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Este es un blog personal. Pero a veces encuentro un texto que resuena con lo que estoy pensando -y no es un clásico muy conocido. Entonces, no resisto la tentación de apropiarlo.
Junger es un periodista y documentalista estadounidense. No conozco más que eso: como les dije, me interesa lo que dice aquí. Al final, agrego un comentario, muy corto.
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“Durante la guerra civil en Sierra Leone en 1999, me encontré en una ciudad selvática llamada Kenema cuando los habitantes recibieron la noticia de que un ejército rebelde se dirigía hacia allí. El Frente Revolucionario Unido, como se llamaban los rebeldes, era infame por violaciones masivas, ejecuciones y torturas, y la gente de Kenema estaba comprensiblemente aterrorizada.
Vi cómo las mujeres salían a las calles y empezaban a gritarles a los hombres que salieran a defenderlas. Luego agarraron a sus hijos y se refugiaron como pudieron. Los hombres reunieron las armas que encontraron —escopetas oxidadas, AK, pistolas viejas, un sable de la era colonial— y se lanzaron fuera de la ciudad a enfrentarse a su destino.
Lograron derrotar a los rebeldes y evitaron una tragedia indecible.
La idea reciente y muy estadounidense de que los sexos son iguales o al menos intercambiables claramente no era cierta para la gente de Kenema en el verano temprano de 1999. Por mucho que uno se sienta tentado a decir sobre sexo y género desde la seguridad de nuestro país poderoso, el rol que las mujeres de Kenema eligieron para sí mismas en esos momentos terribles fue cuidar de sus hijos. Y el rol que asignaron a sus maridos fue luchar.
Toda sociedad del mundo usa a los hombres para la defensa porque son más fuertes, más rápidos y pueden ser asesinados en grandes números sin que importe demasiado. Pierde la mitad de los hombres de una tribu y la otra mitad repoblará el grupo en una generación; pierde la mitad de las mujeres y la tribu nunca se recuperará. Los hombres son carne de cañón perfecta, en otras palabras. Si las mujeres de Kenema hubieran elegido defender la ciudad y les hubieran dicho a los hombres que huyeran con los niños, podría haber terminado catastróficamente para ambos.
No estoy diciendo que un ataque rebelde en África deba ser la base de nuestros roles de género, ni que hombres y mujeres no deban ser exactamente quienes quieran ser en nuestra sociedad. Pero cuando se pierde de vista las presiones evolutivas que subyacen a gran parte del comportamiento humano, se corre el riesgo de caer en tonterías ideológicas.
La extrema derecha intenta convertir a los hombres jóvenes en políticos activos, convenciéndolos de que son las «verdaderas» víctimas de la sociedad actual. Y la extrema izquierda se esfuerza igual de duro por convencerlos de que toda masculinidad es sospechosa y peligrosa, y que lo único correcto que pueden hacer los hombres es salir de la habitación pidiendo disculpas.”
(Gracias a Pablo Malo @pitiklinov)
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Aquí en Argentina este tema está pero, en mi opinión, en una forma distinta que EE.UU. Allí el tema es cultural, y hasta religioso para un sector significativo.
Para el núcleo duro de los votantes de Trump, «roughnecks» del Medio Oeste, «good ole boys» del Sur, hay algo en las políticas de género que afecta su idea de la masculinidad. Y en el «Bible belt», el «cinturón de la Biblia», este tema hace a la religión, y se toma muy en serio.
Aquí nuestra herencia cultural es italiana y española, en su mayoría, y el catolicismo reclama a los creyentes buenas obras y, en todo caso, asistir a misa los domingos. La masculinidad se ejerce o no, según los gustos personales.
Entonces, según mi falible opinión, en nuestro país el tema de «género» es más político que cultural, al menos entre los hombres, ya sean heteros o gays. Sirve para identificarse como «de derecha» o «progres».
Tengo presente que para muchas feministas, y algunos sectores del colectivo LGTB…, el género hace a su identidad y afirmación, y son muy sensibles. Estoy seguro que al haberlo tocado aquí sin respetar su ortodoxia, me acarreará insultos en las redes. Pero eso no alcanza a ser una presión evolutiva.
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Cuando este 20 de enero el primer ministro de Canadá pronunció su discurso en Davos, todos (todos los que nos interesamos en la política internacional o en la política en general) tomamos nota.
No era para menos. El actor estrella de ese encuentro era Donald Trump, que había avisado a Europa que quería Groenlandia, y que iba a usar todos los medios -armas, aranceles,… – para conseguirla. Carney ya se le había enfrentado, su país es el vecino más grande de EEUU, y el más ligado a su economía.
Luego, Trump dijo que no iba a usar la fuerza, y ahí bajó la tensión. Sigue siendo el presidente de la Potencia más poderosa, autoritario e imprevisible, pero también un empresario de bienes raíces, que primero exige un precio absurdo para aceptar uno sólo demasiado caro. O, por lo menos, eso se cree.
Aún así, ese discurso de Carney es una pieza brillante de análisis geopolítico envuelta en un texto elocuente. Debe tomarse en serio, y los gobiernos importantes así lo hacen. Especialmente Trump, que está muy enojado con el canadiense. Entiende que le plantea un desafío en un plano que le importa, el del poder global.
Como muchos otros, yo me apuré a distribuir el discurso de Carney ese mismo día, entre amigos y grupos politizados. Advertí, eso sí, que era una pieza intelectual, brillante, de la tradición liberal inglesa.
(Por si les sirve, acerco aquí el texto completo de ese discurso en nuestro idioma. Es de La Nación, lo que resulta apropiado).
Para muchos compatriotas, formados con los autores del campo nacional-popular, o con los del nacionalismo argentino tradicional, eso ya invita al rechazo. Hay memorias que lo justifican. La guerra de Malvinas, la Vuelta de Oblligado, las invasiones de 1806-7, …
Por mi parte, aprecio valores de esa tradición. Los que escribieron a lo largo de siglos desde John Locke a John Struart Mill: la libertad individual, los derechos naturales, el gobierno limitado, el estado de derecho, la propiedad privada, …
También admiro la filosofía y la democracia de la Atenas clásica, sin olvidarme que eran para los ciudadanos de una sociedad apoyada en el trabajo esclavo. La realidad siempre tiene muchas facetas.
En cualquier caso, esa tradición liberal nunca impidió a Inglaterra preocuparse por sus propios intereses.
Seguramente tampoco se lo impide a Canadá. Que, más allá de la asociación simbólica con el rey inglés, mantiene un vínculo muy práctico y decisivo: los «5 eyes» («5 ojos») la asociación entre los servicios de inteligencia de EE.UU., Gran Bretaña, Canadá, Australia y Nueva Zelanda. Vínculo que, a su vez no le ha impedido recientemente firmar un acuerdo estratégico de aranceles y colaboración mutua con la República Popular China.
Al punto: voy a la pregunta que me parece más relevante para losargentinos: ¿la alianza que propone Carney está pensada también para nosotros?
Creo que no. Y no sólo porque Argentina ya no es una potencia media, como podía aspirar, de alguna forma, hasta la década del ´70 del siglo pasado. Leyendo su discurso, parece que está pensando en las potencias de la Unión Europea y Japón, los beneficiarios principales de ese orden multilateral que ve desmoronandose.
Otra duda:Carney tiene razón en que el orden multilateral de la posguerra ya fue (lo repetí muchas veces en el blog en los últimos años) ¿Pero es realista su llamado a reconstruirlo a partir de una asociación de potencias medias?
Ese orden multilateral -injusto e hipócrita en muchos casos, como el mismo Carney reconoce- se construyó en la posguerra desde el poder de una Potencia hegemónica,los EE.UU., aunque se afirmó en la aceptación de las potencias medias que se beneficiaban. ¿Podría reconstruirse , para ponerle límites al poder de EE.UU. y los otros hegemones nucleares?
Tengo que decir que me parece difícil. Pero sí veo muy posible, quizás inevitable, un esfuerzo por formar un núcleo de poder destinado a reconstruir un acuerdo de los países más ricos y desarrollados, hartos del personalismo arbitrario de Tump. Después de todo, en noviembre de este año hay elecciones de mitad de término en EE.UU., y una parte de sus ciudadanos, y de sus élites, están descontentos.
Sería un actor más, muy importante. Y un «nodo» del poder y la economía global, con el que Argentina deberá negociar. Aún el gobierno actual, que sobreactúa fidelidad y admiración a Trump («chupamedias») comercia y recibe préstamos e inversiones de China.
El hecho fundamental, en mi opinión, es qu ahora, en el desorden global que vivimos, la única base para la defensa de los intereses de sus ciudadanos son los estados nacionales, y las alianzas que puedan forjar entre ellos. Y para eso esos estados deben contar con un poder disuasivo ante las amenazas posibles. Es decir, llegar a ser lo que Carney llama «potencias medias». A la Argentina hoy le falta bastante para ese objetivo.
Pero esa es la tarea de los argentinos. Nadie la hará por nosotros.
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Empiezo por precisar el tema. Porque Venezuela es una realidad tan compleja y diversa como cualquiera de los países en los que se dividió la «América antes española». Aquí voy a referirme a las lecciones que deja, hasta ahora, la intervención del presidente Donald Trump, que culminó en la «operación militar especial» que secuestró al también hasta entonces presidente Nicolás Maduro este 3 de enero.
La «extracción» fue exitosa, sorpresiva, y de bajo costo en vidas -en particular para sus autores- en relación al desafío. Como todo éxito militar, impacta en un nivel profundo en la imaginación, incluso en la de militares y políticos. Será imitada, probablemente.
(Unos cuantos gobernantes deben estar paranoicos estos días, y no sólo los que están en la lista negra de Trump.)
Además, también inspiró una excelente pieza literaria de Martín Rodríguez.
Pero… ojo: en mi tal vez equivocada opinión, no fue lo más importante, en el plano estratégico, de esa intervención.
El aspecto fundamental, creo, es que Donald Trump, que no parece un gobernante perceptivo o sutil, aprendió sin embargo, de los errores de anteriores presidentes de EE.UU. en Irak, Afganistán, … Incluso de los de John F. Kennedy en Vietnam: cuando envíes soldados al extranjero, mejor que sea ante un desafío existencial, como el que planteaban a EE.UU. Japón, la Alemania de Hitler, o potencialmente, la Unión Soviética. Si ese no es el caso, que sea para una operación muy rápida, y que tengas su salida prevista.
Aún así podía haberle salido mal, como a Carter cuando intentó en 1979 el rescate de los rehenes en Teherán. Pero esa es la suerte de la guerra. Insisto en que la decisión clave de Trump fue otra, en el plano estratégico: dejó de lado una característica de las intervenciones militares de EE.UU. que Kissinger siempre criticó: el «imperialismo wilsoniano», la necesidad de darse y si es necesario inventar justificativos morales para actuar en defensa de sus intereses.
El actual inquilino de la Casa Blanca ha sido brutalmente franco. Habla de petróleo, no de democracia.
Ese realismo amoral le permite al país más fuerte imponer su voluntad al más débil, sin necesidad de obligarle a cambiar la estructura de su sociedad, o la del poder interno. Este último factor es el que ha hecho las guerras más largas y sangrientas en los tiempos modernos.
Trump hizo una abrumadora, y despiadada exhibición de fuerza militar muy cerca de Venezuela, mientras negociaba con Maduro. Hasta que se convenció que Bigote no veía la misma realidad que él. Lo sacó del medio, y encontró que los jefes militares y la segunda línea del chavismo la veían, ayudados por esa quirúrgica operación militar.
También en este aspecto puede decirse que tuvo suerte: el chavismo cambió enseguida la vieja consigna «Aquí no se rinde nadie» por otra también folklórica «Negociemos, don Inodoro». Pero eso está vinculado a la naturaleza del poder estatal chavista, del que comentaré algo en otro post.
Ahora, una pregunta clave es: ¿cómo sigue? Es lo que debemos preguntarnos siempre en política. Y, como dijo un viejo prusiano, «la guerra es la continuación de la política por otros medios».
Para Trump, el que pueda imponer su voluntad, hasta ahora, al gobierno chavista y también a una oposición venezolana que no tiene otro medio o proyecto que aspirar a que EE.UU. le conceda elecciones en su propio país, es un estímulo para que siga adelante del mismo modo, para conseguir otros objetivos. No los que anuncia a los gritos, sino los reales, más moderados y concretos.
Puede decirse que en el caso de Panamá (sin otras amenazas que las verbales) y Venezuela ya lo ha conseguido, hasta ahora. Quizás más importante, ha logrado mostrar que ni Putin ni Xi Jinping están interesados en enfrentamientos militares en el Hemisferio Occidental. Mientras al menos, el gobierno de Trump no pretenda interrumpir las exportaciones de alimentos y minerales a China, ni obstaculice sus exportaciones de manufacturas -no armamentos ni tecnologías sensitivas.
Hasta ahora, Trump no ha exigido nada de eso. Ni cuestiona en los hechos el amplio financiamiento que otorga China a sus proveedores y clientes.
Todo esto marca, más que la muy evidente desproporción de poder militar entre EE.UU. y los países sudamericanos, la relativa irrelevancia a la que los condenan su ausencia de una política exterior consensuada y sus disputas minúsculas. El caso de Canadá, que negocia abiertamente con China y a la que Trump ya habría abandonado la ilusión de convertirla en la próxima estrella en la bandera de EE.UU., indica que la soberanía en los tiempos de Trump depende más de la unidad y la coherencia nacional que de la relación de poder militar. Aunque, por supuesto, como insistí otras veces, un «complejo industrial-miltar» adecuado a las necesidades es un complemento indispensable.
Como sea, el desafío inmediato que el mismo Trump se ha planteado ahora es Groenlandia. Si la Unión Europea, esa confederación rica y débil, va a resistir las presiones, y los aranceles, del Trump 2.0.
En un lapso un poco más largo, la pregunta es si un porcentaje importante de las élites estadounidenses aceptará que Panamá, Venezuela y tal vez Groenlandia son un sustituto aceptable del protectorado militar y, hasta cierto punto la conducción política que EE.UU. ejercía sobre Europa. O si las élites europeas empezarán a reexaminar las (incómodas) relaciones que mantienen con los dos gigantes hacia el Este. El que viva lo verá.
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En este siglo fue vecina mía, pero no la conocí en persona. Sí la escuché muchas veces, hace mucho tiempo, descalza, en café-concerts y pequeños escenarios.
Para mí es, con algunos nombres y lugares más, los años ’60. Buenos Aires era hermoso, si eras joven y tenías algunos, pocos, pesos en el bolsillo. Chau, Marikena. Extraño a vos, a ese Buenos Aires y a mi juventud.
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Desde 2013 estoy insistiendo en este blog, y en otros sitios, que el orden global que imperó, con altibajos y desafíos, a partir del final de la 2da. Guerra Mundial se deterioraba rápidamente. Obvio, no he sido el primero en señalar este proceso.
Ahora, quiero dejar claro a qué me refería yo cuando escribí de ese «orden global». Nunca fue algo fijo, ni, por cierto, un cuerpo de reglas aceptadas por todos los países. Sí contaba con una filosofía, que llamé aquí el «consenso antifascista» que plantearon los vencedores de esa guerra, aunque fuera en el discurso. O en «lip service», como dicen los gringos.
Su base real era una relación de poder -una Guerra Fría entre Estados Unidos y la Unión Soviética y los países que se sumaban o los sumaban a sus sistemas. En un mundo donde, a partir de 1949, cuando la URSS probó su primera bomba atómica, el «equilibrio del terror» desalienta la guerra abierta entre Grandes Potencias.
Ese orden incluyó rápidamente, entre los países que aceptaban el liderazgo fáctico de EE.UU., instituciones multilaterales: el Fondo Monetario Internacional, el Banco Mundial, la Organización Mundial del Comercio, y otras menos importantes vinculadas a las Naciones Unidas, que no era ni es, en esencia, otra cosa que un foro de debates para los gobiernos.
Este orden multilateral se fortaleció tras el derrumbe de la URSS en 1991. Natural: su principal impulsor era EE.UU., aunque contaba con el respaldo entusiasta de una relativamente joven Unión Europea.
Ese es el orden, «multilateral», que ya caducó. El actual presidente de los EE.UU., Trump, con el respaldo de una mayoría del electorado de su país, decidió que no servía a los intereses de EE.UU. La influencia de la Unión Europea ha disminuido cada vez más en la última década (Toynbee advirtió hace mucho que las confederaciones laxas no perduran…).
Y las nuevas potencias emergentes no muestran interés en sostenerlo. Lo consideran sesgado en favor de los países desarrollados. Y tienen razón.
China, que ya emergió (y cómo) lo defiende en público, pero no se juega por él. Después de todo, una de las piezas claves de ese orden era el papel del dólar como divisa global. A la República Popular ese papel no le entusiasma.
Algunas de esas instituciones conservan poder e influencia. En particular, el F. M. I., en tanto, sirva a las políticas de Washington (Su papel de auditor y garante del pago de sus créditos también le sirve a Beijing. Los auditores nunca son simpáticos).
Ahora me enfoco en nuestro país y nuestra región. Aquí, tal vez por razones culturales, siguen siendo importantes los Grandes Relatos. Para los numerosos latinoamericanos que se identifican con los Estados Unidos que describía antes Hollywood, y una Europa también imaginaria, esos países – también llamados «Occidente» o «mundo libre» – y esas instituciones multilaterales funcionan como legitimadores de políticas, especialmente económicas.
El sector, que se mostró más numeroso en muchas ocasiones, que se siente perjudicado o excluido de ese orden global, tiende a verlo como una gran conspiración de poderes ocultos (o financieros, más o menos lo mismo).
Así, para los más politizados de los descontentos con la realidad de pobreza y dependencia de nuestros países, «multilateral» pasó a ser una mala palabra. Muy distinta de «multipolar», aunque sonaran más o menos lo mismo. Y el «derecho internacional», una falsedad que solo servía a los globalizadores.
Oscar Wilde decía «Cuando los dioses deciden castigarnos, nos conceden lo que les pedimos». El «derecho internacional» -que nunca tuvo fuerza detrás más que la que quisieran darle o aceptar las Grandes Potencias, hoy está más vacío que nunca.
Las «operaciones militares» de EE.UU. en Venezuela y de Rusia en Ucrania y otras guerras locales en curso muestran que el derecho internacional es la fuerza militar, y, en bastante menor grado, la económica. Esta última NO incluye los recursos naturales, sino la capacidad de explotarlos y transformarlos.
Podemos hacer entonces un esbozo muy incompleto del Nuevo Orden Global que apunta: los únicos países que estarían a salvo de agresiones externas serían -como anticipó hace décadas Jerry Pournelle – los que poseen armas nucleares y los medios de lanzarlas. Esto lo demuestra Corea del Norte, un país pequeño y pobre, pero que tendría bombas atómicas y misiles.
En un 2do. nivel están las potencias locales que, sin tener armas nucleares, cuentan con lo que Eisenhower bautizó hace 65 años, un «complejo industrial militar».
Los países que no entran en una o dos de esas categorías … no son soberanos. Aunque tengan un asiento en las Naciones Unidas.
¿Dónde deja esto a los países latinoamericanos? En el Hemisferio Occidental. las Américas, hay solo una Gran Potencia indiscutible, los EE.UU. Pero, atención: para gozar de la autonomía necesaria para proteger sus intereses, una nación no necesita ser más fuerte que todos sus vecinos. Ese es un objetivo imposible y peligroso, como muestra la Historia.
Lo imprescindible para cualquier nación que pretenda ser soberana en este cruel tiempo es que agredirla le resulte más caro a un posible enemigo que los beneficios que pueda obtener.
Para lograr esto, el caso Venezuela parece indicar que la compra de equipo militar en el extranjero -no importa cuán caro sea- no es muy útil. Tampoco las alianzas extra hemisféricas reemplazan la capacidad de defensa propia.
Esta requiere la existencia de ese «complejo industrial militar». Que no tiene que tener las dimensiones del estadounidense, el chino o el ruso, obvio. Basta que sea suficiente para infligir un daño al agresor cercano al beneficio que pueda obtener. Y, nuevamente pido atención, los desarrollos de la guerra en este siglo la ha vuelto, curiosamente, más económica. El mejor ejemplo actual son los drones.
Para los argentinos, vale la pena recordar que hasta mediados del siglo pasado, nuestro país tenía las industrias de uso dual, civil y militar, más importantes de Sudamérica. Una sucesión de gobiernos irresponsables o estúpidos, y la derrota en la guerra de Malvinas, lograron destruirlo. Pero podemos reconstruirlo, si llegamos a tener la voluntad, y un gobierno que lo encare en serio.
(Hay una excepción a esta lectura en apariencia «facilista» de la defensa nacional: si el agresor es una potencia, global o regional, que cree enfrentar un desafío existencial. Ahí cambian las reglas. Lo aconsejable es evitar plantear esos desafíos).
En cualquier caso, el requisito esencial para la defensa es siempre lo que Aldo Ferrer llamaba «densidad nacional». Un pueblo que percibe un destino común, por encima de los distintos intereses y las disputas de sector, y un Estado organizado que administre esas diferencias y trace los objetivos comunes. El principal, porque nada se logra si no se cumple, es la defensa nacional.
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Mi amigo Ricardo Auer, consultor en riesgo geopolítico, me acerca esto del periodista venezolano (de la diáspora)Francisco Poleo, vicepresidente de El Nuevo País. Daniel Lozano, de El Mundo, dice más o menos lo mismo.
Por mi parte, lo encuentro plausible. Parece evidente que Maduro fue entregado. Y Trump, como dirían en mi barrio, es narcisista, pero no boludo. Y debe tener presente como George Bush (h) convirtió a Irak, de un contrapeso a Irán, en un cuasi satélite de los ayatolás.
«Delcy Rodríguez y el núcleo duro de la cúpula del régimen están negociando con Estados Unidos en estos momentos. No se trata de un cambio repentino. Es el resultado de una conclusión a la que se llegó en Washington durante meses: Estados Unidos no cree que María Corina Machado y la oposición tengan la capacidad operativa para tomar el poder en Venezuela porque no controlan ni fracturan significativamente a las fuerzas armadas. Si la tuvieran, el poder habría cambiado inmediatamente después de las elecciones presidenciales de 2024. No fue así.
Durante un largo período, funcionarios estadounidenses, incluido Marco Rubio, mantuvieron una comunicación constante con Machado y su equipo. Se les pidió repetidamente pruebas de un plan concreto, no solo para obtener el poder simbólicamente, sino para mantenerlo en la práctica: cadena de mando, alineamiento militar, control institucional y gobernanza inmediata. Las respuestas fueron consistentemente evasivas, justificadas por preocupaciones de seguridad, pero nunca fundamentadas. En ese momento, desde la perspectiva del gobierno estadounidense, la oposición dejó de parecer un mecanismo de transición viable y comenzó a verse como una apuesta política sin un brazo ejecutor.
El plan ahora sobre la mesa es que Delcy Rodríguez estabilice el país con el respaldo de Estados Unidos y luego convoque elecciones generales. Esto no se presenta como un respaldo al régimen, sino como una estrategia de contención y transición. Washington es explícito en una cosa: no se trata de una alianza entre iguales. Estados Unidos dirige el proceso, Rubio gestiona las líneas y la influencia es totalmente asimétrica. Delcy es el instrumento, no el centro de gravedad. Los funcionarios estadounidenses también consideran que la dura retórica pública de Delcy hoy estaba dirigida hacia adentro, a la base chavista, no hacia afuera. Ese mensaje se entiende como una señal interna. Sin embargo, por el momento, las negociaciones con Estados Unidos continúan.»
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Cuando hoy a la mañana empecé a redactar mentalmente este post tenía un título más ambicioso y geopolítico «2026: un Nuevo Orden Mundial en construcción». Defecto profesional de un analista.
No es que ese título no responda a la realidad. Estamos asistiendo -los argentinos, como espectadores un poco aturdidos- al reemplazo de un orden global elaborado después de 1945, tras la derrota de las potencias del Eje.
Ese viejo orden global incluía un multilateralismo sesgado e hipócrita, como denunciaron muchos pensadores argentinos y de otros países latinoamericanos. Bueno, ya desde hace más de una década, está siendo reemplazado por uno en que impera una sinceridad brutal.
Por eso siento que debo decir que el «verdadero» motivo que tuvo Trump para capturar a Maduro es … que calculó que podía hacerlo sin mucho costo.
El equipamiento sofisticado que Venezuela compró a Rusia y a China no servía como elemento de disuasión para un enemigo que no necesitaba de armas ajenas. Hay un eco de Maquiavelo en esta lección.
Otra debilidad de Maduro es un eco mucho más fiel de las enseñanzas del florentino: resulta evidente que el presidente venezolano no contaba con la adhesión total de su propio aparato de seguridad. Alguien o algunos lo entregaron.
De la geopolítica, de zonas de influencia y recursos estratégicos, escribiré más tarde. Dejo para la reflexión, la imagen que me acercó un amigo, la versión italiana de un juego de mesa.
Para profundizar, siento que debo esperar a ver cómo sigue la historia en Venezuela: otro Vietnam, otro Irak, o la «transición apropiada» que vaticina Trump.
La lección que YA tenemos en América del Sur es que todos sus gobiernos, incluso los que aplauden con entusiasmo la acción militar de esta madrugada del 3 de enero, es que su autoridad y permanencia en sus cargos dependen de las decisiones que se tomen en Washington y, quizás, en otras capitales.
Esto será así hasta, y sí, que construyan una capacidad de disuasión propia que convenza a potenciales enemigos, tal vez más fuertes que es mejor negociarlo con ellos que tratar de meterlos presos.
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Quiero ser justo. Reconozco desde el comienzo que Donald Trump, que pronto cumplirá 5 años (interrumpidos) como inquilino de la Casa Blanca, bombardeó menos gente, en promedio por año, que sus predecesores en este siglo, que duraron 8 años: George W. Bus y el Nobel de la Paz, Barack Obama. Trump no es belicista. Humanista tampoco, obvio
Lo que debería preocuparnos es que el tío Donald parece ampliar los motivos con los cuales EE.UU. justifica sus bombardeos.
En esta semana de Navidad, Trump, dijo en su red Truth Social que Estados Unidos había lanzado un “poderoso y letal” ataque contra fuerzas de Estado Islámico en el noroeste de Nigeria, después que acusara al gobierno de ese país africano de no detener la persecución de cristianos en su territorio.
Trump agregó que esos militantes de E. I. (o ISIS) “atacan y asesinan de manera cruel, principalmente, a cristianos inocentes».
Atención: el marco legal y geopolítico de este ataque es muy distinto de la «diplomacia de cañoneras» en el Caribe que comenté en este blog el miércoles 17. Puede verse como una variante moderna, una «diplomacia de misiles», que Trump insinuó que quizás también aplicaría en Venezuela.
Pero en la presión militar sobre el país caribeño existe la intención explícita de derrocar a su gobierno, al que EE.UU. considera ilegítimo. Y en el plano estratégico, Washington ve al hemisferio occidental desde el siglo XIX como su «zona de influencia», esencial para su seguridad, y espacio pribilegiado para sus empresas.
En el caso del país africano, la situación es muy distinta. El ministerio de Relaciones Exteriores de Nigeria indicó que el ataque se llevó a cabo como parte de una cooperación en materia de seguridad con Estados Unidos, que incluye el intercambio de inteligencia y la coordinación estratégica para atacar a grupos militantes.
“Esto ha dado lugar a ataques de precisión contra objetivos terroristas en Nigeria mediante bombardeos aéreos en el noroeste”, afirmó ese ministerio en una publicación en X.
Para los compatriotas que sólo tienen una vaga idea de África, aquí hay un resumen breve de los datos básicos de Nigeria:
- Territorio: Superficie de 923.768 km².
- Población: Alrededor de 238 millones de habitantes (el país más poblado de África).
- Economía: PIB nominal ~285 mil millones USD; es la economía más grande de África (por delante de Sudáfrica en algunos rankings). Dependiente del petróleo, pero con crecimiento en servicios y agricultura.
- En relación al África subsahariana, Nigeria representa ~19% de la población y ~15-20% del PIB regional.
- Es el gigante demográfico y económico de la zona, concentrando gran parte del crecimiento y los desafíos (como urbanización rápida y dependencia de sus recursos naturales).
- En resumen, no es apto para ser un satélite de EE.UU., en un siglo donde hay tanta competencia por esos recursos.
Vuelvo ahora a un marco más amplio: la intervención de EE.UU. en África es mucho más reciente que la de las potencias europeas. Portugal, entonces una potencia naval, le dio comienzo hace cerca de 600 años atrás. En los siglos siguientes tomaron la delantera en el tráfico de esclavos y luego en la ocupación territorial Inglaterra y Francia. A fines del siglo XIX los países europeos se repartieron el continente, en un congreso en Berlín…
Después de la II Guerra Mundial, la realidad se hizo más diversa. Procesos de descolonización y neocolonización. También se libró allí la Guerra Fría. En los ´80 hasta pelearon contingentes cubanos!
En este siglo siguieron las guerras, intervenciones y masacres, pero con mucha menos carga ideológica. Las diferencias étnicas y religiosas ocuparon su lugar. Pero el factor decisivo para la intervención extranjera fueron los recursos naturales africanos. Se volvió a la tradición de siglos, digamos. La principal preocupación de Washington, por ejemplo, es que China es el principal cliente, inversor y/o acreedor, de muchos países de ese continente,
La principal debilidad de esos países es que sus fronteras, y sus propias estructuras estatales, son en gran parte herencia de cuando eran colonias europeas. Muchas de esas fronteras fueron trazadas en ese congreso en Berlín…
Nigeria, por ejemplo, está dividida entre un norte con mayoría musulmana y un sur con mayoría cristiana… Pero no hay una guerra entre esas regiones. Hay conflictos locales, que a menudo ignoran las fronteras del país. «Estado Islámico» es el nombre que se dan facciones locales, que se proclaman «provincias» del Califato, y se financian con la explotación o el saqueo de minerales valiosos.
Pero basta del drama africano, aunque será parte importante de la historia de los próximo siglos. Su crecimiento demográfico lo garantiza.
Lo que creo de interés inmediato, también para nosotros -nuestro gobierno imita servilmente las política del Donald -menos el proteccionismo industrial, claro- es que muestra la intención de convertirse él mismo, y por lo tanto su país, en el líder de un «Occidente renovado». O, más simple, trumpista.
Dejemos a un lado, para este análisis, los factores históricos y culturales. El Occidente que surgión después de la II Guerra Muncial, rue, en términos geopolíticos y de poder real, Estados Unidos más las potencias de la Europa Occidentar, más Japón, bajo el protectorado militar de EE.UU., la OTAN.
Ese Occidente fue. Ya no reúne a las economías más importantes, muchas emergentes crecen más rápido, y Trump dice que mantener la OTAN le cuesta demasiado a su país. Tiene razón.
El presidente imperial de los EE.UU. quiere un nuevo Occidente, renovado, que abarcaría a todos los países con mayoría «blanca» y, requisito fundamental, lo adulen, sigan sus políticas y controlen la inmigración de aquellos con piel algo más oscura.
Su preocupación por los cristianos nigerianos es una indicación de la imagen que intenta proyectar de su papel histórico como líder de ese Occidente renovado. Puede ser sincero, también, aunque no muestra interés por la suerte de los cristianos en el cercano Oriente.
También se preocupa por la suerte de los afrikáners blancos en Sudáfrica…
La llave de ingreso a ese «Occidente renovado» serían, entonces, la admiración por Trump, la afinidad con sus políticas y el control de la inmigración. Son los requisitos que está exigiendo a sus viejos aliados europeos, además que compren sus armas y su combustible en EE.UU.
Atención: una parte no pequeña de los argentinos, y de los latinoamericanos en general, pueden sentirse atraídos por este destino. Podrían imaginarse ciudadanos -aunque clase B- del «primer munco».
Pero… esa ilusión no es sostenible. Ni en términos sociales ni económicos. Aunque en Europa piensen que los argentinos somos racistas porque no hay negros en nuestra Selección de fútbol. una buena parte de nuestr población es morocha. Y peor, un porcentaje aún mayor vota al peronismo Trump es sensible en eso, porque los Demócratas lo acusan de imitar a Perón.
Y hay un factor económico, no cultural: los clientes de las producciones de la América del Sur están en Asia. Y ahí están también las Grandes Potencias del presente y el futuro. Es inevitable que la Argentina haga equilibrio en un mundo donde aun el «Occidente renovado» que parece imaginar Trump sería un actor más, entre otros.
Un mundo donde Argentina debe construir su propio lugar, si somos capaces de hacerlo.
]]>Vuelvo a subir al blog el post de Navidad del año pasado. No muy distinto, en el fondo, de los posts navideños que subí la mayoría de los años que tiene este blog.
Parece curioso, porque soy uno de los muchísimos en esta sociedad que hemos sido bautizados, tomamos la 1ra. comunión y cuando crecemos nuestra relación con la iglesia es… remota.
Uno va cuando bautizan al hijo o al nieto de un amigo. Nochebuena o Navidad son una ocasión de reunirse con familia o amigos muy cercanos, brindar y comer mucho. No soy creyente, soy dudante, como se definía Atahualpa Yupanqui. Escribo esto para los que dudamos, supongo.
Creo que una razón es que, aun para los que no tenemos el don de la fe, la historia es poderosa: el Autor de Todo, las galaxias, la mecánica cuántica, la vida, se hace hombre como un niño desvalido porque nos ama.
Y esa vieja historia tiene los pastores que reciben la noticia, el posadero que no tiene lugar para los viajeros, el rey que lo hace buscar para matarlo porque le han dicho que lo sacará del trono…
Como sea, esta vez vuelvo a acercarles el Oratorio de Navidad, de Juan Sebastián Bach. Lo dirige Nikolaus Harnoncourt. Es una hora y 20 minutos de uno de los compositores supremos. Lo pueden escuchar de a ratos, mientras están haciendo otra cosa (más o menos, mi caso).
Lo escucho como una demostración que en este universo, a pesar de las apariencias, hay lugar para el orden y la belleza. Tal vez el Autor piensa en nosotros.
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