Se puede ser malo y cometer vilezas e ilegalidades, pero ser malo, cometer vilezas e ilegalidades y grabarlas en video para subirlas a youtube, a eso, básicamente, se le llama… SER GILIPOLLAS
¿Qué es poesía? Me dices mientras clavas en mis flipados ojitos los tuyos saltones de besugo, hincas el diente en un bocadillo de panceta, masticas con los carrillos hinchados como dos peces globo, escupes migas cada vez que abres la boca y dos hilos de pringue recorren tus morros hasta acabar en la camiseta de Hormigones Martínez.
Paquita, la costilla de Juan Eulogio, se está quedando sin víveres en la despensa de casa. Necesita comprar aceite, patatas, cebollas, judías, Marie Brizard, calcetines para los niños, bragafajas para ella, calzoncillos castellanos para su marido… lo dicho, que se ven muchos huecos vacíos en los armarios donde guardan la comida y en los armarios de la ropa y procede ya una expedición en busca de avituallamiento.
—Cariiiii —se dirige, mimosa, a su costillo.
Juan Eulogio hace ya rato que ha decidido que es una buena idea pasar la fría tarde del sábado castigando al sofá con su cuerpo serrano… y a su cuerpo serrano con las traviesas del sofá, bien calentito bajo la batamanta.
—Cariiiii —insiste Paquita elevando un poco la voz.
La respuesta de Juan Eulogio no es meditada, ni mucho menos. Como si de un ciervo en la época de la berrea se tratara, emite un gruñido lastimero entre humano y animal: Es un ronquido, aunque bien podría catalogarse como alarido gutural proveniente del más allá.
—¡Ceporro de los cojones! —grita Paquita zarandeando el cuerpo inerte de su marido, que, con excesiva brusquedad y poca delicadeza para su gusto, siente como una fuerza incontenible le arrastra y le hace volver de allá donde quiera que se encontrara, en un plácido sueño, quizás un sueño profundo, o, para ser más exactos, el coma inducido por un plato de cocido acompañado de un cartón de vino don Simón enterito, en la comida, para facilitar el tránsito del bolo alimenticio, y tres copazos de licor de hierbas para hacer bien la digestión. Que le ha dado cabezona, vamos, para que nos entendamos todos.
—Pero ¿Qué pasa? ¿Qué pasa? —consigue por fin articular Juan Eulogio con la cara contraída por el susto a causa del violento despertar y un punto, o punto y medio, de mala leche, que es la que le embarga cuando le despiertan a lo bestia, como ha sido el caso.
Paquita exhibe por momentos una sonrisa ligeramente cabrona al ver las caras de su marido, pero enseguida transmuta su semblante por otro más angelical.
—Anda, cariiiii, levántate que me tienes que llevar al Carreful.
Juan Eulogio pega un brinco por la impresión y pone los ojillos en blanco. No concibe cómo un ser humano puede cambiar la placidez de un sueño siestuno por las colas y empujones de un hipermercado un sábado por la tarde sin un ictus de por medio.
35.- JEYF EN… EL CARREFUL
—Pero —Juan Eulogio intenta evitar lo inevitable buscando mil y una escusas inútiles—… ¿no fuimos… hace unos días?
—Hoy hace justo un mes que cobraste.
—Joder! ¿Ya ha pasado un mes?
—Sí hijo, sí. ¡Venga! Levanta el culo que más tarde se pone todo imposible de gente.
—Vaaaale —claudica finalmente Juan Eulogio, dándose por jodido—, pero los niños los dejas con tu madre, que no hay quien los soporte en el híper…
Paquita calla, como si fuera sabedora de oscuros secretos que su marido desconoce. Desde algún lugar de la calle se escucha una música machacona y aterradora: Es la banda sonora de la película Tiburón. Algún vecino que está viendo la peli con un volumen demasiado alto.
Pero justo en ese mismo momento Juan Eulogio escucha dos cosas más: Una es el timbre de la puerta… y otra… una risa espectral como de ultratumba que nadie más parece escuchar. Debe ser el destino, que se está descojonando de él. De repente le ha entrado un inexplicable temblor de canillas.
Sus temores se confirman cuando escucha desde la entrada la voz desagradable de la cucaracha, que es como llama familiarmente a su suegra, la «señá» Virtudes, a quien no quiere bien. Su amada Paquita, que en este momento no es tan amada sino más bien una hijaputa redomada, ha invitado a su madre a acompañarlos al centro comercial ¡Tiene narices la cosa! ¡A la cucaracha nada más y nada menos! Dos planes se le han ido a la mierda de golpe: Librarse por un rato de la abuela… y librarse por un rato de sus nietos.
Juan Eulogio siente que se muere cuando le sobrevienen un par de violentas arcadas producto del estrés de la situación. Le embarga un asco incipiente que tiene que tragarse por no violentar su relación conyugal mandando a tomar por culo a su costilla.
Paquita, su santa, Elyónatan, su salvaje vástago, Layesi, su niña repipi… y la cucaracha… su… su… ese excremento inmundo que solo come y caga y se tira cuescos en espacios reducidos…
—¡Cojonudo! —masculla entre dientes Juan Eulogio— El plan es… cojonudo.
El centro comercial está a las afueras de la ciudad donde viven, no más de tres kilómetros far away, pero el trayecto se le hace interminable al pobre Juan Eulogio que aguanta estoicamente la hora de atasco que se tiene que chupar para poder acceder al parking del recinto comercial.
Juan Eulogio aparca ya encabronado. Los nenes han estado gritando y sacudiéndose todo el camino, la cucaracha ha liberado sus tripas en varias ocasiones en forma de pegajosos cuescos, de tal forma que incluso su hija Paquita se lo ha recriminado con una dureza inusual, tal es el asco que le ha dado que no conoce de parentescos familiares. Juan Eulogio se plantea que antes de subirla al coche igual deberían darle una pastilla de las que se usan para que no se mareen los perros durante los viajes. Paquita, ante la que se les avecina, siente una punzada de arrepentimiento por haber embarcado al sufrido de su costillo en semejante empresa. Para sí ha de reconocer que en ocasiones es bastante “bocachancla”. Pero solo para sí. A su marido no le dice ni «esta boca es mía», la muy bicho de ella. Antes muerta que confesar una debilidad.
Antes de pasar al supermercado, dejan a los niños en una piscina de bolas, habilitada por la empresa, para cuidar a los nenes y que sus papás hagan la compra tranquilos y gasten más dineros. Una idea estupenda al entender de los sufridos padres que tienen la oportunidad de independizarse de sus hijos coñazo durante un par de horas al menos.
Por la puerta del híper entra, ante la atenta mirada del vigilante de seguridad, lo que queda de familia, Juan Eulogio, que, aunque va empujando un carro se siente tan burro como si estuviera tirando de él, Paquita que saca el folio donde ha hecho la lista de la compra y la cucaracha en estado de excitación, no sexual sino nerviosa por las perspectivas “gúlicas” (de gula) que se le plantean en el hipermercado. De repente, la «señá» Virtudes se desmarca por la banda y se va, sin decir nada a nadie, al pasillo de la bollería. Visto y no visto ¡Cómo puede correr esa señora con la artrosis que tiene cuando el objetivo es jalar!
—¡No me digas que tu madre ha venido sin merendar! —comenta maledicente Juan Eulogio a Paquita, sabedor de que la cucaracha tiene intención de ponerse hasta las trancas expoliando los estantes y hartándose de todos los pastelitos que pueda engullir sin que la pillen las cámaras de vigilancia.
—Mira que eres malpensado —le recrimina su mujer—. Déjala, que así se entretiene y nos deja solos. En el fondo Paquita la quiere porque es su madre ¡Pero nada más!
Juan Eulogio no puede evitar pensar en la buena suerte dentro de la mala suerte que ha tenido. Cosas entre Juan Eulogio y el karma. Los niños… custodiados y lejos, la bruja… entretenida hartándose a comer por la cara, pero lejos.
—Venga, vamos al lío antes de que se nos haga más tarde —comenta resuelto, visto que las cosas se ponen un tanto de cara.
De repente, por la megafonía del centro comercial, se reclama la presencia de los papás de dos cafres de los cojones … dos infantes que dicen llamarse Elyónatan y Layesi en el recinto de la piscina de bolas.
Paquita, un poco ruinmente, se lanza a comprar y deja a su marido con el marrón. No quiere saber nada, lo cual supone un práctico mecanismo de defensa para su sistema nervioso.
Juan Eulogio se lanza a recoger a los putos niños que ya deben de haber hecho alguna. Poco han tardado; cada día pulverizan sus propios records de hijoputez.
La cuidadora de la piscina de bolas lanza a los niños a tomar por culo del recinto y los sienta en un banquito a la puerta porque son insoportables, mientras espera que un responsable se haga cargo de ellos y se lleve la charla.
Por su lado, la cucaracha se lanza a por un paquete de donuts que le está llamando desde la estantería.
Y Paquita se lanza a refugiarse en una compra compulsiva por todo el híper para no pensar, para no saber…
A Juan Eulogio le extraña, bueno no tanto, ver cómo todas las bolas de la piscina ya no se encuentran en la misma sino desperdigadas por los pasillos aledaños haciendo resbalar a la gente. Un señor de dos metros grita a la chica que cuida a los niños, exigiendo responsabilidades, mientras contempla a su señora en el suelo, con la cadera rota, porque ha pisado una de las bolas que ruedan por ahí y se ha pegado una hostia de campeonato. Algo comenta de darle un par de tortazos al padre de los cafres que han organizado el desaguisado.
Juan Eulogio, que es un artista, se acerca sigiloso y, sobre todo, sin identificarse y echa mano de sus dos vástagos cuando nadie le está mirando, y se los lleva a rastras para evitar males mayores. Entra con ellos al supermercado y no sabe si no será peor el remedio que la enfermedad.
Tras echarles una mirada asesina deja a los niños en los pasillos de juguetes, no en vano es noviembre y ya están todos expuestos para regocijo de los reyes magos previsores.
—Y como volváis a liarla parda… os reviento a hostias. —les amenaza, pedagógico, Juan Eulogio ante el asombro y estupefacción de algunos padres que pasaban por allí, echándose las manos a la cabeza, sin saber que la amenaza resultará del todo inútil por muy salvaje que pueda parecerles la actitud del padre, porque no conocen de lo que son capaces los angelitos.
En la cabecera del pasillo de juguetes hay expuesta una Play cuatro ante la que infinidad de niños están haciendo pacientemente cola, esperando su turno para jugar. Juan Eulogio observa cómo sus criaturas se colocan en la fila, cosa que le hace albergar ciertas esperanzas de que su educación todavía tenga remedio. De repente pasa una chica en minifalda con una camiseta de promoción del vino Don Simón, que se dirige a su stand, tras cuyo culo se van los ojos del pobre hombre. Cuando Juan Eulogio vuelve la vista hacia sus hijos, observa que hay cuatro o cinco niños por el suelo, varios corriendo en busca de sus papás, y Elyónatan y Layesi se están peleando por coger el mando.
Juan Eulogio se aleja del lugar resignado, preguntándose que de quién coño habrán aprendido modales sus hijos, porque ni de él ni de su mujer lo han hecho, de eso está seguro. En fin, al menos les servirá para tenerlos entretenidos un rato hasta que rompan el mando de la Play, que sin duda lo van a romper, y se acabará el juego.
Se lanza a la búsqueda de Paquita, que debe llevarle unas cuantas vueltas de ventaja, pero apenas ha cruzado el pasillo de bebés y el de las herramientas, cruza el pasillo de la bollería, donde cual, si su suegra fuera una foca monje y los donuts «coleantes» arenques, esta está procediendo a la deglución sin sentido, como si no hubiera un mañana, ante la admiración del público que se acumula poco a poco para presenciar tamaño espectáculo.
Por vergüenza ajena y sobre todo porque alberga la secreta esperanza de que la cucaracha acabe reventando, cruza el pasillo de la bollería huyendo de su suegra y se topa de bruces con la promotora de Don Simón, ya en su stand, llenando pequeños vasitos de vino para que los clientes procedan a su degustación.
Juan Eulogio, que de normal es comedido y educado, siente cómo le posee el espíritu mezquino del usuario gorrón de hipermercado y se detiene en seco admirando las largas y depiladas piernas que luce la moza, así como un abultadísimo escote, que apenas puede retener el “melonamen”. Toma uno de los vasitos que le ofrece la chica, solícita, y se lo bebe de un trago a ver si se le pasan los nervios de la contemplación de su familia y los temblores que le han entrado ante la dama del stand. Pero no se le pasan, así que se bebe, uno por uno, los ocho vasitos que ya estaban preparados sobre una pequeña mesita. La chica le mira con cara un tanto contrariada mientras sirve otros ocho vasitos que son bebidos en un santiamén de nuevo por Juan Eulogio. Tras dieciséis vasitos de vino, Juan Eulogio ya no se acuerda de su familia, pero no se siente aplacado sino más bien, envalentonado al comenzar a perder la vergüenza. Los vapores etílicos están ahora bombardeando su cerebro y se escucha diciendo verdaderas burradas a la promotora de Don Simón, cosa que, en estado normal, ni se le ocurriría hacer:
—Te comía hasta la goma las bragas… ¡Cordera!
—Todo el Don Simón que te eches por el canalillo me lo bebo yo…
—¡Caguenrós qué “güena” estás, moza!
La señorita, aun siendo mujer, empieza a estar hasta los cojones de semejante baboso gañán y, como todos sus intentos de que se largue del stand están siendo infructuosos, echa mano del móvil para llamar al guarda de seguridad.
De repente Juan Eulogio, que se ha venido arriba por el embrujo del vino, recibe una colleja del quince que hace que se le atragante la palabra “tetas” cuando estaba a punto de pronunciarla. Cuando se vuelve a mirar hacia atrás, en busca del gilipollas que acaba de agredirle, se percata de que la autora es su costilla, Paquita, que lleva allí el tiempo suficiente como para haber visto a su marido hacer el canelo ante aquella sufrida chica.
Asombrada ante la «gañanez» exhibida por su costillo lo primero que hace es acercarse a la chica a disculparse. Después, ejerciendo de maruja machista, le dice algo al oído de lo que solo se entienden algunas palabras sueltas como “minifalda”, “fueras”, “tan guarra”, “no”, “acercarían”, “hombres babosos”.
Con una nueva colleja vuelve a poner a Juan Eulogio en marcha, que ya se estaba quedando otra vez en modo OFF contemplando a la chiquilla.
A Juan Eulogio se le ha pasado la cogorza de golpe.
Con el carro ya casi lleno, escuchan voces y observan un gran revuelo de gente a varios pasillos de donde se encuentran. Tanto Juan Eulogio como su costilla Paquita, temen que los provocadores del revuelo puedan ser los miembros de la familia que faltan. No lo saben… pero lo intuyen.
Ambos dan media vuelta hacia el pasillo de bollería, que era el objetivo de la cucaracha.
Pero no la encuentran allí.
Comienzan a buscarla no presagiando nada bueno.
En uno de los pasillos se cruzan con un tipo, con cara de pocos amigos, que lleva a un niño embadurnado de pintura de arriba abajo, diciendo:
—No te preocupes, cariño, que en cuanto encuentre al padre de esos dos hijoputas le voy a dar un par de hostias para que aprenda a educar a sus hijos.
Juan Eulogio y Paquita disimulan tras la estantería de las compresas, pero están seguros ¡segurísimos! de saber a qué hijoputas se refiere el hombre. En el pasillo de droguería encuentran al guarda de seguridad, que sujeta a Elyónatan y a Layesi por las orejas, una en cada mano.
De repente, por la megafonía, se requiere la presencia del vigilante, al que se le acumula el trabajo, en el pasillo de embutidos. Éste, suelta a los niños, que tienen cara de circunstancias y les dice:
—Como os mováis de aquí os corto las orejas.
Juan Eulogio, que ha presenciado la escena se abalanza sobre sus pequeños cabroncetes y los vuelve a sacar en volandas de la escena del crimen a la vez que apremia a Paquita para que vaya a buscar a su madre mientras él esconde a los niños en el coche y las espera allí.
Paquita deja el carro en un pasillo para moverse con más celeridad y va, tal como ha escuchado por megafonía, al pasillo de embutidos. Allí, en la sección de ibéricos se encuentra a su madre quejándose del estómago y vomitando profusamente, sujeta por el guardia de seguridad con cara de asco, rodeada de ocho bandejas de jamón ibérico de bellota vacías.
—Señora —le dice el guardia a la «señá» Virtudes—, ahora se pasa por caja y paga todo lo que ha consumido en el supermercado. En total son ciento sesenta y cinco euros.
—No se preocupe —miente Paquita haciendo que recoge las bandejas vacías, así como los envoltorios de los bollos como si fuera a pasar por caja con ellas y abonarlas—, que yo me encargo, pero vaya usted al pasillo de pinturas que hay dos niños que lo están poniendo todo perdido. ¡Vaya, vaya! que le echan abajo el chiringuito o se lo queman o algo ¡Hay que ver cuánto padre irresponsable hay por el mundo!
—¡Serán cabrones! —exclama el guarda sacando la porra al tiempo que echa a correr hacia el pasillo de pinturas— No se mueva de aquí que vuelvo ahora mismo, señora.
—Yo se la sujeto, señor guardia.
Paquita, como puede, incorpora a su madre y la lleva a empujones, completamente aturdida, hacia la salida sin compra. La «señá» Virtudes solo es capaz ya de vomitar bilis porque poco le ha durado el jamón ibérico de bellota en las tripas, y ahí sigue que te sigue, expeliendo humores por arriba y por abajo y quejándose a cada paso:
—¡Aaaaay Dios mío! ¡aaaaaay que malita estoy! ¡aaaaaay que me muero!
—Ya hablaremos tú y yo —le dice su hija muy enfadada—. Ya hablaremos.
Tras un penoso recorrido, tropezando con la gente e incluso vomitando a algún que otro «afortunado» que se acerca a ayudar, acaban llegando al lugar donde Juan Eulogio había aparcado el coche, el cual ya tiene en marcha para salir escopeteados.
—¿Y la compra? —pregunta Juan Eulogio a su costilla.
—Mejor voy mañana al Mercawoman ¡Me cago en to lo que se menea! —contesta Paquita cabizbaja e intentando convencerse de que para la próxima encadena a su madre con los niños en la farola de debajo de casa antes que llevarlos a un centro comercial.
Y Juan Eulogio, con el semblante crispado y ganas de repartir un saco de hostias, no puede evitar que se le escape un amargo lamento:
—¡Mierda de niños! ¡Mierda de cucaracha! ¡Mierda… de vida!
NOTA ACLARATORIA
En todos los tablones de anuncios de los cientos de Carrefules de Ep-paña hay una foto, sacada de las cámaras de seguridad, de todos los indeseables que tienen vetada la entrada a cualquiera de los establecimientos regentados por Monsieur Carreful, que es el dueño de todo. Entre todas ellas aparecen en lugar de honor las fotos de Juan Eulogio, de su familia… y de la «señá» Virtudes, que incluso tienen emitida una orden de alejamiento de quinientos metros de cualquier puerta de esta cadena de supermercados.
Después de aquellas intensas horas, por fin estaba leyendo las últimas líneas de aquel libro cuando… unos fuertes golpes, que me sobresaltaron interrumpiendo bruscamente aquel íntimo momento de relax, hicieron temblar la puerta del baño.
—¡Ocupado! —contesté con evidente fastidio— En seguida salgo.
Alguien, fuera, con creciente tono de desesperación gritó:
—¿Quiere acabar ya? Es el único servicio que funciona en toda la planta y lo tiene usted ocupado desde hace más de media hora.
—¡Que sí, coño! —gruñí— ¡Que ya va! ¿No ha tenido usted nunca una emergencia?
Con aquella peregrina excusa intentaba disimular, por pura y elemental prudencia, lo que realmente estaba haciendo en aquellos momentos, viendo que la voz de aquel desconocido que me interpelaba al otro lado de la puerta se iba crispando por momentos.
¡Dios! Si ese energúmeno embrutecido por la necesidad hubiera siquiera intuido la verdadera razón que le impedía dar rienda suelta a sus acuciantes necesidades, probablemente yo no hubiera salido bien parado del lance. Atrapado por el embrujo de la lectura había decidido no esperar a llegar a casa para acabar el libro.
Aquel infeliz debía hallarse realmente apurado dada la insistencia con la que aporreaba la endeble puerta que nos separaba. Ésta, un poco desvencijada por el maltrato cotidiano de lo público, amenazaba con venirse sobre mi persona en uno de aquellos empellones.
Con un profundo sentimiento de irritación me vi obligado a interrumpir la lectura sin poder desvelar su ansiado final, que se adivinaba apasionante. Lamentablemente tendría que postergar la degustación de la guinda del pastel que suponían aquellas últimas y presumiblemente esclarecedoras páginas.
Debían de faltarme no más de ocho o diez hojas para acabar, pero el autor, hábil, aunque sádico manejador de sus lectores a través del exquisito uso de la palabra escrita, había dejado lo mejor para el final. Todas las claves de la historia estaban a punto de ser desveladas y yo, que me las prometía muy felices en la intimidad de aquel servicio público, me iba a tener que fastidiar sin solventar los enigmas planteados en el papel que el novelista había ido llenando magistralmente de interrogantes y dudas.
Resignado dejé mi maravilloso libro encima de la tapa de la cisterna mientras procedía a la limpieza pertinente en tales menesteres.
Ocurrieron entonces dos inesperados sucesos que me causaron un gran impacto:
El primero fue que, al ir a echar mano del higiénico elemento limpiador, me percaté estupefacto de que no se hallaba en su lugar presto a ser utilizado.
¡Coño, que no había papel!
El nerviosismo me fue invadiendo y mis pensamientos se aceleraron frenéticamente intentando a la desesperada buscar una alternativa ante tal adversidad. Escudriñé los rincones a la caza de algún resto de papel sin utilizar que sirviera convenientemente a mi propósito.
No encontré nada digno de aprovechamiento.
El segundo y fatal hecho ocurrió justo unos segundos después de cerciorarme de que no había un gramo de papel higiénico en los alrededores. En ese momento, debió producirse un fallo de suministro en la red eléctrica dejando sin luz el lugar donde me encontraba.
La cosa iba de mal en peor. Ahora me encontraba a oscuras.
Tras meditar concienzudamente sobre mi situación decidí que lo más urgente, incluso más que solventar el asunto de mi limpieza personal, era tratar de explicar al cansino señor de fuera, que seguía gritando y dando golpes, que la cosa podía alargarse más de lo esperado, pues no tenía yo intención de salir de aquel servicio, que para más inri no tenía lavabo, en las precarias condiciones en que me encontraba.
No le cayó, ni mucho menos, en gracia mi sincera sugerencia. Más bien al contrario, mi propuesta de que se buscara otro evacuatorio alternativo le alteró y soliviantó sobremanera, haciéndole redoblar bramidos y porrazos.
Aquellas circunstancias no me ayudaban para nada a conservar siquiera un pequeño atisbo de calma. Ni mucho menos.
El estrés se apoderaba paulatinamente de mí nublando por momentos mis entendederas.
Debía actuar rápidamente.
Pensé.
Por un momento se me pasó, fugaz, por la cabeza la idea de proceder como los avezados beduinos en el desierto, es decir, utilizando la mano. Pero una arcada involuntaria me hizo rechazar de plano aquella funesta idea.
Continué pensando.
Cada ocurrencia que se me venía a la mente era más absurda que la anterior.
Aquel tipejo desagradable me estaba poniendo de los nervios.
Hasta que…tuve una idea. Quizás resultara…
No dejaba de ser un sacrilegio, pero… no veía otra solución.
Golpes, golpes y más golpes. Comenzaba a odiar a aquel perseverante fulano.
Definitivamente no había otra salida.
Con gran reverencia, a tientas en la oscuridad, palpé hasta notar el tacto duro del libro que había dejado sobre la cisterna. Estaba avergonzado, pero firmemente decidido. Utilizaría las primeras páginas de aquella maravillosa novela para salir del apuro. No quedaba otro remedio.
Pidiendo mentalmente perdón al autor abrí su tesoro y comencé a arrancar las primeras hojas.
Me consolé pensando que, al menos, las había leído.
Una por una, con mucho dolor de mi corazón procedí hasta que supuse que la limpieza había concluido.
Volví a dejar aquel mutilado volumen sobre la cisterna mientras me acicalaba para salir de aquel zulo y enfrentarme al exaltado energúmeno que aún vociferaba afuera.
De repente, tal como se había ido, volvió la luz.
Fue entonces cuando comprendí la verdadera magnitud de la tragedia.
Al retomar el libro, me di cuenta con horror de que al tacto era igual por delante que por detrás. Cegado por la siniestra oscuridad, había tomado el libro al revés y le había arrancado… justo las páginas del final, las que debían sosegar mi espíritu con la solución a todos los enigmas.
En aquel instante deseé que me tragara la tierra. Abrí la puerta y odié intensamente.
Aquella tarde realicé un intercambio de regalos con el indeseable que me esperaba fuera. Yo le “regalé” un libro amputado, tullido, con toda la fuerza de mi frustración. Él… me regaló tres incisivos arrancados de cuajo con el tremendo impacto.
Entonces… se escuchó un grito. Fue algo desgarrador, terrorífico, infernal, espeluznante, pavoroso… de otro mundo.
Apenas había cruzado el umbral de la puerta de aquella vieja casa cuando ¿una ráfaga de viento? la cerró violentamente causando gran estruendo tras de mí.
Sabe Dios que no soy de natural pusilánime pero aquellos dos hechos consecutivos unidos a la penumbra del siniestro recibidor y ese penetrante olor a humedad y orín hicieron que se me erizase el vello. Un escalofrío permanente se asentó a lo largo de mi columna vertebral y el sepulcral silencio que sobrevino tras los incidentes me encogió el corazón, que amenazaba con salirse de mi pecho a cada latido.
A pesar de que nunca fui tachada de cobarde confieso que mi primera idea fue la de huir desandando precipitadamente mis pasos. De hecho no fue sólo un deseo sino que lo intenté de todas las maneras posibles. A punto estuve de desvencijar la puerta por los violentos tirones que daba de ella para abrirla, mas no fue posible. Aquella permaneció cerrada a cal y canto, como si una sobrehumana fuerza la estuviera sujetando para evitar que pudiera marcharme.
Así que, empujada por aquella extraña circunstancia más que por un arrojo que estaba lejos de sentir, me giré dispuesta a averiguar la causa del espantoso alarido que me acababa de helar la sangre.
El recibidor de la casa desembocaba en un largo pasillo que se encontraba casi en una total oscuridad salvo porque al fondo bajo una puerta cerrada pude observar una rendija de siniestra luz que salía de una estancia al otro lado.
Todos los músculos de mi cuerpo se agarrotaron al unísono cuando contemplé aquello.
A pesar de ello, algo extraño, sobrenatural me atrevería a decir, atraía sin posibilidad de resistencia mi mirada hacia aquel punto. Era como si alguien me estuviera llamando desde allí.
No tenía escapatoria.
De repente, sin que mi cerebro hubiera dado orden alguna a mi cuerpo, mis pies comenzaron a moverse por su cuenta arrastrándome muy a mi pesar hacia la puerta del final del pasillo. El terror y la impotencia nublaron mi mente que no tenía más capacidad que la de dar fe de lo que estaba ocurriendo. Mis ojos se llenaron de lágrimas provocadas por la excitación y el pavor. Un sudor frío inundó mis sienes y mi frente a medida que involuntariamente me aproximaba a aquella espectral luminiscencia.
Transcurrieron segundos, minutos, horas… no lo sé decir a ciencia cierta porque perdí completamente la noción del tiempo.
El caso es que me vi, sin saber cómo, a un metro escaso de aquella habitación separada de mí por una gruesa puerta que sólo dejaba adivinar qué cosa demoníaca podía encontrarse al otro lado.
Mi mano, seguida del brazo, comenzó a moverse como un autómata hacia el picaporte. Para entonces yo, que aunque no era dueña de mis movimientos sí era completamente consciente del estado nervioso en que me encontraba, abandoné cualquier posible resistencia y me dejé llevar, rendida ante algo que intuía mucho más poderoso que yo.
La gelidez de aquella manecilla me trajo de nuevo a la aterradora realidad, pero nada podía hacer más que observar cómo mi mano la bajaba lentamente hasta escuchar un suave click que me hizo comprender que el resbalón de la cerradura acababa de liberarse de su emplazamiento en el marco.
Con un inquietante chirrido la puerta se fue abriendo ante mi inconsciente empuje y entonces la luz comenzó a llenar gradualmente el lugar donde me encontraba. Quise gritar pero de mi agarrotada garganta no salió sonido alguno.
Con las pulsaciones al límite empujé definitivamente la puerta, que quedó abierta de par en par.
Entonces… lo vi ¡Dios mío! Allí estaba él.
Como presintiendo mi presencia se giró lentamente hacia donde yo me encontraba hasta que su mirada se clavó en la mía. Levantó su mano izquierda mostrándome un dedo morado y gordo, hinchado como una porra. En su mano derecha aún blandía el arma homicida, un martillo de carpintero que tenía levantado por encima de su cabeza. Ahora su mirada se había tornado dura, rencorosa, llena de odio.
—¡Me cago en el Ikea, en los muebles de hágaselo usted mismo y en los suecos que fundaron la empresa!
A pesar de tales abyectos juramentos no pude por menos que respirar aliviada al contemplar frente a mí lo que me había mantenido absurdamente aterrada minutos atrás.
Sonreí abiertamente mientras me acercaba a mi marido y le besaba cariñosamente el dedo herido.
Es que el pobre es bastante torpe para esto del bricolaje.
Perdonadme que me haya tomado esta licencia, aunque pueda parecer pretencioso, intentando dar lecciones de lo que no tengo ni puta idea no domino al cien por cien. Esta es una historia que, probablemente, interesa a los escritores mindundi indie que comienzan ahora su singladura literaria. Tomad nota de este sucedido:
Tras la cena, que no ha sido copiosa para evitar una digestión adormecedora, he decidido dedicar unas horas a escribir, que hace algún tiempo que no lo hago. Y, como decía Picasso, si tiene que venir la inspiración mejor que te pille trabajando. Debe de ser por eso mismo que la muy puta no puede verme ni en pintura, que viene como el cometa Halley, cada doscientos años. Por lo menos.
Aunque también podría ser, debo reconocerlo y ser sincero, porque soy algo vaguete, laso, perezosón, inconsistente, un poquito flojo ¡vamos!
Pero hoy me lo voy a tomar en serio. Por mis cojones ,mi dignidad, que tengo que escribir… y tengo que escribir. No hay más cáscaras. Debo trabajar si quiero llegar a la altura de Stephen o de Dan. No me quiero marcar objetivos demasiado altos en mis comienzos.
En mi despacho, bajo el foco de la lámpara de cálida luz amelocotonada, abro mi portátil y creo un nuevo documento de Word. De momento me da un poco de mal rollo ver la pantalla de un color tan blanco y brillante. No me gusta… no sé… no inspira mucho que digamos.
Pero estoy decidido. De hoy no pasa que emborrone, es una forma de hablar, un folio en blanco. Me froto las manos para calentar. En unos minutos mis dedos van a estar corriendo sobre el teclado como alma que lleva el diablo. Disipo mis iniciales dudas y comienzo a sentirme pletórico. Noto cómo en mi interior miles de ideas, posibles gérmenes de obras maestras, fluyen, burbujean, pugnan por ver la luz y es una pena que la humanidad se las pierda por mi propia dejadez.
Espero unos segundos para que las conexiones de mi cerebro se abran y se muestren receptivas a cualquier cosa que las musas tengan a bien transmitirme.
Pasa un minuto, dos, tres… Como diría la operadora de información de Telefónica: “Por inspiración no me viene nada, mire”. Y sigo en blanco. Comprendo que es el primer contacto después de un tiempo y lo peor que puedo hacer es preocuparme. Ya se sabe que el miedo lleva a la ira…
¡Coño! ¡Ya sé qué es lo que me falta!
Me levanto animoso y pizpireto y doy un viaje al frigo. Me abro un bote de cerveza. Hay veces que, al igual que el cobre tiene la capacidad de conducir electricidad, la cerveza ayuda a establecer contacto con la inspiración.
Me la bebo prácticamente en un par de tragos. Tengo prisa por comenzar. Estoy nervioso, excitado, expectante. Ahora sí, ahora siento cómo los efluvios hacen burbujear mis entresijos. Ahora…
¡Mierda! Vaya eructo que se me ha escapado. He tranquilizado a mi mujer y a mis hijos que, a causa de las tremendas vibraciones, han entrado en el despacho con caras de preocupación.
Vuelvo a concentrarme en ese maravilloso mundo de posibilidades que es un documento de Word… en blanco.
Cinco minutos más a dos velas. No quiero que los nervios me atenacen, pero…
Hago una nueva incursión de castigo al frigorífico y vuelvo con un bote de cerveza abierto… y otro cerrado.
Hasta que no he apurado los dos botes no he vuelto a concentrarme en mi ordenador. Ahora sí que sí.
¡Vaya! Se me ha puesto la pantalla en negro.
Nuevo eructo que ya no llama la atención de mis seres queridos. Me saben creando.
Se ve que la tensión que me provoca la espera de la llegada de las musas me afecta mentalmente. Tengo la sensación de que me sobreviene un pequeño vahído. Quizás sea algo más, siento mareos y dificultad para mantener el equilibrio.
Acerco el dedo índice al teclado para reanudar la sesión, pero, no sé por qué, aterriza sobre la mesa con un ligero crujido de huesos. ¡La madre que me parió, qué daño!
Pulso una tecla, ahora sí, con algo más de suavidad.
Me duele el puto dedo.
Voy al botiquín y cojo un bote de réflex para echármelo en la parte damnificada.
Veo una nube de espray mentolado que se dirige hacia mis ojos.
¡Joder! Tenía el tapón apuntando justo a mi cara ¡Qué escozor, Dios!
Voy al baño a enjuagarme con agua fresquita. ¡Mierda de réflex! No veo nada.
Casi a tientas por mi falta de visión me voy al frigo y allí, con la puerta abierta, me chasco otro par de cervezas a ver si mitigo el sufrimiento digital (dolor de dedo) y el escozor ojal (del ojo).
Es mágica la cerveza. Ya casi no me duelen el dedo ni los ojos.
De camino al despacho vuelvo a hacer una larga y provechosa parada en el baño. Por los gritos de mi mujer deduzco que no estaba meando en la taza sino en el lavabo. ¡Coño! ya me parecía un poco alto…
El cansancio me invade. Me vuelvo a sentar dejo caer como un pesado fardo en mi sillón de escritor, en el despacho. Mucha apariencia, sí… pero tengo que decir que los sillones de oficina de oferta del Carreful no valen una mierda. Y el respaldo que se ha ido a tomar por culo.
Para superar el disgusto me vuelvo a levantar a por otra cerveza. No sé por qué de repente me hallo frente a la puerta del armario de mi mujer con toda su ropa por el suelo. Pero por alguna razón, debe ser mi instinto de autoprotección, mi cerebro recibe sus gritos como amortiguados, lejanos… Ojalá todas sus broncas fueran así de dulces.
Vuelvo al escritorio tras pasar una vez más por el baño. Creo que tengo infección de orina porque no es normal tanto mear… En cuanto me siente frente al ordenador pido una cita para un análisis.
Me siento en el sillón y, como no tiene respaldo, me caigo hacia la parte de atrás. Por el estruendo ocasionado ya no me pregunta ni el gato, que, por cierto, me mira con cara de gilipollas —¿Qué miras, gilipollas?— le increpo masajeándome las “lumbales”. Se va.
Recuerdo vagamente haberme levantado del suelo y haber pisado al gato, pero lo demás… es muy confuso…
No recuerdo en qué momento he perdido el conocimiento. Sé que me he despertado con la cara contra el teclado. Me duele la cabeza. Esto de querer ser escritor es bastante duro.
Al menos sé que las musas han venido a verme porque en el documento de Word ha aparecido algo escrito. Sin embargo… deben de ser musas lituanas o de más lejos, porque no entiendo nada de lo que me han hecho escribir.