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El faro del fin del mundo
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¿No da acaso lo mismo un puerto que otro puerto?Fri, 29 Nov 2019 22:37:59 +0000es
hourly
1 https://wordpress.com/1247714https://s0.wp.com/i/buttonw-com.pngEl faro del fin del mundo
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Fin de una época
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https://dadaisforever.wordpress.com/2017/11/27/fin-de-una-epoca/#commentsMon, 27 Nov 2017 22:20:03 +0000https://dadaisforever.wordpress.com/?p=7627Sigue leyendo →]]>Después de diez años, unos 400 artículos publicados, 2 millones setecientas mil visitas, e innumerables amigos, EL FARO DEL FIN DEL MUNDO finaliza su andadura. Pero antes, si me lo permiten, me gustaría hablarles un poco de mi hermano, de Luís Irles, y como era realmente ese buen marino inolvidable que tantas cosas compartió con ustedes.
Luis fue un gran hijo, un buen hermano, un generoso amigo de sus amigos y el mejor compañero de vida de una mujer, Milena, a la que siempre quiso con toda su alma. Y fue también, desde luego, un padre maravilloso y un abuelo difícil de igualar. Siempre con una sonrisa en la cara, ejercía sus dotes de relaciones públicas con todo aquel que se cruzara en su camino. Siempre luchó por aquello que más le importaba: la felicidad de los suyos.
Con su marcha, El faro del fin del mundo cierra una intensa etapa que supuso para mi hermano muchos momentos de alegría y satisfacción, que en gran parte se los debe a ustedes, lectoras y lectores. En todo caso, esta blog –aunque ya inactivo– continuará en la red con sus puertas abiertas, dando la bienvenida a todo aquel que quiera volver a hacer una visita al pasado.
Mil gracias a todos,
Julio Irles
]]>https://dadaisforever.wordpress.com/2017/11/27/fin-de-una-epoca/feed/37627Luis IrlesPalabras de gratitud
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https://dadaisforever.wordpress.com/2017/11/26/se-apaga-la-luz-de-este-faro/#commentsSun, 26 Nov 2017 20:56:21 +0000https://dadaisforever.wordpress.com/?p=7497Sigue leyendo →]]>«La muerte es el regreso a la eternidad, ya que la vida es un instante entre dos eternidades» Santa Teresa de Jesús
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La familia de Luis Irles Jiménez, fallecido el 23 de noviembre de 2017, desea hacer púbico su profundo agradecimiento a todas las personas que, a través de sus hermosos y nobles comentarios, nos han hecho llegar sus sentidas condolencias a través de este blog.
Santiago de Chile, 29 de noviembre de 2017
Para los que se fueron, eternamente vivos en nuestra memoria
Eran esos marinos que al encontrarse beben, con avidez, la vida. Ellos eran, como tú, callados; como tú, tan vivos; como tu sombra, tan frescos y puros; como los mares navegados, tan leves y ausentes; como nosotros, tan reales al cabo de un tiempo y tantas desconocidas olas, fatigada espuma sobre la soledad de los puertos.
]]>https://dadaisforever.wordpress.com/2017/11/26/se-apaga-la-luz-de-este-faro/feed/417497Luis IrlesCiencia y Filosofía, inevitable y necesaria dualidad
https://dadaisforever.wordpress.com/2017/11/13/ciencia-y-filosofia-inevitable-y-necesaria-dualidad/
https://dadaisforever.wordpress.com/2017/11/13/ciencia-y-filosofia-inevitable-y-necesaria-dualidad/#commentsMon, 13 Nov 2017 16:46:58 +0000https://dadaisforever.wordpress.com/?p=7477Sigue leyendo →]]>
Las reediciones de libros, por razones obvias, acostumbran a tener sentido. Este es el caso del famoso «New Guide to Science» (Introducción a la Ciencia), de Isaac Asimov, que una editorial canadiense vuelve a lanzar al mercado anglosajón. Un libro que se publicó por primera vez en España hace años y que no ha perdido frescura. Lo leí entonces y su relectura (ahora en inglés) no me ha decepcionado en absoluto.
No es muy frecuente, por otra parte, comentar libros de ciencia ni referirse a ellos en diarios, blogs o revistas de información general. Más bien al contrario: al libro de ciencia se le ignora, se le teme o se le desprecia, ya que al «hombre de letras» siempre le ha venido un poco grande, siempre le ha desagradado el acercamiento a temas científicos. Al fin y al cabo, se suele pensar, lo especulativo, lo filosófico, lo «literario», está por encima de lo exacto y mensurable. Además, añadimos nosotros, se suele despreciar lo que se ignora o no se entiende.
Pero es el caso que filosofía y ciencia siempre han ido unidas, y hoy más que nunca. Y es el caso, también, que asistimos al arrumbamiento de concepciones y maneras de pensar tradicionales. Entre nosotros, tradicional ha sido el compartimentar la cultura, el «especializarse» en esto o lo otro despreocupándose de lo demás, como si lo que llamamos conocimiento pudiera servirse y asimilarse al igual que un queso en porciones. Mentalidad pequeña y provinciana, en definitiva. Porque el entramado interdisciplinar está empezando a jubilar, afortunada y definitivamente, al hasta hoy imperante y mal entendido juego de las disciplinas aisladas, de las «especializaciones».
Isaac Asimov se nos muestra decidido opositor a ese juego. Él, o el equipo que figure al amparo de su nombre, entusiasta de la Ciencia —con mayúscula—, con una capacidad prodigiosa para llegar con un lenguaje claro y ameno al lector medio, autor de obras científicas y de ciencia-ficción, escritor fecundo e imaginativo, hombre culto y humanista, siempre estuvo obsesionado por el hombre y su felicidad. Pero una felicidad a través de la razón, no dependiente de algo irracional que se nos dará porque así se nos dice, sin más.
Introducción a la Ciencia es un vasto panorama enciclopédico en el que Isaac Asimov nos puso al día con datos, leyes y teorías, actualizados a nivel de divulgación respecto al campo que le es propio según indica el título de la obra. El Universo, su inabarcable amplitud, las ciencias biológicas y químicas, la materia y el átomo, la astrofísica, la teoría de la relatividad…
El contenido del libro se nos ofrece en dos partes, un apéndice y la correspondiente bibliografía. La primera parte consta de nueve capítulos, bajo el título genérico de «Ciencias físicas»: ¿Qué es la Ciencia?, el Universo, la Tierra, la Atmósfera. los Elementos, las Partículas, las Ondas, la Máquina, el Reactor. La segunda parte, «Ciencias Biológicas», consta de siete capítulos: la Molécula, las Proteínas, la Célula, los Microorganismos, el Cuerpo, las Especies, la Mente. El apéndice se refiere a las Matemáticas en la Ciencia. Un panorama abarcador y completo de hasta dónde había llegado la Ciencia entonces, de cómo estaban las cosas en ese terreno y de qué perspectivas se atisbaban a la vista de los conocimientos de entonces.
«Quienes se sientan subyugados por la invencibilidad del espíritu humano y la incesante eficacia del método científico como herramienta útil para desentrañar las complejidades del Universo, encontrarán muy vivificador e incitante el veloz progreso de la Ciencia… La Ciencia no quiere estancarse. Ofrece un panorama lleno de sutiles cambios y esfumaciones, incluso mientras la estamos observando. Es imposible captar cada detalle en un momento concreto, sin quedarse rezagado inmediatamente… Ahora se plantea ya la cuestión de los pulsar, los agujeros negros, la deriva de los continentes, los hombres en la Luna, el sueño REM, las oleadas gravitacionales, la holografía, el AMP cíclico…, todo ello posterior a 1965…» Son palabras de Asimov en el prólogo de la obra que comentamos.
Introducción a la Ciencia es un libro absolutamente recomendable. Con él nos percatamos mejor y más exactamente de qué somos —de qué es el hombre—, de qué papel desempeñamos en este aparente rompecabezas sin sentido que es el Universo… Libro absolutamente recomendable no sólo por lo que supone de ampliación de nuestra cultura y de nuestros conocimientos, sino por lo que significa como aporte, confirmación, negación. apoyo o complemento a las ideas y pensamientos superiores que cada cual pueda tener.
Hoy día es «incompleto» vivir sin un conocimiento lo más amplio posible del estado y los logros de la Ciencia, si es que de verdad deseamos estar al día y en contacto con la realidad que nos rodea en todos sus aspectos. Porque, además, la Ciencia es factor determinante en nuestro desenvolvimiento, en nuestra cotidiana existencia. Se ha dicho que la Ciencia es la nueva Filosofía. Sin llegar a tan radical afirmación, sí puede colegirse, en cambio, que la Ciencia está obligando a conformar esa nueva Filosofía. La Ciencia, por otra parte, está suponiendo un elemento perturbador en el terreno de la teología y de las ideas religiosas. Elemento perturbador que, por contradictorio que pueda parecer, para algunos se ha convertido en factor tranquilizador y confirmatorio de sus convicciones metafísicas.
La lectura de Introducción a la Ciencia, además de fascinante y sobrecogedora, nos invita, nos obliga más bien, a una actitud de humildad, de extremada humildad, ante todo aquello que nos supera, que nos desborda, que nos sobrepasa. Que es mucho. Se ha dicho que la Ciencia conduciría al hombre hacia el ensoberbecimiento, al acabar por creerse un dios. A la vista del panorama que nos ofrecía Asimov, uno más bien piensa todo lo contrario. El hombre es una insignificancia, muy poca cosa, casi nada. Y lo mejor que puede hacer es llevarlo con mucha humildad. Lo contrario sería acrecentar y hacer más ostensible esa poquedad. Por lo menos, utilizar la inteligencia.
J. G. M.
]]>https://dadaisforever.wordpress.com/2017/11/13/ciencia-y-filosofia-inevitable-y-necesaria-dualidad/feed/197477Luis IrlesPara entender el futuro
https://dadaisforever.wordpress.com/2017/10/20/para-entender-el-futuro/
https://dadaisforever.wordpress.com/2017/10/20/para-entender-el-futuro/#commentsFri, 20 Oct 2017 11:11:11 +0000https://dadaisforever.wordpress.com/?p=7462Sigue leyendo →]]>Dos descubrimientos científicos que han sembrado una semilla de esperanza en nuestro planeta han sido reconocidos por los premios internacionales de la ‘Fundación BBVA Fronteras del Conocimiento’. Sus protagonistas luchan por mejorar nuestras vidas.
El físico estadounidense de origen alemán, Isaac Held
Los investigadores Isaac Held y Alexander Varshavsky, con sus importantes y correspondientes descubrimientos científicos que atañen al cambio climático y a la lucha en contra graves enfermedades como el cáncer o el Parkinson, han sido reconocidos a nivel internacional por su aportación en el desarrollo y avance de la ciencia en las áreas de Medioambiente, Ecología y Biología.
Un alegato optimista para estos tiempos de crisis en los que la ciencia, el medioambiente y la cultura se han visto relegados en la agenda de prioridades públicas.
PREDECIR EL FUTURO DEL CLIMA.
El físico estadounidense de origen alemán, Isaac Held, ha conseguido este reconocimiento en la categoría de Cambio Climático “por sus contribuciones, pioneras y fundamentales, en nuestra comprensión de la estructura de los sistemas de circulación atmosférica y del papel del vapor de agua en el cambio climático”, señala el acta.
El estudio aporta una nueva e innovadora dirección para conocer las transformaciones que el cambio climático, provocado por el calentamiento global, causará en el planeta en un plazo determinado. El objeto de estudio para Held está basado en el papel esencial del agua, tanto de su movimiento en la atmósfera, como la influencia que ejerce en el efecto invernadero.
Las demostraciones del físico estadounidense explican la existencia de las diferentes zonas tropicales del planeta y, además, los cambios que estas zonas experimentarán como consecuencia del cambio climático. Y Held lo que predice, como conclusión del trabajo desarrollado, es que las zonas tropicales serán más húmedas y las subtropicales más secas, una tendencia que ya se observa.
“La cantidad de agua en la atmósfera es lo que hace que unas zonas sean más húmedas que otras. En mis trabajos he buscado analizar cómo se mueve el agua en la atmósfera, y cómo el cambio climático altera estos patrones”, explicó Held tras conocer el fallo.
El proceso del vapor de agua se retroalimenta como efecto del incremento de las temperaturas. A mayor temperatura mayor cantidad de vapor que, a su vez, multiplica el calentamiento. Aspecto necesario para predecir el clima futuro.
Los estudios de Held han estado centrados, sobre todo, en el área del Mediterráneo, donde el físico advierte que, de no reducirse las emisiones de CO2, la temperatura podría aumentar en 3 grados centígrados en un siglo. Consecuencia de este ascenso térmico será la reducción de lluvias, entre un 10 y un 15 por ciento.
UNA PUERTA ABIERTA CONTRA EL CÁNCER.
El científico Alexander Varshavsky, del Instituto Tecnológico de California.
En el área de la Ecología y Biología de la Conservación, la Fundación BBVA ha otorgado el premio correspondiente al químico Alexander Varshavsky, del Instituto Tecnológico de California (EE.UU.), por descubrir “los mecanismos implicados en la degradación de proteínas, así como su importancia fundamental en los sistemas biológicos”, señala el acta.
Las investigaciones realizadas por el químico de origen ruso han tenido una gran repercusión en la investigación biomédica desde la década de los 80, cuando Varshavsky hizo sus primeros descubrimientos.
“Me siento un privilegiado por haber contribuido al nacimiento de este campo y de participar en su desarrollo posterior. El área creció rápidamente en los noventa, hasta convertirse en un campo amplio y variado”, señaló el químico tras conocer el fallo del jurado.
Alexander Varshavsky ha descubierto que unas proteínas llamadas ubiquitinas funcionan como etiquetas uniéndose a las proteínas que deben ser destruidas, así como sus señales de reconocimiento y su especificidad. El químico de origen ruso “demostró cómo la ubiquitina (…) se une a otras proteínas y las marca para su destrucción”, indica el acta.
“Este sistema –continúa- es esencial en las funciones celulares habituales, desde el control de la trascripción genética, la síntesis de proteínas y la reparación del ADN; a la división celular y la respuesta al estrés”.
Estos descubrimientos dieron lugar a estudiar posteriormente la implicación que tienen las ubiquitinas, cuando su mecanismo de degradación es defectuoso, en un amplio espectro de enfermedades que van desde el cáncer a enfermedades del sistema inmune y neurodegenerativas, como el Parkinson.
“Es probable que los fármacos que actúan sobre el sistema de degradación de proteínas regulado por las ubiquitinas tengan una repercusión amplia en la medicina”, subraya el acta del fallo.
Las investigaciones de Varshavsky han abierto todo un nuevo campo en la Biomedicina, ya que en la actualidad la búsqueda de terapias y nuevos fármacos basados en las ubiquitinas es una de las áreas con más actividad. “Hay una ingente investigación médica en marcha, tanto en compañías farmacéuticas como en universidades, para diseñar pequeñas moléculas que bien, inhiban o amplifiquen muchos aspectos funcionales de las ubiquitinas”, dice Varshavsky.
Las ocho categorías de los Premios Fundación BBVA Fronteras del Conocimiento, dotada cada una de ellas con 400.000 euros (unos 500.000 dólares), no solo responden al mapa del conocimiento en el inicio del siglo XXI, sino también a algunos de los retos centrales de este periodo a escala global.
Por Isabel Martínez Pita.
EFE-REPORTAJES
]]>https://dadaisforever.wordpress.com/2017/10/20/para-entender-el-futuro/feed/87462Luis IrlesJoan Miró, un artista comprometido con su tiempo
https://dadaisforever.wordpress.com/2017/09/25/joan-miro-un-artista-comprometido-con-su-tiempo/
https://dadaisforever.wordpress.com/2017/09/25/joan-miro-un-artista-comprometido-con-su-tiempo/#commentsMon, 25 Sep 2017 17:04:05 +0000https://dadaisforever.wordpress.com/?p=7431Sigue leyendo →]]>Conocido por su contribución al movimiento surrealista, que le situaron como uno de los artistas más representativos del siglo XX, la creatividad de Joan Miró también pone de manifiesto el compromiso político que mantuvo con su tiempo y su país y que pudo ser contemplado en la muestra “Joan Miró. La escalera de la evasión” que se presentó en su ciudad natal y que posteriormente viajó hacia los Estados Unidos de América.
Joan Miró, una de las figuras más destacadas de las vanguardias artísticas europeas del siglo XX.
De Joan Miró (Barcelona 1893-Palma de Mallorca, 1983) se conoce su apuesta por los símbolos y colores vivos, un lenguaje surrealista que ha sido admirado en todos los rincones del planeta gracias a sus pinturas, esculturas, cerámicas, textiles, grabados y dibujos.
Pero el gran legado que dejó el genial artista catalán también guarda un componente político, su compromiso con su tiempo y su país como claramente se reflejó en la exposición “Joan Miró. La escalera de la evasión”, que tuvo lugar en la Fundación Joan Miró de Barcelona y que posteriormente viajó a la National Gallery of Art de Washington.
La muestra, patrocinada por la Fundación BBVA, el Ayuntamiento de Barcelona y la Generalitat de Cataluña, reunió más de 170 obras, entre pinturas, esculturas y trabajos sobre papel, procedentes de colecciones públicas y privadas de todo el mundo y que pretendía mostrar “su faceta más comprometida”, explica Teresa Montaner, conservadora de la Fundación Miró e impulsora de esta exposición junto a los comisarios de la Tate Modern de Londres, Mathew Gale y Marko Daniel, de donde procede esta exposición. En la famosa galería londinense, “Joan Miró. La escalera de la evasión” fue visitada por 303.000 personas.
LA ESCALERA, SÍMBOLO DE ESCAPE.
‘Métamorphose’, 1936. de Joan Miró.
Calificada como la exposición más importante sobre Joan Miró que ha podido verse en España en los últimos veinte años, la muestra toma el nombre de uno de los cuadros del artista catalán en el que la escalera, recurrente en su obra, aparece como símbolo de la necesidad de escapar de una realidad política y social que él rechaza.
Miró pintó ese cuadro, «La escalera de la evasión», perteneciente a la colección del MOMA de Nueva York, en 1940, un año después del final de la guerra civil española y ya con el general Francisco Franco instalado en el poder.
‘La estrella matutina’, obra de Joan Miró realizada en 1940.
‘Tête d’homme’, de 1937. Obra perteneciente al Museo de Arte Moderno de Nueva York.
La exposición, dividida en tres apartados, revisa un largo periodo de cerca de sesenta años y muestra la sensibilidad y el posicionamiento de Joan Miró frente a unos acontecimientos que marcaron la historia del siglo XX.
La primera parte de la exposición explora la catalanidad de Miró y los vínculos con su tierra como se plasma en obras como “La masía” (1921-1922), que perteneció a Ernest Hemingway, amigo del artista catalán, o en “Cabeza de payés catalán” (1924-1925). “La identificación de Miró con Cataluña fue constante y nunca renunció a ella”, apuntan los comisarios Matthew Gale y Marko Daniel en la presentación de la exposición.
El drama de la Guerra Civil española, que llena la sección central de la exposición, se refleja en obras como “Naturaleza muerte del zapato viejo” (1937), una pintura al óleo que refleja una sensación de ruptura, de desgarramiento, por parte del autor. “Para mí,” declaró Miró en 1936, “la palabra ‘libertad’ tiene un sentido y lo defenderé a cualquier precio”.
Un joven junto a la obra de Joan Miro, ‘Personatges sobre fons vermell’. Foto de Andreu Dalmau
En esta época, Miró recibe el encargo durante su exilio en París de una gran pintura mural de cinco metros y medio de altura, titulada “El Segador” (Payés catalán en revuelta), para el Pabellón Español de la República de la Exposición Internacional de la capital francesa. Por desgracia, esta pintura, que había estado expuesta junto al “Guernica” de Picasso, desapareció al desmantelar el Pabellón.
La última sección de la muestra examina los últimos años de la dictadura franquista, años setenta, una etapa en la que el artista catalán trabajó en España en una especie de exilio interior, mientras en el exterior crecía el reconocimiento hacia su obra.
Los trípticos “La esperanza del condenado a muerte” y “Fuegos artificiales”, ambos de 1974, reflejan la atmósfera de rebelión de esta época. Tras la muerte de Franco en 1975 y la apertura democrática en España, Miró habló de la responsabilidad cívica del artista en su discurso de aceptación como doctor honoris causa por la Universidad de Barcelona, en 1979. “Entiendo que un artista es alguien que, entre el silencio de los demás, utiliza su voz para decir algo y que tiene la obligación de que no sea algo inútil, sino algo que preste servicio a los hombres”.
Una mujer ante la obra de Joan Miro ‘La Masia’. 1921-1922. Foto de Andreu Dalmau.
La muestra “Joan Miró. La escalera de la evasión” fue la antesala del 120 aniversario del nacimiento y el trigésimo de la muerte de este artista catalán, una de las figuras más destacadas de las vanguardias artísticas europeas del siglo XX.
Bajo el título de ‘Ted Russell: Bob Dylan NYC 1961-1964’, la neoyorquina galería de Steven Kasher estuvo albergando –desde el 20 de abril hasta el pasado 3 de junio– una exposición de fotografías excepcionalmente interesantes del músico, poeta y Premio Nobel de Literatura 2016, Robert Allen Zimmerman, más conocido por Bob Dylan. Casualmente, me encontraba yo en la Gran Manzana en esos días y –tres o cuatro jornadas antes de su clausura– me planté en el 515 de la calle Oeste con la 26. La exposición, resumida en pocas palabras, no era más que una fresca mirada del fotógrafo Ted Russell (que en la actualidad tiene 87) años al interior del joven Bob Dylan, cuando éste vivía en un descuidado apartamento del Greenwich Village a principios de la década de los 60.
En noviembre de 1961, Bob Dylan tenía 20 años, y ya era un cantante bastante popular que se preparaba para una ascendente y prometedora carrera musical. Sus primeras actuaciones pagadas, sobre todo en el ‘Gerde’s Folk City’, despertaban interés. Una favorable e inesperada reseña en el ‘New York Times’ y la grabación y lanzamiento de «Song for Woody», su primera composición original, tuvo un gran éxito e influyó en muchos cantantes y compositores de la época.
Por su parte Ted Russell –nacido en Londres en 1930– y residente en los Estados Unidos desde el año 1952, está considerado uno de los grandes fotógrafos del siglo XX. Comenzó a fotografiar a los 10 años y, a los 15, ya colaboraba con algunos periódicos londinenses. Al año siguiente, trabajó en ‘Acme Newspictures’ en Bruselas. Más tarde se unió al personal de ‘Now’, un magazine ilustrado, y posteriormente a la revista ‘Spotlight’. En el 52 abordó el Queen Mary para Nueva York, llegando con cuatro cámaras y 200 dólares. Pronto fue reclutado y se desempeñó como fotógrafo del Ejército. Después de asistir a la Universidad de California en Berkeley, regresó a Nueva York y se convirtió en fotógrafo de la revista ‘Life’ durante más de 12 años. Sus trabajos han aparecido además en las prestigiosas revistas ‘Newsweek’, ‘Time’, ‘Saturday Review’ y ‘New York’ e igualmente expuestas en el Centro Internacional de Fotografía y en el MOMA.
Por mi parte, debo confesar que fue una grata experiencia la visita que hice a la ‘Steven Kasher Gallery’, inspiradas por la música y los retratos de Bob Dylan. Estas fotografías de Dylan han sido una iluminación: cuando en 1961 su primer disco ni siquiera había sido promocionado, el músico de 21 años, con el pelo rizado y los ojos vivos, estaba a punto de proclamar su propia verdad al mundo, aunque nadie lo sospechaba. Armado con su máquina de escribir y su guitarra iba a aplastar y absorber la realidad y devolverle la vida dentro de una nueva forma, con un equilibrio perfecto entre una inocencia necesaria y ligera para hablar sinceramente al mundo y una tenacidad antigua, de siglos, para hacerlo. Fue Bob Dylan, sin duda, el joven que cambió el rock and roll en ese momento, la primera gran revolución musical desde que Elvis Presley la iniciara en Memphis en 1956.
Mr. Arriflex
]]>https://dadaisforever.wordpress.com/2017/07/26/ted-russell-bob-dylan-nyc-1961-1964/feed/67375Luis IrlesEn torno a la literatura infantil y juvenil
https://dadaisforever.wordpress.com/2017/07/01/en-torno-a-la-literatura-infantil-y-juvenil/
https://dadaisforever.wordpress.com/2017/07/01/en-torno-a-la-literatura-infantil-y-juvenil/#commentsSat, 01 Jul 2017 19:47:27 +0000https://dadaisforever.wordpress.com/?p=7332Sigue leyendo →]]>
La literatura infantil y juvenil en los países hispanohablantes está considerada como un subgénero literario que los escritores y críticos pasan por alto con pleno convencimiento. Cierto es que muy pocos deben tener recuerdos gratos de lecturas de libros infantiles en su propia niñez: estaban los cómics de mal gusto y tan alienantes como para considerarlos peligrosos para la «salud mental» de las víctimas (hoy sucede lo mismo) y los textos edificantes —donde en cada página se levantaba un dedo moralizador, amenazante— que ayudaban a aprender la lección del colegio. Obviamente, estos géneros no podían despertar ningún entusiasmo, ninguna afición a la lectura.
La últimas encuestas del CIS sobre hábitos de lectura en España –país al que, paradójicamente, se le considera una potencia editorial– han vuelto a dar un resultado alarmante: el 40% de la población reconoce que no lee nunca un libro o prácticamente nunca. Me parece una cifra suficientemente elocuente como para insistir en hechos elementales: hay que dedicar más atención al campo de la literatura infantil, estimular la lectura desde muy pequeño, familiarizar al niño con el libro como objeto bello y divertido, crear bibliotecas públicas, crear bibliotecas en los colegios, crear bibliotecas ambulantes, separar tajantemente la pedagogía de la literatura infantil y difundir un hecho aparentemente poco conocido: la literatura infantil es una diversión, una pasatiempo agradable.
¿Y qué es entonces esta literatura infantil y juvenil? Mi respuesta es que se trata de literatura a secas, como la novela policíaca, bien hecha, es literatura. Una prueba para ver si un libro «infantil» es bueno o no, consiste en leerlo uno mismo: si se divierte, la respuesta es positiva, si se aburre, es negativa.
Hay varias maneras de interesar a los adultos. Y hay que interesarlos, porque los niños no disponen generalmente de dinero para poder comprar libros; ¿cuántos niños habrán entrado alguna vez en una librería? ¿Dónde encontrarán fácilmente el rincón dedicado a sus libros?
Se puede reflexionar sobre la necesidad de crear hábitos de lectura y leer y discutir con los niños los textos, escoger libros no pedagógicos, no didácticos, no moralizantes sino aquellos que tienen calidad literaria y tratan problemas contemporáneos. Cualquiera puede disfrutar de la lectura de un cuento de hadas que, como lo ha demostrado Bruno Bettelheim recientemente, son una práctica muy necesaria para poder solucionar conflictos emocionales y sociales. También sirven para evocar pueblos lejanos, e ir conociendo sus costumbres y mitos. Los niños –está más que probado– suelen ser lectores muy críticos, pero en cambio su acogida es muy alentadora. Grandes escritores han escrito grandes obras infantiles: pienso en Bashevis Singer, Böll, Buzzati, Dahl, Durrell, Kästner, Twain… faltan buenos originales, y faltan más editores de libros infantiles.
LAS PERSPECTIVAS DEL LIBRO INFANTIL, SEGÚN WALTER BENJAMIN
Muchas de las personas que conocieron a Benjamin más de cerca relatan la fascinación que ejercieron sobre el filósofo judío-berlinés los viejos libros para niños, los jeroglíficos o los textos de emblemas y de enigmas, que constituyeron una verdadera obsesión psicológica que rozó la bibliomanía y que, por lo demás, se ubicaba en el trasfondo de una tradición familiar de coleccionismo. Reproducimos a continuación un fragmento perteneciente a los escritos recopilados en 1969 por la Suhrkamp Verlag de Frankfurt am Main con el título de «Über Kinder, Jugend und Erziehung».
FRENTE A UN MUNDO DE SUEÑOS Walter Benjamin
En un cuento de Andersen se habla de un libro infantil con ilustraciones, que se había adquirido por «La mitad de un reino». En él todo estaba vivo. «Los pájaros cantaban y las personas salían del libro y hablaban». Pero cuando la princesa pasó la página, «para no alterar el orden, estos personajes volvieron a entrar inmediatamente en él». Gracioso e indefinido como tantas otras cosas que había escrito, esta pequeña poesía pasa por alto lo que realmente es importante. No son las cosas las que salen de las páginas hacia el niño que está hojeándolas, sino que es él mismo quien entra en ellas desvaneciéndose como si fuera una nube que se llena de resplandecientes imágenes de color. Con su libro para colorear convierte en realidad el arte de la perfección de Tao. Domina la perspectiva, y entre telas de color y distintos encuadres multicolores, se sumerje en un escenario donde vive en cuento de hadas. Hoa, en chino «lavar con tinta china», es equivalente a kua, «añadir: se añaden cinco colores a los objetos. «Aplicar» colores, se dice en alemán. En este mundo permeable, cubierto de colores, donde paso a paso se transforma todo, se considera al niño un compañero de juegos. Adornado con todos los colores, que absorbe leyendo y mirando, participa de una mascarada. Leyendo —porque también las palabras acuden a esta mascarada, participando en ella, arremolinándose como copos de nieve. «Príncipe es una palabra atada a una estrella», dijo un niño de siete años. Los niños cuando inventan cuentos son directores artísticos que no admiten la censura del «sentido». Esto puede probarse fácilmente. Si se les indican cuatro o cinco palabras y se les pide que construyan rápidamente una frase, aparecerá la prosa más sorprendente. No perspectiva, sino guía del libro infantil.
De un golpe, las palabras se disfrazan y están implicadas en luchas, escenas de amor o peleas. Así escriben sus textos los niños, pero también así los leen. Y existen extraños y apasionantes cartillas de lectura que juegan con las ilustraciones. se produce en la lámina de la «A» un idilio que parece muy enigmático, hasta que se descubre que se han reunido en ella las palabras abuela, águila, albóndiga, aleta…. Las imágenes de este tipo, los niños las conocen tan bien como los bolsillos de sus trajes, dándoles la vuelta exactamente igual, sin olvidarse el rincón o hilito más pequeño. Y si en los grabados de cobre coloreados, la fantasía del niño se sumerge en sí misma ensoñada, el grabado de madera en blanco y negro, con su imagen realista y prosaica, le devuelve a la realidad. Con la invitación urgente a la descripción que guardan las imágenes, se despierta la palabra en el niño. Pero cuando describe estas imágenes, efectivamente las emborrona. A diferencia de cualquier plano de colores, el suyo sólo existe alusivamente y sólo es capaz de una cierta condensación. Así, el niño inventa. Y con las palabras aprende al mismo tiempo que el lenguaje al escritura: los jeroglíficos, en cuyos signos aún hoy se da significado a las cosas: huevo, sombrero… El verdadero valor de estos libros infantiles, con gráficos sencillos, está muy lejos de la drástica estúpida por la que la pedagogía racionalista los recomendada.
De modo menos sistemático, más caprichoso y más salvaje, el niño sigue el acertijo gráfico del «ladrón», del «alumno perezoso» o del «Maestro escondido». También estas imágenes, que se parecen a los dibujos contradictorios e irrealizables que hoy en día se usan como tests, sólo son una mascarada, alegres farsas improvisadas en las cuales las personas se ponen boca abajo, meten piernas y brazos entre ramas y se cubren con el techo de una casa que les sirve de abrigo. Este carnaval se encuentra hasta en los espacios más serios de los libros de lectura y las cartillas del abecedario. Renner publicó en Nürnberg, en la primera mitad del siglo pasado, una serie de 24 láminas donde las letras mismas aparecían disfrazadas, si es que puede decirse así. La «F» aparece disfrazada de franciscano, la «O» de oficinista, la «P» de portaestandarte. El juego gustó tanto, que hasta hoy pueden encontrarse estos viejos motivos con todo tipo de variaciones. Al final, el Rebus pone fin a este carnaval de palabras y letras. Él es el desenmascarador: del desfile brillante sale al encuentro del niño el proverbio, el razonamiento sencillo. Este Rebus (curiosamente antes se consideraba derivado de rever y no de res) tiene un origen de lo más noble, desciende directamente de los jeroglíficos del Renacimiento y de uno de sus grabados más valiosos, la Hypnerotomachia Poliphili, que es, en cierto modo, su certificado nobiliario. En Alemania quizá nunca alcanzó el grado de difusión que tuvo en Francia, donde hacia 1840 se pusieron de moda unas encantadoras series de obleas cuyo texto consistía en escritos ilustrados. A pesar de todo, también los niños alemanes tenían bonitos libros «pedagógicos» de Rebus.
A finales del siglo XVIII como máximo, surgen los «Proverbios morales del libro de Jesús Sirach para niños y jóvenes de todas las clases, con ilustraciones que expresan las palabras más nobles.» Este texto está delicadamente grabado en cobre, y todos los sustantivos que lo permiten han sido sustituidos por hermosas imágenes de carácter real o alegórico. En 1842, Teubner publicó tina «Pequeña biblia para niños» con 460 ilustraciones de este tipo. Y como anteriormente, se dedicaba en el libro infantil tanto espacio al trabajo manual como a la reflexión y la fantasía. Un ejemplo son los libros ilustrados con escenas transformables (que fueron los que más rápido degeneraron y que tanto como género como por la escasez de ejemplares parecen haber tenido una existencia muy fugaz). Una pieza encantadora fue el «Livre jou-jou» que, posiblemente en los años cuarenta, publicó Janet en Paris. Se trata de la historia de un príncipe persa. Todas las peripecias de su historia están representadas en imágenes, y cada acontecimiento agradable y salvador surge como por arte de magia cuando se mueven las tiras del margen.
De estilo similar son los libros en los cuales las puertas, cortinas, etc. de las ilustraciones son desplegables, apareciendo tras ellas pequeñas imágenes. Y finalmente, así como las muñecas recortables, tienen su historia («Las transformaciones de Isabel o la niña de los seis disfraces». Un divertido libro para niñas, con siete grabados coloreados y movibles, Viena), también aparecen libros con aquellas bellas láminas que incluían figuras de cartón fijadas a unas hendiduras disimuladas y que podían combinarse de las más diversas maneras. Así se podía configurar un paisaje o una habitación según las diferentes situaciones de un cuento. A los pocos sin embargo que siendo niños —o quizás como coleccionistas— tuvieron la suerte de encontrar un libro de magia o de misterios, todo esto les parecerá insignificante. Estos ingeniosos volúmenes mostraban sucesiones de imágenes variables, según la posición de la mano que los hojeaba. Al experto que lo manejaba con habilidad, una obra de este tipo le mostraba diez veces la misma imagen combinando siempre diferentes páginas, hasta que la mano variaba de posición y, corno si el libro se hubiera transformado, aparecen otras tantas imágenes totalmente diferentes. Un volumen de este tipo parece contener sólo un jarrón de flores, pero de repente muestra después una cara de diablo, luego papagayos, a continuación hojas blancas o negras, un molino de viento, un bufón, un pierrot, etc.
Otro mostraba, según se hojeara, series de juguetes, dulces para el niño bueno, y cuando se manejaba el libro de oráculos de otra forma, varios instrumentos de castigo y caras horribles para amedrentar al niño malo. El apogeo del libro infantil en la primera mitad del siglo pasado no solamente surgió de la orientación concreta de la pedagogía (y que supera el de hoy en algunas cosas), sino también el momento de la vida burguesa de aquellos días. En una palabra: de la época Biedermeier. Existían editores en las ciudades más pequeñas, cuyos productos eran tan encantadores como los modestos muebles de entonces, en cuyos cajones han dormido durante cien años. Por esto no sólo existen libros infantiles en Berlín, Leipzig, Nürnberg, Wien; para el coleccionista, nombres como Meissen, Grimma, Gotha, Pirna, Plauen, Magdeburg, Neuhaldensleben, suenan más prometedores como lugares editoriales. En casi todos trabajaron ilustradores que en su mayoría permanecieron en el anonimato.
De vez en cuando se descubre a uno de ellos y se escribe su biografía. Así pasó con Johann Peter Lyser, pintor, músico y periodista. El libro de fábulas de A. L. Grimm (Grimma 1827) con ilustraciones de Lyser, el Libro de cuentos de hadas para hijos e hijas de las clases cultas, Leipzig 1834, texto e ilustraciones (Grimma o.J.), texto de A. L. Grimm, ilustraciones de Lyser, contienen sus mejores trabajos para niños. El colorido de estas litografías palidece frente al ardiente Biedermeier, y se adapta mejor a los jóvenes demacrados, a veces acongojados, al paisaje lleno de sombreas, al ambiente del cuento de hadas, que no está libre de toques irónico-diabólicos. El arte manual de estos libros está completamente ligado a la vida cotidiana pequeño burguesa, y por tanto no se disfrutaron sino que se emplearon como recetas de cocina o como proverbios. Lo que en la época del romanticismo se soñaba de modo exagerado, aquí se representa en su vertiente más popular, casi infantil. Por esto Jean Paul es su patrón.
El mundo de hadas de sus relatos se expresa en aquellas imágenes, cuyo mundo de colores, brillante, autosuficiente, no se aproxima a ninguna otra obra tanto como a la suya. Porque su ingenio se halla tanto en el color como en la fantasía, más que en la fuerza creativa. Para ver los colores, la intuición de la fantasía, en oposición a la imaginación creativa, se descubre como un fenómeno instigador. A toda forma, a todo contorno que el hombre percibe, él mismo corresponde con la capacidad de reproducirlo. El cuerpo bailando, la mano pintando, lo reproduce y se apropia de él. Esta capacidad tiene sin embargo sus límites en el mundo del color; el cuerpo humano no puede producir el color. No lo crea, sino que lo recibe: en el coloreado y brillante ojo.
Antropológicamente hablando, la visión es también la línea divisoria de los sentidos, al percibir forma y color simultáneamente. Y así le pertenece por un lado el patrimonio de las correspondencias activas: la visión de la forma y el movimiento, el oído y la voz; por el otro, las pasivas: la visión del color pertenece al ámbito de los sentidos del olfato y el gusto. El lenguaje mismo hace del grupo de la visión, el olfato y el gusto una unidad válida tanto para el objeto (intransitivo), como para el sujeto (transitivo). Para decirlo brevemente: el color puro es el medium de la fantasía, el castillo en el aire del niño juguetón, y no la rigurosa norma del artista constructor. Esto está relacionado con su efecto sensual y moral, que Goethe concibió en un sentido totalmente romántico. «Los colores transparentes no tienen límite, ni iluminados ni a oscuras, como fuego y agua pueden ser contempladas su altura y profundidad… La relación de la luz con el color transparente es, cuando se profundiza en ella, inmensamente seductora, y la iluminación de los colores, la mezcla entre si, y su reaparición y desaparición, es como recuperar el aliento pausadamente de eternidad a eternidad, desde la luz más clara hasta el silencio solitario y eterno de los tonos más bajos. Los colores opacos, por el contrario, son como flores que no se atreven a medirse con el cielo, pero que tienen relación con la debilidad por un lado, el blanco, y con el negro, lo malo, por el otro. Estos apenas son capaces de producir variaciones tan elegantes y efectos tan naturales como los colores transparentes que, finalmente, los dominan como fantasmas jugando, y sólo sirven para aumentar su efecto.»
Con estas palabras, la «aportación» a «la enseñanza del color» hace justicia al sentimiento de los buenos coloristas y también al espíritu de los juegos infantiles. Pensemos en los muchos que se basan en la pura intuición para llegar a la fantasía: pompas de jabón, juegos de té, el húmedo colorido de la Laterna mágica, el dibujo con tinta china, las calcomanías. En todos ellos flota el color, alado, por encima de los objetos. Pues su encanto no radica en el objeto de color o en el puro color muerto, sino en su brillo, en su resplandor, en su iluminación. Al final de su panorama, la perspectiva del libro infantil desemboca en una roca llena de flores de estilo Biedermeier. Apoyado en una diosa azul celeste, descansa el poeta de melodiosas manos. La musa le inspira por medio de un angelito que se encuentra junto a él. Diseminados están el harpa y el laúd. En la ladera de la montaña, los enanitos tocan el violín y la flauta. En el cielo, el sol se pone. Así pintó una vez Lyser el paisaje en cuyo fuego se reflejan la mirada y las mejillas de los niños inclinados sobre los libros.
W.B. 1926
]]>https://dadaisforever.wordpress.com/2017/07/01/en-torno-a-la-literatura-infantil-y-juvenil/feed/257332Luis IrlesLa ‘Cinémathèque’ anticipa su homenaje al actor Montgomery Clift
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https://dadaisforever.wordpress.com/2017/06/12/paris-anticipa-su-homenaje-a-montgomery-clift/#commentsMon, 12 Jun 2017 08:57:48 +0000https://dadaisforever.wordpress.com/?p=7305Sigue leyendo →]]>
Montgomery Clift junto a Marilyn Monroe y Clark Gable.
Adelantándose a la celebración oficial del 50 aniversario de la muerte de Montgomery Clift, la emblemática ‘Cinémathèque Française’ ha programado para los próximos días 23, 24 y 25 de julio la proyección de 12 de las 17 películas en los que intervino el inolvidable actor. Entre ellas destacan ‘De aquí a la eternidad’, ‘Río Salvaje’, ‘Vidas rebeldes’, ‘De repente, el último verano’, ‘La heredera’, ‘Río Rojo’, ‘Vencedores o vencidos’ y ‘Yo confieso’.
Mi primer recuerdo de Montgomery Clift va unido a la proyección del film Río Rojo, de Howard Hawks. Era una sala para cinéfilos ya desaparecida, por supuesto. Corría el año 1970 y una de mis inquietudes culturales era frecuentar cines de Arte y Ensayo recomendados por las revistas especializadas de la época. Río Rojo se proyectó junto a Hiroshima, mon amour, de Alain Resnais. Aunque era un gran admiradorde John Wayne, sin embargo me quedé impresionado por el trabajo de Montgomery Clift, que interpretaba en la película de Hawks al hijo de Wayne, un vaquero introvertido. Fue seguramente la profundidad psicológica del personaje, con su rostro atormentado, lo que me atrajo de este inolvidable actor.
Curiosamente Río Rojo fue el primer film de los 17 en que intervino Clift. Había nacido 7 de octubre de 1920 en Omaha (Nebraska). Hasta participar en el film de Hawks (tenía 28 años) Montgomery Clift ya poseía un amplia carrera teatral en Broadway, rechazando las ofertas que le venían de Hollywood. Pronto dos hechos –que posteriorente marcaron toda su carrera– influyeron en el actor. Por una parte su trabajo con Elia Kazan (le dirige en la obra de Thornton Wilder ‘The Skin of Our Teeth’), que le inicia en método del Actor’s Studio (Dustin Hoffman, Jack Nicholson, Robert De Niro y Al Pacino han confesado las influencias que recibieron de Clift). Y por otra parte una disentería que contrajo muy joven, cuyo tratamiento le puso en contacto con el mundo de los fármacos y las drogas.
A partir de la visión de Río Rojo mi interés por Montgomery Clift aumentó sustancialmente. Pero no era fácil acceder a alguna película más si no era a través de las reposiciones (éste era el caso del film de Hawks), sus pases por televisión o algún estreno tardío, como fue el caso de Freud, pasión secreta (Freud, the secret passion), 1962, de John Huston. Mi impresión fue enorme al ver el rostro desfigurado de Clift, que intervino en el film de Huston –bastante mutilado, por cierto– estando casi ciego, con una flebitis producida por el alcohol y las drogas, y después de varias operaciones de cirugía plástica para recomponer su cara dañada en un accidente automovilístico cinco años antes.
La otra gran película de Montgomery Clift fue Vidas rebeldes (The Misfits), 1961, también de John Huston. El médico le había diagnosticado una alarmante pérdida de memoria y de vista, con unas incipientes cataratas. Poco antes de comenzar el rodaje había sido internado en un hospital por una hepatitis aguda. Vidas rebeldes, además de ser un excelente film, es casi la crónica documental de tres seres a punto de desaparecer en la vida real. Clark Gable murió recién terminado el rodaje. Marilyn Monroe y Montgomery Clift lo harían pocos años después tras una vida marcada por la autodestrucción.
Junto a estos tres films, imposible olvidar La heredera (The Heiress), 1949, de William Wyler, a través de sucesivos pases televisivos, con un Clift que interpretaba a un cazador de dotes sin escrúpulos. Un lugar en el sol (A place in the Sun), 1951, de George Stevens, que supuso para el actor su lanzamiento de joven rebelde de la década de los años 50, como sucedió con Marlon Brando y James Dean, a la vez que con el film inició an amistad con Liz Taylor (aunque la productora propagó como reclamo publicitario la idea de un romance entre ellos, sin embargo su relación no pasó de tener un carácter materno-filial, dada la homosexualidad de Clift). Yo confieso (I Confess), 1953, de Alfred Hitchcock, donde interpretaba a un sacerdote católico que debe decidir entre desvelar un «secreto de confesión» o aceptar un crimen que no había cometido.
Junto a Liz Taylor, su gran amiga y confidente
De aquí a la eternidad (From here to Eternity), 1953, de Fred Zinnemann, con un Clift de soldado individualista y rebelde, y con ocho Oscars que obtiene el film (Clift fue únicamente nominado). Estación Termini (Stazione Termini), 1954, de Vittorio de Sica, al que había conocido en un baile de disfraces al que le había invitado Luchino Visconti, film que supuso una incursión europea de Clift, aunque con producción independiente del norteamericano David Selznick, a partir de un guión del padre del neorrealismo italiano, Cesare Zavattini.
De repente el último verano (Suddenly, last summer), 1959, de Joseph L. Mankiewiz, repuesta hace años con todos los honores, film que aceptó interpretar por los ruegos de su amiga Liz Taylor, ya que se encontraba muy mal físicamente, abrumado por el alcohol y las anfetaminas. Vencedores o vencidos (Judgment at Nuremberg), 1961, de Stanley Kramer, con un corto papel que le valió ser nuevamente nominado para un Oscar, en el apartado de secundarios (hay que resaltar que Clift fue nominado en cuatro ocasiones al Oscar, no obteniéndolo nunca). Para finalizar su carrera con un flojo film, El desertor (L’espion), 1966, de Raoul Levy. Cuando iba a comenzar el rodaje con John Huston de Reflejos en un ojo dorado (Reflections on a golden eye), fue encontrado muerto por su secretario. La autopsia diagnosticó oclusión de la arteria coronaria. Clift tenía 45 años.
«No soy raro» –dijo en cierta ocasión– «Lo que sucede es que intento ser un actor, no una estrella de cine. No soy ni un joven rebelde ni un viejo rebelde, ni siquiera un rebelde cansado, sino simplemente un actor que trata de hacer su trabajo con el máximo de convicción y sinceridad.»
Mr. Arriflex
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https://dadaisforever.wordpress.com/2017/06/12/paris-anticipa-su-homenaje-a-montgomery-clift/feed/167305Luis IrlesEl filósofo pulidor de lentes
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Lugar de trabajo de la casa de Spinoza en Rijnsburg (Holanda), con los instrumentos propios de su oficio, como un molino de pulir. El filósofo vivió en Rijnsburg desde el 1661 hasta 1663, como inquilino de Herman Hooman (médico-químico), en una casa situada actualmente en el número 29 de la Spinozalaan.
Spinoza fue excomulgado de la comunidad judía de Ámsterdam el 27 de julio de 1656 cuando contaba con 23 años. A raíz de esta expulsión, el filósofo holandés decidió aprender un oficio: eligió ser pulidor de lentes. Ello le permitió subsistir, satisfacer parte de su intensa curiosidad científica y dedicarse con pasión a la actividad filosófica. La maestría manual y el interés de Spinoza por los avances ópticos de la época (un siglo dorado para Holanda) también tuvieron reflejo en su maestría mental y en su método filosófico: geométrico y óptico a la vez.
El filósofo holandés de origen judío Baruch Spinoza (1632-1677) se ganaba la vida puliendo lentes destinadas a la fabricación de instrumentos ópticos. No vivió de impartir clases; incluso rechazó el ofrecimiento de una plaza en la Universidad de Heidelberg a cambio de conservar la libertad de su verbo rebelde. Tampoco dependió su economía de la publicación de sus obras: apenas solo dos de sus libros vieron la luz en vida del autor, Principios de filosofía de Descartes. Pensamientos metafísicos (1663), con su nombre, y Tratado teológico-político (1670), anónimo. El primero era una exposición crítica de la teoría de Descartes; el segundo, una lúcida y demoledora exégesis bíblica, que cuestionaba una de «las ilusiones» más arraigadas del ser humano, la religión.
El sello inequívoco de Spinoza como autor lo confería una mezcla misteriosa de inteligencia brillante y acerada junto con una profunda originalidad e insólita rebeldía frente a la tradición: lo que Antonio Negri ha denominado «la anomalía salvaje». La obra arquetípica del filósofo holandés, Ética demostrada según el orden geométrico, tuvo que esperar hasta su muerte para ser publicada; pero esas cautelas propias de la época ahora no cuentan, porque los ecos de sus ideas siguen resonando en la actualidad con gran fuerza y colonizando nuevos territorios del pensamiento: así, el interés y reivindicación de las aportaciones de Spinoza a la teoría de los afectos por parte del neurocientífico Antonio Damasio (Looking for Spinoza, 2003).
Estatua de Spinoza ubicada en La Haya, frente a la última residencia del filósofo. Existe otra en Amsterdam.
La influencia de Spinoza ha sido notoria en la historia de la filosofía (metafísica, política, ética), pero resulta un fenómeno sorprendente que este autor fuera silenciado durante mucho tiempo, o leído a hurtadillas y de modo parcial, hasta llegar, en cambio, a la espléndida salud de que gozan en la actualidad los estudios spinozistas y las sociedades dedicadas a esa labor. Spinoza siempre fue un pensador independiente y se mantuvo incólume ante cualquier tipo de oposición externa: la severa excomunión de la comunidad judía de Ámsterdam a la que pertenecía, o las duras críticas de calvinistas y cartesianos. Y él nunca se adhirió a ninguna «iglesia», sino que permaneció libre y fiel a su «círculo de amigos» –feliz expresión de uno de los grandes y tempranos estudiosos spinozistas, Meinsma (Spinoza en zijn kring, 1896). Ese círculo lo formaban personas de mentalidad abierta, fuertemente atraídas por la personalidad del filósofo judío y por el carácter deslumbrante de sus ideas.
Un hecho añadido más a la peculiaridad del llamado «fenómeno Spinoza» fue precisamente su ocupación en un trabajo artesanal: el ya señalado pulido de lentes. Esta tarea le permitió afianzar su humilde sustento, al que colaboró uno de sus amigos más fervientes, Simon Joosten de Vries, con una generosa pensión de 500 florines que Spinoza aceptó finalmente, pero rebajada por él mismo a unos módicos 300 y solo después de la muerte de Simon. Gracias al oficio como pulidor de lentes, pudo también poner en práctica su marcado interés por la ciencia.
En el siglo xvii europeo, la revolución científica y filosófica estaba dando innumerables frutos, desde Galileo a Descartes, y abriendo campos insospechados para la curiosidad humana y el poder del hombre sobre la naturaleza. La modernidad acababa de emerger, y con ella la gestación de todas las consecuencias que vinieron después: algunas extraordinarias y otras no tan deseables. Spinoza no era ajeno a este ambiente de vital renovación y avances científicos, a pesar de un relativo aislamiento, necesario para su pensar, en los diversos lugares de Holanda donde vivió: desde las ciudades de Ámsterdam o La Haya, hasta villas más pequeñas como Rijnsburg o Voorburg. Así lo prueba su amistad con la familia Huygens: con Christiaan –el afamado físico y óptico dotado de gran habilidad para pulir lentes– y especialmente con su hermano Constantijn, con el que la relación fue mucho más cercana; este último también era pulidor y colaboró con Christiaan en la construcción de potentes telescopios que corregían en mucho la aberración cromática. La correspondencia de Spinoza constituye un rico material que refleja no solo la gestación de sus obras o las discusiones filosóficas con amigos y enemigos sino también su curiosidad científica y sus escarceos experimentales.
Un claro ejemplo lo constituye la relación intermitente con el célebre diplomático Henry Oldenburg, secretario de la recién fundada Royal Society of London. Curiosamente, en el intercambio epistolar con Oldenburg, que en ocasiones oficia como intermediario de Spinoza con otros científicos del momento, se trata del experimento del químico Robert Boyle sobre las transformaciones del nitro o salitre (nitrato potásico), y de las observaciones detalladas que Spinoza le transmite a Oldenburg a raíz de su propia experiencia: el filósofo también había efectuado el mismo experimento y algunos más, concluyendo otros resultados, que se basaban en una interpretación mecánica y no química. Todo ello pone de relieve la gran atracción que Spinoza sentía por las ciencias.
En este sentido, las cuestiones inmediatas que surgen son las siguientes: ¿Por qué Spinoza eligió un oficio, y en concreto, el de pulidor de lentes? ¿Qué conocimientos ópticos aportó? ¿Por qué ese interés de un filósofo racionalista, aunque a su manera y no fiel a Descartes, por la óptica? ¿Cómo se plasmó en su filosofía su peculiar mirada óptica?
Spinoza, 1665. Óleo sobre lienzo, detalle. Autor desconocido.
La búsqueda de un oficio
La expulsión de la comunidad judía fuerza a Spinoza a dejar la empresa familiar de comercio (Bento y Gabriel Despinoza) fundada a la muerte de su padre, de la que había estado a cargo hasta los 23 años junto a su hermano Gabriel, y desempeñando su cometido con gran eficacia. El abandono de parientes y amigos judíos (a raíz de la excomunión quedaba prohibido cualquier trato con él) lo conduce irremisiblemente a aprender un oficio, siguiendo en esto quizás uno de los preceptos del Talmud que imponía el ejercicio de un trabajo manual junto a la labor intelectual; y el oficio elegido fue el de pulir vidrios ópticos para gafas, microscopios y telescopios. La maestría conseguida por el filósofo en esta tarea fue elogiada por sus propios coetáneos. Así, un gran amigo suyo como Jarig Jelles comenta en el prefacio a la edición de su Opera póstuma de 1677: «Aparte de la dedicación habitual a las ciencias, se ejercitó especialmente en la óptica y en pulimentar microscopios y telescopios, y demostró en ello tal pericia que, si la muerte no nos lo hubiera arrebatado, cabría haber esperado de él mayores logros» (Domínguez, 1995: 46). También Christiaan Huygens, quien en una de sus cartas afirma: «Siempre me recuerdo de las [lentes] que el Judío de Voorburg tenía en sus microscopios, que tenían un pulimento admirable, aunque no se extendía por todo el cristal» (Domínguez, 1995: 193), dicho, por otro lado, con cierto desdén hacia la clase social de Spinoza. Incluso Leibniz le escribe a fin de intercambiar opiniones sobre óptica (Spinoza, 1988: 294-295):
Entre los demás elogios que la fama ha divulgado sobre usted, opino que está también su extraordinaria pericia en asuntos de óptica. Este es el motivo de que yo quisiera enviarle a usted cualquier ensayo mío, ya que difícilmente encontraría mejor censor en este género de estudios.
Otra prueba añadida de su destreza artesanal la proporciona el hecho de que sus lentes alcanzaron un buen precio a su muerte, cuando se subastaron públicamente sus bienes a fin de saldar las deudas pendientes, según cuenta Johannes Colerus en su Breve, pero fidedigna biografía de Benedictus de Spinoza, de 1705. Entre esos bienes, además de sus preciados libros y objetos personales, se encontraban también los instrumentos propios de su oficio: un molino de pulir y los utensilios correspondientes, catalejos, incluso un telescopio aunque inservible. Lo importante es que este trabajo le dejaba tiempo para sus meditaciones y propiciaba un campo práctico idóneo de cara a sus intereses científicos en el ámbito de la óptica, además de entrenar las virtudes filosóficas de la paciencia y la precisión.
La fascinación por la luz en el siglo XVII
Holanda era a la sazón un país pionero y a la cabeza de Europa en los estudios ópticos y sus aplicaciones experimentales, plasmadas en la invención y perfeccionamiento de instrumentos cruciales para la historia de la ciencia, como el microscopio o el telescopio. El microscopio probablemente fue construido hacia finales del siglo xvi o principios del xvii por el holandés Zacharias Janssen, el cual combinó dos lentes cóncavas con otras dos convexas y creó un microscopio compuesto; aunque no hay total certidumbre respecto al origen preciso de este invento. Un mayor alcance de observación en este campo lo logró Anton van Leeuwenhoek (1632-1723), comerciante de Delft considerado tradicionalmente como el inventor del microscopio simple y también padre de la microbiología como descubridor de los microorganismos. Leeuwenhoek consiguió que una sola lente sirviera como microscopio, al cortarla con un foco corto, y gracias a un magnífico pulido de lentes simples casi esféricas, montadas sobre oro o plata, construyó numerosos microscopios de notable aumento (hasta 300 veces), guardando siempre en secreto su peculiar fabricación. Aplicó el invento a la entomología y a la observación de las plantas y del cuerpo humano. El telescopio, también de invención incierta, es atribuido al pulidor de lentes alemán afincado en Holanda Hans Lippershey (1570-1619), aunque la resonancia científica plena la adquirió con Galileo.
Holanda, ese país de la luz tamizada por el agua, desplegaba su radiación poliédrica no solo en la ciencia, sino también en la pintura: Rembrandt, Vermeer, entre los nombres más señeros de un amplio elenco de pintores de la luz del paisaje, las ciudades, las casas, la vida hogareña y las gentes holandesas. Un estado, también garante de ciertas libertades, que constituía un oasis de tolerancia y prosperidad en medio de una Europa oscura, desangrada por las guerras de religión, y en el que se refugiaban filósofos, científicos, buscando un espacio de tranquilidad para la creación (Descartes, como ejemplo más significativo).
El interés por la luz en el siglo XVII se manifestaba por doquier –no solo en Holanda, sino por toda Europa– y la ciencia y la filosofía se hallaban tocadas por la mirada óptica; baste un somero repaso de algunas obras científicas del momento: Kepler (Ad Vitellionem paralipomena, quibus astronomiae pars optica, 1604), Descartes(Dióptrica, 1637), Hobbes (Tractatus opticus, 1644), James Gregory (Optica promota, 1663), Robert Hooke (Micrographia, 1665), Francesco Maria Grimaldi (Physico-mathesis de lumine, coloribus et iride, 1665), Christiaan Huygens (Traité de la lumière, 1690), y la culminación de todo ello al alborear un nuevo siglo en una obra fundamental de Newton (Opticks, 1704).
Los intereses comunes de aquellas investigaciones se centraban en el estudio de la composición de la luz, sus mecanismos de propagación, el fenómeno de la refracción y la naturaleza del color, sin olvidar sus aplicaciones prácticas. El periplo de los tanteos de estos autores para aprehender la luz y sus propiedades resulta un episodio muy atractivo de la historia de la ciencia: desde la apuesta de Descartes por una propagación de la luz debida a la presión que se transmite desde una fuente emisora entre las partículas del éter, o la teoría de Huygens sobre las pulsaciones concéntricas que se expanden de manera progresiva (culminación del modelo ondulatorio), hasta la novedosa teoría corpuscular de Newton. El abrumador éxito de Newton con su explicación sobre la conexión entre los colores y los grados de refracción merced a su famoso experimento crucial con dos prismas trajo como consecuencia una fuerte matematización de la óptica geométrica, y de esta manera las matemáticas prosiguieron con su imparable avance de colonizar la física. Aunque habría que esperar al siglo xix para constatar la superioridad de Huygens sobre Newton respecto a la explicación del fenómeno de la doble refracción del espato de Islandia. El misterio de la luz y los colores seguiría siendo objeto de fascinación y de estudio para literatos y filósofos: recordemos a Goethe y Schopenhauer, con sus sendas y complementarias teorías del color, aun con matices bien diferenciados.
La curiosidad científica de Spinoza en el campo de la óptica
Spinoza no era un teórico de la ciencia óptica, aunque se le haya atribuido en ocasiones y no sin cierta polémica un Cálculo algebraico del arco iris, publicado anónimamente en 1687 y que, en realidad, es de autoría desconocida. En cambio, las referencias en sus cartas a ese campo científico son numerosas y muestran un gran conocimiento práctico vinculado a su actividad profesional y a su curiosidad intelectual, que implicaba también la aplicación del microscopio y del telescopio en sus observaciones. Precisamente en el corto intercambio epistolar con Leibniz, la comunicación –iniciada a instancias del filósofo alemán– tiene como motivo comentar los avances del momento en la óptica, y Spinoza no duda en explicar a su interlocutor una posible solución al asunto de la variación del punto mecánico en la refracción, además de mencionar a otros autores coetáneos interesados en este campo, como Francisco Lana.
El fuerte interés de Spinoza por este ámbito científico y su conocimiento actualizado también se reflejan en la intensa y abundante correspondencia con Oldenburg: en ella hay referencias indirectas al libro de Hooke, Micrographia, a un tratado de Boyle sobre los colores, a las conversaciones que el propio Spinoza mantuvo con Christiaan Huygens acerca de microscopios, telescopios y ciertas observaciones astronómicas hechas desde Italia de los eclipses de Júpiter, o las efectuadas por el propio Huygens del anillo de Saturno (recordemos que él había descubierto la luna Titán), o sobre un nuevo libro de este último (Dióptrica) –todavía en gestación– en el que abordaría el problema de la posición adecuada de las lentes en los telescopios con objeto de paliar errores vinculados a la refracción. Las cuestiones técnicas del pulido de lentes también aparecen como elemento epistolar; así Spinoza confiesa a Oldenburg que su pulido manual es mucho más eficaz que el pulido que realiza Huygens con una máquina: «Ya que la experiencia me enseñó a pulir a mano lentes esféricas con más seguridad y perfección que con cualquier máquina» (Spinoza, 1988: 239).
Incluso se atreve Spinoza con algunos cálculos matemáticos, tal y como se muestra en una carta a Johannes Hudde, médico y óptico aficionado, a quien acude en busca de consejo, ya que va a encargar «una nueva escudilla para pulir vidrios» (Spinoza, 1988: 253); en esta misiva Spinoza efectúa sus cálculos en relación con la refracción de las lentes convexo-cóncavas (que le gustan menos y refractan más que las lentes convexo-planas), y resultan correctos, aunque no contara con el grosor de las lentes (Spinoza, 1988: 255). Y por supuesto, Spinoza, el filósofo más radical de su tiempo, que había asimilado de modo sui géneris y criticado las teorías cartesianas, yendo más allá de Descartes, también ofrece su opinión crítica acerca de la obra del filósofo francés, Dióptrica, y, en concreto, sobre la teoría cartesiana de la visión. De este modo se explaya al respecto en una carta de respuesta a su amigo Jarig Jelles, que no era óptico pero sí se hallaba imbuido de prurito científico y filosófico (Spinoza, 1988: 261-262):
He visto y he leído sus observaciones a la Dióptrica de Descartes. Este considera que la única causa por la cual las imágenes que se forman en el fondo del ojo son mayores o menores, consiste en el cruce de los rayos que proceden de los distintos puntos del objeto, es decir, en que comiencen a cruzarse más lejos o más cerca del ojo. Por tanto, no tiene en cuenta la magnitud del ángulo que forman esos rayos, cuando se cruzan en la superficie del ojo. Y, aunque esta última causa es la principal que hay que señalar en los telescopios, parece que él quiso pasarla en silencio. Sospecho que no conocía ningún medio de reunir aquellos rayos paralelos, que proceden de los distintos puntos del objeto, en otros tantos puntos: por eso no logró determinar matemáticamente dicho ángulo.
Quizá lo pasó en silencio a fin de no preferir nunca el círculo a otras figuras por él introducidas. Pues no cabe duda de que, en este asunto, el círculo supera a todas las demás figuras que se puedan encontrar.
Spinoza mantendrá siempre este afán investigador propio de una mente abierta e inquisitiva. Cabe señalar como curiosidad que unos meses antes de su muerte, en la penúltima carta conservada, que data de julio de 1676 y dirigida al conde alemán Tschirnhaus, seguía atento a los nuevos estudios acerca de la refracción.
El método filosófico de Spinoza: geométrico y óptico
El interés de Spinoza por la óptica revelaba un intenso propósito científico y filosófico, y no solo iba unido a la práctica de un oficio manual con que procurarse el sustento. Se ha subrayado en ocasiones la relación entre su trabajo como pulidor de lentes y su método filosófico. La urdimbre entre vida y obra que se da en Spinoza alcanza el punto focal en su doble tarea como pulidor: manual de lentes, e intelectual de conceptos cuya piedra preciosa es la Ética. De esta manera, para Gilles Deleuze –uno de los grandes estudiosos del filósofo judío– el método geométrico (more geometrico) es también un método «óptico» en el plano del conocimiento, un modo continuo de rectificar las imágenes, las pasiones o las ideas confusas e inadecuadas –producto de la imaginación– por ideas adecuadas, fruto del proceder correctivo pero provisional de la razón (Deleuze, 1984: 22):
El método geométrico no es ya un método de exposición intelectual, ya no se trata de una ponencia profesoral, sino de un método de invención. Se convierte en un método de rectificación vital y óptica. Si el hombre está de alguna manera torcido, este efecto de torsión será rectificado refiriéndolo a sus causas more geometrico. Esta geometría óptica atraviesa toda la Ética. […] Hay que comprender en conjunto el método geométrico, la profesión de pulir anteojos y la vida de Spinoza. Pues Spinoza es de la estirpe de los vivientes-videntes. Él dice con precisión que las demostraciones son los «ojos del espíritu». Se trata del tercer ojo, del que permite ver la vida más allá de todas las apariencias falsas, las pasiones y las muertes.
Los estudios científicos y los descubrimientos ópticos de la época repercutían sobre una nueva concepción de la visión en la filosofía moderna, en el racionalismo, en la que se destacaba el carácter subjetivo, imaginativo o aparente de las imágenes sensibles. Sin embargo, y a pesar de participar Spinoza de la corriente racionalista, el filósofo holandés defendía el carácter natural de la génesis imaginativa, sujeta a las mismas leyes naturales que operaban sobre la producción del pensamiento racional; sostenía que ambas son efecto de la potencia generadora de la naturaleza, esa substancia infinita (Deus sive Natura), que constituye el eje de todo el sistema spinoziano. La tarea de la razón –según Spinoza– consistirá en transformar la visión inadecuada de la imaginación, de las pasiones (denominadas por él «afectos pasivos», «tristes») en una visión más amplia y potente que nos ofrezca un mayor despliegue de nuestra potencia, de nuestro conatus (deseo de perseverar en la propia existencia), una visión basada en «afectos activos» unidos a la alegría. Y eso se logrará en virtud de los dos niveles de conocimiento más potentes: la razón y la anhelada ciencia intuitiva; aunque nunca la razón conseguirá neutralizar por completo el modo de proceder de la imaginación, tan natural y real como aquella.
Su oficio manual, paciente, preciso, proporcionó a Spinoza un valioso tiempo para meditar sobre las cuestiones filosóficas que le interesaban, así como elementos científicos de índole práctica que se reflejaron en la metodología de su pensamiento. También, por desgracia, ese trabajo pudo adelantar el momento de su muerte, ya que el polvillo de cristal producto del pulido quedaría adherido a sus pulmones, aquejados desde su más temprana juventud por la dolencia respiratoria de la tuberculosis que lo condujo a su final un 21 de febrero de 1677. La brillantez de sus ideas, su rebeldía y la potente radiación de su vida honesta no han dejado de atraer desde entonces.
MARÍA PILAR BENITO OLALLA Licenciada en Filosofía. Profesora en el IES Conde Diego Porcelos de Burgos.
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https://dadaisforever.wordpress.com/2017/05/13/el-filosofo-pulidor-de-lentes/feed/07266Luis IrlesAthanasius Kircher, genio y autor olvidado
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https://dadaisforever.wordpress.com/2017/04/17/athanasius-kircher-un-genio-y-autor-olvidado/#commentsMon, 17 Apr 2017 19:20:39 +0000https://dadaisforever.wordpress.com/?p=7247Sigue leyendo →]]>
Athanasius Kircher (1602-1680)
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Pocos seguidores de la literatura clásica recuerdan actualmente la monumental obra de Athanasius Kircher, un extravagante jesuita alemán del siglo XVII considerado por muchos historiadores como uno de los científicos más importantes de la época barroca. Políglota, erudito y estudioso orientalista, Kircher escribió más de treinta voluminosos libros sobre los más variados temas: desde la óptica, la acústica, la lingüística y las matemáticas a la criptología, la egiptología, la numerología y la sinología.
Nacido en Geisa, Abadía de Fulda, en Hesse, en vísperas de una caza de brujas organizada por la Municipalidad de aquella localidad ubicada en el centro de Alemania, logró sobrevivir –según lo describe en sus memorias– a una estampida de caballos, a una hernia severa y a los ejércitos de un obispo loco, antes de aparecer en Roma en 1633, sólo unos pocos meses después del juicio a Galileo Galilei. Allí vivió más de cuarenta años hasta su muerte en 1680.
Kircher no era sólo un escritor. Fue el inventor de ingeniosos dispositivos de espionaje, de estatuas parlantes y de máquinas musicales. También fue el creador del ‘vanguardista’ Museo de Curiosidades que instaló en el Colegio de los Jesuitas en Roma. En una de sus salas se mostraban unos supuestos huesos de la cola de una sirena y un ladrillo de la torre de Babel. Colaboró, así mismo, con el maestro barroco Gianlorenzo Bernini en dos de sus más famosas esculturas y –haciendo gala de una enorme audacia– descendió varios metros al interior del humeante cráter del Vesubio para obtener materiales geológicos. Algunos estudiosos de su obra aseguran que, probablemente, fue el primero en usar un microscopio para examinar la sangre humana.
La razón principal por la que nadie lee hoy Kircher es que escribió mucho de casi todo. Se calcula que sus libros contienen unas siete millones de palabras en latín. Las traducciones al español son, por otra parte, muy escasas y esporádicas. Hay otra razón importante: una percepción generalizada de que muchos de los temas sobre los que escribió estaban equivocados. Es cierto que muchas de las ideas de Kircher –los nudos secretos de la influencia cósmica, el esperma universal o el vacío de las montañas– no resisten la prueba del tiempo. Kircher estaba inmerso, como todos sus contemporáneos, en la magia y la superstición del período pre-científico. Pero, sin duda, era un hombre muy brillante y extremadamente erudito, cuyas enciclopédicas obras, bellamente ilustradas, –tal es el caso de Ars Magna Lucis y Umbrae,Musurgia Universalis y Mundus Subterraneus— sirvieron como puntos de referencia del conocimiento de la época. Los grandes sabios e intelectuales de entonces, gente como Descartes, Leibniz, Huygens, Boyle y Hooke, contendieron con sus escritos en una forma u otra.
La prosa de Kircher, no precisamente escasa, frecuentemente aspiraba a una especie de mística grandeza. ¿Por qué, por ejemplo, el cielo es azul? Según él, debido a que el azul es un color «a través del cual la visión ininterrumpida puede contemplar el espacio más agradable de la Cielos. La luz misma, mientras tanto, «lo atraviesa todo» y «por eso, atravesando, forma y lo forma todo; apoya, recoge, une, separa todo. Todas las cosas que existen o están iluminadas o crecen calientes o vivas, o son engendradas, o liberadas, o crecen mayores, o son completadas o se mueven y se convierten en sí mismas».
Las tendencias poéticas de Kircher encontraron su máxima expresión en sus erróneas «traducciones» de las inscripciones jeroglíficas egipcias. Edipo Aegyptiacus, su tomo de 2.000 páginas sobre el tema, fue publicado a principios del año 1650, después de dos décadas de trabajo. Según una de las últimas interpretaciones sobre este trabajo de Kircher, una determinada sección del obelisco egipcio –actualmente en la Piazza Della Minerva en Roma– tiene relación con la forma con la que el espíritu supremo infunde su virtud en el alma del mundo sideral, que es el espíritu solar sujeto a él, de donde proviene el movimiento vital en el mundo material o elemental, la abundancia de todas las cosas que hace surgir la variedad de especies sobre la Tierra.
Espejos y rayos utilizados por naves romanas, explorados e ilustrados por Kircher
Tal vez fue en esta etapa de su vida en la que Kircher se labró una reputación como un autor en el que no siempre se podía confiar. Descartes, por ejemplo, se sintió contrariado por la afirmación de Kircher en su ‘Magnes, Arte Magnetica de que una semilla de girasol podría mover un reloj –basado en su innata sensibilidad a la magnética atracción del sol. La idea era absurda, pero no tan absurda para que Descartes no lo intentara él mismo. «Dispuse de suficiente tiempo libre para hacer el experimento». Escribió en una carta, «pero no funcionó».
A pesar de las exageraciones e incluso las invenciones, Kircher escribió sólo un libro que con razón podría ser llamado una obra de ficción, y que fue ‘Itinerarium Exstaticum’. En ese momento, Kircher quería centrar la discusión sobre todas las nuevas observaciones astronómicas ofrecidas por el telescopio, pero un tratamiento escasamente crítico con la nueva astronomía podría crearle problemas con la Inquisición, e incluso terminar en la hoguera. Así que lo escribió como una obra de ficción –la historia de un sueño cósmico en el que un ángel llamado Cosmiel conduce el soporte ficticio de Kircher, un sacerdote nombrado Theodidactus («enseñado por Dios»), en un vuelo edificante a través de los cielos.
No hay mucha duda, por cierto, de que Kircher creía secretamente en el modelo del universo de Copérnico. Pero su opinión no se basaba únicamente en la evidencia astronómica. Un sistema centrado en el sol también le daba mucho más sentido místico «Toda la masa de este globo solar está imbuida con un cierto poder seminal universal «, explica Cosmiel sobre el Sol. «Esto fluye y afecta a todos los planetas por radiante difusión». Se puede afirmar, al leerlo, que Itinerarium Exstaticum representó un paso importante hacia la ciencia ficción moderna. De hecho, y aunque la estatura científica de Kircher en gran parte se haya desvanecido, su trabajo influenció a muchos grandes escritores y artistas, incluyendo a Sor Juana Inés de la Cruz, Edgar Allan Poe, Julio Verne, Marcel Duchamp y Giorgio De Chirico, entre otros.
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https://dadaisforever.wordpress.com/2017/04/17/athanasius-kircher-un-genio-y-autor-olvidado/feed/107247Luis IrlesLas memorias de un espía inglés
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‘Volar en círculos’ es el título de las esperadas memorias de John Le Carré, uno de los escritores más leídos del pasado siglo. Sus novelas ambientadas en el embrollado mundo del espionaje durante los años perversos de la Guerra Fría –tales como El espía que volvió del frío, El topo, La gente de Smiley— son también conocidas mundialmente gracias a las numerosas adaptaciones cinematográficas y televisivas que se han hecho de ellas.
Más de medio siglo después de publicar su primera novela, «Llamada para un muerto» (1961) –y de vender millones de ejemplares en todo el orbe–, el gran escritor británico decidió compartir con sus lectores aspectos de su vida. Lo hizo tras muchos años de ir ofreciendo con cuentagotas pequeños datos sobre su época de agente del MI5 y del MI6.
¿Qué suelen esperar los lectores de las memorias de un escritor que, en principio, ha tenido una vida de lo más movida, como es el caso de Le Carré, que fue espía antes de que escritor y que, gracias a su fama y también a su curiosidad, ha viajado por todas partes y ha tratado personas de toda especie y pelaje? Yo diría que esperan, sobre todo, tres cosas: la posibilidad de al menos atisbar la cara del hombre que se esconde tras la máscara del escritor, la oportunidad de descubrir los hechos auténticos y las personas reales que ha utilizado como materiales en bruto para sus ficciones y, last but not least, un anecdotario diverso y curioso, entre pintoresco y dramático. En ‘Volar en círculos’ todas esas espectativas se cumplen ampliamente.
Camuflar la persona
El hombre llamado Le Carré, en cambio, sólo se muestra tangencialmente y con reservas. No deja entrever casi nada sobre su ideología, aunque trata temas de actualidad como el espionaje de la NSA y Guantánamo. Tampoco habla abiertamente de su vida afectiva ni declara nada sustancial sobre su formación intelectual y literaria. De la época más misteriosa y, en teoría, más jugosa de su biografía, él cuenta el malestar que sus primeras novelas causaron a sus colegas –por la imagen de incompetencia y falta de piedad que ofrecían– y hace el siguiente comentario: «Sobre mi trabajo para la Inteligencia Británica, ejercida sobre todo en Alemania, no quiero añadir nada nuevo a lo que ya han informado otras personas en otros lugares, y de manera poco rigurosa por cierto». Sólo hay un aspecto personal que trata a fondo: su padre, un estafador carismático, manipulador y peligroso, que lo marcó de una manera perenne y turbia. Más allá de esto, sin embargo, todas las cuestiones íntimas y personales están cubiertas por un velo de secretismo, a menudo irónico y en ocasiones presumido. Lo más curioso, sin embargo, es que, a pesar de que se esconde constantemente tras la roca, el lector siente que Le Carré está siendo sincero y que realmente está explicando quién es y cómo ha sido su vida. ¿Paradójico? En absoluto. Esto se llama ser un buen novelista.
Hay que tener en cuenta el subtítulo del libro, ‘Historias de mi vida’, porque avisa de entrada que Le Carré –seudónimo de David Cornwell– ha optado por construir las memorias no siguiendo el orden cronológico sino trepando una serie de escenas o de relatos que funcionan autónomamente (algunos aparecieron previamente en prensa, y ahora han sido recuperados). Esta opción formal episódica da vistosidad y una agilidad trepidante al conjunto, pero de vez en cuando también da la sensación de que el autor tiene tantas cosas que contar que algunas las despacha con una excesiva prisa. Sea como sea, desear que un libro de más de 400 páginas tenga unas cuantas más no deja de ser una muy buena señal.
Como no podía ser de otro modo, la fauna humana que llena las páginas de ‘Volar en círculos’ es sorprendente. Le Carré cuenta anécdotas fantásticas –y muy reveladores– sobre políticos (Thatcher, Cossiga, Arafat…), escritores (Joseph Brodsky, Graham Greene, Stephen Spender), magnates de la comunicación (Rupert Murdoch), iconos de la paz (Sajarov), heroínas humanitarias anónimas (Yvette Pierpaolo) y, en especial, gente del cine. Los episodios que dedica a Richard Burton, Martin Ritt, Alec Guinness, Francis Ford Coppola, Sydney Pollack, Stanley Kubrick, Fritz Lang y compañía convierten estas memorias en un festín para los cinéfilos. Es un festín, además, que está escrito con la viveza, la precisión, la gracia y el colorismo propios de un narrador excepcional.