Este es un blog personal. Pero a veces encuentro un texto que resuena con lo que estoy pensando -y no es un clásico muy conocido. Entonces, no resisto la tentación de apropiarlo.
Junger es un periodista y documentalista estadounidense. No conozco más que eso: como les dije, me interesa lo que dice aquí. Al final, agrego un comentario, muy corto.
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“Durante la guerra civil en Sierra Leone en 1999, me encontré en una ciudad selvática llamada Kenema cuando los habitantes recibieron la noticia de que un ejército rebelde se dirigía hacia allí. El Frente Revolucionario Unido, como se llamaban los rebeldes, era infame por violaciones masivas, ejecuciones y torturas, y la gente de Kenema estaba comprensiblemente aterrorizada.
Vi cómo las mujeres salían a las calles y empezaban a gritarles a los hombres que salieran a defenderlas. Luego agarraron a sus hijos y se refugiaron como pudieron. Los hombres reunieron las armas que encontraron —escopetas oxidadas, AK, pistolas viejas, un sable de la era colonial— y se lanzaron fuera de la ciudad a enfrentarse a su destino.
Lograron derrotar a los rebeldes y evitaron una tragedia indecible.
La idea reciente y muy estadounidense de que los sexos son iguales o al menos intercambiables claramente no era cierta para la gente de Kenema en el verano temprano de 1999. Por mucho que uno se sienta tentado a decir sobre sexo y género desde la seguridad de nuestro país poderoso, el rol que las mujeres de Kenema eligieron para sí mismas en esos momentos terribles fue cuidar de sus hijos. Y el rol que asignaron a sus maridos fue luchar.
Toda sociedad del mundo usa a los hombres para la defensa porque son más fuertes, más rápidos y pueden ser asesinados en grandes números sin que importe demasiado. Pierde la mitad de los hombres de una tribu y la otra mitad repoblará el grupo en una generación; pierde la mitad de las mujeres y la tribu nunca se recuperará. Los hombres son carne de cañón perfecta, en otras palabras. Si las mujeres de Kenema hubieran elegido defender la ciudad y les hubieran dicho a los hombres que huyeran con los niños, podría haber terminado catastróficamente para ambos.
No estoy diciendo que un ataque rebelde en África deba ser la base de nuestros roles de género, ni que hombres y mujeres no deban ser exactamente quienes quieran ser en nuestra sociedad. Pero cuando se pierde de vista las presiones evolutivas que subyacen a gran parte del comportamiento humano, se corre el riesgo de caer en tonterías ideológicas.
La extrema derecha intenta convertir a los hombres jóvenes en políticos activos, convenciéndolos de que son las «verdaderas» víctimas de la sociedad actual. Y la extrema izquierda se esfuerza igual de duro por convencerlos de que toda masculinidad es sospechosa y peligrosa, y que lo único correcto que pueden hacer los hombres es salir de la habitación pidiendo disculpas.”
(Gracias a Pablo Malo @pitiklinov)
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Aquí en Argentina este tema está pero, en mi opinión, en una forma distinta que EE.UU. Allí el tema es cultural, y hasta religioso para un sector significativo.
Para el núcleo duro de los votantes de Trump, «roughnecks» del Medio Oeste, «good ole boys» del Sur, hay algo en las políticas de género que afecta su idea de la masculinidad. Y en el «Bible belt», el «cinturón de la Biblia», este tema hace a la religión, y se toma muy en serio.
Aquí nuestra herencia cultural es italiana y española, en su mayoría, y el catolicismo reclama a los creyentes buenas obras y, en todo caso, asistir a misa los domingos. La masculinidad se ejerce o no, según los gustos personales.
Entonces, según mi falible opinión, en nuestro país el tema de «género» es más político que cultural, al menos entre los hombres, ya sean heteros o gays. Sirve para identificarse como «de derecha» o «progres».
Tengo presente que para muchas feministas, y algunos sectores del colectivo LGTB…, el género hace a su identidad y afirmación, y son muy sensibles. Estoy seguro que al haberlo tocado aquí sin respetar su ortodoxia, me acarreará insultos en las redes. Pero eso no alcanza a ser una presión evolutiva.

Escrito por Abel B. 






