Puede que ahora no sepamos bien qué es el cine. Puede ser que una película sea esto y aquello, y lo otro también. Puede que sea algo que todavía se proyecta en salas de cine y que la gente va a ver, o lo que pasa en la tele frente al sofá o incluso, increíblemente, lo que algunos ven en el celular. Puede que la diversidad de plataformas, el consumo acelerado de historias audiovisuales nos haya confundido un poco sobre qué es el cine, qué es una película, qué es una obra de arte, qué es un ruido de fondo mientras chateamos, cocinamos o lo que sea. No tengo ni una respuesta a esta cuestión, desconozco qué se enseña en las escuelas de cine, si es que se enseña algo más que pitchear un proyecto a las streaming, si es que existen las escuelas de cine todavía, o si realmente a alguien le importa responder a la inquietud que planteo cobardemente.
Soy de los que para ir al cine, a la sala de cine, necesita que sea un evento especial, y ya casi nunca lo encuentro. Prefiero el sofá cómodo, y todo eso. Si esto suena a lamento, no lo es.
Fui a ver Megalópolis al cine, porque el estreno de cualquier cosa relacionada a Francis Ford Coppola, sí lo considero un evento, además porque como están las cosas vaya a saber uno cuándo la pondrán en algún otro lado.
Salí de ver la película abrumado, por decir lo mínimo. Abrumado y feliz, inquieto e inspirado. Agobiado y con una sensación diferente a la habitual. Caminé unas cuadras y pasaron las horas y seguía con la misma emoción, y me puse a pensar si eso es lo que las obras de arte producen en nosotros. El síndrome de Stendhal, de alguna manera, portátil, chiquito, chisporroteante y efímero.

Con Megalópolis, que también podría llamarse Megalomaniápolis, estamos ante una obra artística desmesurada, comparada a cualquiera de las que podemos enfrentarnos en esta época. No importa si te gusta, si la detestas, o si te fascina y abruma, como a mí. Pero es indiscutible que la última película de un necio y libre Coppola es cine, cine en su punto máximo, la expresión absoluta que da sentido a ir a una sala, a esa cosa tan anacrónica de esperar que se apague la luz y que empiece el show.
La última aventura de Coppola cuenta una fábula, así dice el subtítulo, de un momento de los Estados Unidos, presente y distópico a la vez, un imperio romano en los estertores de su decadencia. Ante la caída del imperio, trasunto de la era trumpiana que se viene, un arquitecto de nombre Cesar Catilina (interpretado por un correcto Adam Driver) inventa el megalón, con el que gana el Nobel (?) y da origen a la posibilidad de un nuevo mundo, de una ciudad más humana, utópica y perfecta, que se llamará Megalópolis y que será el reflejo del alma buena de los hombres (?). Catilina es capaz de romper cualquier ley de la física e incluso para el tiempo a su antojo y sueña con los ideales de la arquitectura, el urbanismo, la historia y la filosofía.
Para su proyecto de una nueva ciudad, deberá enfrentarse a la corrupción imperante que conducen el alcalde Franky Cicero (Giancarlo Esposito) y Nush Berman, un personaje que interpreta Dustin Huffman en apenas unos pocos segundos (y que, francamente, no entendí), además del capitalista principal, el dueño del banco Hamilton Crassus III, que interpreta maravillosamente Jon Voight. En medio de esto, una historia de amor sin mayor sentido entre Catilina y la hija de Cicero (?!)

Este proyecto obsesionó al director por más de 40 años. Pero lo más llamativo, es que cuando por fin pudo filmarlo, entre 2022 y 2023, permitió a los actores reescribir partes del guion, e incluso improvisar escenas enteras, y eso se nota, porque por momentos nada tiene sentido, y sin embargo, ese mismo caos puede ser su principal virtud. Las piezas del puzzle están esparcidas por todo el espacio y poco a poco se van uniendo, aunque siempre parece que nos falta una.
Megalópolis es también, a su manera, una despedida. La forma en la que un director genial, un artista que puso su marca al Siglo XX, trasciende el XXI con un punto final a un arte único: el cine tal como lo conocimos. Si él lo llevó a la cima más alta con los Padrino, La Conversación, Apocalypse Now y otras, ahora decide poner un broche de oro caprichoso y absolutamente libre, insumiso a las tendencias, y a los vaivenes de la industria, gobernada ahora (¿como casi siempre?) por imberbes que ni saben lo que quieren, ni lo que es el cine.
Por fin cine en el cine, digo, y por fin el fin del cine. Este final (ya sé: finale ma non troppo…) de la historia del cine da paso a lo que ya está ocurriendo (cosas buenas, cosas insoportables, como siempre) y tiene a Megalópolis como la vuelta de página definitiva. El cine toca fin con esta película y sólo Francis Ford Coppola, el mago, el más grande, el maestro absoluto, podía hacerlo.
Cuando ni una productora quiso financiarlo, cuando no había valiente en este mundo que le pusiera un dolar a su locura, hipotecó sus viñedos y demás propiedades que ganó en el cine para pagarse cada fotograma de su delirio. Se volvió a empeñar y volvió a poner todo de sí. Todo lo que había ganado en su vida, su dinero, su prestigio, para hacer realidad su vocación de verdadero artista. Una de sus últimas locuras. No es la primera vez que le pasa: le pasó, es cierto, con cada una de sus obras, y así fueron recibidas todas en contra, todas mal, pero hoy se sigue viendo Apocalypse Now como uno de los momentos más grandes del arte.
Antes de su estreno, la distribuidora lanzó una ingeniosa promoción que vino a recordar cuánto se criticó cada una de las películas de Francis Ford Coppola, por incontenibles e inentendibles: “Una película torpe y autoindulgente”, dice la frase extraída de una crítica sobre El Padrino, o «Está vacía en su interior”, sobre Apocalypse Now. El tráiler fue aplaudido y muy comentado en los primeros momentos, pero luego el spot se levantó, porque parece que algunas de las frases eran falsas… error épico, porque la idea estaba buena y era cierta.
Hay diálogos en la película que parecen las cosas que Coppola le diría al cine, a la industria o a la Historia. A quien quiera escucharlo:

«¿Cuándo cae un imperio? Cuando la gente deja de creer en él» Parece ser una frase en la que podría intercambiarse la palabra imperio por la palabra cine.
Cuando saltas a lo desconocido, demuestra que eres libre.»
O cita a Marco Aurelio, en una idea que describe a Coppola de punta a punta:
El objeto de la vida no es estar del lado de la mayoría, sino escapar de estar en las filas de los locos.»
Megalópolis es una película demasiado grande para su tiempo, sin saber si adelanta o atrasa. Talento desbordado para un época ansiosa que desdeña la genialidad. Algo inquietante para un público que ya no sabe, ya no quiere, ni puede, que ya no tiene ni idea de cómo es eso de sentarse a ver películas de esta calaña.
Por eso Coppola pudo hacer una película tan valiente, una obra tan llena de espíritu joven. Y si resulta fascinante, es porque cada cuadro, cada escena quiere contener el mundo completo en sí mismo.
Con esta última película, la crítica aprovechó para ensañarse con el director como ha ocurrido con cada uno de sus estrenos, pero esta vez parecen ser más duros, acaso apoyados por la multiplicación en redes sociales de memes y burlas, que no perdona a ninguna vaca sagrada. Seas quien seas ya no importa; ante la masa de idiotez universal, hasta al propio Coppola le piden que presente sus credenciales.
Y está el público, lo más importante. Habrá el que se atreva a ir al cine y pagar un boleto por esta película, saldrá a la mitad o antes, desaforado, enojado, diciendo que es una auténtica mierda lo que acaban de ver. Algunos de ellos vivirán más la postura tuitera de reventar productos a cambio de sentirse parte de una conversación de mentira.
Pero también habrá quien realmente se tome el tiempo para apreciar de verdad, con la exigencia que lleva el caso, y a celebrar de alguna manera el último coletazo de un director que se resiste a morir, porque en su vejez y en sus últimos momentos de genialidad a los 85 años es valiente para ser libre y joven, y acometer una obra absoluta y fiel a sí mismo, para ir con todo contra todos y lograr algo desquiciado, desquiciante y maravilloso como Megalópolis.




























































