| CARVIEW |
– ¿Escuchas muchos boleros?.
– No, me encantan la mitad de los boleros literalmente, odio sus letras y me gusta su música.
]]>Caí en la cuenta de la imposibilidad de mi empresa, y de mi locura al tratar de acometerla y de la misma forma que no tenía farol, tampoco lanza ni yelmo pero podría imitar también a Don Quijote.
Despreciando la hacienda pero no la honra,
camino silencioso entre la niebla
desvaneciéndome taciturno en la sombra
sigiloso en busca de una doncella.
Ojalá estuvieses aquí para verme la cara y saber que para nada estoy triste.
¿No sabes quién soy, dónde estoy? ¿Diógenes andando o Don Quijote lanza en ristre?
No importa, lo sabrás cuando me halles, soy quien te espera sin haberte buscado.
Sobran doncellas en apuros, falta algún hombre honrado.
]]>Calor y humedad, empapado en sudor comenzaba a dar vueltas en la cama.
Los guerreros se preparan en la paz para la guerra, y los míos estaban muy preparados.
Tres semanas estupendas, cuatro días inolvidables, un concierto memorable y unas fiestas inclasificables.
Todo el día llovió, todo el día en casa. Un caldo de cultivo estupendo, inmejorable para la tristeza. Y la mesura. No he dejado ni de comer ni de fumar, pero estoy muy comedido.
En el oscuro silencio de la noche húmeda y asfixiante, me apeteció verter una lagrimita que hubiera pasado inadvertida entre tanto sudor.
Y los ecos hicieron su aparición, el eco de mis pasos por calles desconocidas, el eco de unas risas al calor de una cena, el eco del murmullo del río, el eco de las olas del mar acompañando una buena lectura al sol, el eco de mi voz cantando viejas canciones al anónimo amparo de la muchedumbre ………..
Ecos lejanos de un tiempo reciente acompañados por la tecnicolor imagen del recuerdo amablemente conservado.
Y el vacío. Se había declarado la guerra.
Llegaba una resaca emocional fruto de una sobredosis de felicidad.
Y el fastidio de tener que guerrear contra mis guerreros, los de siempre.
Y las tripas sonando, el cuerpo pidiéndome una dosis de nicotina, el alma encogida.
Y me levanté, me miré en el espejo. O comía algo, o me fumaba un cigarro o escribía.
Siempre hay una salida y como casi siempre, me decidí por la calle del medio. En un acto loco cuerdamente pensado, volví a tumbarme en la cama y dejé la lámpara encendida y puse la radio, y en la negrura del frondoso bosque encontré mi nemeton, y mis guerreros se fueron a descansar y Morfeo acudió a mis llamadas.
Y si hoy lo recuerdo, es porque me encontré la luz encendida y la radio puesta a medio día, cuando tuve a bien comenzar el día.
Y no temo a la noche, porque siempre hay una salida.
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Inmerso en un frenético quehacer ausente de obligaciones, no encuentro tiempo para nada, aunque a veces lo tenga.
O serán las musas que ya no me engañan haciéndome creer que tengo algo que contar.
Volveré, aunque sea por obligación.
]]>Lacónicamente frunció los labios y mientras bajaba la mirada gritó.
¡No va más!
Hipnóticamente observé las fichas en mi mano derecha, cerré el puño pero esta vez no lo apreté con rabia. No las desparramé por el suelo ni me entretuve en recogerlas. Tampoco escuché la bolita golpear contra las maderas. Mi vista alternaba entre mi puño y mis pies.
Tampoco busqué en vano ese pálpito emocionante del juego, del riesgo, del todo por el todo, de la incertidumbre vital.
No había perdido, pero tampoco ganaría. Seguiría igual, seguiría inmerso en un insípido bucle, agónico, lacerante, perverso, insoportable.
La voz del crupier me sacó del ensimismamiento.
…….. Impar, negro.
Ni siquiera escuché el número, qué importaba, por otro lado.
Otra oportunidad perdida sin tan siquiera haberlo intentado. Se esfumó como volutas de humo de un cigarro.
Tarde o temprano, el Casino de la vida cerrará sus puertas, y las fichas, con el Casino cerrado carecerán de valor, como flores marchitas.
Un imperceptible temblor se apoderó de todo mi cuerpo, un mal pálpito paró mi corazón, una opresión me cerraba la boca del estómago, los labios del crupier comenzaron a moverse y recobré la respiración.
¡Hagan juego, señores, hagan juego!
]]>Hacía mucho tiempo que no lo hacía, meses.
Sin permiso, como siempre, autoritaria, insolente y abrumadora se metió en mi cama.
Uno, que lo poco que sabe lo sabe por viejo, no por otra cosa, se ha ido haciendo con el paso del tiempo con algunas herramientas para arreglar estos pequeños rotos, desajustes de un mecanismo imperfecto, pero el mejor que jamás haya existido, sin duda.
Para superar el miedo escénico, el miedo a hablar en público, me recomendaron un ejercicio entre otros muchos, que consistía en imaginarme dando una conferencia justo antes de dormirme, ya en la cama. Poco o nada me ayudó en ese sentido, pero descubrí que resultaba infalible a la hora de llamar a Morfeo. Con el tiempo, fui añadiendo otra variable, que eran las entrevistas. A poco que uno se fije, hay determinadas preguntas que se repiten en muchas entrevistas y que poco o nada tienen que ver con la naturaleza del entrevistado. Así es que no resulta difícil imaginarse dando una conferencia sobre cualquier nimiedad o ser entrevistado por uno mismo. En la imaginación de cada uno cabe cualquier cosa.
Así pues, con unas herramientas pensadas para un fin, arreglé otro desaguisado diferente.
Y en menos de dos horas logré zafarme de la ingrata y molesta presencia del insomnio a cambio de tres conferencias y un par de entrevistas.
Cualquier cosa por no dar vueltas, ni al cuerpo, revolviéndome entre las sábanas, ni a la cabeza revolviendo en lo revuelto.
Y puede parecer extraño, o erróneo, pero el insomnio que yo sufro, es femenino. Sencillamente, porque no quiero que nada masculino se meta en mi cama.
]]>Evitando la asfixia que le producía miraba de vez en cuando el poco cielo que los edificios colindantes le dejaban buscando un soplo de aire fresco.
Entre calada y calada suspiraba para disipar las nubes de tabaco que emborronaban sus pulmones.
Y sin saber cómo, sus ojos se fijaron en su ventana. Aquellas sábanas discordantes, llamativas, extrañas, extravagantes, tendidas a un sol incapaz de disculpar su ausencia.
Miró al cielo sabiendo que ese sol estaba detrás de las nubes, aunque no lo viese, de la misma forma que ella estaba detrás de aquella ventana, aunque no la viese.
– Si tuviese a bien acostarse conmigo, me gustaría que trajese esas sábanas donde frotar la piel y secar salivas y sudores mezclados.
A la propia sorpresa de ese pensamiento, se sumó el quemazón producto del cigarro que se había consumido en sus dedos, el susto y el consiguiente cabezazo en la ventana al precipitarse al interior de la casa buscando urgentemente el cenicero para apagar lo que le quedaba.
– Me ha caído bien, castigo por tener pensamientos impuros.
Maldiciendo a los curas por haberle inculcado un sentimiento de culpabilidad por todo, con una sonrisa en el semblante cerró la ventana. Probablemente por miedo a imaginarse cuerpos desnudos al abrigo de aquellas sábanas, ternura, besos, caricias y sexo, tarde o temprano, sexo.
– Un cabezazo y una quemadura por pensar en compartir sábanas, si pienso en sexo me caigo ventana abajo.
Y riéndose su propia gracia volvió a los quehaceres de un desocupado, trastear por la casa tratando de mantener la mente ocupada sin pensar en nada.
]]>Las demás son edulcorados refrescos, engañan la sed pero no la matan.
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