mangostas.
Bibliografía
- Bane, Theresa. Encyclopedia of Beasts and Monsters in Myth, Legend and Folklore.
- Rosen, Brenda. The Mythical Creatures Bible: The Definitive Guide to Legendary Beings. Sterling Publishing Company, Inc., 2009.
Quien
Santi Pagés.
Escribo donde me dejan. Autor de "No soy un numero", un libro sobre la cultura pop de los 60.Contacto
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