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De Toledo
Camille de Toledo es un escritor tan peculiar que en la solapa de la edición castellana de su ensayo El haya y el abedul se puede leer: “Camille de Toledo, ensayista y escritora”. En realidad, la escritora es un escritor de treinta y cinco años, pero ya se sabe que la compra de derechos de autor puede provocar momentos de cita a ciegas. En el 2002, De Toledo deslumbró a sus lectores con un manifiesto falsamente generacional titulado Archimondain Jolipunk, en el que escaneó el pensamiento de una época: antiglobalización, turismo internáutico, subversión privada y certificados de defunción de a) la alienación, b) el punk y el rock, c) el sindicalismo y el comunismo y d) la modernidad. El atrevimiento visionario del autor partía de una formación heterodoxa y nómada, basada en el gusto por el cine, la fotografía, el derecho, la historia y conatos de pedantería provocadora. Era un bagaje que atentaba contra el intercambio de favores como moneda corriente entre la aristocracia intelectual francesa, que De Toledo combate con contundencia.
Insumiso con los mandarinazgos, su libro retrató las tribus más impostoras del mayo de 68 con trazo expeditivo: “Dedicaron un tercio de su vida a preparar la revolución y otro tercio a traicionarla”. También desafió la sacralización del memorialismo oficial subvencionado:
“Cuando el recuerdo construido colectivamente se pone al servicio de un orden injusto, entonces el derecho a olvidar se convierte en un acto de legítima resistencia”.
Heredero del situacionismo y de la psicodelia crítica de Greil Marcus, atento a la evolución de una francofonía en la que Albin de la Simone es tan relevante como Léo Ferré, De Toledo hace virguerías con las ideas y se saca de la chistera fórmulas efervescentes como “tesis, antítesis, prótesis”. También es capaz de verbalizar que, en el mundo actual, los controladores aéreos tienen más poder que los ejércitos.
Todo este corpus está presente en En época de monstruos y catástrofes, que acaba de publicar Alpha Decay. Es una novela de una ambición monumental, que entremezcla tramas y reflexiones futuristas sobre la ambivalencia moral, la estratificación de la realidad, las ciudades-franquicia, la industrialización del deseo (comercializado en cápsulas de placer al detall y a granel) y la entronización del casi como nuevo modelo de tempo ético, estético y económico. Con una densidad que puede llegar a asustar pero que tiene recompensa, el libro es la excusa ideal para descubrir a un escritor-pensador que no sólo te obliga a revisar tu repertorio de certezas sino que, además, te empuja a soltar lastre para continuar avanzando.
Gracias a Sergi Pàmies por sus muy acertadas palabras. Espero que no se enfade por mi libertad de copiarlo sin pedirle permiso, y que La Vanguardia tolere este gesto de apropiación indebida de palabras sin edulcorante, contundentes e influyentes.
]]>He comprobado también que hay energías, inteligencias, conexiones y especificidades únicas en Marruecos que no deben menospreciarse en ningún caso. Una de las mayores virtudes de dicho país es la extrospección constante de sus intelectuales, artistas y vanguardias situadas en la exploración. Las verdades son más falsas vistas desde fuera, y nunca he entendido mejor las carencias de Europa como proyecto que ahora, cuando he sentido la riqueza que se queda fuera de las interpretaciones funcionales de la Historia. Sin la evacuación de viejas ideas, la construcción de Europa será una agonía excluyente y que no dejará más huellas que cemento y muchos hospitales. Al mismo tiempo, también creo que Marruecos tiene su futuro en su conexión integral con sus vecinos europeos.
La batalla por la democracia en Marruecos no puede seguir una dicotomía, estéril y triste, entre lo nacional y lo europeo. El país debe curarse solo de todos los tabúes asociados a la tríada irreal, que recuerda la tríada de la Guardia Civil (y sus respectivos tabúes asociados). No hay más camino que la ruptura estética, generacional, discursiva, con la clase dominante, compuesta por altos funcionarios, políticos del sistema y fortunas del cemento. Y del mismo modo, los extranjeros tenemos que aprender a escuchar y ver en Marruecos otro país para que no reconozcamos demasiado en él lo que no nos gusta del nuestro: su pasado y su presente hechos de obstáculos, frenos y trampas.
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