LeƱa al fuego

—AndĆ” a terapia —le dice—. Yo ya hice mi parte; yo ya fui y hablĆ© mis males. Curate vos de los tuyos: venĆ­ aquĆ­ perfecto, venĆ­ aquĆ­ listo.

Eso no se lo dice. No textualmente, pero sus ojos se lo gritan, se lo reclaman, se lo demandan. EstƔ convencida de que su dolor es causa de sus grietas; que Ʃl tiene la responsabilidad por ser como es y por no ser de otra manera, por no ser quien ella sueƱa, que ella quiere, quien ella espera; aunque tiene el potencial de serlo, aunque tiene mucho de eso y porque, aunque le falta poco, nunca quiso serlo.

Ɖl la escucha. EstĆ” ensanchando la nariz por respirar rĆ”pido y fuerte, como siempre que se enoja. Usa las manos con fuerza y con una elegancia orquestal: parece dirigir los hilos de Mahler, parece renacer sus esperanzas. A Ć©l le gusta incluso cuando ella estĆ” asĆ­, destruyĆ©ndolo; a Ć©l le gusta verla asĆ­ cuando habla de las cosas que le gustan, pero lo destruyen cuando dirige hacia Ć©l esa fuerza: marca las detonaciones en su cuerpo, baja y abre los ojos y es un golpe a las costillas, un golpe seco y mudo. Uno tras otro. Siente el cuerpo contraerse, siente los mĆŗsculos tensos y un nudo en la garganta que no deja de apretarse.

EstÔ cansada y él estÔ cansado de no poder descansar, de mantener la guardia arriba, de ceder, de callar, de aguantar. Quiero tregua, piensa. Quiero silencio. Extraño el silencio. Quiero la paz de la ausencia. Quiero la tranquilidad que tenía, la que ella le quitó, la que ella juró cuidar pero que hoy también la provoca.

Vuelva a la carga y le reclama:

—Yo hice terapia, yo hice constelaciones familiares, yo hice regresiones y arquetipos sanguĆ­neos; yo he trabajado en mĆ­ y vos no has hecho nada por nosotros. Vos, con tu estĆŗpida terquedad de hombre, no has hecho nada por mejorarte, por cuidarte, por ser mejor para…

Mientras le marca las palabras y las acentúa con los dedos largos; con la mirada punzante; con la boca haciendo esa mueca que ama ver cuando habla de todo menos de él, pero que lo mata cuando se la dirige. EstÔ cansado de eso. No baja nunca la mirada: sus ojos estÔn fijos en ella, en cada cosa que hace, en cada gesto que duele. Siente cada golpe.

No quiere defenderse. Quiere renunciar a su defensa no porque su argumento haya sido devastador —aunque lo haya sentido de una manera fatĆ­dica—, no porque ella tenga razón, sino precisamente para no dĆ”rsela. Se calla, aunque podrĆ­a decir algo que lo resarciera y lo dejara irse victorioso y orgulloso.

Ɖl podrĆ­a parar la masacre que recibe; Ć©l podrĆ­a devolver los golpes, sabrĆ­a cómo hacerlo. Entiende cómo defenderse y, por ende, es importante que se contenga, porque es fĆ”cil jugar su juego: adoptar sus tiempos, olvidarse de las reglas y golpear bajo; enfrascarse en los lugares simples, recorrer los momentos frĆ”giles y apretarlos entre los dedos. Es demasiado fĆ”cil olvidarse del otro, y Ć©l no es de esos. No cede ante eso. Guarda silencio y cada que piensa una respuesta ingeniosa se muerde los labios; cada que haya un flanco descubierto, se muerde los labios; cada que ve la defensa baja se muerde los labios y entonces sangra. Y la sangre en su boca lo alerta: ha aguantado todo lo que puede. Es momento de replegarse, de recuperar las filas.

Se levanta en silencio y aturdido, con los ojos frĆ­os. Su cuerpo estĆ” presente, pero nada mĆ”s de Ć©l queda, —Yo ya hice la mĆ­a, yo he aguantado —dice Ć©l por fin, en un tono frĆ­o, distante—; he aguantado todo lo que he podido. Bien podrĆ­a yo haberte devuelto tu poca cortesĆ­a; podrĆ­a haber convertido todo en carbón y brasa como lo has hecho tĆŗ, con tu terapia y tus constelaciones y con todo lo que has hecho. De cada lugar al que vas traes una lista de pendientes, de deudas emocionales a mi nombre, todo lo malo que te pasa es porque yo soy como soy dices; de cada experto, de cada ritual, de cada cĆ­rculo un nuevo defecto mĆ­o… igual a las hipócritas de las iglesias que pregonan el amor por dios pero desprecian al prójimo. Es buen marketing, como el de las iglesias quien viene serĆ” salvado, quiĆ©n no estĆ” del lado del enemigo, es el enemigo, lleno de maldad y capaz de corromperlo todo. Uno va a terapia a hacer las paces con uno, no la guerra con el mundo.

Yo aguantĆ©, hasta hoy, sin avivar el fuego. Yo esperĆ© que entendieras que, a pesar de tu miedo a la opinión de los demĆ”s… yo estaba aquĆ­, pero no voy a quedarme a que me consumas. No soy madera para tu hoguera, ni vas a convertirme en leƱa para tu fuego.

Jaque mate

Laura toca la ficha con la punta de los dedos; mĆ”s que tocarla, la roza, pero es suficiente para que ella se bambolee. La pequeƱa cruz que lleva sobre ella se ha enganchado en su piel y, despuĆ©s de ese toque, baila en su ausencia. Ella abre los ojos un poco mĆ”s de lo que hubiera querido; intenta normalizarlos, pero la pupila no es tan obediente como ella quisiera, y esa pequeƱa sorpresa la ha dilatado y no puede ocultarla: no se repliega con la velocidad deseada. Ɖl la nota. Ella un poco parece que se paraliza, recupera la compostura y, en un movimiento casi fluido, se dirige a otra ficha.

—No, no, no. Es una regla bĆ”sica: ficha tocada, ficha movida —le dice con la confianza de haber visto sus miedos, con la certeza de tener la sartĆ©n por el mango. En el pequeƱo baile ha visto las jugadas posibles: sabe lo que ella puede hacer si se mueve desde donde estĆ”, sabe sus movimientos, sus jugadas. Desde esa posición no solo se retrasa, sino que se expone; ha quedado vulnerable. Y sabe que tendrĆ” que hacer tres o cuatro movimientos para sacarse la presión de encima; que su caballo, su alfil y su torre estĆ”n en posición de incomodar, de asediar, de llevarla hasta su base, replegĆ”ndose en su castillo. Puede jugar con su mente, presionarla, ponerla en aprietos, y no va a dejarlo pasar.

Ella agacha la mirada, un poco frustrada: es una regla tonta, estúpida, pero no vale la pena pelearle por ella. Es lo que es: un golpe bajo, un lastre, una pendejada, pero así sos vos, pegado de los detalles. Lo dice sin un tono de reclamo o de ira; lo dice con un tono frío, sereno. Lo dice sin perder la compostura; lo dice sin preocuparse. Lo dice de una manera tan calmada que es casi ajena su reacción: no parece la misma que hace unos pocos segundos dilataba las pupilas ante la idea de haber sido descubierta; ahora afila su lengua y su mano mientras ronda la corona del rey con su dedo.

Ɖl lo nota y duda; se aleja. La perspectiva requiere de distancia. Algo no estĆ” viendo, o ella estĆ” viendo algo mĆ”s. Parece una trampa; parece que ha caĆ­do en una trampa. Ahora Ć©l abre los ojos e intenta mirar las jugadas: algo se le escapa, lo intuye, algo, pero no sabe bien quĆ©. Repasa jugadas en su cabeza, intenta encontrar en su flanco, en su apertura una falla; no la encuentra, pero parece que ella sĆ­. Parece que para ella es claro y, mientras la mira mover su rey, queda atónito. No ha hecho algo que no hubiera imaginado y, por lo mismo, se enfurece: estĆ” pensando justo como ella quiere que pensara. Lo tiene en la punta de sus dedos; lo ha convertido en una pieza mĆ”s del tablero. Baila, baila como el rey bailó hace solo un par de segundos; baila a su ritmo. Siente su mano en la cadera, siente su paso guiĆ”ndolo a los cuadros que ella desea. Maldita sea, no puede verlo, pero siente cómo lo llevan de un lado a otro, cómo lo cruzan y lo estiran; siente que pierde el control.

Ella lo nota. Lo disfruta. EstƔ perdido: no sabe lo que ocurre en el tablero y no puede ver lo que viene. EstƔ confundido y eso lo enoja; eso es bueno. Cuando se enoja pierde el foco, se tropieza con facilidad; cuando estƔ en ese estado es vulnerable. Lo piensa y se lame los labios: lo tiene justo donde querƭa. El hombre espera y desespera; el hombre intenta mostrarse calmado, pero no hay chanche. Ella huele la sangre y Ʃl estƔ sangrando.

—Linda treta la de rozar el rey —le dice con un sabor agridulce, con un tono herido. Le gusta la treta, pero odia haber caĆ­do en ella. Le gusta que el juego sea parejo, que en el tablero se ensucie las manos; le gusta la necedad que la hace reĆ­r pĆ­caramente, pero odia perder y sentirse perdido.

—No te enojes —dice ella, adelantando su torre hasta el fondo y acorralĆ”ndolo contra el caballo—: hoy me toca a mĆ­ encima.

CabaƱuelas

Los finales siempre me han parecido un tanto aburridos. La gente estĆ” cansada cuando se acerca el final; se puede estar agradecido, se puede salir a tiempo y hacer algo decente por uno mismo, sin embargo, siempre hay una nostalgia en medio de todo. Aunque tarde o temprano siempre llega, uno sabe que se aproxima, que tiene el tiempo encima, y entonces la gente mira un poco al piso y se concentra en todo lo que no fue, en todo lo que no pasó, en lo que no vendrĆ”, lo que no tiene, lo que no se cumplió… Solo en ese momento se permiten contemplar todo lo que les sabe mal.

Se baƱan, se peinan, se ponen ropa interior amarilla y se ocultan debajo de las mesas, escriben lo que quieren dejar atrĆ”s y se atragantan con 12 uvas: algunas simples, otras congeladas y llenas de vodka y tajĆ­n, otras reemplazadas por fresas o cerezas para comerse hasta la Ćŗltima del pastel… Entonces suenan las 12 campanadas, se abrazan, se arrojan lentejas de los bolsillos, se encienden los deseos y se acuestan ebrios de esperanza, de ilusión, de un comienzo mĆ”gico.

Va a pasar en unas cuantas horas, pasa cada aƱo, y uno solo tiene dos opciones: el hastĆ­o o la ilusión; o hastiarse de la ilusión, dejarla atrĆ”s, de lado, echarse a muerto con todo… Prefiera esa con un poco de hielo, con un saborcito fuerte, ahumado y seco. No me gustan los finales; por eso, cuando llegan, no los evito: los miro de frente, a los ojos, dejando que sepa que sĆ© que se termina. Frente a mi reflejo y por su bien brindo; una especie de ritual que ha evolucionado para evitar ser visto hablĆ”ndole al espejo. Lo bueno comienza, lo que importa apenas comienza, el final no cuenta, lo que pasó ya no importa; duele, pero no importa. Te puede llenar de rabia y aun asĆ­ no importa; te puede hacer nudos en la garganta y el pecho y aun asĆ­ no importa. En eso pienso: el presente es breve, casi imposible de apreciar, asĆ­ que abrazo como ellos, me como las uvas, con tajĆ­n y vodka por fortuna, y pienso, como decĆ­a mi abuelo, pensando siempre en el trabajo: me voy a dormir porque maƱana debo estar atento a las seƱales.

Las cabañuelas le dirían cuÔndo sembrar y cuÔndo recoger, cuÔndo cuidar mÔs el campo y cuÔndo ararlo con mÔs fuerza. Me gustaba esa tradición de irse a dormir, no con la seguridad de un mejor mañana, sino con la intención de prepararse mejor para lo que viene. Así que, como él, me despido y parto, pensando en esos doce días, en ese plan que debo seguir, en esas metas que debo perseguir: a la próxima no tendré tanto cuidado; con la próxima no me haré tanto a un lado. La próxima oportunidad debe sentirme, debe ser capaz de presentirme, debe temerme cuando me sienta cerca y saberse perdida cuando sienta mis ojos posarse sobre ella. DeberÔ saber que ha sido tomada; entregarse aun sin garantías, exigir garantías de por qué hacerlo. Lo harÔ porque quiera, porque se le cante, sin estarme buscando, sin haberse prometido prometerse.

A la próxima no habrÔ permisos ni disculpas: no habrÔ silencios ni turbas, no habrÔ mezquinos entrometidos dictando el camino que debe recorrerse para cumplir un sino. No habrÔ un mapa de los sueños donde ser tachado, ni un espacio incómodo y aprisionante donde hacerse para reemplazar lo perdido: un café con los amigos, un asado con la familia, un polvo que me desempolve los discos, una cerveza fría en la tarde, una escapada en la mañana hacia un horizonte, un regresar a casa, un libro, un cuento que contar, un día de pereza con mis gatos y una tarde de juegos que haga que la risa me marque el abdomen; y un abrazo de todos los que, por alguna razón, al recordarlos me siguen haciendo reír. Me voy a dormir pronto, porque quiero empezar pronto como mi abuelo, buscando mis cabañuelas.

Quemar las naves

Cristóbal saca una esfera seca y endurecida de parafina, pequeƱa, tiene el tamaƱo de un buƱuelo antes de freĆ­r, antes de que el calor la expanda y lo esponje. Rafael lo mira con sus ojitos grandes y no pierde detalle de sus movimientos; lo ve jugar con ella y, como desconoce de quĆ© se trata, la seƱala. Cristo se la extiende y se la seƱala: no se la ofrece, solo se la muestra. Ɖl lo entiende, asiente; sus ojos curiosos expresan bien lo que Ć©l no puede articular en el idioma. Cristo mira la bola y comienza a hablarle.

—No lo recuerdo —le dice, mirando al niƱo a los ojos.

Cristo no le miente: no recuerda con qué propósito comenzó a recogerla, no recuerda para qué tampoco. Pudo haber sido un simple impulso repentino o un antojo inducido por un video en las redes sociales, alguna tendencia sobre darle forma a pensamientos o incluso al pasado mismo. Lo mira un poco ausente; no sabe explicarle lo que piensa, pero sabe que es necesario hacerlo.

—MirĆ”, Rafa: a uno le pasa como a esta bolita, que no sabe bien lo que es ni lo que lleva, que no tiene idea de lo que es, de dónde estĆ”, de para quĆ© estĆ” acĆ” ni para dónde va. Son las 4 grandes preguntas. LlegarĆ” el dĆ­a donde vos tambiĆ©n te las hagas, y es necesario que entiendas en ese momento algo que voy a decirte.

Rafa lo mira con los ojos abiertos. No es un síntoma de atención ni señal de espabilamiento: lo mira chupÔndose el pulgar. Para estar en el final de sus años, esa es muestra de que no es precisamente un chico muy adelantado. Cristo lo intuye: el chico no parece muy listo, pero él tampoco lo fue a mirada de sus tutores y profesores; quizÔ por eso, quizÔ porque aprendió enseñando, que aprendía mÔs cuando hacía el intento de explicarle a otro algo en lo que nunca había pensado mucho. QuizÔ por eso le dijo:

—MirĆ”, Rafa: recordar es difĆ­cil, nadie lo recuerda y por eso nadie recuerda bien. Somos selectivos en los recuerdos, completamos con lo que tenemos a mano, con anhelos, con esperanza, con rabias, con otras miradas. Por eso es difĆ­cil conocerse, porque uno no sabe muy bien quĆ© tanto es de uno y quĆ© tanto es prestado, impuesto, acordado. Uno es un poco todo y todos, y es difĆ­cil recordar quĆ© estaba ya ahĆ­ cuando uno llegó, quĆ© trajo uno y quĆ© se le pegó en el camino. Uno lleva todo eso a cuestas, uno es todo eso que se echa a cuestas, y entre mĆ”s uno camina, mĆ”s se echa encima, mĆ”s se carga y mĆ”s se mezcla. Al final no importa quĆ© era uno, quĆ© es de uno: uno es eso sumado, dividido; uno no es los factores sino el producto. Y eso estĆ” bien por un tiempo, pero luego se deforma y pierde foco; por eso, cuando la carga es mucha, nos acercamos al fuego de nuevo, a algo que nos queme o nos corte, porque es necesario sacarse lo que estorba, fundirse, irse un poco al vacĆ­o para reencontrarse.

A la gente le parecerĆ” bien que lo hagas hasta mediados de tus 20, pero mientras mĆ”s te acerques a los 30 cada vez podrĆ”s menos jugar esa carta. Es lo mismo que te pasa ahora chupando el dedo —le dice mientras sigue viendo al niƱo, que lo mira sin pestaƱear; bueno, no, no a Ć©l, sino a la esfera de colores que rueda sobre su mano. La sigue embelesado; la ve acercarse al fuego y la ve crecer en cada movimiento. Ɖl lo entiende: juega con ella de manera que nunca la pierda de vista mientras habla, mientras Ć©l se lo explica a sĆ­ mismo; a sus casi 40 hay mucho que le sobra, que no reconoce y comienza a estorbarle.

—Lo vas a necesitar oĆ­r en unos aƱos. TratarĆ© de estar aquĆ­ para repetĆ­rtelo —le dice—, tratarĆ© de ser mĆ”s sabio para cuando llegue el momento.

Lo mira y sonrĆ­e.

—Te enseƱarĆ© a quemar las naves, para que avances sin tanto peso.

Su hermana llega, los mira, recoge a Rafa.

—No lo dejĆ©s chupar dedo —le dice.

—No me di cuenta —miente—, hablĆ”bamos de cosas mĆ”s importantes.

Responde y le guiƱa un ojo mientras le acerca la esfera tibia a la palma de la mano.

Luces

A IvĆ”n siempre le han gustado las luces. Desde bebĆ© gateó siempre hacia ellas; le parecĆ­an llamativas, como a todos cuando el mundo es nuevo: aĆŗn no se sabe que todo lo que brilla no es oro. Uno se deja deslumbrar y va tras todo lo que titila y todo lo que devela, como las moscas y los zancudos, como ƍcaro. IvĆ”n viajaba directo al centro de lo todo lo que alumbrara, que le ofreciera calor y lo entretuviera; difĆ­cil juzgarlo: es un sueƱo el atrapar el sol con las manos.

Ese gusto se desarrolló con el tiempo. Perdía la concentración ante una buena alteración de luces; no espabilaba, perdía la capacidad de comunicarse y solo podía contemplar lo que pasaba. Las luciérnagas fueron durante años su animal favorito; no le importaba que le dijeran que era un insecto y no un animal: le gustaban lo suficiente para elegirlas siempre. Ese mismo amor le llevaba a oprimirlas, a correr en el césped alto con una botella vidrio y juntar cuantas fuera posible para que iluminaran su noche. Había otros insectos: helicópteros, hormigas, libélulas; les temía porque se las habían presentado como mata caballos. Difícil de juzgar que un niño le tema a un insecto con ese nombre; difícil juzgar a un niño por no comprender que acumular lo que le gusta puede acabar con lo que le gusta.

IvĆ”n creció, y en las noches las luciĆ©rnagas estaban ausentes, pero las colillas brillaban: el pucho, el porro, alumbraban ahora en sus pupilas. HabĆ­a aprendido la lección: mucho no era mejor; mucho era bueno; mucho no valĆ­a la pena. Le resecaba la garganta y perdĆ­a cadencia en sus pensamientos. De las luces habĆ­a que guardar cierta distancia para no perder las luces: demasiado cerca encandila; el fuego es bello, pero muy cerca quema… SabĆ­a que no era culpable de la desaparición de las luciĆ©rnagas, pero aun asĆ­ sabĆ­a que no era inocente ante su ausencia.

Era, a su estilo, en un navegante, aunque muy distinto. Los marinos se guía por la luz para alejarse de ella, de sus riesgos como antes lo hacían los marinos con las sirenas; él, en cambio, sucumbía ante la belleza de sus destellos como ellos antes ante la belleza de sus cantos, y se abalanzaba sin dudar, acelerando y sin mirar atrÔs: siguiendo un instinto casi animal; siguiendo, dirían muchos, la línea de su destino del que parecía no poderse alejar. Siempre encontraba una forma de meterse en aprietos, siempre encontraba cómo acercarse, siempre encontraba cómo estirar lo suficiente la luz para eclipsarlo con solo un dedo. Verlo daba un poco de angustia; con pocas personas uno entiende la fuerza de gravedad como con IvÔn porque, sin importar lo bien que parecía estar haciéndolo, sin duda lo arruinaría todo en un abrir y cerrar de ojos.

Cuando su mirada se cruzó por primera vez con la luz roja de los burdeles, él sintió ese vértigo que le corría el piso. Se sintió cerca de una cornisa; pudo mirar hacia abajo e imaginar la caída: el viento rozÔndole la cara, el corazón latiendo a una velocidad desmedida y el vacío en el estómago de quien pierde el soporte del mundo y cae sin esperanza alguna de asirse de algo; quien caer sonriendo; quien cae con la conciencia de haberse arrojado por la adrenalina sin esperar sentir el golpe seco nunca, solo el túnel vertiginoso de viento que lo conduce a otro lugar.

Cuando entró, la luz azul y morada del túnel lo invitaban a seguir avanzando y los rayos verdes giratorios le prometían un lugar maravilloso. Las bolas de luces reflectantes lo llevaban a perseguir otros destellos, otros brillos. Estaba extasiado y le costaba contenerse. Las luces neón hacían que todo se viera diferente: las líneas de la pintura reflectiva acompañando los movimientos de los cuerpos; el burlesque y las zonas ausentes de luz; el agua; el sonido. En ese momento, para IvÔn el mundo se dejó de existir: le pertenecía ahora ese lugar y se sentó frente al escenario, con la mirada y la boca abierta al ver un letrero que lo hacía sonreír.

—¿Puedo ofrecerte algo? —le preguntó una mesera.

—SĆ­ —dijo, seƱalando el letrero—: ā€œSe busca ayudanteā€, decĆ­a. Al levantar la vista vio que ella lo miraba directo a los ojos.

—Parece tener lo que se requiere. No se ha dejado distraer por mĆ­ ni por ninguna otra chica —dijo con un tono que develaba que eso la ofendĆ­a—.

Era bella; su cuerpo merecƭa ser visto, observado, contemplado, y mƔs bajo esas luces.

Ɖl sonrió; en sus ojos habĆ­a un brillo que le hacĆ­a morderse la boca.

—IvĆ”n —dijo Ć©l—, mucho gusto.

—Lucero —respondió ella—.

Sƭgame; veamos quƩ puede hacer. Al escuchar su nombre, Ʃl supo que nunca iba a olvidarla.

Remoquetes

Es curioso el poder que tienen las mĆ”scaras: no solo oculta lo que hay debajo, tambiĆ©n crea una realidad falsa hacia el afuera; no solo podrĆ­a dejarse de ser dĆ©bil, sino que ademĆ”s podrĆ­a parecerse fuerte, violento, capaz de todo, aunque debajo no hubiera siquiera la voluntad de intentar hacerlo… Nos pasa un poco a todos, pienso, mientras dicen que aĆŗn falta el sabueso por llegar. Al oĆ­r el nombre cambian los rostros. Hay algo en el nombre, en el sobrenombre que los pone alerta: el sabueso es un apodo distinto, suena a expolicĆ­a corrupto, a matón de barrio, a hueso difĆ­cil de roer, y eso los alerta. Son extranjeros en un paĆ­s del tercer mundo, en un barrio tranquilo pero con la amenaza latente de estar en una selva en la que matan por un celular o unos tenis; todo significa peligro y el nombre se adapta con facilidad a los arquetipos de las novelas, a ese mal que por negocio hace el bien de cuidarlos.

Esa imagen crecía y se proyectaba como una sombra sobre él: ingresaba a una sala antes que él; una ficción, un hombre diferente en la mente de todos. Imaginaba un poder mental fuerte, un pensamiento indomable; un hombre capaz de doblegar a quien se le acercaba, imperturbable y, al mismo tiempo, incontenible; una fuerza natural de esas que puede movilizar la tierra y desplazar los mares; extraña, intensa, impredecible. Era calma, magia y terror en quien escuchaba su nombre.

Pero no es lo mismo ser narigón que tener una buena nariz; no se trata solo de que parezca buena, de que la veas venir. No basta con que luzca porque, al final, parecer es mucho mĆ”s fĆ”cil que ser: no requiere de tanto… Al sabueso le pasaba. Cuando alguien lo escuchaba nombrar pensaba que era un tipo listo, sagaz, de esos que se las huele en el aire; que notan la tensión en el ambiente, que captura las miradas imprudentes, que detecta a los amantes furtivos y que tienen una intuición inquisidora digna de un detective privado de Londres que fume pipa y que, pese a los rumores, no diga nunca ā€œelemental, mi queridoā€¦ā€.

A él le pasaba lo mismo que le pasa a un perro cuando se le llama Coloso o TitÔn: si ademÔs el perro es de una raza grande o moloso y uno muestra la foto y dice cómo se llama, en la mente de las personas se convierte en un asesino, en un fiero salvaje capaz de morder el mundo en dos. El sabueso tenía eso de su parte: solo con oír su nombre se le consideraba útil y peligroso; con solo mencionarlo se creía que se había uno ganado la lotería porque contaría con un tipo de esos, capaz de conseguirlo todo si se le necesitaba; un hombre que valdría la pena tener cerca, un hombre del que era importante hacerse a sus favores. Qué hombre era el sabueso en la mente de quienes escuchaban por primera vez su sobrenombre.

Siempre ocurrĆ­a lo mismo, y desde que se lo habĆ­amos dicho a Ć©l, desde que le habĆ­amos confesado lo que pasaba cuando la gente oĆ­a su nombre… se habĆ­a transformado, la idea lo fascinaba. Llegaba tarde ya de gusto; dejaba que su mito se expandiera, que la leyenda un poco les asechara, los reconfortara y los persiguiera. Verles cambiar el semblante cuando alguno traducĆ­a ā€œwe are waiting for the houndā€ā€¦ Se espera un sabueso para empezar una cacerĆ­a; se espera un sabueso antes de un acto cruel y violento; se espera a un sabueso cuando se estĆ” por enfrentar una bestia, un peligro. Y nosotros y ellos esperĆ”bamos al sabueso para partir. AsĆ­, cuando Ć©l llegaba con sus ojeras y sus cachetes, con sus patas cortas y una nariz rinĆ­tica, siempre hĆŗmeda y goteante, nadie esperaba que fuera Ć©l quien impedĆ­a que nos moviĆ©ramos.

—”Arriba! —decĆ­a, y ladraba—. Woof, woof: ya llegó el sabueso, el mejor chofer de escalera que hay en este paĆ­s, vociferando como si fuera todo lo que se esperaba de Ć©l y no simplemente un petiso gordo con la habilidad de siempre encontrar un buen paradero para almorzar.

Pros y contras

Cuando Ć©l sale de casa, Maria respira profundo y piensa que todo va mal, que ese hombre, aunque no estĆ” lejos de ser lo que quiere de un hombre, no tiene lo que su hombre deberĆ­a tener, algo le falta, puede ser su astucia casi ausente, su mirada casi perdida, es como si Ć©l tambiĆ©n supiera que algo no encaja, no quiere prestarle atención, pero al caminar por la casa todo se lo recuerda: las chanclas estorbando en la mitad del cuarto, la toalla colgada pero sin extenderse, los vellos en el lavamanos, la taza de cafĆ© en el fregadero… todo la provoca y la irrita.

No lee, no lava, se descuida con facilidad, pospone todo o casi todo y, aparte del trabajo, parece que nada le interesara. Pensarlo la irrita, no estƔ siendo justa, pero no puede sacƔrselo de la mente, en esas maƱanas donde todo lo que ha hecho parece provocarla es difƭcil verle sus matices.

—¿QuĆ© te pasa? —le escribe sin aclararle nada.

—¿QuĆ© te pasa? Lee Ć©l en el chat pero no se anima a contestarle… piensa en su nombre mientras mira por la ventana, disociado… sin animarse a escribirle; hasta ahora siempre me han sido esquivos los nombres que me encantarĆ­a susurrar junto a palabras bonitas, de esas palabras ridĆ­culas que el amor inventa, de esas secretas y tontas, de esas que avergüenzan y que un poco son el amor mismo, quisiera haber tenido una margarita de la suerte, capaz de opacar a los trĆ©boles y sus cuatro tristes pĆ©talos, una margarita a la que pueda cantarle como Fito: vos me hacĆ©s feliz, margarita, mi amor, pero no puede decirle eso, no se lo tomarĆ­a bien, no responderĆ­a bien, lo sabe, porque entiende que al final es solo un deseo ridĆ­culo pero Ć©l no es un hombre astuto, no sabe escaparse de esos pensamientos ni manejar las situaciones, es solo que siente comĆŗn su nombre, Maria, sin siquiera la tilde, sin siquiera la virgen, asĆ­, a secas.

Pero no es solo ella, ha vivido la vida sin Manuelas que lo escuchen la radio, sin chicas iguales pero distintas a las demĆ”s a quienes ver por la playa pasear para soƱarla sabiendo solo que se llama Noelia, sin Elisas que lo abandonen para clavar en su pecho un puƱal, sin Caritos que le hablen inglĆ©s ni Rosas ni Rositas tan hermosa, tan maravillosa como blanca diosa, como flor hermosa… Es solo eso, un deseo tonto pero latente, cambiarle el nombre, decirle todos los nombres, quĆ© peligroso puede resultarle ese pensamiento, ella es lo que Ć©l quiere, tiene lo que le gusta y, aun asĆ­, no se llama como Ć©l quisiera, detalles, el diablo estĆ” en los detalles.

—Nada —responde en el celular—, estoy en la calle, me estaba montando al bus, por eso no te contestaba, pero todo estĆ” bien —le dice—. Miente, pero la tranquiliza, miente para tranquilizarla, miente para el bien de todos, especialmente del suyo, porque al final solo se miente a sĆ­ mismo, es cierto que todo estĆ” bien, que ella estĆ” bien, que su forma de ser estĆ” bien, que su risa estĆ” bien, que su sazón estĆ” bien, quien no estĆ” bien es Ć©l y por eso, por ese pensamiento que lo persigue, finge y miente.

Es culpa de Paquita Gallego, piensa, es culpa de esas canciones que le enseñaron a cantarle con nombres al amor, es culpa de los romÔnticos que solo crearon canciones con nombre de señora, de Gloria que me falta en el aire, de su cÔlida inocencia y de la falta en mi boca que, sin querer, te nombra, y esa es la cosa, que al final uno también ama desde la ilusión de lo amado y también extraña la ausencia del amor prometido, pero no es su culpa que su nombre no me resuene con ninguna de las canciones con las que he querido cantarle al amor.

Piensa frustrado, piensa viendo su foto, cuĆ”nto habrĆ” de mĆ­ que para ella sea tambiĆ©n una afrenta al amor imaginado, cuĆ”ntas veces se habrĆ” ella preguntado si mi nombre resuena con su anhelo, Jaider no es que sueno muy bonito tampoco, no recuerdo tampoco canciones que contengan mi nombre, ellas por fortuna solĆ­an cantarle mĆ”s a la emoción que a quien la despierta, al menos eso creo yo, al menos eso recuerdo yo, aunque tambiĆ©n estĆ”n los libros, y estoy lejos de ser uno de esos seres llenos de virtud, incapaz de la mitad de sus sacrificios y ausente de sus dones y sus maneras, ni un lord ni un seƱor, a duras penas una educación bĆ”sica y el cuero fuerte para aguantar el sol, estoy seguro que yo no soy tampoco su sueƱo de amor…

El pensamiento lo agarra con la guardia baja, del tedio brinca al miedo. —No te lo digo suficiente, sabĆ©s, pero vos y tu boquita son lo mejor que me ha pasado en la vida, amor mĆ­o, vos sos, en esta vida dura, la parte mĆ”s suavecita y deliciosa de cada dĆ­a, vos, mi amor, sos todo lo que estĆ” bien conmigo.

Ella lo ve y sonrƭe. Es un tipo raro, extraƱo en sus formas, brusco y torpe. Es un burro, pero es tierno; tiene sus pros y sus contras.

Anidar

—”Que tu dios te cuide! —dice ella con la voz entrecortada, agrietada por la desesperanza con la que se le dice eso a alguien que no cree en nada, como quien arroja una piedra a un vacĆ­o profundo, tremendo y oscuro que devora no solo cualquier rayo de luz sino tambiĆ©n cualquier sonido. Lo dice porque siente que es lo correcto, porque siente que llevan esperanza aunque no sabe si calarĆ” dentro de una piel tan dura… y le duele porque sabe que Ć©l necesita esas palabras; ella sabe porque ha visto eso en los ojos de los niƱos cuando se levantan con la piel ausente de alguna caĆ­da y, con los ojos inundados, dicen —no me dolió, con la voz entrecortada dicen —no me dolió y tratan de correr con las rodillas hechas llagas, con las manos ulceradas. Solo cuando ellos tambiĆ©n ven la sangre lloran, con sus ojos llorados exhiben la herida y descansan… pero Ć©l, Ć©l no descansa, Ć©l empaca como siempre sus rabias, dos bocanadas de humo, un trago; quizĆ” piense en sus tristezas cuando pica cebolla, ojalĆ” piense en sus tristezas cuando pique cebolla para que se ponga al dĆ­a de sus llantos, de sus rabias, de sus despedidas, ojalĆ” nunca le gane la pesadez que lleva sobre los hombros, ojalĆ” siempre encuentre la fuerza para cuidarse, piensa mientras Ć©l la mira sonriendo.

EstĆ” tan solo, piensa ella mientras lo mira sin ceder ante lo que ella intuye, ante la sombra que ella conoce, le duele, ojalĆ” que su dios lo cuide, piensa de nuevo y lo mira con esos ojos de profesora de preescolar acostumbrada a entender todos los dolores, los raspones, los pequeƱos primeros desamores, las angustias inocentes de haber perdido un color y el pĆ”nico diminuto del regaƱo que conllevarĆ” haberse ensuciado el uniforme, a sabiendas de que en la casa no hay otro para reemplazarlo, con esos ojos que se han acostumbrado a ver emociones que aĆŗn no saben traducirse en palabras, con esos ojos lo ve y sufre por su incapacidad de sufrir, por su testarudez viva y calcinante, por su escandaloso silencio…

Ɖl la escucha, se gira, la mira, algo intuye en su mirada y en su tono, algo sabe, piensa, ellas siempre saben algo. Lo intriga, mĆ”s que las palabras, lo que parecen decir las mismas, ese otro lenguaje detrĆ”s del lenguaje, esa tristeza casi llena, esa angustia casi esdrĆŗjula. Intuye que ella necesita una respuesta, que su tristeza la inquieta, que ese dolor clavadito en el pecho ella puede verlo. No es grave, quiere decirle, pero sabe que desestimarlo no es suficiente, que la preocupación crece cuando lo obvio se niega; la simpatĆ­a es casi un insulto para quien es empĆ”tico. La entiende, es como ella es, la piel es dura pero el corazón es blandito.

—Nada de dioses ni deidades, ni de sus omnipotentes y ausentes voluntades; yo no confĆ­o en esos designios astrales ni espirituales —le dice a ella, viĆ©ndola justo a los ojos, con esa sonrisita que sabe que le confirma que lo que dice es emocionalmente cierto, que aunque no entiende los motivos, entiende sus sentimientos y que no los niega ni los desestima—. Yo no me entrego a credos, pero anido en cuerpos, en los manifiestos, en las palabras y lo que tienen detrĆ”s; que el cariƱo de los que me quieren me cobije y que, en su omnipotente deseo de gobernarme, los dioses se muerdan un codo…

—Idiota —dice ella, enojada, no sabe por quĆ©, siente que la ha llamado dramĆ”tica y que le ha dicho que exagera, aunque la tranquiliza la irrita. Bien podrĆ­a decir gracias, bien podrĆ­a decir igual tĆŗ y marcharse y no volver, pero no, sonrĆ­e y, en medio de su tristeza, encuentra la forma de olvidarse de nuevo de sĆ­ mismo para ofrecerme un poco de calma, de eliminar mi inquietud y decirme que no hay de quĆ© preocuparse.

Se enfada, me mira enfadada, como una niƱa con una rabieta. —No lo tomĆ©s a mal, no peleo contigo ni con tu dios, mi nido, cariƱo, son las palabras y las personas; mi hogar es donde son cĆ”lidas y confortables. Saber que tengo a dónde volver, saber que hay un hombro donde apoyarme, un torso y unos brazos que me abracen es el universo entero para mĆ­ —le digo y noto sus ojos llorados—. No llore, todo saldrĆ” de la mejor forma posible si hay un nido a donde volar de vuelta.

Achaques

Los aƱos no llegan solos, por fortuna los aƱos no pasan en vano, se sigue siendo, en esencia, lo mismo que siempre se ha sido, pero, como todo, hay detalles, se tiene derecho a tenerlos; se ha visto mucho de muchas cosas, se han visto pocas de otras, a veces demasiado de ambas, y ambas rayan, pelan, amallagan, cositas que no faltan ni sobran, son cosas que ganan y, como todo lo ganado, se lleva con un aire digno, elegante, aquello que se hizo propio siempre se ve diferente.

Otro cantar serĆ­a entender a los 20 que no vale la pena simularse, las mĆ”scaras cuestan: oportunidades, momentos, futuros. Eso pensaba ahora que la veĆ­a a lo lejos, mĆ”s vieja, mĆ”s arrugada, mĆ”s ella. Ramiro tambiĆ©n era mĆ”s Ramiro ahora de lo que lo fue en esa Ć©poca, en parte era como era por haber sido menos Ć©l antes, por haber perdido, por haberlas perdido, no era solo ella, era tan solo uno de esos cabos sueltos que llevaba en su vida, debió haberla hecho mĆ”s suya, mĆ”s a su forma, no medir las distancias ni las apariencias, debió morderla tan fuerte como deseaba, deberĆ­a haberla asfixiado como querĆ­a, nalgeado y someterla de la forma animal como lo deseaba, siempre le gustó el juego de ser un poco animal, nada extremo, nada muy extremo, le bastaba con la forma, aunque en el fondo siempre fue un amante tierno, grotesco pero tierno, pervertido pero tierno… con el tiempo aprendió a darle un poco mĆ”s de libertad a lo primero y a solo insinuar lo segundo.

Ya no importaba, también había aprendido eso, que no importaba, que nada lo hacía, que el mundo no tenía un plan ni un norte, ni un mañana, tenía un hoy y un ahora, un café, una cerveza, una resaca, pero que perdía lo vivido y que no tenía lo deseado, el instante era lo único sagrado, complacer expectativas ajenas y desear un futuro sin vivir el presente, lo único profano; porque, al final de cuentas, lo único que importaba era si había valido la pena.

Ahora lo sabĆ­a y ahora que la veĆ­a eso era lo que le molestaba, hubiera valido la pena hacer las cosas diferente con ella, quizĆ” esos habĆ­an sido los 5 centavos que les faltaron pal peso, arrebatarle las riendas y desafiar su mandato, querĆ­a ser mejor para ella, creĆ­a que ella merecĆ­a una mejor versión de Ć©l e intentĆ”ndolo habĆ­a perdido sin siquiera haber sido Ć©l mismo, viĆ©ndola pasar frente a Ć©l el pensamiento simplemente lo habĆ­a agarrado con la guardia baja, un golpe a los riƱones que lo sacudĆ­a, no era lo suficiente fuerte para arrojarlo a la lona, pero tampoco podĆ­a fingir indiferencia, lo habĆ­a golpeado, habĆ­a sentido, madurar es sentir, sentirse, asĆ­ que no huĆ­a ni se movĆ­a, madurar no es esquivar, asĆ­ que esperaba, aguantaba, mientras ella se acercaba caminando…

El ritmo cardíaco no le cambió, el corazón no se aceleraba ni corría, madurar es no perseguir ni ideas ni personas, así que cuando le pasó de lado no volteó a seguirla con la mirada, aunque había sentido el aroma que recordaba, aunque había recordado el sonido de su risa y de sus mimos, no giró, y no se preguntó si no le había visto, ni se fijó en sus nalgas, todo sale siempre de la mejor manera posible, de todas probabilidades nuestra realidad es solo la mÔs probable, así que caminó, erguido, tranquilo y orgulloso.

Ella creyó verlo, ella creyó haber sentido su aroma, y giró un tanto desorientada, recordaba ese hombre que la había tocado con miedo de romperla, con mÔs ternura que deseo, y su deseo, que era mÔs fuerte que tierno, no pudo nunca hacer las paces con ese hombre que le había ofrecido casi todo lo que deseaba, menos la fuerza animal con la que le gustaba entregarse, no era su madre, ella no estaba para cuidar porcelanas, así que lo había dejado ahí en la lista de posibles, de casi, no recordaba del todo su rostro, solo sus ganas contenidas, su deseo incómodo, no volteó a verlo por miedo a reconocerlo, temerosa de voltear y que él no estuviera allí deseando verla, tal y como la había hecho sentir esa única noche.

La edad, pensó Ć©l, los aƱos, pensó ella, tienen sus achaques, no aprender de los errores sin duda era uno de ellos y ambos buscaron en su celular, cabizbajos, el nĆŗmero estaba guardado, ambos estaban en lĆ­nea…

Rumiantes

Uno tiene que tener cuidado con lo que piensa y mƔs con lo que sobrepiensa, porque no todo tiene tanto sabor como para aguantar. El flaco

El flaco saca los cigarrillos del paquete con cuidado, lo hace con una elegancia ajena a Ć©l, al cigarrillo y al momento, cuando uno lo ve pasando la yema de los dedos con delicadeza para detectar la muesca pequeƱa donde la tira de la que se tira rompe el plĆ”stico que lo aprisiona, se da cuenta de que Ć©l no busca un plĆ”stico que rompe, sino un pequeƱo hilo que desnuda; no parece hacerlo tratando de quitar de en medio algo que le estorba, sino contemplando algo que lo seduce, disfruta el momento, saborea el momento, desde afuera la forma parece exagerada pero, si uno se pone en sus zapatos, no en los del flaco sino los del amante que tiene en frente, a quien desea vestida pero dispuesta a dejar de estarlo, que, al igual que uno frente a ella, ha decidido cubrirse como quien envuelve un regalo, pensando en el momento en que se descubre, perfume en los lugares indicados donde esta acostumbra a sentir la nariz cuando la amante presiona rostro contra su pecho… cuando uno descubre bajo el vestido en la cintura ese encaje que lo hace a uno dudar sobre si desea o no apartarla de la vista…

Entonces uno entiende que ese aire europeo, tano, del flaco no es para nada un accidente, sino una acción consciente de un tipo que, aunque no parezca, lo ha entendido todo: a no perseguir nada que se aleja, a no estar presente donde no se siente bienvenido ni ausente donde es bien recibido, un flaco tranquilo y sabio que se acomoda como un gato en un rayo de sol, estĆ” siempre justo donde decide estar, cayendo siempre sobre sus pies, y aunque nada lo haga con tanta elegancia como desnudar un cigarrillo, porque en lo otro puede verse tosco y sin formas, queda claro que es consciente tambiĆ©n de esa elección, el flaco sabe que es especial solo aquello que hacemos especial, que el objeto no cambia en su composición, sino en admiración, que lo que desea, lo disfruta mĆ”s si demuestra cuĆ”nto lo desea, vivir la emoción es la Ćŗnica forma de sentirla… parece que el flaco sabe que, como los italianos, la vida es un placer lento, un gusto dulce que debe consumirse tan despacio como sea posible.

Al menos cuando se prepara para fumar parece que todo es intencional, no arroja al piso la basura, la conserva y la guarda en sus bolsillos como un amante harĆ­a con la lencerĆ­a que ha quitado, sabe que lo que saca es tan importante como lo que contiene, entonces no lo tira con el desprecio de quien elimina algo que estorba, sino que lo acomoda cerca, lo conserva cerca y, dependiendo los amantes, es posible que intente extraer aĆŗn el aroma de lo que antes cuidaba la pieza que sostiene… luego, con la misma gracia y lentitud que un amante acercarĆ­a los dedos al tesoro descubierto, pellizca con algo de malicia, procurando un pequeƱo dolor provocativo, una sensación que no incomoda ni molesta, que por el contrario a su amante la haga sentir el calor que la consume, el flaco retira la Ćŗltima protección del empaque y entonces toma con habilidad un cigarro entre sus dedos, lo acerca a su nariz e inspira de arriba a abajo el pucho, se saborea y lo deposita en sus labios, tal y como lo harĆ­a uno con una amante frente a la que se ha posado, tal y como lo harĆ­a uno frente al cuerpo que se sabe deseado, y entonces se zambulle con un deseo animal pero controlado, con la antesala del descontrol total, con la quijada endurecida, mostrando los dientes y apretando fuerte el cuerpo entre las manos, respirando con fuerza, casi bufando pero aĆŗn en control, haciĆ©ndole sentir a la amante que cuesta hacerlo, que es difĆ­cil continuar con calma cuando lo Ćŗnico que se desea es entregarse a una corriente que quisiera arrastrarlo todo, pero se hace para que la amante sepa que desata dentro una tormenta de emociones…

Si el flaco fuma con una elegancia ajena a sĆ­ mismo, porque uno no es uno en presencia de sus vicios, por fin enciende el cigarro y, como siempre, a los que lo miran con curiosidad les advierte: cuidado con lo que piensan y sobrepiensan, asegĆŗrense de que valga la pena porque no todo tiene el sabor para aguantarlo, y aspira esa primera bocanada, y uno piensa en las ganas que tiene de tener enfrente a esa que quiere que uno quiera tenerla en frente.