Exporters From Japan
Wholesale exporters from Japan   Company Established 1983
CARVIEW
Select Language

Adelantándose a la celebración oficial del 50 aniversario de la muerte de Montgomery Clift, la emblemática ‘Cinémathèque Française’ ha programado para los próximos días 23, 24 y 25 de julio la proyección de 12 de las 17 películas en los que intervino el inolvidable actor. Entre ellas destacan ‘De aquí a la eternidad’, ‘Río Salvaje’, ‘Vidas rebeldes’, ‘De repente, el último verano’, ‘La heredera’, ‘Río Rojo’, ‘Vencedores o vencidos’ y ‘Yo confieso’.

Mi primer recuerdo de Montgomery Clift va unido a la proyección del film Río Rojo, de Howard Hawks. Era una sala para cinéfilos ya desaparecida, por supuesto. Corría el año 1970 y una de mis inquietudes culturales era frecuentar cines de Arte y Ensayo recomendados por las revistas especializadas de la época. Río Rojo se proyectó junto a Hiroshima, mon amour, de Alain Resnais. Aunque era un gran admiradorde John Wayne, sin embargo me quedé impresionado por el trabajo de Montgomery Clift, que interpretaba en la película de Hawks al hijo de Wayne, un vaquero introvertido. Fue seguramente la profundidad psicológica del personaje, con su rostro atormentado, lo que me atrajo de este inolvidable actor.

Curiosamente Río Rojo fue el primer film de los 17 en que intervino Clift. Había nacido 7 de octubre de 1920 en Omaha (Nebraska). Hasta participar en el film de Hawks (tenía 28 años) Montgomery Clift ya poseía un amplia carrera teatral en Broadway, rechazando las ofertas que le venían de Hollywood. Pronto dos hechos –que posteriorente marcaron toda su carrera– influyeron en el actor. Por una parte su trabajo con Elia Kazan (le dirige en la obra de Thornton Wilder ‘The Skin of Our Teeth’), que le inicia en método del Actor’s Studio (Dustin Hoffman, Jack Nicholson, Robert De Niro y Al Pacino han confesado las influencias que recibieron de Clift). Y por otra parte una disentería que contrajo muy joven, cuyo tratamiento le puso en contacto con el mundo de los fármacos y las drogas.

A partir de la visión de Río Rojo mi interés por Montgomery Clift aumentó sustancialmente. Pero no era fácil acceder a alguna película más si no era a través de las reposiciones (éste era el caso del film de Hawks), sus pases por televisión o algún estreno tardío, como fue el caso de Freud, pasión secreta (Freud, the secret passion), 1962, de John Huston. Mi impresión fue enorme al ver el rostro desfigurado de Clift, que intervino en el film de Huston –bastante mutilado, por cierto– estando casi ciego, con una flebitis producida por el alcohol y las drogas, y después de varias operaciones de cirugía plástica para recomponer su cara dañada en un accidente automovilístico cinco años antes.

La otra gran película de Montgomery Clift fue Vidas rebeldes (The Misfits), 1961, también de John Huston. El médico le había diagnosticado una alarmante pérdida de memoria y de vista, con unas incipientes cataratas. Poco antes de comenzar el rodaje había sido internado en un hospital por una hepatitis aguda. Vidas rebeldes, además de ser un excelente film, es casi la crónica documental de tres seres a punto de desaparecer en la vida real. Clark Gable murió recién terminado el rodaje. Marilyn Monroe y Montgomery Clift lo harían pocos años después tras una vida marcada por la autodestrucción.

Junto a estos tres films, imposible olvidar La heredera (The Heiress), 1949, de William Wyler, a través de sucesivos pases televisivos, con un Clift que interpretaba a un cazador de dotes sin escrúpulos. Un lugar en el sol (A place in the Sun), 1951, de George Stevens, que supuso para el actor su lanzamiento de joven rebelde de la década de los años 50, como sucedió con Marlon Brando y James Dean, a la vez que con el film inició an amistad con Liz Taylor (aunque la productora propagó como reclamo publicitario la idea de un romance entre ellos, sin embargo su relación no pasó de tener un carácter materno-filial, dada la homosexualidad de Clift). Yo confieso (I Confess), 1953, de Alfred Hitchcock, donde interpretaba a un sacerdote católico que debe decidir entre desvelar un «secreto de confesión» o aceptar un crimen que no había cometido.

Junto a Liz Taylor, su gran amiga y confidente

De aquí a la eternidad (From here to Eternity), 1953, de Fred Zinnemann, con un Clift de soldado individualista y rebelde, y con ocho Oscars que obtiene el film (Clift fue únicamente nominado). Estación Termini (Stazione Termini), 1954, de Vittorio de Sica, al que había conocido en un baile de disfraces al que le había invitado Luchino Visconti, film que supuso una incursión europea de Clift, aunque con producción independiente del norteamericano David Selznick, a partir de un guión del padre del neorrealismo italiano, Cesare Zavattini.

De repente el último verano (Suddenly, last summer), 1959, de Joseph L. Mankiewiz, repuesta hace años con todos los honores, film que aceptó interpretar por los ruegos de su amiga Liz Taylor, ya que se encontraba muy mal físicamente, abrumado por el alcohol y las anfetaminas. Vencedores o vencidos (Judgment at Nuremberg), 1961, de Stanley Kramer, con un corto papel que le valió ser nuevamente nominado para un Oscar, en el apartado de secundarios (hay que resaltar que Clift fue nominado en cuatro ocasiones al Oscar, no obteniéndolo nunca). Para finalizar su carrera con un flojo film, El desertor (L’espion), 1966, de Raoul Levy. Cuando iba a comenzar el rodaje con John Huston de Reflejos en un ojo dorado (Reflections on a golden eye), fue encontrado muerto por su secretario. La autopsia diagnosticó oclusión de la arteria coronaria. Clift tenía 45 años.

«No soy raro» –dijo en cierta ocasión– «Lo que sucede es que intento ser un actor, no una estrella de cine. No soy ni un joven rebelde ni un viejo rebelde, ni siquiera un rebelde cansado, sino simplemente un actor que trata de hacer su trabajo con el máximo de convicción y sinceridad.»

Mr. Arriflex

]]> https://dadaisforever.wordpress.com/2017/06/12/paris-anticipa-su-homenaje-a-montgomery-clift/feed/ 16 7305 Luis Irles El filósofo pulidor de lentes https://dadaisforever.wordpress.com/2017/05/13/el-filosofo-pulidor-de-lentes/ https://dadaisforever.wordpress.com/2017/05/13/el-filosofo-pulidor-de-lentes/#respond Sat, 13 May 2017 16:51:36 +0000 https://dadaisforever.wordpress.com/?p=7266 Sigue leyendo ]]>

Lugar de trabajo de la casa de Spinoza en Rijnsburg (Holanda), con los instrumentos propios de su oficio, como un molino de pulir. El filósofo vivió en Rijnsburg desde el 1661 hasta 1663, como inquilino de Herman Hooman (médico-químico), en una casa situada actualmente en el número 29 de la Spinozalaan.

Spinoza fue excomulgado de la comunidad judía de Ámsterdam el 27 de julio de 1656 cuando contaba con 23 años. A raíz de esta expulsión, el filósofo holandés decidió aprender un oficio: eligió ser pulidor de lentes. Ello le permitió subsistir, satisfacer parte de su intensa curiosidad científica y dedicarse con pasión a la actividad filosófica. La maestría manual y el interés de Spinoza por los avances ópticos de la época (un siglo dorado para Holanda) también tuvieron reflejo en su maestría mental y en su método filosófico: geométrico y óptico a la vez.

El filósofo holandés de origen judío Baruch Spinoza (1632-1677) se ganaba la vida puliendo lentes destinadas a la fabricación de instrumentos ópticos. No vivió de impartir clases; incluso rechazó el ofrecimiento de una plaza en la Universidad de Heidelberg a cambio de conservar la libertad de su verbo rebelde. Tampoco dependió su economía de la publicación de sus obras: apenas solo dos de sus libros vieron la luz en vida del autor, Principios de filosofía de Descartes. Pensamientos metafísicos (1663), con su nombre, y Tratado teológico-político (1670), anónimo. El primero era una exposición crítica de la teoría de Descartes; el segundo, una lúcida y demoledora exégesis bíblica, que cuestionaba una de «las ilusiones» más arraigadas del ser humano, la religión.

El sello inequívoco de Spinoza como autor lo confería una mezcla misteriosa de inteligencia brillante y acerada junto con una profunda originalidad e insólita rebeldía frente a la tradición: lo que Antonio Negri ha denominado «la anomalía salvaje». La obra arquetípica del filósofo holandés, Ética demostrada según el orden geométrico, tuvo que esperar hasta su muerte para ser publicada; pero esas cautelas propias de la época ahora no cuentan, porque los ecos de sus ideas siguen resonando en la actualidad con gran fuerza y colonizando nuevos territorios del pensamiento: así, el interés y reivindicación de las aportaciones de Spinoza a la teoría de los afectos por parte del neurocientífico Antonio Damasio (Looking for Spinoza, 2003).

Estatua de Spinoza ubicada en La Haya, frente a la última residencia del filósofo. Existe otra en Amsterdam.

La influencia de Spinoza ha sido notoria en la historia de la filosofía (metafísica, política, ética), pero resulta un fenómeno sorprendente que este autor fuera silenciado durante mucho tiempo, o leído a hurtadillas y de modo parcial, hasta llegar, en cambio, a la espléndida salud de que gozan en la actualidad los estudios spinozistas y las sociedades dedicadas a esa labor. Spinoza siempre fue un pensador independiente y se mantuvo incólume ante cualquier tipo de oposición externa: la severa excomunión de la comunidad judía de Ámsterdam a la que pertenecía, o las duras críticas de calvinistas y cartesianos. Y él nunca se adhirió a ninguna «iglesia», sino que permaneció libre y fiel a su «círculo de amigos» –feliz expresión de uno de los grandes y tempranos estudiosos spinozistas, Meinsma (Spinoza en zijn kring, 1896). Ese círculo lo formaban personas de mentalidad abierta, fuertemente atraídas por la personalidad del filósofo judío y por el carácter deslumbrante de sus ideas.

Un hecho añadido más a la peculiaridad del llamado «fenómeno Spinoza» fue precisamente su ocupación en un trabajo artesanal: el ya señalado pulido de lentes. Esta tarea le permitió afianzar su humilde sustento, al que colaboró uno de sus amigos más fervientes, Simon Joosten de Vries, con una generosa pensión de 500 florines que Spinoza aceptó finalmente, pero rebajada por él mismo a unos módicos 300 y solo después de la muerte de Simon. Gracias al oficio como pulidor de lentes, pudo también poner en práctica su marcado interés por la ciencia.

En el siglo xvii europeo, la revolución científica y filosófica estaba dando innumerables frutos, desde Galileo a Descartes, y abriendo campos insospechados para la curiosidad humana y el poder del hombre sobre la naturaleza. La modernidad acababa de emerger, y con ella la gestación de todas las consecuencias que vinieron después: algunas extraordinarias y otras no tan deseables. Spinoza no era ajeno a este ambiente de vital renovación y avances científicos, a pesar de un relativo aislamiento, necesario para su pensar, en los diversos lugares de Holanda donde vivió: desde las ciudades de Ámsterdam o La Haya, hasta villas más pequeñas como Rijnsburg o Voorburg. Así lo prueba su amistad con la familia Huy­gens: con Christiaan –el afamado físico y óptico dotado de gran habilidad para pulir lentes– y especialmente con su hermano Constantijn, con el que la relación fue mucho más cercana; este último también era pulidor y colaboró con Christiaan en la construcción de potentes telescopios que corregían en mucho la aberración cromática. La correspondencia de Spinoza constituye un rico material que refleja no solo la gestación de sus obras o las discusiones filosóficas con amigos y enemigos sino también su curiosidad científica y sus escarceos experimentales.

Un claro ejemplo lo constituye la relación intermitente con el célebre diplomático Henry Oldenburg, secretario de la recién fundada Royal Society of London. Curiosamente, en el intercambio epistolar con Oldenburg, que en ocasiones oficia como intermediario de Spinoza con otros científicos del momento, se trata del experimento del químico Robert Boyle sobre las transformaciones del nitro o salitre (nitrato potásico), y de las observaciones detalladas que Spinoza le transmite a Oldenburg a raíz de su propia experiencia: el filósofo también había efectuado el mismo experimento y algunos más, concluyendo otros resultados, que se basaban en una interpretación mecánica y no química. Todo ello pone de relieve la gran atracción que Spinoza sentía por las ciencias.

En este sentido, las cuestiones inmediatas que surgen son las siguientes: ¿Por qué Spinoza eligió un oficio, y en concreto, el de pulidor de lentes? ¿Qué conocimientos ópticos aportó? ¿Por qué ese interés de un filósofo racionalista, aunque a su manera y no fiel a Descartes, por la óptica? ¿Cómo se plasmó en su filosofía su peculiar mirada óptica?

Spinoza, 1665. Óleo sobre lienzo, detalle. Autor desconocido.

La búsqueda de un oficio

La expulsión de la comunidad judía fuerza a Spinoza a dejar la empresa familiar de comercio (Bento y Gabriel Despinoza) fundada a la muerte de su padre, de la que había estado a cargo hasta los 23 años junto a su hermano Gabriel, y desempeñando su cometido con gran eficacia. El abandono de parientes y amigos judíos (a raíz de la excomunión quedaba prohibido cualquier trato con él) lo conduce irremisiblemente a aprender un oficio, siguiendo en esto quizás uno de los preceptos del Talmud que imponía el ejercicio de un trabajo manual junto a la labor intelectual; y el oficio elegido fue el de pulir vidrios ópticos para gafas, microscopios y teles­copios. La maestría conseguida por el filósofo en esta tarea fue elogiada por sus propios coetáneos. Así, un gran amigo suyo como Jarig Jelles comenta en el prefacio a la edición de su Opera póstuma de 1677: «Aparte de la dedicación habitual a las ciencias, se ejercitó especialmente en la óptica y en pulimentar microscopios y telescopios, y demostró en ello tal pericia que, si la muerte no nos lo hubiera arrebatado, cabría haber esperado de él mayores logros» (Domínguez, 1995: 46). También Christiaan Huygens, quien en una de sus cartas afirma: «Siempre me recuerdo de las [lentes] que el Judío de Voorburg tenía en sus microscopios, que tenían un pulimento admirable, aunque no se extendía por todo el cristal» (Domínguez, 1995: 193), dicho, por otro lado, con cierto desdén hacia la clase social de Spinoza. Incluso Leibniz le escribe a fin de intercambiar opiniones sobre óptica (Spinoza, 1988: 294-295):

Entre los demás elogios que la fama ha divulgado sobre usted, opino que está también su extraordinaria pericia en asuntos de óptica. Este es el motivo de que yo quisiera enviarle a usted cualquier ensayo mío, ya que difícilmente encontraría mejor censor en este género de estudios.

Otra prueba añadida de su destreza artesanal la proporciona el hecho de que sus lentes alcanzaron un buen precio a su muerte, cuando se subastaron públicamente sus bienes a fin de saldar las deudas pendientes, según cuenta Johannes Colerus en su Breve, pero fidedigna biografía de Benedictus de Spinoza, de 1705. Entre esos bienes, además de sus preciados libros y objetos personales, se encontraban también los instrumentos propios de su oficio: un molino de pulir y los utensilios correspondientes, catalejos, incluso un telescopio aunque inservible. Lo importante es que este trabajo le dejaba tiempo para sus meditaciones y propiciaba un campo práctico idóneo de cara a sus intereses científicos en el ámbito de la óptica, además de entrenar las virtudes filosóficas de la paciencia y la precisión.

La fascinación por la luz en el siglo XVII

Holanda era a la sazón un país pionero y a la cabeza de Europa en los estudios ópticos y sus aplicaciones experimentales, plasmadas en la invención y perfeccionamiento de instrumentos cruciales para la historia de la ciencia, como el microscopio o el telescopio. El microscopio probablemente fue construido hacia finales del siglo xvi o principios del xvii por el holandés Zacharias Janssen, el cual combinó dos lentes cóncavas con otras dos convexas y creó un microscopio compuesto; aunque no hay total certidumbre respecto al origen preciso de este invento. Un mayor alcance de observación en este campo lo logró Anton van Leeuwenhoek (1632-1723), comerciante de Delft considerado tradicionalmente como el inventor del microscopio simple y también padre de la microbiología como descubridor de los microorganismos. Leeuwenhoek consiguió que una sola lente sirviera como microscopio, al cortarla con un foco corto, y gracias a un magnífico pulido de lentes simples casi esféricas, montadas sobre oro o plata, construyó numerosos microscopios de notable aumento (hasta 300 veces), guardando siempre en secreto su peculiar fabricación. Aplicó el invento a la entomología y a la observación de las plantas y del cuerpo humano. El telescopio, también de invención incierta, es atribuido al pulidor de lentes alemán afincado en Holanda Hans Lippershey (1570-1619), aunque la resonancia científica plena la adquirió con Galileo.

Holanda, ese país de la luz tamizada por el agua, desplegaba su radiación poliédrica no solo en la ciencia, sino también en la pintura: Rembrandt, Vermeer, entre los nombres más señeros de un amplio elenco de pintores de la luz del paisaje, las ciudades, las casas, la vida hogareña y las gentes holandesas. Un estado, también garante de ciertas libertades, que constituía un oasis de tolerancia y prosperidad en medio de una Europa oscura, desangrada por las guerras de religión, y en el que se refugiaban filósofos, científicos, buscando un espacio de tranquilidad para la creación (Descartes, como ejemplo más significativo).

El interés por la luz en el siglo XVII se manifestaba por doquier –no solo en Holanda, sino por toda Europa– y la ciencia y la filosofía se hallaban tocadas por la mirada óptica; baste un somero repaso de algunas obras científicas del momento: Kepler (Ad Vitellionem paralipomena, quibus astronomiae pars optica, 1604), Descartes(Dióptrica, 1637), Hobbes (Tractatus opticus, 1644), James Gregory (Optica promota, 1663), Robert Hooke (Micrographia, 1665), Francesco Maria Grimaldi (Physico-mathesis de lumine, coloribus et iride, 1665), Christiaan Huygens (Traité de la lumière, 1690), y la culminación de todo ello al alborear un nuevo siglo en una obra fundamental de Newton (Opticks, 1704).

Los intereses comunes de aquellas investigaciones se centraban en el estudio de la composición de la luz, sus mecanismos de propagación, el fenómeno de la refracción y la naturaleza del color, sin olvidar sus aplicaciones prácticas. El periplo de los tanteos de estos autores para aprehender la luz y sus propiedades resulta un episodio muy atractivo de la historia de la ciencia: desde la apuesta de Descartes por una propagación de la luz debida a la presión que se transmite desde una fuente emisora entre las partículas del éter, o la teoría de Huygens sobre las pulsaciones concéntricas que se expanden de manera progresiva (culminación del modelo ondulatorio), hasta la novedosa teoría corpuscular de Newton. El abrumador éxito de Newton con su explicación sobre la conexión entre los colores y los grados de refracción merced a su famoso experimento crucial con dos prismas trajo como consecuencia una fuerte matematización de la óptica geométrica, y de esta manera las matemáticas prosiguieron con su imparable avance de colonizar la física. Aunque habría que esperar al siglo xix para constatar la superioridad de Huygens sobre Newton respecto a la explicación del fenómeno de la doble refracción del espato de Islandia. El misterio de la luz y los colores seguiría siendo objeto de fascinación y de estudio para literatos y filósofos: recordemos a Goethe y Schopenhauer, con sus sendas y complementarias teorías del color, aun con matices bien diferenciados.

La curiosidad científica de Spinoza en el campo de la óptica

Spinoza no era un teórico de la ciencia óptica, aunque se le haya atribuido en ocasiones y no sin cierta polémica un Cálculo algebraico del arco iris, publicado anónimamente en 1687 y que, en realidad, es de autoría desconocida. En cambio, las referencias en sus cartas a ese campo científico son numerosas y muestran un gran conocimiento práctico vinculado a su actividad profesional y a su curiosidad intelectual, que implicaba también la aplicación del microscopio y del telescopio en sus observaciones. Precisamente en el corto intercambio epistolar con Leibniz, la comunicación –iniciada a instancias del filósofo alemán– tiene como motivo comentar los avances del momento en la óptica, y Spinoza no duda en explicar a su interlocutor una posible solución al asunto de la variación del punto mecánico en la refracción, además de mencionar a otros autores coetáneos interesados en este campo, como Francisco Lana.

El fuerte interés de Spinoza por este ámbito científico y su conocimiento actualizado también se reflejan en la intensa y abundante correspondencia con Oldenburg: en ella hay referencias indirectas al libro de Hooke, Micrographia, a un tratado de Boyle sobre los colores, a las conversaciones que el propio Spinoza mantuvo con Christiaan Huygens acerca de microscopios, telescopios y ciertas observaciones astronómicas hechas desde Italia de los eclipses de Júpiter, o las efectuadas por el propio Huygens del anillo de Saturno (recordemos que él había descubierto la luna Titán), o sobre un nuevo libro de este último (Dióptrica) –todavía en gestación– en el que abordaría el problema de la posición adecuada de las lentes en los telescopios con objeto de paliar errores vinculados a la refracción. Las cuestiones técnicas del pulido de lentes también aparecen como elemento epistolar; así Spinoza confiesa a Oldenburg que su pulido manual es mucho más eficaz que el pulido que realiza Huygens con una máquina: «Ya que la experiencia me enseñó a pulir a mano lentes esféricas con más seguridad y perfección que con cualquier máquina» (Spinoza, 1988: 239).

Incluso se atreve Spinoza con algunos cálculos matemáticos, tal y como se muestra en una carta a Johannes Hudde, médico y óptico aficionado, a quien acude en busca de consejo, ya que va a encargar «una nueva escudilla para pulir vidrios» (Spinoza, 1988: 253); en esta misiva Spinoza efectúa sus cálculos en relación con la refracción de las lentes convexo-cóncavas (que le gustan menos y refractan más que las lentes convexo-planas), y resultan correctos, aunque no contara con el grosor de las lentes (Spinoza, 1988: 255). Y por supuesto, Spinoza, el filósofo más radical de su tiempo, que había asimilado de modo sui géneris y criticado las teorías cartesianas, yendo más allá de Descartes, también ofrece su opinión crítica acerca de la obra del filósofo francés, Dióptrica, y, en concreto, sobre la teoría cartesiana de la visión. De este modo se explaya al respecto en una carta de respuesta a su amigo Jarig Jelles, que no era óptico pero sí se hallaba imbuido de prurito científico y filosófico (Spinoza, 1988: 261-262):

He visto y he leído sus observaciones a la Dióptrica de Descartes. Este considera que la única causa por la cual las imágenes que se forman en el fondo del ojo son mayores o menores, consiste en el cruce de los rayos que proceden de los distintos puntos del objeto, es decir, en que comiencen a cruzarse más lejos o más cerca del ojo. Por tanto, no tiene en cuenta la magnitud del ángulo que forman esos rayos, cuando se cruzan en la superficie del ojo. Y, aunque esta última causa es la principal que hay que señalar en los telescopios, parece que él quiso pasarla en silencio. Sospecho que no conocía ningún medio de reunir aquellos rayos paralelos, que proceden de los distintos puntos del objeto, en otros tantos puntos: por eso no logró determinar matemáticamente dicho ángulo.

Quizá lo pasó en silencio a fin de no preferir nunca el círculo a otras figuras por él introducidas. Pues no cabe duda de que, en este asunto, el círculo supera a todas las demás figuras que se puedan encontrar.

Spinoza mantendrá siempre este afán investigador propio de una mente abierta e inquisitiva. Cabe señalar como curiosidad que unos meses antes de su muerte, en la penúltima carta conservada, que data de julio de 1676 y dirigida al conde alemán Tschirnhaus, seguía atento a los nuevos estudios acerca de la refracción.

El método filosófico de Spinoza: geométrico y óptico

El interés de Spinoza por la óptica revelaba un intenso propósito científico y filosófico, y no solo iba unido a la práctica de un oficio manual con que procurarse el sustento. Se ha subrayado en ocasiones la relación entre su trabajo como pulidor de lentes y su método filosófico. La urdimbre entre vida y obra que se da en Spinoza alcanza el punto focal en su doble tarea como pulidor: manual de lentes, e intelectual de conceptos cuya piedra preciosa es la Ética. De esta manera, para Gilles Deleuze –uno de los grandes estudiosos del filósofo judío– el método geométrico (more geometrico) es también un método «óptico» en el plano del conocimiento, un modo continuo de rectificar las imágenes, las pasiones o las ideas confusas e inadecuadas –producto de la imaginación– por ideas adecuadas, fruto del proceder correctivo pero provisional de la razón (Deleuze, 1984: 22):

El método geométrico no es ya un método de exposición intelectual, ya no se trata de una ponencia profesoral, sino de un método de invención. Se convierte en un método de rectificación vital y óptica. Si el hombre está de alguna manera torcido, este efecto de torsión será rectificado refiriéndolo a sus causas more geometrico. Esta geometría óptica atraviesa toda la Ética. […] Hay que comprender en conjunto el método geométrico, la profesión de pulir anteojos y la vida de Spinoza. Pues Spinoza es de la estirpe de los vivientes-videntes. Él dice con precisión que las demostraciones son los «ojos del espíritu». Se trata del tercer ojo, del que permite ver la vida más allá de todas las apariencias falsas, las pasiones y las muertes.

Los estudios científicos y los descubrimientos ópticos de la época repercutían sobre una nueva concepción de la visión en la filosofía moderna, en el racionalismo, en la que se destacaba el carácter subjetivo, imaginativo o aparente de las imágenes sensibles. Sin embargo, y a pesar de participar Spinoza de la corriente racionalista, el filósofo holandés defendía el carácter natural de la génesis imaginativa, sujeta a las mismas leyes naturales que operaban sobre la producción del pensamiento racional; sostenía que ambas son efecto de la potencia generadora de la naturaleza, esa substancia infinita (Deus sive Natura), que constituye el eje de todo el sistema spinoziano. La tarea de la razón –según Spinoza– consistirá en transformar la visión inadecuada de la imaginación, de las pasiones (denominadas por él «afectos pasivos», «tristes») en una visión más amplia y potente que nos ofrezca un mayor despliegue de nuestra potencia, de nuestro conatus (deseo de perseverar en la propia existencia), una visión basada en «afectos activos» unidos a la alegría. Y eso se logrará en virtud de los dos niveles de conocimiento más potentes: la razón y la anhelada ciencia intuitiva; aunque nunca la razón conseguirá neutralizar por completo el modo de proceder de la imaginación, tan natural y real como aquella.

Su oficio manual, paciente, preciso, proporcionó a Spinoza un valioso tiempo para meditar sobre las cuestiones filosóficas que le interesaban, así como elementos científicos de índole práctica que se reflejaron en la metodología de su pensamiento. También, por desgracia, ese trabajo pudo adelantar el momento de su muerte, ya que el polvillo de cristal producto del pulido quedaría adherido a sus pulmones, aquejados desde su más temprana juventud por la dolencia respiratoria de la tuberculosis que lo condujo a su final un 21 de febrero de 1677. La brillantez de sus ideas, su rebeldía y la potente radiación de su vida honesta no han dejado de atraer desde entonces.

MARÍA PILAR BENITO OLALLA
Licenciada en Filosofía. Profesora en el IES Conde Diego Porcelos de Burgos.

]]> https://dadaisforever.wordpress.com/2017/05/13/el-filosofo-pulidor-de-lentes/feed/ 0 7266 Luis Irles Athanasius Kircher, genio y autor olvidado https://dadaisforever.wordpress.com/2017/04/17/athanasius-kircher-un-genio-y-autor-olvidado/ https://dadaisforever.wordpress.com/2017/04/17/athanasius-kircher-un-genio-y-autor-olvidado/#comments Mon, 17 Apr 2017 19:20:39 +0000 https://dadaisforever.wordpress.com/?p=7247 Sigue leyendo ]]>

Athanasius Kircher (1602-1680)

Pocos seguidores de la literatura clásica recuerdan actualmente la monumental obra de Athanasius Kircher, un extravagante jesuita alemán del siglo XVII considerado por muchos historiadores como uno de los científicos más importantes de la época barroca. Políglota, erudito y estudioso orientalista, Kircher escribió más de treinta voluminosos libros sobre los más variados temas: desde la óptica, la acústica, la lingüística y las matemáticas a la criptología, la egiptología, la numerología y la sinología.

Nacido en Geisa, Abadía de Fulda, en Hesse, en vísperas de una caza de brujas organizada por la Municipalidad de aquella localidad ubicada en el centro de Alemania, logró sobrevivir –según lo describe en sus memorias– a una estampida de caballos, a una hernia severa y a los ejércitos de un obispo loco, antes de aparecer en Roma en 1633, sólo unos pocos meses después del juicio a Galileo Galilei. Allí vivió más de cuarenta años hasta su muerte en 1680.

Kircher no era sólo un escritor. Fue el inventor de ingeniosos dispositivos de espionaje, de estatuas parlantes y de máquinas musicales. También fue el creador del ‘vanguardista’ Museo de Curiosidades que instaló en el Colegio de los Jesuitas en Roma. En una de sus salas se mostraban unos supuestos huesos de la cola de una sirena y un ladrillo de la torre de Babel. Colaboró, así mismo, con el maestro barroco Gianlorenzo Bernini en dos de sus más famosas esculturas y –haciendo gala de una enorme audacia– descendió varios metros al interior del humeante cráter del Vesubio para obtener materiales geológicos. Algunos estudiosos de su obra aseguran que, probablemente, fue el primero en usar un microscopio para examinar la sangre humana.

La razón principal por la que nadie lee hoy Kircher es que escribió mucho de casi todo. Se calcula que sus libros contienen unas siete millones de palabras en latín. Las traducciones al español son, por otra parte, muy escasas y esporádicas. Hay otra razón importante: una percepción generalizada de que muchos de los temas sobre los que escribió estaban equivocados. Es cierto que muchas de las ideas de Kircher –los nudos secretos de la influencia cósmica, el esperma universal o el vacío de las montañas– no resisten la prueba del tiempo. Kircher estaba inmerso, como todos sus contemporáneos, en la magia y la superstición del período pre-científico. Pero, sin duda, era un hombre muy brillante y extremadamente erudito, cuyas enciclopédicas obras, bellamente ilustradas, –tal es el caso de Ars Magna Lucis y Umbrae, Musurgia Universalis  y Mundus Subterraneus— sirvieron como puntos de referencia del conocimiento de la época. Los grandes sabios e intelectuales de entonces, gente como Descartes, Leibniz, Huygens, Boyle y Hooke, contendieron con sus escritos en una forma u otra.

La prosa de Kircher, no precisamente escasa, frecuentemente aspiraba a una especie de mística grandeza. ¿Por qué, por ejemplo, el cielo es azul? Según él, debido a que el azul es un color «a través del cual la visión ininterrumpida puede contemplar el espacio más agradable de la Cielos. La luz misma, mientras tanto, «lo atraviesa todo» y «por eso, atravesando, forma y lo forma todo; apoya, recoge, une, separa todo. Todas las cosas que existen o están iluminadas o crecen calientes o vivas, o son engendradas, o liberadas, o crecen mayores, o son completadas o se mueven y se convierten en sí mismas».

Las tendencias poéticas de Kircher encontraron su máxima expresión en sus erróneas «traducciones» de las inscripciones jeroglíficas egipcias. Edipo Aegyptiacus, su tomo de 2.000 páginas sobre el tema, fue publicado a principios del año 1650, después de dos décadas de trabajo. Según una de las últimas interpretaciones sobre este trabajo de Kircher, una determinada sección del obelisco egipcio –actualmente en la Piazza Della Minerva en Roma– tiene relación con la forma con la que el espíritu supremo infunde su virtud en el alma del mundo sideral, que es el espíritu solar sujeto a él, de donde proviene el movimiento vital en el mundo material o elemental, la abundancia de todas las cosas que hace surgir la variedad de especies sobre la Tierra.

Espejos y rayos utilizados por naves romanas, explorados e ilustrados por Kircher

Tal vez fue en esta etapa de su vida en la que Kircher se labró una reputación como un autor en el que no siempre se podía confiar. Descartes, por ejemplo, se sintió contrariado por la afirmación de Kircher en su ‘Magnes, Arte Magnetica de que una semilla de girasol podría mover un reloj –basado en su innata sensibilidad a la magnética atracción del sol. La idea era absurda, pero no tan absurda para que Descartes no lo intentara él mismo. «Dispuse de suficiente tiempo libre para hacer el experimento». Escribió en una carta, «pero no funcionó».

A pesar de las exageraciones e incluso las invenciones, Kircher escribió sólo un libro que con razón podría ser llamado una obra de ficción, y que fue ‘Itinerarium Exstaticum’. En ese momento, Kircher quería centrar la discusión sobre todas las nuevas observaciones astronómicas ofrecidas por el telescopio, pero un tratamiento escasamente crítico con la nueva astronomía podría crearle problemas con la Inquisición, e incluso terminar en la hoguera. Así que lo escribió como una obra de ficción –la historia de un sueño cósmico en el que un ángel llamado Cosmiel conduce el soporte ficticio de Kircher, un sacerdote nombrado Theodidactus («enseñado por Dios»), en un vuelo edificante a través de los cielos.

No hay mucha duda, por cierto, de que Kircher creía secretamente en el modelo del universo de Copérnico. Pero su opinión no se basaba únicamente en la evidencia astronómica. Un sistema centrado en el sol también le daba mucho más sentido místico «Toda la masa de este globo solar está imbuida con un cierto poder seminal universal «, explica Cosmiel sobre el Sol. «Esto fluye y afecta a todos los planetas por radiante difusión». Se puede afirmar, al leerlo, que Itinerarium Exstaticum representó un paso importante hacia la ciencia ficción moderna. De hecho, y aunque la estatura científica de Kircher en gran parte se haya desvanecido, su trabajo influenció a muchos grandes escritores y artistas, incluyendo a Sor Juana Inés de la Cruz, Edgar Allan Poe, Julio Verne, Marcel Duchamp y Giorgio De Chirico, entre otros.

 

]]> https://dadaisforever.wordpress.com/2017/04/17/athanasius-kircher-un-genio-y-autor-olvidado/feed/ 10 7247 Luis Irles Las memorias de un espía inglés https://dadaisforever.wordpress.com/2017/03/20/las-memorias-de-un-espia-ingles/ https://dadaisforever.wordpress.com/2017/03/20/las-memorias-de-un-espia-ingles/#comments Mon, 20 Mar 2017 18:41:51 +0000 https://dadaisforever.wordpress.com/?p=7237 Sigue leyendo ]]>

‘Volar en círculos’ es el título de las esperadas memorias de John Le Carré, uno de los escritores más leídos del pasado siglo. Sus novelas ambientadas en el embrollado mundo del espionaje durante los años perversos de la Guerra Fría –tales como El espía que volvió del frío, El topo, La gente de Smiley— son también conocidas mundialmente gracias a las numerosas adaptaciones cinematográficas y televisivas que se han hecho de ellas.

Más de medio siglo después de publicar su primera novela, «Llamada para un muerto» (1961) –y de vender millones de ejemplares en todo el orbe–, el gran escritor británico decidió compartir con sus lectores aspectos de su vida. Lo hizo tras muchos años de ir ofreciendo con cuentagotas pequeños datos sobre su época de agente del MI5 y del MI6.

¿Qué suelen esperar los lectores de las memorias de un escritor que, en principio, ha tenido una vida de lo más movida, como es el caso de Le Carré, que fue espía antes de que escritor y que, gracias a su fama y también a su curiosidad, ha viajado por todas partes y ha tratado personas de toda especie y pelaje? Yo diría que esperan, sobre todo, tres cosas: la posibilidad de al menos atisbar la cara del hombre que se esconde tras la máscara del escritor, la oportunidad de descubrir los hechos auténticos y las personas reales que ha utilizado como materiales en bruto para sus ficciones y, last but not least, un anecdotario diverso y curioso, entre pintoresco y dramático. En ‘Volar en círculos’ todas esas espectativas se cumplen ampliamente.

Camuflar la persona

El hombre llamado Le Carré, en cambio, sólo se muestra tangencialmente y con reservas. No deja entrever casi nada sobre su ideología, aunque trata temas de actualidad como el espionaje de la NSA y Guantánamo. Tampoco habla abiertamente de su vida afectiva ni declara nada sustancial sobre su formación intelectual y literaria. De la época más misteriosa y, en teoría, más jugosa de su biografía, él cuenta el malestar que sus primeras novelas causaron a sus colegas –por la imagen de incompetencia y falta de piedad que ofrecían– y hace el siguiente comentario: «Sobre mi trabajo para la Inteligencia Británica, ejercida sobre todo en Alemania, no quiero añadir nada nuevo a lo que ya han informado otras personas en otros lugares, y de manera poco rigurosa por cierto». Sólo hay un aspecto personal que trata a fondo: su padre, un estafador carismático, manipulador y peligroso, que lo marcó de una manera perenne y turbia. Más allá de esto, sin embargo, todas las cuestiones íntimas y personales están cubiertas por un velo de secretismo, a menudo irónico y en ocasiones presumido. Lo más curioso, sin embargo, es que, a pesar de que se esconde constantemente tras la roca, el lector siente que Le Carré está siendo sincero y que realmente está explicando quién es y cómo ha sido su vida. ¿Paradójico? En absoluto. Esto se llama ser un buen novelista.

Hay que tener en cuenta el subtítulo del libro, ‘Historias de mi vida’, porque avisa de entrada que Le Carré –seudónimo de David Cornwell– ha optado por construir las memorias no siguiendo el orden cronológico sino trepando una serie de escenas o de relatos que funcionan autónomamente (algunos aparecieron previamente en prensa, y ahora han sido recuperados). Esta opción formal episódica da vistosidad y una agilidad trepidante al conjunto, pero de vez en cuando también da la sensación de que el autor tiene tantas cosas que contar que algunas las despacha con una excesiva prisa. Sea como sea, desear que un libro de más de 400 páginas tenga unas cuantas más no deja de ser una muy buena señal.

Como no podía ser de otro modo, la fauna humana que llena las páginas de ‘Volar en círculos’ es sorprendente. Le Carré cuenta anécdotas fantásticas –y muy reveladores– sobre políticos (Thatcher, Cossiga, Arafat…), escritores (Joseph Brodsky, Graham Greene, Stephen Spender), magnates de la comunicación (Rupert Murdoch), iconos de la paz (Sajarov), heroínas humanitarias anónimas (Yvette Pierpaolo) y, en especial, gente del cine. Los episodios que dedica a Richard Burton, Martin Ritt, Alec Guinness, Francis Ford Coppola, Sydney Pollack, Stanley Kubrick, Fritz Lang y compañía convierten estas memorias en un festín para los cinéfilos. Es un festín, además, que está escrito con la viveza, la precisión, la gracia y el colorismo propios de un narrador excepcional.

Mr. Arriflex

]]>
https://dadaisforever.wordpress.com/2017/03/20/las-memorias-de-un-espia-ingles/feed/ 14 7237 Luis Irles