El Flaco usa siempre lentes de sol. Cuando le preguntan por quĆ©, dice que sufre del sĆndrome del mosquito: que la luz lo atrae, que la luz lo abstrae, que le genera un impulso, un movimiento que escapa de su razonamiento; que es mejor cuidarse de eso que lo hala a uno sin entender muy bien el por quĆ©. Instinto, lo llama. Uno tiene que parar bolas, dice.
Lo dice en medio de una resaca monumental, pero lo dice serio, sin rastro alguno de mentira en su voz. Hay convicción en sus palabras e intención en su acción. En otras palabras: el Flaco dice la verdad, el Flaco no miente. Es innecesario mentir, lo repite constantemente; pero puede evadirse una verdad con otra sin mentir. EstĆ” bien no responder todo lo que se pregunta. La gente deberĆa ser como los libros: deberĆa recibir solo las respuestas para las preguntas que sepan realizarā¦
No es la resaca: el Flaco estĆ” asĆ por algo mĆ”s. Tiene la sonrisa envainada; los ojos detrĆ”s de las gafas sonrĆen, el cuerpo le sonrĆe, el tono de la voz le sonrĆe, pero la boca estĆ” tensa. EstĆ” eligiendo las palabras con cuidado, estĆ” rumiando su idea, estĆ” indeciso. El Flaco sabe que eso es peligroso: una idea que no se digiere cae pesado; la pesadez le da indigestión, y la indigestión de una idea le arruina el dĆa. Le es imposible contener los pensamientos cuando estĆ” en ese estado: le brotan a una velocidad que es imposible filtrarlos, se desboca; se suceden con un intervalo tan corto que no puede atraparlos. Y entonces habla, y cuando el Flaco habla uno cree que va a tragarse la lengua: lo hace de corrido hasta quedarse sin aire, hasta que se le atropellan las ideas; y entonces enciende un pucho o una pipa y camina lento y en cĆrculos.
Eso lo calma, al menos un rato. Eso lo apacigua: dar vueltas sobre la idea con la boca ocupada, con el humo jugueteÔndole en la lengua. Asà vuelve a su rumbo, y se sienta de nuevo. De repente me mira; sabe que no he dejado de verlo. Intuyo que sabe que nunca dejo de verlo, que es una especie de pacto entre nosotros, de respeto y cariño.
āLo tengo claro ya āme dice, y continĆŗaā. Me jode creerme la trama del cuento olvidando que ya lo he leĆdo; me jode terminar caminando con una botella a las 3 de la madrugada por una calle infinita y vacĆa, que se siente menos sola que yo despuĆ©s de una guevonada de estasā¦
No lo interrumpo, lo conozco: aún no termina de hablar. Algo mÔs tiene en la garganta, o quizÔ no quiere escucharse diciéndolo. Si es lo segundo, creo que intuyo lo que es. Puedo decirlo por él, y mientras él duda me animo:
āTodos queremos creer; la Ćŗnica iglesia que tiene la fe de todos es la de ese amor que no se necesita sino que se elige; de esos templos que se palpan, se lamen, se besan y se follan y se usan, esos templos que se veneran no en vano, que se profanan por pura devoción a la carne. A esa iglesia le apostarĆamos todos. Que no te joda, Flaco āle digoā. En esa todos somos hermanos; todos pecamos por pensamiento, palabra y omisión āle digo. Me rĆo y se rĆe; llevo la mano al corazón y le digoā: por mi culpa, por mi culpa, por mi gran culpa. Ćl repite conmigo despuĆ©s del primer gesto.
Ahora estĆ” liviano, ahora sonrĆe, con esa mueca suya medio embólica que le estira la cara de un solo lado; sabe que de verdad no estĆ” solo, que tambiĆ©n he recorrido yo ese camino.
āNo todo lo que brilla es oro; han dicho siempre los que persiguen el oro, y aun asĆ uno no les cree āle digoā, con demasiada frecuencia: obnubilados por el deseo nos hacemos los maricas y olvidamos ver mĆ”s allĆ” de las ganas, de la sonrisa, de la elocuencia, de la esperanza, de las tĆ©ticas⦠No hay nada puro, Flaco; no hay ya nada sagrado y uno lo olvida. Entre cielo y tierra nada estĆ” oculto, Flaco: han pasado 3200 aƱos y siguen habiendo Helenas por las que vos y yo entregarĆamos Troya.
El Flaco me mira y no afirma, pero se rĆe.
āSiempre hay un par de imbĆ©ciles que creen que con un poco de plumas y brea pueden alcanzar el sol ālo dice mientras se quita las gafas y mira directo a Ć©l.